Casa Matrona Olivares

Casa Matrona Olivares

[Ada de Goln]

Todavía recuerdo el día en que mis pasos me llevaron a CASA MATRONA OLIVARES, una mansión victoriana de principios de siglo erguida en la inmensidad de uno de los parajes más frondosos de Jaén, uno de los olivares con más renombre del lugar. Recuerdo el canto de los pájaros, el silbido del viento retumbar en mis oídos y cómo no, aquellas risas infantiles que envolvían el paisaje como espíritus ancestrales. Recuerdo avanzar por el camino de piedra, viendo a lo lejos el columpio donde un niño y una niña jugaban a la vista del que supuestamente sería su padre, sentado en una mesa de jardín, y si afino un poco mi memoria puedo también recordar la presencia de un jardinero podando los setos y una criada limpiando el porche. Ambos me miraron desde la lejanía, pero ninguno de los dos cesó en sus quehaceres. Recuerdo también mi vestimenta de aquel día: un abrigo excesivamente entallado y un vestido floreado que, junto al calor de las medias tupidas que cubrían mis piernas, provocaron en mí un verdadero sofoco causado por el camino recorrido a pie desde que dejara el tren en la estación. El incipiente otoño que se avecinaba dio tregua aquel día a un sol potente y caluroso, y de repente mi cuerpo comenzó a temblar por la necesidad de descanso. El hombre que leía el diario en la mesa de jardín no se dio cuenta de mi tambaleo, pero lo vi levantarse en seguida para recibirme con una reverencia. Cuando llegué a su altura yo agradecí su sonrisa y la sombra de los olivos que lo protegían del extremo sol de octubre. Los niños desde sus puestos me miraron desafiantes, y el jardinero y la mujer que limpiaba, también.

—Buenos días. Usted debe ser…
—Señorita Trujillo… Encantada de saludarle, señor Ledesma.
—¿Le ha agotado el camino?
—Bueno, siempre es aconsejable caminar. Por lo que veo aquí hay mucho sitio por recorrer.
—Oh, sí, en estos olivares uno a veces parece perderse. Pero siéntese, por favor, parece usted muy cansada.

El hombre, de porte señorial y distinguido, vestía un traje de tergal negro y llevaba el pelo muy engominado hacia atrás. Tenía una sonrisa perfecta, con sus dientes blancos como perlas, y a cada lado de las comisuras dos hoyuelos magnificaban aún más su extremada belleza masculina. Me ofreció sentarme al notarme indispuesta, y yo dejé caer la maleta al suelo para sentarme en aquella esquelética silla de jardín. Me desabroché el abrigo y así pude respirar mejor.

—¿Qué le ha traído a CASA MATRONA, señorita Trujillo?
Ahora ni yo misma lo sé. Supongo que necesitaba el dinero para ayudar a mi familia y poder salir adelante como maestra. Había estudiado en Barcelona y ya estaba suficientemente capacitada para cuidar y enseñar a aquellos dos niños. A falta de plazas en mi ciudad, vi el anuncio en el post del diario y decidí probar suerte en aquella finca magistral, donde seguramente no tendría que enseñar modales a nadie.

Pero los niños seguían mirándome desafiantes desde su lugar junto al columpio, y cuchicheaban entre ellos. Cosas de muchachos.

—Necesito este puesto de trabajo. Acabo de terminar la carrera y me creo muy capaz de enseñar a sus hijos a saber estar.
—¿Es su primer trabajo?
—Sí, pero no creo que ese sea impedimento para …. —el hombre me interrumpió.
—Mi mujer falleció hace un mes. Los niños están muy desconsolados desde entonces y no tienen la cabeza para mucho estudiar. Lo que necesito es que los vigile y los ayude un poco en sus clases. Le pagaré bien si decide quedarse, pero le advierto que son niños difíciles. No están pasando por su mejor momento.
—Entiendo…. ¿cuánto tiempo hay de prueba?
—Puede usted probar un día, y si en ese día los niños y usted congenian, el puesto es suyo.

