El regalo de Aquilino Buenamesa

El regalo de Aquilino Buenamesa

[Rafa Vera]

“Poca imaginación para crear una historia, pero facilidad para desarrollarla”. Esa fue la crítica que me hizo la editorial. Me quedé más o menos igual que si me hubieran dicho “con tu manuscrito y un par de euros te dan una caña en cualquier bar”. Era la octava casa a la que llevaba mi novela. Dos años de trabajo. Veinticuatro meses dejándome las pestañas varias horas al día para terminar como aquellos vendedores de enciclopedias de puerta en puerta cargados de bártulos.

Por eso me extrañó volver a tener noticias de ellos pasados unos meses. Más extraño aún fue el encargo: escribir una biografía. ¿Yo? ¿Una biografía? Sí, es trabajo de escritor pero, caramba, lo último que me esperaba era acabar haciendo de “negro”. Tras un par de horas meditándolo llegué a una conclusión clara: con mi orgullo de escritor no me dan ni una barra de pan, pero con este trabajo tendría para aguantar unos meses. La respuesta estaba clara, así que acepté. ¿Quién sabe? Lo mismo funciona eso de que lo importante es meter un pie y luego ya ir entrando poco a poco.

En unos días me llegó por correo electrónico toda la documentación que necesitaba. No parecía muy complicado el trabajo: debía irme a un pueblo de Jaén, al sur del sur, a un lugar que ni sale en Google Maps. Allí vivía el dueño de una fábrica de aceite que estaba a punto de jubilarse y sus hijos querían tener un detalle con él regalándole su propia biografía. ¿Habrá regalo más tonto? ¿Qué le dirán: “toma, papá, aquí tienes tu vida que como es tuya te la sabrás de pe a pa”? Como el buen mercenario en que me había convertido decidí ponerme manos a la obra sin hacer preguntas.

Un auténtico infierno para un urbanita como yo. El móvil apenas si tenía velocidad aún en las zonas de más cobertura y los pocos sitios donde tenían internet eran casi prehistóricos. Eso sí: la casa donde vivía toda la familia, que era la propia fábrica de aceite, parecía un palacete modernista. Impresionante. Me habilitaron una habitación sólo para mí y se prestaron a facilitarme el trabajo lo máximo posible. Sobre todo Carmen, la hija del biografiado que juntaba la dulzura con la bravura campestre. Me sentía hasta importante, como “El Escritor” en la novela de Robert Harris.

La primera persona a la que entrevisté pensé que era el destinatario de mi obra: un hombre grande, muy moreno, con unas manos enormes y unos setenta años. Pero no, era el hijo. ¿El Hijo? No salía de mi asombro. ¿Cuántos años tenía el padre? Pues noventa y cinco. Ni más ni menos. Hay que estar muy aburrido o tener mucha pasión para tardar tres décadas en jubilarse. Lo único que saqué en claro tras la primera ronda de entrevistas fue que Aquilino Buenamesa era una persona que nació trabajando y casi esperaba morirse igual. No diré que era un hombre hecho a sí mismo, por no caer en tópicos, pero sí que se las vio y se las deseó durante media vida para llegar a donde había llegado. ¿Dónde había llegado? Pues a ser casi un centenario que se sigue levantando a las seis de la mañana. Peculiar criatura. También saqué en claro que su hija Carmen era de esas que salen en las películas de sobremesa que te obligan a replantearte tu propia existencia.

Tras una semana y unos cinco kilos de más (madre mía ¡Qué bien se come en el campo!) tenía material como para un volumen de quinientas páginas. Me quedaba aún lo más importante: hablar con el protagonista de mi obra, don Aquilino.

Como no apareció a la hora de la comida decidí comenzar a escribir. Luego son todo prisas, así que cualquier avance sería tiempo ganado. Cundió la tarde y a eso de las siete ya tenía el esquema hecho, una línea temporal y sobre veinte páginas con pinta de ser definitivas. Vino Carmen a avisarme para la cena. Aún quedaba tiempo, así que nos permitimos el lujo de dar un paseo y charlar. A la hora de sentarse en la mesa aún no había vuelto el patriarca, pero dejó un mensaje: “Que duerma rápido el escritor que a las seis me lo llevo al tajo”. La cara de Carmen era un poema: “come algo y acuéstate pronto, en serio, que si papa dice a las seis es a las cinco y media”.

Hasta ese día mi récord en proceso de documentación eran dos horas delante de la Wikipedia. Desde ese mediados de diciembre todo cambió. Cambió mi manera de documentarme. Cambió mi manera de meterme en la piel de “mi protagonista”. Es más, si me apuras, hasta cambié yo.

