Ventana al mar de olivos

Ventana al mar de olivos

[Javier López Baeza]

17.55 horas. 22 de diciembre de 2016. Seúl (Corea del Sur)

Se acercaba la hora de salir del trabajo. Taeyang Park miraba con insistencia el pequeño reloj analógico que había comprado en Galicia en una de sus últimas visitas y que tenía colgado en la pared izquierda de su cubículo. Cinco minutos… una eternidad –pensó.

Trabajaba para una empresa importadora coreana y llevaba toda la cartera de proveedores españoles, ya que era el único empleado que dominaba a la perfección el idioma de Cervantes. Se había enamorado de España en su adolescencia, desde que hizo por primera vez el camino de Santiago con varios amigos, experiencia que le atrapó y que repitió todos los veranos durante siete años consecutivos.

El sonido típico del outlook le avisó de la recepción de un nuevo correo electrónico. Al leerlo apretó el puño y se imaginó dando un fuerte golpe en la mesa. Había estado todo el día repitiendo el informe sobre el nuevo proveedor Madrid Steak Foods SL y, a pesar de seguir las instrucciones de su jefe, parecía que aún no era de su agrado. Los cambios de criterio de su superior se habían convertido en algo habitual y Taeyang cada vez los aceptaba peor. El mes pasado había llegado a rehacer un informe de previsión de compras en cinco ocasiones, así que aún tenía margen para seguir cambiando este –pensó–. ¡Aún estamos a jueves!

Con resignación, tomó aire y abrió el word. No le quedaba otra. Su jefe lo había dejado muy claro: “Quiero el informe definitivo en mi correo antes de mañana”. Otro día más que no saldría puntual y que no podría ir a pasear al Parque Forest de Seúl. Le encantaba terminar su jornada allí. Estaba apenas a cinco minutos del trabajo y, aunque verdaderamente le cogía en dirección contraria a su casa, todas las tardes que podía lo recorría durante un par de horas para terminar sentándose debajo de algún árbol, escuchar música y ordenar sus pensamientos. Estar en la naturaleza le daba la vida y para Taeyang el parque Forest de Seúl era como un oasis en medio de tanto hormigón y cemento.

Poco a poco todos sus compañeros comenzaron a marcharse.

­            –Hasta mañana, Taeyang.

–No te vayas muy tarde.

–Mañana será otro día.

Todas eran frases llenas de condescendencia que, lejos de ayudarle, significaban puñales que se iban clavando en lo más hondo de su alma. Con cada una de las palabras sentía el enorme poder de su rabia contenida. Sin embargo, siempre lograba controlarse a tiempo, sobre todo porque era consciente de que las cámaras de seguridad no descansaban nunca.

–¡Ánimo! –se dijo–. En una hora lo habré terminado y tendré tiempo de ir a pasear.

Clicó el botón de enviar y, cincuenta y cinco minutos más tarde, estaba saliendo apresuradamente de la oficina en dirección al parque Forest.

El clic sonó diferente al de otros días. Ese correo, además de contener el informe corregido para su jefe, llevaba una carga de dignidad muy grande de la que, probablemente, Taeyang no era consciente a esas horas.

19.05 horas. Parque Forest de Seúl

Taeyang se dirigió al norte. Pronto llamó su atención una zona acotada por vallas y con cinco agujeros grandes excavados en el suelo. ¿Qué irán a plantar ahora? - se preguntó. Se sabía de memoria cada uno de los rincones de ese parque y todas las especies de árboles y arbustos que allí había plantados. Así que cualquier variación que se fuese a producir lo llenaba de la curiosidad y las ganas de explorar propias de un niño pequeño. Pero tenía que esperar. Hasta el día siguiente no parecía que fuesen a continuar los trabajos, por lo que, después de un rato caminando, volvió a salir por donde había entrado y se dirigió a su casa.

8.55 horas. 23 de diciembre de 2016

Taeyang se despertó abruptamente. Miró el reloj y fue consciente de que llegaba muy tarde al trabajo. Saltó de la cama y, tras pasar por la ducha, se vistió, cogió su carpeta y salió corriendo hacia la parada del bus. Con suerte cogería el de las nueve y media y solo llegaría dos horas tarde.

