Regreso

Regreso

[Laura Castaño Lluna]

Aunque iba muy cargada, quiso recoger el correo de su buzón. Cogió las cartas con   dificultad, las colocó dentro de una de las bolsas y llamó al ascensor para subir a casa.

Colocó la compra sobre el banco de la cocina y metió los alimentos frescos en la nevera; también quiso abrir las cartas, para lo cual se ayudó de un cuchillo que encontró cercano. En ese momento, oyó sonar   el teléfono en el comedor, corrió, pero no alcanzó a cogerlo. Casi todo son facturas –pensó–, mientras iba amontonándolas   al tiempo que ojeaba los gastos, que por cierto eran cada vez   más altos. Necesitaba unas vacaciones, se decía para sí misma, pronto llegarán –pensó–, con unos días será suficiente, esos que le había prometido el jefe.

Ojeó entre las cartas la publicidad que siempre desechaba. Entre aquellos folletos de   colores, le pareció ver una casa rural, pero también acabó en la basura, aunque poco después recordó esa   posibilidad que llevaba en mente desde hace   tiempo de desplazarse   a Jaén a   la casa que tenían sus tías, a las que hacia tantísimo tiempo que no veía. De esta forma tampoco gastaría demasiado dinero, pues podría alojarse allí mismo, en el caserón propiedad de la familia. Se preparó algo rápido para comer porque enseguida se haría la   hora de   recoger a Izan del colegio.

Además, le gustaba esa idea de regresar a aquel lugar que formaba parte de su infancia y al que no había vuelto desde entonces. Le venían a la memoria momentos irrepetibles de cuando era pequeña y viajaba con sus padres y   hermanos. De eso hacía ya muchos años –pensó–. Recordaba con añoranza   los paisajes grandiosos de aquel lugar, donde entonces podía perderse en su inmensidad, y donde   llegó a pensar que todo el mundo   estaba formado por ese mismo paisaje. Nada más lejos de la realidad –pensó–, pero claro, es que de eso hacía mucho tiempo. Entonces era pequeña y podía fantasear en esas tierras surcadas que se perdían en su mirada infinita. ¿Y sus colores? Libres, intensos y de marcados contrastes donde los olivos se disponían haciendo líneas irregulares, dependiendo del terreno. Aun así conocía perfectamente los olivos más cercanos, esos con los que siempre topaba cuando se disponía a alejarse. Desde luego, aquella visión la tenía bien grabada en la memoria, por eso la idea de volver allí cada vez le parecía más dulce y conforme pasaba el tiempo se sentía con más ganas de regresar.

Aquella noche volvió a sonar el teléfono. Era Alberto, uno de los primos que todavía vivía en Jaén, con el que mantenía más contacto y de vez en cuando se llamaban.

–Sonia, te he llamado antes, igual estabas trabajando o te pillé en mal momento. ¿Cómo estás? ¿Cómo va todo?

–No, para nada –contestó ella–. Oí el teléfono, pero no he llegado a tiempo. Mira, ¿sabes qué? Igual para final de mes me tienes allí y así nos podremos ver y contarnos todo en persona. ¿Qué te parece? Después de tantos años sin vernos, ¿tú crees que nos reconoceremos? Jajajaja. Bueno…, yo espero que sí.

–¿En serio? ¡¡Vaya sorpresa¡¡ Pues sí, hazte   pronto el ánimo que te esperamos por aquí.

–Sergio, acuérdate de no decirles nada a las tías, me gustaría darles una sorpresa –le dijo Sonia–. ¡Ah!, y ten en cuenta que viajaré acompañada, mi pequeño Izan, ¿recuerdas?

 

–¡Claro que sí! Tú no te preocupes de   nada. Cuando las tías te vean no te van a reconocer y no   lo pienses más que te queremos ver pronto –dijo Alberto–. Aquí vas a poder descansar, ya sabes lo tranquilo que es esto. En cuanto me confirmes, yo mismo me encargo de prepararte una de las habitaciones que tenemos. ¿Te acuerdas aún de la casa? Pues la vas a encontrar igual. Y tu pequeño, creo que me dijiste que ya tenía casi cinco años.