Una brisa placentera e inesperada llegó de repente al rincón donde estábamos, y por un momento me desapareció la angustia causada por el malestar del largo camino. El señor Ledesma entonces se levantó de la silla y llamó al jardinero, Arturo, un hombre de unos sesenta años, encorvado y con una gran barba, que dejó de podar los setos y se dirigió a donde ambos estábamos sentados. Cogió mi maleta y se dirigió hacia el porche, donde la criada seguía desempolvando el suelo. Mientras, el señor Ledesma llamó a los niños, que en seguida abandonaron el columpio y con cara de fastidio dirigieron sus pasos al rincón de la mesa de jardín. Sara era una niña de doce años, pelirroja y con la cara llena de pecas, y Jacobo, un niño de diez, el vivo retrato de su padre. Se miraban cómplices ambos hermanos, como sabios conocedores de lo que iba a pasar conmigo en aquella casa, y sus miradas retadoras produjeron en mí un verdadero sentimiento de piedad hacia ellos. Habían perdido a su madre hacía poco tiempo y su comportamiento de ahora no era sino el más lógico y normal.

—Sara, Jacobo, esta es la señorita Trujillo. Se quedará con nosotros un día, como las otras, así que tratadla con cariño.
—Tú lo has dicho, es como las otras —dijo Sara, y dándose media vuelta se marchó corriendo de nuevo hacia el columpio. La vi correr con su melena al viento, decidida, molesta, como siempre era ella en aquellos tiempos. En cambio Jacobo se quedó a mi lado, mirándome fijamente.
—¿Va a quedarse un día o por fin alguna señorita va a soportar vivir con nosotros para siempre? —dijo, a lo que el señor Ledesma añadió:
—No es una manera muy apropiada de darle la bienvenida a la señorita Trujillo, ¿no crees? Anda, iros a jugar un rato más hasta la hora del almuerzo.
Y Jacobo salió corriendo en dirección de nuevo al columpio, junto a su hermana.
—Debe disculparlos, señorita Trujillo. Yo… ellos…. En fin, los tres echamos mucho de menos a su madre.
—No tiene por qué disculparse —dije, y el señor Ledesma me invitó cordialmente a levantarme de la incómoda silla y a aproximarnos lentamente a la casa, donde Arturo ya había entrado con mi equipaje.

La mujer que barría esperaba sonriente en el quicio de la puerta con la escoba entre las manos. Tenía alrededor de unos cincuenta años y vestía de negro riguroso, lo que la hacía parecer mucho más mayor de lo que realmente era, pero también tenía una amplia sonrisa en su rostro que le dibujaba un aura como de hada buena.
—Buenos días, señorita. Soy Prudencia, la criada. Yo me encargaré de ayudarle a sacar el equipaje de su maleta.

Y en aquel preciso momento fui capaz de ver una prodigiosa luz en la mirada del señor Ledesma, pues en el fondo de su alma sabía que yo, la señorita Trujillo, me iba a quedar a vivir con ellos para siempre.
En el columpio, presa del enfado más injustificado, Sara se columpiaba fuertemente. Iba y venía con no menos que disgusto, y eso fue algo que su hermano pequeño notó.
—¿En qué piensas? – preguntó Jacobo.
—¿Crees que es como las otras?
—No lo sé.
—¿Tendrá miedo a los fantasmas?
—¡Para ya con esas historias, Sara! ¡No me extraña que las señoritas se vayan, las asustas!

Sara sonrió maléficamente y dejó de balancearse. Los rayos de sol iluminaron el color cereza de sus cabellos y sus ojos, verde aceituna, brillaron también. Bajó del columpio y, dirigiéndose a su hermano, le gritó:
—¡Aquí el que se asusta siempre eres tú!
—¡Calla ya o se lo diré a papá!
—Papá jamás me va a reñir, no insistas con esas amenazas…
Jacobo entonces se echó a llorar.
—Echo de menos a mamá.
—Y yo, tenlo por seguro.
—Si estuviera mamá no tendríamos que buscar a una institutriz, y no permitiría que hablaras de cosas que dan miedo.

Sara volvió a sonreír.
—No son cosas de miedo, son cosas que a veces pasan… los fantasmas sí existen.
—¡No existen!
—¡Sí existen! ¡Oh, mira detrás de ti!

