Los barriles de aceite

Los barriles de aceite

[Pablo Guillamón]

A la antigua ciudad armenia de Artashat, rodeada de montes y áridas tierras, llegó un carro tirado por dos mulas. Iba en la caravana de Tbilisi que, tras muchos días de viaje atravesando la Anatolia, se detuvo a las afueras. Cuando llegaron a la puerta norte, quien lo conducía preguntó por algún lugar en el que poder alojarse, pues llevaban más de diez días viajando y aún les quedaban muchos para llegar a su destino: la ciudad de Bakú en Azerbaiyán, según dijo.

Los soldados que guardaban la puerta le indicaron una taberna cercana, que también era posada, en la que seguro encontrarían alguna habitación o cama para poder pasar la noche.

El carro atravesó las puertas de la muralla y continuó el camino que le habían indicado.

Pronto vieron un letrero en el que se podía leer: «La taberna del Mirlo». Donde se detuvo y entraron.

—Buenas tardes —saludó al que parecía el tabernero—. Me llamo Alek, mercader de Erzicán. Vengo buscando aposento para mí y dos personas más. ¿Disponéis de ese servicio?

—Así es —contestó el hombre—. Poseo dos habitaciones con dos camas cada una. Si las queréis ahora, están libres. Sólo tenéis que darme medio dram y por esta noche serán vuestras.

—¿Pedís medio dram por una noche? —respondió Alek—. Me parece bien, pero estaremos más noches, espero la caravana de Bakú.

El tabernero llevó al mercader hasta los aposentos que le acababa de alquilar en el piso de arriba mientras los soldados custodiaban el carro. Cuando se hubo instalado, bajó a la taberna a hablar con el dueño.

—Necesito haceros una pregunta, posadero —le dijo—. He oído decir que en esta ciudad hay un mercader que trabaja el negocio del aceite, Morgos creo que se llama…

—Claro —interrumpió el posadero—. Morgos es un adinerado mercader que tiene la casa no lejos de aquí. Él vende todo el aceite de la ciudad. ¿Os interesa el aceite?

—Querría hablar con él. ¿Me podéis indicar el camino hasta su casa?

El posadero lo acompañó hasta la puerta donde estaban los soldados y le dio las indicaciones pertinentes.

Alek dijo a los soldados que lo acompañaban que se instalaran en una de las habitaciones de arriba mientras él iba con la mercancía a una casa cercana.

En unos minutos conduciendo el carro dio con el lugar. Era una casa grande de dos plantas con un pequeño patio ajardinado. Había una puerta de madera muy adornada que correspondía a la de la vivienda y otra más grande que era la del almacén donde se guardaba el aceite.

Alek se detuvo y descendió para llamar a la casa. Tras dar varios golpes en la puerta, se abrió una pequeña mirilla de hierro y la voz de una mujer preguntó que quién era el que llamaba.

—Buenos días —dijo dirigiendo su voz hacia la mirilla—. Soy Alek, mercader de Erzicán, y deseo hablar con Morgos, el comerciante de aceite.

—Buenos días, Alek, mercader de Erzicán —respondió la voz tras la mirilla—. Mi esposo Morgos no se encuentra en la ciudad. No podréis hablar con él.

—Entonces quizá vos me podáis ayudar, ya que sois su esposa —continuó Alek—. En este carro que veis ante vuestra casa traigo diez barriles de aceite de excelente calidad. Vengo en la caravana de Tbilisi, pero me dirijo con ellos hacia la lejana ciudad de Bakú, donde espero venderlos. Llevo casi diez días de viaje y estamos haciendo una parada de descanso aquí en Artashat, a la espera de la caravana de Bakú a la que aún le faltan algunos días para llegar. Sin embargo, dado el gran valor de mi carga necesito un sitio donde poder guardar mi aceite mientras esperamos, sin riesgo de ser robada. Por supuesto os pagaré este servicio.

Al escuchar estas razones, la mujer abrió la puerta para ver al hombre con el que estaba hablando. Salió a la calle y vio a un joven alto y apuesto que junto a su carro la miraba con grandes ojos negros. Turvanda, la esposa de Morgos, era una mujer de mediana edad que llevaba años casada con el mercader. A pesar de su madurez, conservaba casi intacto su atractivo. Cuando Alek la vio quedó impresionado por su belleza.

