El Olivo del Santo

[José Alberto Peralta Pisfil]

Corría el año de 1637, periodo del Virreinato del Perú, cuando el entonces hermano Martín de Porres, convertido después en santo, sembró tres ramas de olivo en un lugar denominado El Olivar, ubicado a más de seis kilómetros de distancia de Lima, que era la capital del virreinato, de los cuales uno de esos árboles hoy sigue produciendo olivas.

Este lugar le perteneció a Gonzalo Pizarro, hermano del conquistador del Perú Francisco Pizarro y se inauguró por el año 1560, con una extensión de 23 hectáreas, siendo su procurador y alcalde don Antonio de Rivera, encargado principal de la importación de los numerosos olivos, de los cuales tan solo sobrevivieron tres al viaje y fueron los únicos en poder ser plantados.

Por ese entonces, el “santo moreno” contaba con 58 años de edad, cuando fue convocado por el conde de San Isidro a que sembrara tres ramas de oliva en ese bosque, que además tenía una variedad de árboles y aves de diferentes especies, convirtiéndolo en una extensa área verde de la Lima virreinal.

El santo, muy complacido, accedió al convite del conde y se dio la tarea muy gentil de preparar el área donde sembraría las ramitas de olivo. Le llevó algunos días preparar previamente el terreno, pues primero debía limpiarlo, luego abonarlos para posteriormente colocarlos en los hoyos que había elegido para tal fin.

Fue así que a las pocas semanas comenzaron a salir los primeros brotes de las ramas, siendo la alegría del santo peruano, quien se daba la ardua tarea de cuidarlos todos los días, viajando 2.158 leguas entre ida y vuelta, pues él vivía en el convento de Santo Domingo, donde ingresó a su servicio siendo muy joven.

Muy emocionado el santo limeño, comentaba a sus superiores del convento que sus olivos iban creciendo en buenas condiciones con la gracia de Dios. Al año ya eran unos hermosos arbustos, de buena talla y muy firmes en el piso, que compartían espacios junto a otros olivos que habían sido sembrados en 1560, veinticinco años después de la fundación de la colonial ciudad de Lima.

Pero la labor del “santo moreno” no solo se centraba en el mantenimiento de sus tres arbustos de olivo, sino que hacía un recorrido por toda la extensión del bosque, que reunía por ese entonces más de mil quinientas variedades de arbustos, entre originales del Perú y los traídos de Europa, África y Oriente.

Cuentan los que lo conocieron, que Martín de Porres tenía un don especial, pues se le conocía la capacidad extraordinaria de hablar con las otras especies de seres que cohabitan con el hombre este Planeta.

Sus superiores y personas muy allegadas a él, decían que se acercaba a las plantas para hablarles y les preguntaba cómo estaban, si tenían algún problema y, al parecer obtenía respuestas de los vegetales, ya que las atendía con esmero y luego les decía que estaban “servidas”.

Era un horticultor con muchos dones especiales. Sus allegados manifestaban que era muy amable con las plantas que existían en el bosque, con las que se pasaba consultándoles qué necesitaban y si habían sido afectadas por alguna plaga.

Se pasaba largas horas recorriendo el bosque, buscando en él a las plantas que estaban en malas condiciones para atenderlas y darles auxilio. Conocía los secretos del cuidado de arbustos, pues en su convento él se encargaba de darle mantenimiento a los jardines internos del monasterio.

Según los cuidadores del bosque, en una oportunidad observaron cómo el santo conversaba con las plantas de oliva y les hablaba como si se tratarán de personas y al parecer recibía respuestas de ellas, ya que se conmovía y sentía apesadumbrado cuando notaba que no estaban bien cuidadas las plantas.

En varias ocasiones llamó la atención de los hortelanos del bosque cuando se percataba que los diversos arbustos estaban con plagas o sus hojas y troncos llenos de insectos raros, pues sabía que aquellos iban malogrando la savia y afectando sus vidas.

Lo extraordinario de Martín es que jamás pisó un centro de estudios, nunca fue a la escuela y menos ingresó a la universidad por diversas causas. Una de ellas que era analfabeto y la otra, la más grave, de tipo social discriminatorio por ser mulato y por esa época, según real cédula, los negros, indios o mestizos estaban prohibidos de seguir estudios superiores. Y él era un mestizo, pues su padre era un militar español, blanco, y su madre una mulata esclava panameña.

Hasta ahora nadie ha podido explicar de dónde le procedía tanta inteligencia, pues además sabía de medicina, de química y curaba en forma milagrosa a los enfermos, algunos de ellos traídos de otros virreinatos, entre ellos el arzobispo de México, a quien curó en Lima.

Martín era muy querido por la gente pobre, sobre todo por los enfermos, a quien no solo los cuidaba y curaba sino los abastecía de alimentos que recolectaba de las chacras y caseríos cercanos a la capital, así como de los centros de comercialización.