Al entrar en la oficina se dio cuenta de que las miradas de sus compañeros ya no estaban impregnadas de la condescendencia de la tarde anterior, sino que habían traspasado la delgada línea que separa a esta de la compasión. Tenía un pos-it en su mesa con una instrucción muy clara: “Ven a mi despacho inmediatamente”. Encendió el ordenador como siempre y entró en el outlook para revisar la bandeja de recibidos. Había vuelto a ocurrir; su jefe seguía sin darle el visto bueno. Taeyang no se extrañó. Abrió su cajón, cogió una pequeña libreta y pintó el cuarto palito al lado del nombre del informe. Y con tono irónico, alzó la voz para que todos sus compañeros lo escuchasen:

–¡Y en segundo lugar, después del informe sobre las compras a Manufacturas Castellanas SL, se sitúa el de los ratios de beneficio de Madrid Steak Foods SL!

Sus compañeros lo miraron entre el asombro y la vergüenza ajena. Algo había cambiado para que Taeyang reaccionara así. No parecía el chico de comportamiento conformista y apático al que estaban acostumbrados.

Con paso firme y una copia del informe en las manos se dirigió al despacho de su jefe. Después de todo, sentía que no quería posponer más lo que ya era inevitable.

–Señor Park. Desde luego es imperdonable que llegue tan tarde al trabajo, pero aún lo es más que no haya acertado con el análisis que ayer...

Taeyang, que se sabía el monólogo de memoria, cortó en seco la disertación de su superior y le dijo:

–No siga, por favor. Es mucho lo que llevo padeciendo con sus continuos cambios y con el trato personal que aquí se me da. Usted nunca ha valorado mi esfuerzo, así que dejo la empresa. Durante estos años probablemente habré malgastado mi tiempo y dejado por el camino mil cosas, pero hoy mi dignidad se viene conmigo.

Y dejándolo con la palabra en la boca, salió del despacho, cogió las pocas cosas que almacenaba en su cubículo y se despidió de sus compañeros parafraseando las palabras que tantas y tantas veces le habían hastiado al escucharlas:

–¡Adiós, no os vayáis muy tarde… Mañana, para mí, será otro día!

Tenía claro dónde dirigirse… El parque Forest lo esperaba.

Cuando llegó a la zona norte del parque los precintos y las vallas habían desaparecido. En ese lugar habían plantado cinco árboles casi idénticos entre sí. No muy altos, de troncos gruesos, algo retorcidos y con la corteza de color pardo. Sus hojas tenían forma lanceolada, de tamaño muy parejo y de color verde grisáceo. ¡Olivos!, se dijo. Eran árboles muy adultos y de sus nudos y recovecos se desprendía un halo de sabiduría que dejó embelesado a Taeyang.

Eligió el que estaba más apartado del caminito y se sentó debajo para reflexionar sobre todo lo que había pasado esa mañana. El sentimiento de culpa por haber dejado el trabajo lo invadió. Miedos, inseguridad… Había llegado el momento de cambiar el rumbo de su vida y, aunque no tuviera nada previsto, sabía que ya no podía dar marcha atrás. Con la cabeza apoyada en el tronco, abrazó el árbol buscando respuestas e introdujo ligeramente la mano derecha en uno de sus huecos.

–¡Qué raro! ¡Aquí hay algo! –exclamó.

Rápidamente se puso en pie y comenzó a rascar hasta que consiguió extraer una pequeña bola mezcla de hojas secas y resina. Con sumo cuidado las retiró y halló otro envoltorio de papel que a su vez rodeaba un pequeño objeto. Era un anillo de oro. En el papel, además, había escrito un texto que decía así:

“En estas tierras verdes de olivos encontré mi amor,

que el fuego despiadado de la guerra me ha robado.

Hoy dejo aquí el símbolo que a ti me unía, amado Pedro,

esperando que este tronco me lleve a tu lado tras mi despedida.”

Carmen Torres Sánchez

Lopera, 2 de enero de 1937

–¡Un poema en español! –exclamó.

Taeyang hacía tiempo que estaba muy atento a las señales que recibía y esta no podía dejarla pasar. Sentado en el olivo pasó tres horas buscando cualquier información que le acercara más al misterioso poema y acabó descubriendo que, lo que fuera que allí pasó, se debió datar en plena guerra civil española.

–La batalla de Lopera, del 27 al 29 de diciembre de 1936, Lopera, Jaén, Andalucía, España –leyó en voz alta.

La historia le atrapó a la misma velocidad que le iba conmocionando. Tanto que haber encontrado el poema y el anillo le hacía sentir que estaba en deuda con el relato. Sin pensárselo dos veces, se levantó, respiró hondo y se dijo:

–Taeyang, esta es la señal que esperabas para cambiar tu vida. Te vas para España.

Pasó toda la tarde organizando cómo llegar hasta ese pequeño pueblo de Jaén y encontró un vuelo a Madrid para el día 27 de diciembre. Este era el primer paso, así que lo reservó.

27 de diciembre de 2016. Madrid. España.