—¿Cuánto estáis dispuesto a pagar por dejar vuestro aceite en mi casa? —preguntó Turvanda.

—Si os parece bien os daré un dram —respondió Alek—. ¿Aceptáis?

—De acuerdo, un dram me parece un buen precio —dijo Turvanda—. Abriré la puerta del almacén, pero necesitaréis ayuda para bajar los barriles. Haré que vengan los mozos que contratamos habitualmente para las cargas y descargas.

Cuando los barriles estuvieron en el almacén, la mujer se interesó por su calidad y precio.

—¿A cuánto pensáis vender en Bakú cada barril? —le preguntó.

—Espero obtener no menos de cincuenta dram por cada uno de ellos —contestó Alek.

—Mucho dinero es ese —dijo la mujer—. No creo que os paguen tanto, por muy bueno que sea el aceite.

—Es todavía mejor. ¿Queréis verlo? Con mucho gusto os sacaré una Sila para que podáis probarlo.

La mujer le acercó una jarra y Alek vertió un poco en ella. Su aroma impregnó la habitación.

—Es bueno —dijo Turvanda—. Me gustaría compraros algo, pero Morgos me reprendería por su precio.

—Sois tan hermosa y atractiva —dijo Alek mirándola a los ojos— que si realmente os gusta mi aceite, estoy dispuesto a daros un barril, sólo por obtener vuestros favores.

—Por dios, vuestra proposición me ofende. Soy mujer casada —dijo Turvanda bajando la mirada.

—Vuestro marido está lejos. Podríais contentarlo diciéndole que habéis comprado aceite de gran calidad por un dinero que, por otra parte, podríais apartar de su bolsa para uso vuestro.

—Me hacéis una tentadora propuesta —dijo Turvanda—, pues sois joven y guapo. Y os saco más de diez años.

—Pero vuestra madurez y belleza me ha impresionado más que si fueseis una joven doncella. No obstante, perdonad mi indiscreción si es que mi ofrecimiento no os merece consideración alguna.

Turvanda le dijo que tomara asiento un momento mientras iba a buscar un poco de pan y queso con el que probar el aceite.

Se dirigió a la cocina y le dijo a la sirvienta que pusiera los alimentos en una bandeja. Mientras la joven preparaba los alimentos, Turvanda comenzó a darle vueltas a la cabeza. Aquel joven tan guapo y apuesto era, para una mujer como ella, un manjar aún mayor que el aceite de los barriles. Pensó que con un barril como aquél podría retirar veinte o treinta dram de la caja del dinero y decir a Morgos que con ellos había pagado el aceite haciendo un buen negocio. Por otra parte, pensó que aquel hombre se iría y no volvería a verlo jamás, lo cual también jugaba a su favor y además, ¿qué se llevaría a cambio del barril? Nada, se preguntó y contestó ella misma. Estos pensamientos comenzaron a invadir su mente mientras veía cómo la sirvienta cortaba el pan. Después le dijo que también pusiera dos copas de vino de la última cosecha y regresó al almacén.

Mientras comían, Alek le habló de sus viajes por todo el Imperio Otomano. Le habló de Damasco y Estambul, la capital, de la belleza de sus jardines y palacios junto al Bósforo. Ella nunca había salido de Armenia, por lo que quedó impresionada con los relatos de Alek, que le hablaba y la trataba tan dulcemente. Le ofreció otra copa mientras acariciaba la idea de acceder a su propuesta.

—Por supuesto que acepto otra copa —respondió—. El vino es excelente y vuestra compañía mejor.

Turvanda fue a la cocina y mientras llenaba de nuevo las copas, le dijo a la sirvienta que necesitaba una cesta de mimbre pequeña. Le dio diez lumas para comprarla en el mercado, que estaba al otro extremo de la ciudad, y le dijo que pasara también por la modista donde tenía que recoger unos vestidos.

Cuando regresó al almacén, Alek le dijo que estaba dispuesto a darle dos barriles de aceite por sus favores, pues el vino y su dulce voz lo tenían deslumbrado. Cuando Turvanda escuchó esto, no dudó en cogerlo de la mano y llevarlo hasta sus aposentos, donde juntos yacieron a placer sobre la cama de Morgos.

Antes de que la criada regresara, Alek se fue a la posada, no sin antes marcar dos de los barriles de aceite con una pequeña cruz en señal de que ahora eran de la propiedad de Turvanda.