–Así es, Sergio. Él cinco, y yo otros tantos –contestó entre risas. Se despidieron.

Después de aquella conversación, Sonia contaba los días tachándolos en el calendario. La espera se estaba haciendo larga. Le contó a Izan lo del viaje mientras comían. El pequeño preguntó si había más niños. Su madre sonrió.

–Creo que no, pero los buscaremos.

Preparó la maleta, recobrando la ilusión de una niña. Algo de   ropa y su bolsa de aseo serían suficientes.

–¡Eso sí, que no se olvide la consola de Izán¡ –soltó una carcajada.

El día del viaje, Sonia conducía segura de sí misma. De vez en cuando giraba la cabeza para conversar con el pequeño y aprovechó para contarle que ella había estado   allí de pequeña, cuando tenía su edad. Pero a Izan le resultó extraño imaginar a su madre con su misma edad. Casi llegando a su destino paró a poner gasolina y ya pudo divisar a lo lejos parte del paisaje.

Con la sorpresa de la llegada, sus tías salieron atolondradas a darle la bienvenida. Cuando supieron quién era, sus manos cálidas la abrazaron y besaron sin soltarla. También la miraron de arriba a abajo, más bien por la incredulidad de que Sonia estuviese allí y de su cambio por el paso del tiempo. Conversaron brevemente sobre el tiempo que había pasado desde que no la veían. “Qué tiempos aquellos” –no paraban de decirle con alguna lagrimilla en los ojos. La impresión que tuvo Sonia todavía fue más grande de lo que esperaba: Allí parecía haberse parado el tiempo, tanto fue así que decidió apagar su móvil para sentirse plenamente libre. Ya en la casa, traspasó la gruesa pared de ladrillo y enseguida pudo percibir el frescor y el aroma del interior de la vivienda. Una vez dentro, pudo comprobar con añoranza que todavía se conservaban aquellos cestos de   cristal, recubiertos de mimbre cruzado y que adornaban delicadamente el largo pasillo de la casa. Recordó también haber visto esos cestos repletos de las olivas justo después de la recolección que antiguamente hacía la familia en aquella época. Incluso ella, en alguna ocasión, había estado con sus primos intentando alcanzar las olivas, con cierta dificultad, por la poca estatura.

Alberto, cómplice de la visita, les acompañó a la habitación que les había preparado. Sonia no podía creer que casi todo estaba casi igual; se fijó en una vieja colcha hecha a mano. Dejó su maleta sobre la cama y enseguida sintió el impulso de asomarse a la gran ventana. Apartó la cortina y observó aquellos arboles, de copa ancha, altura media y tronco grueso donde tantas y tantas veces había correteado, perdiéndose entre risas y juegos y que en alguna ocasión le habían parecido auténticos monstruos de múltiples brazos que se alargaban para cogerla. Pero ella siempre corría más y llegaba a casa de sus tías diciendo que había ganado una batalla a los gigantes.

A la mañana siguiente, Alberto le propuso ir a dar un paseo por el terreno   y   la quiso llevar con el jeep. El pequeño quiso quedarse jugando a la consola en el caserón.

–Pórtate bien –le dijo, ansiosa de subirse al coche. No quería perderse nada de aquella estancia. Fue entonces cuando pudo divisar, entre la inmensidad de los campos, a las gentes que trabajaban por allí. Las maquinarias eran más modernas, pero las personas le parecieron las   mismas de entonces: las observó   trabajando con ropa cómoda, sombrero de paja, algunos de   ellos medio agachados, otros en escaleras de madera para alcanzar las olivas, otros tocando el suelo y recogiendo   las olivas que   quedaban sobre la amplia red extendida en el suelo. También observó a lo lejos cómo algunos de ellos, desde la parte trasera de los tractores, volcaban las olivas sobre las tovas de recepción. Preguntó a Alberto si podía bajar del coche, ella también quería tocarlas, y mira que las había visto muchísimas veces, pero quería que fuese allí, allí donde nacen, allí las veía diferentes. Sin llegar a arrancarla colocó una de las pequeñas ramas en su mano, como una fotografía pero sin cámara, pensó. Quiso observarlas mejor y alzó su mano para encontrar un   pequeño rayo de luz que pudiese traspasarlo. Sonrió feliz.