El viaje fue muy tranquilo y le dio tiempo a descansar bastante. Al llegar al aeropuerto de Barajas cogió un autobús de enlace que lo llevó a la estación. Allí compró un billete hacia Jaén. Si no ocurría nada extraordinario, en cinco o seis horas estaría en Lopera.

El trayecto se le hizo tedioso hasta entrar a Andalucía, donde el cambio tan abrupto del paisaje llamó poderosamente su atención. Tal y como había leído documentándose en los días anteriores, Jaén era una provincia dominada por millones de olivos ordenados linealmente, que dibujaban un horizonte precioso lleno de matices verdes y grises. Rápidamente comprendió el porqué de aquella frase tan poética que había encontrado en internet: mar de olivos.

Tras hacer transbordo en Jaén, Taeyang llegó a Lopera bien entrada la tarde. Al bajar del autobús y sentir el frío seco propio del invierno, se dio de bruces con el primer golpe de realidad. Estaba en ese pequeño pueblo jienense, a más de 10.000 kms. de su casa, con una maleta y ropa para una semana, un poema, un anillo de oro e ingentes cantidades de incertidumbre ante las muchas preguntas que rondaban su cabeza.

Al llegar a la pensión del pueblo y alojarse, preguntó al recepcionista si conocía a Carmen Torres Sánchez.

–¿Carmen Torres? No me suena. Torres hay muchos en Lopera, ¿sabe? A bote pronto, se me ocurre que pregunte en el estanco. Su dueño se llama Luis Torres.

Así que se dirigió a la plaza del pueblo, donde estaba el estanco y preguntó por el señor Torres.

–Sí, soy yo.

–Buenas tardes, me llamo Taeyang y vengo de Seúl, Corea del Sur. Quería saber si usted ha oído hablar de una mujer cuyo nombre es Carmen Torres Sánchez.

En cuanto terminó la pregunta, Taeyang notó como el gesto de aquel hombre cambió de repente.

–¿Carmen Torres Sánchez…? ¡Claro que he oído hablar de ella! De hecho, si hoy viviese, sería mi tía-abuela. Es una historia trágica que ha convivido con nosotros desde la guerra civil. Son muchas las familias de este pueblo que cuentan relatos sobre lo que ocurrió en la guerra, pero la mía sufrió sus consecuencias por partida doble… ¿Y por qué tiene interés en saber de ella? Me sorprende que una persona que viene desde tan lejos se tome tantas molestias para conocer esta historia.

–Entiendo su asombro… Estoy aquí porque tengo algo que pertenece a su familia. No me pregunte por qué, pero al encontrarlo supe instantáneamente que tenía que venir a España.

–Pues muy bien. Ha tenido suerte. Su familia más directa ha seguido viviendo en Lopera. De hecho, su nieta Carmen es la actual propietaria de la almazara “Torres e hija”. Diríjase por la calle que hay justo a la salida de la plaza y a unos 500 metros la podrá encontrar.

Por un lado, Taeyang estaba contento, pues parecía que todo el universo se había confabulado para que pudiera cumplir con su misión. Sin embargo, por otro, le angustiaba imaginarse que estaba a escasos metros de descubrir qué había detrás de aquel poema tan triste que encontró en el parque Forest. Al llegar al edificio tal y como le habían indicado, vio que en la fachada había un mosaico de cerámica con el rostro de una mujer muy joven, y un rótulo con el nombre de la empresa, “Almazara Torres e hija”. Notó como su corazón comenzó a acelerarse:

–Perdone, ¿podría indicarme dónde puedo encontrar a Carmen?

–Por supuesto. Entre por esa puerta y pregunte por ella. Debe estar ahí.

Al entrar en la oficina se fijó en que en el tabique principal había una fotografía antigua con el mismo rostro del mosaico de la fachada y un pequeño texto que decía: “In memoriam de Carmen Torres Sánchez”. Llamó a la puerta y educadamente se dirigió a la mujer que encontró dentro del despacho.

–Buenas noches, pregunto por Carmen. Nieta de Carmen Torres Sánchez.

La mujer, totalmente descolocada al ver que una persona con rasgos orientales preguntaba tan directamente por su abuela, respondió:

–Soy yo. ¿Cómo sabe quién fue mi abuela? ¿Quién es usted?

–Discúlpeme. Soy Taeyang Park y vengo de Seúl, Corea del Sur. Espero que no me tome por loco, pero estoy aquí porque no creo en las casualidades. Hace unos días hallé algo en un olivo en el parque Forest de mi ciudad que estoy seguro de que pertenece a su familia y, era tal la fuerza de ese designio, que he dejado todo para viajar a España con la esperanza de poder encontrarles.