Y el muchacho salió corriendo gritando, dando grandes zancadas hacia la mansión a través de los olivos. Así sucesivamente pasaban los días entre los dos hermanos. Sara asustándole constantemente y Jacobo recibiendo los sustos con muy poca resignación. Me di cuenta aquel preciso primer día, y lo corroboré en las sucesivas jornadas que conviví con ellos, porque no fue un día, sino muchos más los que permanecí en la mansión de los Ledesma. El periodo de prueba lo pasé con creces, e iban pasando las horas bajo aquellos techos y me iba preguntando cada vez más el motivo del cese del contrato de aquellas otras institutrices, quienes no lograron superar más de un día. Sara y Jacobo acudían a mis clases puntuales. Repasábamos las materias de los dos y hacíamos mucho hincapié en religión, pues Jacobo hacía la primera comunión aquel año y debía tener muy fresca la historia de Cristo. El niño se mostraba cariñoso conmigo, me daba un beso de buenas noches todos los días al irse a la cama, pero en cambio jamás vi sonreír a Sara, quien con cara de pocos amigos se dirigía a mí, despreciativamente.

—¿Por qué tengo que estudiar yo religión si hice la comunión hace dos años?
—Tu padre quiere que refresques la memoria.
—La religión no sirve para nada cuando se ha hecho la comunión.
—Bueno, eso es lo que piensas tú, pero no lo que piensa tu padre.
—Señorita Trujillo —dijo Jacobo— en mis clases de religión estaré más atento si mi hermana no está a mi lado. Se burla constantemente de lo que estudiamos.
—Pero tu padre dice….
—Pero tu padre dice… —dijo Sara, mofándose—. Usted es nuestra maestra, pero él no tiene que enterarse de si yo aprendo religión o no. Lo que estamos estudiando yo ya me lo sé, así que me niego a dar vueltas a lo mismo otra vez.
—Lo comentaré con vuestro padre —dije yo, y entonces Sara se levantó de su silla y fue a coger una fotografía de lo alto de una cómoda. Se acercó con ella y me la enseñó.
—Esta soy yo el día de mi primera comunión —dijo, y pude ver a una Sara sonriente y radiante vestida de blanco, con su rosario entre los dedos de sus manos y una carita angelical que mucho distaba de la que poseía ahora.
—Qué guapa estás —dije yo—. Deberías sonreír más.
—Sara no cree en Dios, señorita Trujillo —añadió entonces el niño, y la niña, con un gesto desafiante hacia su hermano, se dio media vuelta, colocó de nuevo la fotografía en la cómoda y salió de la habitación.
—¿Por qué dices eso? Se ha incomodado…
—Desde que murió mamá Sara no cree en Dios, señorita Trujillo. Por eso no quiere estudiar religión.
—¿Y por qué no quiere hablar de ello? ¿Cómo era vuestra vida antes de que yo viniera aquí? ¿Quién os atendía?
—Pues papá y Prudencia —contestó Jacobo—. Sara se pasa el día hablando de fantasmas, porque dice que mamá es un espíritu protector que nos protege de la gente mala. Ella piensa que las institutrices son malas personas, que quieren casarse con nuestro padre por su dinero y para apartarle de nosotros.
Me eché a reír.
—¿Eso piensa?
—Sí, ¿qué es tan gracioso?
—Jacobo, yo he venido a ayudaros, a estar con vosotros y a cuidaros. Quédate estudiando, voy a hablar con tu hermana.
—¡No me deje solo, señorita Trujillo! ¡Quédese conmigo!
—Vengo enseguida, Jacobo.
—Pero… no quiero quedarme solo.
—¿Ah no? ¿Y por qué?
—Por los fantasmas…
—Jacobo, no hagas caso a tu hermana. Sólo lo dice para asustarte… Voy a hablar con ella. Cuando vuelva te preguntaré la lección.
—Si tengo miedo, gritaré.
—No debes de tener miedo, Jacobo.
—Pero lo tengo.
—Quédate estudiando.