Cuando regresó a la posada con el carro vacío, los soldados, que se encontraban en la puerta, se sobresaltaron pero él los tranquilizó diciendo que los había puesto a buen recaudo en un almacén cercano.

Al día siguiente, tras desayunar en la posada una sopa caliente con algo de queso de oveja, aceitunas, té y yogur, se dirigió de nuevo a la casa de Morgos para revisar los barriles de aceite. Esta vez le abrió la puerta la sirvienta, quien le dijo que la señora Turvanda había ido a la iglesia a oír la misa de la mañana y no volvería hasta dentro de una hora. Entonces le dijo que volvería una hora más tarde y decidió dar una vuelta mientras tanto. Se dirigió a las distintas puertas de la muralla y se informó de que se abrían al amanecer y eran cerradas al anochecer, tras lo cual nadie podía entrar ni salir de la ciudad.

Cuando supo todo esto, volvió a la posada y les dijo a los soldados que a partir de ese momento su misión consistía en pasar el día, del amanecer al anochecer, vigilando las puertas, de manera que si veían llegar un mercader a caballo, le avisaran inmediatamente. Tras decir esto, los soldados se fueron y él permaneció en la posada hasta bien entrada la tarde.

Turvanda, que había sido informada por su criada de la visita de Alek y de las palabras que había dicho, estuvo todo el día turbada y expectante. Cada hora que pasaba se alteraba más y más esperando su llegada. Cuando ya estaba cayendo la noche y su turbación le estaba haciendo desesperarse, llamaron a la puerta. Fue rápidamente hasta ella y abrió la mirilla, viendo, a través de la celosía, que era Alek quien esperaba fuera.

—Muy larga ha sido vuestra hora —le dijo abriendo la puerta.

—Perdonad si he podido importunaros —contestó—. Pero me ha sido imposible volver antes.

—¿Y qué os trae por aquí a estas horas? Está a punto de anochecer…

—Lo sé y perdonad la indiscreción de venir tan tarde, pero no estoy tranquilo sin ver que se encuentra bien el aceite. ¿Os importa si le echo un vistazo?

—Por supuesto que no —dijo Turvanda sonriendo—. Acompañadme, os llevaré al almacén.

Cuando llegaron al almacén, Alek dio una vuelta entre los barriles, mientras la mujer lo seguía con la mirada.

—Está todo bien —dijo tras verlos— salvo mi corazón.

—¿Vuestro corazón? —le preguntó Turvanda confusa.

—Tengo que confesaros que he pasado todo el día pensando en vos —dijo poniendo la cara triste—. No he pasado un momento sin recordar la suavidad de vuestra piel, semejante a la más fina seda. He venido porque estoy dispuesto a daros tres barriles de aceite si me otorgáis de nuevo vuestros favores.

—¿No os parece que esto es demasiado? —dijo Turvanda algo contrariada—. Si lo de ayer fue un atrevimiento, repetirlo hoy es temerario. Mi marido puede volver en cualquier momento. Hace más de veinte días que partió y nunca tarda en volver mucho más de eso.

—Pero ya es noche cerrada—dijo Alek—. Como sabéis, nadie puede entrar en la ciudad tras anochecer.

—Pero, con estos tres barriles ya estáis perdiendo la mitad de vuestra carga. No vais a obtener en Bakú muchas ganancias con esto —le dijo Turvanda que, acostumbrada a los negocios, no podía entender que aquel joven se desprendiera de tanto dinero sólo por ella.

—No os preocupéis por eso. Ya obtendré ganancias que suplan éstas. Además, estar con vos es una de las mayores ganancias que jamás haya obtenido.

Turvanda pensó con rapidez en la nueva proposición. Ciertamente ya era de noche y aunque Morgos estuviera a las puertas de Artashat, no podría entrar. Por otra parte ella tenía el corazón tan turbado y compungido como él acababa de decir. Había pasado todo el día pensando en la dulzura con la que el joven la había tratado el día anterior. Nunca había tenido semejantes sentimientos en el pasado. Además, con tres barriles más, podría apartar de las arcas de Morgos otra buena cantidad de dinero. La propuesta era tentadora y el joven tan apuesto y delicado que Turvanda, a pesar de que intentaba mantener su posición, no pudo resistirse.