A las cinco y media estaba el señor Buenamesa en mi puerta con dos bolsas de tela y un “vamos niño, que se nos va el día” en los labios. Poco hablamos aquella primera media hora. Yo aún tenía las legañas pegadas y no me había dado tiempo ni a tomarme un café. Conocía algo a ese hombre y tenía la tranquilidad de que hambre no iba a pasar fuéramos donde fuéramos. En una pequeña caseta, una nave de aperos donde apenas cabía el tractor y algún archel más, tenía una pequeña cocina. Allí mismo se puso a preparar unas gachas sobre el camping gas, meneándolas con una paciencia extrema. A gloria me supieron. Primero pensé que tras el festín no me quedarían fuerzas para seguir andando, pero nada más lejos: aquella especie de pan de lembas alimentaba a todo un hombre como don Aquilino toda una mañana y a alguien como yo todo un mes.

Luego, tras enseñarme a reconocer las lindes, a varear, a “arrecoger” y a mil cosas más, nos sentamos para la merienda. De toda la vida mi merienda ha sido una tostada de nocilla a las cinco de la tarde. Esta no, allí todo era especial. Un pan del tamaño de un balón de baloncesto apoyado en el sobaco y cortado con la misma navaja que había usado durante toda la mañana. Un poco de aceite, tocino y un par de naranjas de postre. Si el desayuno pensé que me duraría un mes, con este almuerzo llegaría a la siguiente nochevieja.

Por primera vez comenzó a hablarme. No a regañarme ni indicarme, no, a hablarme.

“¿Ves todo lo que tienes delante, hijo? Hay olivos más viejos y más jóvenes que yo. Míralos bien, que vosotros sois más de ver que de mirar. Comienzan con un plantón, apenas un esqueje al que hay que cuidar como a cualquier recién nacido. Luego se hacen adolescentes y empiezan con las chuminás de la edad del pavo: unos tiran para un lado, otros para otro, es el momento de enderezarlos. El trabajo es realmente simple, apenas un poco de tiento, como con las personas, jamás forzarlos ni cortarle lo que le sobre. Al contrario, hay que conocer sus virtudes y guiarlos por el camino que piden. Entonces llega el momento, si miras aquellos que hay más allá, en que ellos mismos toman su camino. Da el mismo orgullo que ver a la familia prosperar: unos son tuyos, otros te fueron legados, pero todos son tu responsabilidad. Como tú con mi Carmen, ¿o te crees que no me entero de nada? Ahora, si miras allí, al lado del estanque, verás los más viejos. Tienen las ramas como mis manos, llenas de nudos. Arrugados, anudados, retorcidos, grises; como yo estoy ahora”.

No sabía si se sentía triste o estaba exhultante, no adivinaba el brillo de sus ojos y casi ni me importaba. Estaba tan pendiente de sus palabras que hasta dejé caer la libreta y el boli para no perderme nada de lo que me decía.

“Esos troncos retorcidos han visto más que todos nosotros. Si plantas algo cerca sabes que se criará, ya que entiende dónde está el alimento. Sus raíces llegan donde ni te imaginas y disfruta compartiéndolas con los palos que se encuentren por el camino. Esta es mi vida, fue la de mi padre y la de mi abuelo. Tal vez tú te rías, que vienes de las capitales y todo te parecerá una tontería; pero aquí lo más importante no es ya lo que hagas, sino lo que tomas y lo que dejas. Ni nada cae del cielo ni nada se tira, todo hay que ganárselo. Media vida he trabajado para mis padres, y la otra media para mis hijos. Ahora quiero pensar que soy como aquel olivo de allí, el que está un poco más apartado. Parece que va a morir pero sus raíces llegan hasta los plantones de abajo. Da leña para el invierno y sombra para el verano. No hay un principio ni un fin, sino que todos somos un camino que hay que recorrer. Yo quiero creer que he cogido el testigo y he preparado a mis hijos para que lo retomen. Con eso me vale”.

Pocas veces se da en la vida la sensación de haberse encontrado a uno mismo, a su espacio y a su gente. Ese día supe que Aquilino Buenamesa era mil veces mejor escritor que yo y mucho más poeta.

De aquello hará ya veinte años, Carmencita, que te he contado la historia de tu abuelo mil veces. Ahora ve corriendo a por las llaves del tractor y dile a tu madre que nos queda aún media finca por arar. Mientras, yo prepararé las gachas.

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