Abrí las cortinas para que así entrase más luz a la habitación y salí en busca de Sara. La encontré llorando en un peldaño de la escalinata de mármol, sin embargo, en cuanto me vio se restregó con ganas los ojos e hizo como si nada.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Estás llorando. ¿Por qué has abandonado la clase?
—Porque no tenía más ganas de aburrirme.
—Jacobo dice que no crees en Dios. ¿Es eso cierto?
—Él no tiene ni idea de nada. Es pequeño y está cargado de miedos.
—Tiene ilusión porque va a hacer su primera comunión. Igual que la tenías tú cuando te tocó hacerla a ti. ¿Te acuerdas? ¿Por qué tratas siempre de asustarlo?
—Sólo quiero que sea un niño fuerte.
—Pero si le hablas de fantasmas le estás metiendo muchos miedos, y él solo tiene diez años. Tú eres mucho más mayor.
—Señorita Trujillo, ¿usted cree en los fantasmas?
—Por supuesto que no.
—Pues debería…

No sé por qué, pero la sensación que me invadió por completo al oír aquellas palabras me produjo un tremendo escalofrío. Vi a Sara señalar a mis espaldas, y un cierto aire frío se apoderó de mi calor corporal. Sara entonces sonrió y yo logré ponerme muy nerviosa, tanto que me caí de espaldas. Aquella niña había conseguido salirse con la suya.
—¡Cállate, Sara, y vuelve a tu clase!
—Está detrás….
—¡Sara!

Sara carcajeaba cuando en aquel preciso instante el señor Ledesma subía las escaleras hacia el corredor de las habitaciones, y como era de suponer escuchó mi grito. Sus tacones resonaron en el suelo de los escalones, y sólo en el momento de verlo aparecer pude respirar aliviada.

—¿Qué está pasando aquí? ¿Qué hace Sara sentada en el escalón?
—La he castigado, señor Ledesma. Se ha portado mal con su hermano y la he mandado al escalón —mentí.
—¿Qué has hecho ya, Sara?
—Yo… —titubeó la niña— no he hecho nada.

La mirada que me profirió me heló la sangre.

—Levántate y ve a tu clase. No deberías dejar a tu hermano mucho tiempo solo. Señorita Trujillo, ya conoce a Jacobo, se asusta con facilidad. Vuelvan con él.
De pronto el grito del niño los sobresaltó en demasía, y los tres fueron corriendo a la habitación donde le habían dejado estudiando. Cuando llegaron, el niño estaba tumbado en el suelo, inconsciente.
—¡Oh Dios mío! —dijo el señor Ledesma, y lo cogió entre sus brazos presa de un nerviosismo apabullante. Yo iba detrás, alterada, y Sara, la dulce Sara, iba detrás de mí.
Cuando lo dejamos en su cama, el niño reaccionó, y lo primero que hizo fue mirarme fijamente y proferirme golpes con sus puños, culpándome por haberle dejado solo en la habitación.
—Cálmate, Jacobo —dijo el padre—. ¿Qué es lo que ha ocurrido?
¬—¡Sólo quería que se quedara conmigo y ella me dejó solo en la habitación!
—Jacobo —le dije yo—, tenía que hablar con tu hermana.
—¡Siempre es ella! ¡Ella es la culpable de todo! —añadió dirigiendo su mirada despiadada a la hermana que tras de mí se escondía maliciosa.
—¡Ella los llama, y ellos aparecen!
—¿Quiénes aparecen, cielo?
—¡Los fantasmas!
—¿Qué le has contado a tu hermano, Sara? —le gritó el señor Ledesma a la niña que poco a poco iba alejándose de la cama—. ¿Qué le has contado, maldita sea?
—¡La verdad! ¡Le he dicho que esta casa está llena de fantasmas!

La bofetada fue descomunal, y Sara tras el golpe salió corriendo de la habitación, llorando. Allí quedó el señor Ledesma, Jacobo y yo, sumidos en un caos tremendo, preguntándonos por qué Sara se comportaba de aquella manera.

—Un fantasma ha alborotado mi pelo —dijo Jacobo.
—Esto no puede seguir así —añadió el señor Ledesma, y se levantó enérgicamente para salir con prisas de la habitación.
—Son espíritus del pasado de esta casa, señorita Trujillo —dijo Jacobo acomodándose en la cama—. Sara dice que no son malos, pero yo no quiero que estén aquí.
—No te atormentes más con ese tema, Jacobo. Me quedaré contigo hasta que te duermas.
Y el niño me dio un beso, cerró los ojos y se durmió.