Pero nuestro “santo moreno” tenía como oficio el de barbero, que lo aprendió cuando viajó a Guayaquil acompañando a su padre en una misión militar, donde residió dos años más o menos y luego regresó a Lima.

Según sus biógrafos, Martín de Porres sintió desde niño predilección por los enfermos y los pobres en quienes reconocía, sin duda, el rostro sufriente de su Señor. A los quince años la gracia recibida y el ardor por vivir más cerca de Dios en servicio completo a sus hermanos humanos, lo impulsó a pedir ser admitido como donado en el convento de los dominicos que había en Lima.

Los abates del convento comenzaron a notar en él muchas virtudes que no tenía ningún otro mortal de la época en Lima y dejó de ser un secreto los dones maravillosos que poseía que, sin ninguna dubitación, provenían de lo alto, del Hacedor.

Era notable su servicio como enfermero, el cual lo prestaba a sus hermanos dominicos y a las personas más abandonadas que podía encontrar en las calles polvorientas de la virreinal capital limeña.

Sus mayores virtudes fueron la humildad, la tolerancia y amor al prójimo, la que fue probada en el dolor de la injuria, incluso de parte de algunos religiosos dominicos, entre superiores, curas y otros servidores. Incomprendido, envidiado y calificado de ser inferior por su condición étnica, por lo que su vida fue asemejada a Cristo.

Hacia 1603 se le concede la profesión religiosa. Durante la ceremonia ofreció realizar sus votos de pobreza, obediencia y castidad. Sin duda, era un hombre de inmensa caridad. Realizaba penitencias muy duras con extensas oraciones.

Mencionan sus hermanos de convento, que Martín de Porres tenía mucho el amor por toda la creación y por Dios, y le resultaba poco el sueño y la comida, y era sostenido por la oración y además la infinita misericordia de Dios. Es muy probable que haya conocido a Santa Rosa de Lima, por ser casi contemporáneos y vecinos del mismo barrio limeño.

Y en cuanto a los tres plantones de olivos que sembró, cuando estaban creciendo en su segundo año, lo sorprendió la muerte a nuestro mulato santo. Fallece en 1639. No alcanzó a ver los frutos de sus olivos, que de seguro deseaba saborearlos alguna vez.

Sin embargo, dichos plantones se convirtieron en unos esbeltos árboles de olivos unos años más tarde, muy frondosos, pero además en el periodo de flora de fruto, se distinguían de los demás del bosque, pues eran los más reproductores como lo testimonian los hortelanos que lo conocieron y con quienes compartía labores de cuidado de las plantas. Estos guardianes, además, marcaron a dichos arbustos con una seña que eran las iniciales de su nombre.

Es así, que hasta hoy existe unos de los tres arbustos de olivos que pertenecían al santo moreno y que recientemente, tras una investigación científica a cargo de un grupo de especialistas de la Universidad Politécnica de Madrid, han logrado ubicarlo.

Los especialistas realizaron una exhaustiva investigación y descubrieron la edad y ubicación exacta del olivo perteneciente al santo mulato peruano, así lo informó la Municipalidad de San Isidro, jurisdicción donde hoy se encuentra El Olivar. De esta manera se determinó que este árbol tiene 380 años.

Gracias a este descubrimiento, la municipalidad dispuso crear una zona de tratamiento especial para preservación de especies centenarias, en la cual se encuentra este olivo histórico, que le pertenece al santo.

Dicha área tiene una extensión de 1.900 metros cuadrados, y se ubica en el perímetro comprendido entre la avenida Los Incas y las calles Choquehuanca, Antero Aspíllaga y Paillardelle. Aquí, además, junto al olivo del santo, se encuentra un grupo de 11 árboles que tienen más de 300 años de haber sido plantados.

Esta iniciativa forma parte del programa denominado “Al rescate del Olivar” que promueve este ayuntamiento, el cual también incluye otras acciones para preservar el famoso olivo de San Martín de Porres y los otros árboles.

El ayuntamiento ha tomado de momento el árbol plantado por el santo y lo ha declarado “protegido” por ser un patrimonio natural y de gran valor histórico y cultural, con un acceso restringido al público visitante, lo que permitirá mantener la seguridad correspondiente.

La comuna edil señaló que, para impulsar el turismo en el distrito, el olivo ha sido incluido en el conjunto de atractivos turísticos.

De seguro que nuestro moreno santo debe dar dichos desde el cielo, desde el cual ha observado durante más de 380 años cómo su olivo ha producido miles de olivas y ha alimentado a muchos limeños, y quizá extranjeros.

Lo importante es que El Olivo del Santo sigue floreciendo y dando frutos. Es quizá el único olivo sembrado por un santo en América y, tal vez, del mundo.

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