—Esperadme aquí —le dijo mientras salía del almacén.

Fue a la cocina a ver a la sirvienta. Turvanda le dijo que preparara un Khachapouri de pan al horno relleno con queso fundido, Tolma de arroz envuelto en hoja de parra y Madzún, que era yogur condimentado con ajo. Todas estas comidas requerían de bastante tiempo para su elaboración. Después le dijo que no saliera de la cocina hasta que todo eso estuviera hecho, pues era posible que mañana Morgos regresara y su comida favorita debía de estar preparada para ese momento. Dicho esto regresó al almacén

—Seguidme —le dijo desde la puerta—. Pero antes marcad los tres barriles de aceite que me habéis dicho.

Alek así lo hizo y la siguió hasta el dormitorio donde yacieron juntos de nuevo.

Antes de que la criada hubiera terminado los platos encargados, Alek ya estaba de vuelta en la posada.

A la mañana siguiente dio un paseo por la ciudad y al anochecer volvió a visitar a Turvanda, que había pasado todo el día esperando la noche y pidiendo que con el último rayo de sol, Alek llamara a la puerta.

Su incertidumbre apenas duró unos minutos, pues pronto la puerta sonó y Turvanda la abrió si preguntar.

—Vengo a revisar los barriles, si me permitís tal cosa —le dijo haciendo una reverencia.

—Por supuesto. Entrad —respondió.

—Diré a la criada que os lleve al almacén –dijo desapareciendo por el pasillo central de la casa.

Alek quedó parado por la sequedad del recibimiento, pero esperó a la criada sin decir nada. Cuando llegó, lo llevó al almacén y esperó mientras revisaba los barriles. En ese momento apareció Turvanda.

—Zabel —le dijo a la criada—. Ve a la entrada y acompaña a mi cuñada hasta su casa. Es de noche y vive demasiado lejos de aquí para ir sola. Y quédate a dormir allí, no estoy dispuesta a que vuelvas de noche sola. Mañana regresa al amanecer.

—Como mandéis, señora.

—¿Y vos? —se dirigió a Alek—. ¿Habéis terminado de revisar los barriles?

—Así es. Todo está correcto.

Las dos lo acompañaron hasta la puerta donde se encontraba la cuñada preparada para salir y lo despidieron. Después las mujeres se fueron, quedando ella sola.

Alek, que se había quedado esperando en la oscuridad de la noche tras la esquina de la casa vio a las dos mujeres perderse calle arriba y volvió a llamar a la puerta. Turvanda abrió y él entró inmediatamente.

—No comprendo vuestro regreso —le dijo al verlo de nuevo—. ¿No habéis revisado el aceite?

—El aceite está revisado. Vuelvo porque, al oír las órdenes que habéis dado a vuestra criada, he marcado los cinco barriles que quedan —le dijo mirándola a los ojos—. Os los ofrezco por esta noche a vuestro lado.

—¿Estáis dispuesto a perder todo vuestro aceite por otra noche conmigo? —dijo la mujer arqueando las cejas—. Pero esta noche no los necesitáis, yaceré con vos sin que os desprendáis de los cinco barriles que os quedan.

—Como gustéis, pero los barriles ya están marcados. Y un caballero con honor no se vuelve atrás si es justa su firmeza. Debéis aceptarlos.

Turvanda, que lo único que deseaba en ese momento era estar con él, no quiso entrar en discusión alguna, así que aceptó los barriles y lo cogió de la mano llevándolo hasta el dormitorio donde habían yacido las dos veces anteriores.

Tras la noche, las primeras luces del alba comenzaron a entrar por la ventana de la cocina donde habían vuelto a bajar para comer algo tras pasar la noche en vela. La mujer, al ver la luz, le dijo que debía marcharse, pues las puertas de la ciudad ya estaban abiertas.

—Tenéis razón. He de irme —dijo Alek—. Y ya no sé si volveré, pues no me queda una gota de aceite.

—No necesitáis aceite para volver. Necesitáis que Morgos siga de viaje.

Turvanda lo besó y le abrió la puerta del patio que daba a un solitario callejón para que saliera discretamente de la casa.

Nada más llegar a la posada subió a la habitación para descansar de toda aquella noche. Se echó sobre la cama y quedó inmediatamente dormido. Los soldados ya se habían ido a vigilar las puertas, por lo que nadie lo molestó hasta que uno de ellos entró a media mañana en su habitación dando un fuerte golpe en la puerta.