–¿En Seúl? ¿En un olivo? –preguntó Carmen totalmente extrañada. Explíquese por favor.

Carmen tomó asiento porque no se podía creer lo que estaba pasando.

–¿Le suenan de algo estos versos? –Taeyang sacó de su mochila el plástico protector que contenía el viejo papel donde estaba escrito el poema y se lo enseñó a Carmen, que no pudo contener las lágrimas cuando terminó de leerlo.

–Mi abuelita… mi padre –dijo entre sollozos.

Cuando pudo calmarse, tomó aire y lo releyó detenidamente para asegurarse de que había sido escrito por su abuela. En realidad no tenía dudas. Allí estaba su abuelo Pedro y la fecha ya hablaba por sí sola. Cogió el teléfono y marcó el número de su padre.

–Papá, baja por favor. Aquí hay alguien que quiere verte.

En unos minutos apareció un señor cercano a los 80 años, con rostro castigado y tez morena. Antes de saludar, se dirigió hacia la fotografía de la entrada y le dio un beso.

–Buenas noches, soy Rafael, ¿quién pregunta por mí?

Carmen no esperó a que el desconocido tomase la palabra ya que no sabía cómo reaccionaría su padre.

–Papá, este hombre se llama Taeyang Park y viene desde muy lejos para darte esto.

Carmen le enseñó a su padre el viejo papel para que lo leyera. Al terminar, Rafael reaccionó igual que su hija y, llorando desconsoladamente, se abrazó a Taeyang.

–No sé quién es usted, ni por qué está aquí, pero le doy las gracias. Carmen Torres Sánchez es mi madre. El día 2 de enero de 1937 abandonó este mundo rota por el dolor que le supuso haber perdido a mi padre en la batalla de Lopera. Apenas llevaban dos años casados y yo era un recién nacido, así que no tengo más recuerdos de ella que esa foto que beso cada vez que entro en la oficina y sus cuadernos de poemas. Cada uno de ellos es un trozo de la vida de mi madre que me perdí y encontrar el último que escribió es el mejor regaló que podría recibir. Para mi familia es un orgullo reescribir la historia de la batalla de Lopera, aunque algunos nos critiquen por ello, ya que, más allá de lo que está en los libros y en las crónicas de la época, en ella murieron tres jóvenes poetas y no solo dos: los ingleses Ralph Fox y John Cornford, ambos miembros de la XIV Brigada Internacional, y también, aunque fuese algunos días después e indirectamente por las consecuencias de la maldita guerra civil, la prometedora poeta loperana, Carmen Torres Sánchez… mi madre.

Los ojos de Rafael se tornaron cristalinos y Taeyang aprovechó la pausa para tomar la palabra:

–Hay más, señor. Envuelto en ese papel encontré este anillo.

–No me lo puedo creer. ¡La alianza de bodas de mi madre! –exclamó Rafael.

El anciano introdujo su mano por el cuello de la camisa y sacó una delgada cadena de oro de la cual colgaba otro anillo gemelo al que Taeyang le acababa de dar. La abrió y juntó los dos y, apretándolos fuertemente contra su pecho, miró a Taeyang y le dijo:

–Ahora, las alianzas de mis padres reposarán unidas a mi corazón hasta que Dios decida llevarme de este mundo. Muchas gracias, amigo. Jamás olvidaremos lo que has hecho por nosotros.

Los tres se fundieron en un abrazo interminable llorando de la emoción.

La historia de Carmen Torres Sánchez no había terminado el 2 de enero de 1937, sino el 27 de diciembre de 2016, justo 80 años después de la muerte de su querido Pedro. Aquel viejo olivo, a saber por qué avatares del destino, había realizado un largo viaje hasta Seúl para encontrar el aliado idóneo que devolviera a la familia de Carmen Torres Sánchez su último poema y el símbolo de la unión con su amado esposo. De la misma forma, ese hallazgo fue el hecho desencadenante para que Taeyang decidiera apostar verdaderamente en la búsqueda de su propia felicidad. Desde aquel día se afincó en Lopera y comenzó a trabajar en lo que mejor sabía hacer y que terminó por unirle para siempre a la familia Torres: la internacionalización del aceite de oliva producido por la “Almazara Torres e hija”.

Al salir del trabajo, Taeyang no necesitó nunca más caminar hasta ningún parque para disfrutar de la naturaleza. Le bastaba con sentarse frente a la ventana del salón de su casa, abrirla y disfrutar de las mejores vistas que jamás hubiera podido imaginar. El mar de olivos de la provincia de Jaén le había devuelto la felicidad perdida

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