Cuando llegó el día segundo del quinto mes de mi estancia en CASA MATRONA OLIVARES, Jacobo hizo su primera comunión. Vistió con ilusión su traje de marinero y se hizo la fotografía de rigor antes de irnos a la iglesia, donde nos aventuramos a ir los cuatro en el auto de Luis Gregorio Ledesma. Allí, envuelto en honores religiosos, Jacobo comulgó junto a otros niños más, impecables todos en sus trajes de marinero. Después llevamos a Sara y a Jacobo a comer un helado y antes de que anocheciera volvimos a la mansión. En la cena, los dos niños, cansados por el día, quisieron irse a la cama.

—Hoy ha sido un gran día —dije yo mientras los acompañaba a sus respectivas habitaciones—, así que después de una estupenda jornada toca descansar.
—Mañana será lunes, ¿podremos salir de picnic y almorzar al aire libre, junto a los olivos? —preguntó Jacobo—. Cuando Sara hizo la primera comunión mamá nos preparó un picnic al día siguiente y salimos los cuatro a disfrutar del día. Diga, ¿podremos?
—Si hace buen día y vuestro padre lo permite, no tengo inconveniente.
—Siempre antepone a nuestro padre para todo —añadió Sara—. Es sumamente aburrida.
Acostumbrada a sus desplantes, naturalmente no hice caso de su comentario, así que la acompañé a su cama, le arropé bien las ropas de dormir y le di un beso de buenas noches.
—Ten cuidado esta noche, Jacobo —dijo Sara, amenazante—. Hoy has hecho la comunión y puede que mamá venga a verte.
El niño se puso pálido. Le cogí de la mano y no hice caso de la insolencia de la niña. Salimos ambos del cuarto, rápidos y silenciosos, y cerramos la puerta a nuestro paso. Cuando llegamos a la habitación de Jacobo le acompañé a la cama, le arropé como a su hermana, y le dije:
—Me quedaré contigo hasta que te duermas.
El niño, pálido como un difunto, me preguntó entonces:
—Eso que ha dicho Sara… ¿Es cierto?

Le negué rotundamente con la cabeza y le canté una nana para que se durmiera. Había sido un día lleno de emociones y Jacobo necesitaba dormir. El niño poco a poco se fue quedando dormido, y de repente el sueño también se fue apoderando poco a poco de mí, quedándome dormida en el balancín. Mi canción se fue silenciando hasta que tan solo quedaron los sonidos de nuestras respiraciones en la habitación, y muy pronto el silencio más profundo reinó en la estancia. De pronto el reloj marcó las doce: “DONG, DONG, DONG…”, e instantáneamente abrí los ojos en la oscuridad, nerviosa, pudiendo ver a Jacobo en su posición fetal junto a la ventana, muerto de miedo, con una figura etérea a su lado, pálida en su condición de difunta, que arrodillada le observaba silenciosa y quieta desde su rincón. “Dios santo”, titubeé, pero para entonces el rostro del fantasma ya se había girado y ahora era a mí a quien observaba, sonriéndome, como las hadas de los cuentos. Y se levantó justo en el momento en que Jacobo me llamó, tartamudeando, sin abandonar su posición en el suelo. Luego caminó por la estancia lentamente y atravesó la puerta de la habitación, desapareciendo a través de ella. En ese momento pude tenerme en pie y alcanzar al pequeño con mis brazos, y el desconsuelo más grande vino a adueñarse de su alma, pues se echó a llorar con una inmensa tristeza.

—Es mamá —dijo el niño—. Mamá ha venido a verme. Sara tenía razón, pero mamá es buena, mamá nunca me haría daño. Y está contenta de que estés aquí, con nosotros.
Un repentino viento vino a golpear los cristales, y entonces, abrazada todavía a Jacobo, nos levantamos del suelo para mirar por la ventana. Y allí, inerte y lánguida, la madre de Jacobo y Sara se dejaba ver junto a los olivos, como un ángel llegado del cielo.
Sonreía.

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