Después les esperaba una comida familiar. Otro de sus tíos, que vivía en una población cercana, también acudiría junto a su familia. Le recordó a Alberto la hora que era y este le contestó que todavía tenían tiempo de acercarse a ver la almazara, además solo tendrían que desplazarse un poco. Así que se dispusieron a visitarla. Las instalaciones estaban visiblemente nuevas, aunque se había conservado el caserón antiguo donde relucía una gran fachada de color blanco. Una vez dentro, Sonia observó los enormes bidones de metal que estaban al fondo y una gran variedad de maquinaria, donde cada una mantenía su función. Le pareció curioso ver aquel “grifo” que soltaba el aceite de color verdoso y muy espeso. Fue allí donde entendió que efectivamente se le denominaba “el oro liquido”.

Uno de   los que trabajaba allí, se acercó. Saludó a Alberto y este aprovechó para presentarle a Sonia. El hombre les explicó brevemente el largo proceso que necesitaba este producto   para obtener una alta calidad y todas las propiedades que poseía, no solo en la alimentación ya que cada vez se iban conociendo las numerosos beneficios para la salud, sino que gracias a todas las investigaciones sobre la materia prima, habían desembocado en el uso para productos cosméticos y del cabello. Todo ello gracias a la alta tecnología y al apoyo que había conseguido sobre esta materia. De tal modo que el aceite de la zona, aparte del consumo nacional, se había convertido en uno de los productos españoles más exportados a nivel internacional, dejando la huella como un producto altamente cotizado. Pues… sí, sí que había cambiado todo esto, pensó, de lo cual se alegraba mucho.

La comida familiar les esperaba y como el tiempo acompañaba, decidieron que comerían fuera. Era evidente que las tías se   habían esmerado en preparar unos platos exquisitos donde no faltó el aceite y las olivas de diferentes colores sobre aquella mesa engalanada con un mantel blanco. Entre risas y recuerdos transcurrió la tarde. Izan estuvo muy entretenido jugando con los demás niños y a Sonia le pareció casi increíble. El sol se fue escondiendo y llegaba la noche.

Al día siguiente, Sonia despertó, recogería sus cosas y retornaría a la gran ciudad. Sabía que tenía un largo camino por delante, así que no quería que se le hiciese demasiado tarde. Prometió volver pronto y se despidió de la familia.

En el viaje de vuelta, Izan quiso contarle un secreto.

–¿Sabes mamá? ¿Sabes lo que nos ha pasado? ¿Te lo cuento? Mira. Hemos luchado con auténticos monstruos que no han dejado de perseguirnos, nos ha sido muy difícil deshacernos de ellos. Eran grandes y poderosos pero, al final, no lo   han conseguido porque nosotros hemos sido más fuertes–. A Sonia no le faltó que le explicase mucho más de aquella historia porque se vio a sí misma.

Ya en Madrid, se sintió aturdida entre los ruidos y grandes edificios que iban apareciendo. Les costó llegar a casa debido al tráfico. Por fin en casa, se dispuso a deshacer la maleta. Encontró algo que estaba envuelto en papel de regalo. Enseguida pensó que habían sido sus familiares. ¿Qué le habrían puesto? Lo abrió deprisa, nerviosa y lo miró detenidamente, tanto como que hubiese querido volver. Una fotografía de toda su familia. Se reconoció sonriente entre sus padres y sus hermanos. Al fondo, resaltaban los majestuosos olivos como si fuesen guardianes del tiempo. Pensó que la próxima vez podría ir con Pablo y Ernesto, sus hermanos. De momento, la ha colocado en el recibidor, para que siempre los tenga presentes.

Comparte con tus amigosTweet about this on Twitter
Twitter
Share on Facebook
Facebook