—¿Qué sucede? —preguntó.

—Un mercader llamado Morgos acaba de entrar a caballo en la ciudad por la puerta del norte —dijo el soldado y salió de la habitación.

Alek se levantó rápidamente, tenía que darse prisa, debía llegar a la casa antes que el mercader.

Se vistió en unos minutos, bajó a la calle y salió disparado hacia donde se encontraban los barriles de aceite.

Cuando Alek llegó, Morgos estaba abriendo las puertas del almacén por donde solía entrar cuando volvía de algún viaje. Giró las dos hojas dejando la estancia iluminada por la luz del día y llamó de un grito a Turvanda. Los diez barriles de aceite estaban perfectamente a la vista, dado que habían sido descargados y depositados delante de los que ya había almacenados. Morgos se acercó a ellos mientras Alek entraba.

—Buenos días, señor Morgos —le dijo acercándose.

—Buenos días, Alek. Me alegra mucho verte en mi casa —le dijo Morgos.

Mientras se saludaban, Turvanda entró en la habitación, acompañada por Zobel desde el interior de la casa. Al ver a Alek se quedó sobrecogida, no esperaba que estuviera allí, pero disimuló su desconcierto y se acercó a besar a Morgos, como solía hacer tras un viaje.

—Mi querida y fiel esposa, veo que los barriles de aceite están a buen recaudo. Llevo todo el viaje sobrecogido por la posibilidad de que hubieran tenido algún percance.

—Como veis —dijo Alek— todo el aceite está almacenado en vuestra casa como me encomendasteis.

—Lo veo y me produce una gran alegría —dijo Morgos, que después se dirigió a su esposa—. Mi querida Turvanda, veo que ya habéis conocido a Alek, que ha traído estos diez barriles de aceite que compré en Erzicán a mi amigo Eskender, del que Alek es su mejor y más fiel criado. Es un aceite extraordinario del que obtendremos un buen beneficio. No sé si habéis tenido la curiosidad de probarlo, pero es el mejor aceite que jamás hemos comprado.

—No tuve la curiosidad de probarlo por mí misma —respondió Turvanda en un tono algo áspero— pero este fiel criado me convenció para que lo probara. Ahí está la sila que sacamos.

—Entonces convendréis conmigo en su gran calidad —continuó Morgos—. Pero os preguntaréis por qué no vine con el aceite hace cuatro días en la caravana de Tblisi.

—Sí que es algo que me gustaría saber, mi querido esposo —dijo Turvanda.

—Pues resulta que estando en Erzicán en casa de Eskender tuve noticias de mis parientes de Ordu. Un oficial del ejército, que cenó con nosotros, me comentó que conocía a mi tío Arám y que sabía que estaba muy enfermo, si no había muerto ya, así que decidí dirigirme hasta su pueblo para verlo. Sin embargo, no podía dejar el aceite comprado para mi vuelta, pues la caravana de Tblisi estaba a punto de pasar y esperar a la siguiente me suponía una pérdida de veinte días. Eso fue lo que me llevó a pedirle a mi amigo Eskender la posibilidad de que alguno de sus criados trajera el aceite a salvo de ladrones, a la vez que contraté a dos soldados como aporte a la seguridad de la caravana. Después yo volvería mucho más rápido a caballo.

—Tuvisteis una magnífica idea, esposo mío —dijo Turvanda—. No sé qué habría sido de mí y nuestro negocio si hubiese tenido que pasar otros veinte días sola.

—Eso pensé yo —continuó Morgos—. Por eso me fijé en el criado Alek. Convendréis conmigo en que es un muchacho estupendo. Pasé unas agradables veladas en Erzicán escuchando sus maravillosas historias y cuentos. Eskender lo tiene en gran aprecio por su capacidad de inventar y contar fantásticas historias de lugares lejanos, que a todos nos maravillan. Os juro que me gustaría que se quedara aquí trabajando para nosotros, pero Eskender me mataría, pues es muy grande el aprecio que le tiene. ¿Verdad, Alek?

—Así es, señor Morgos —respondió—. Encantado me quedaría en vuestra casa, pero me debo a mi señor Eskender y no puedo dejarle.

—Lo comprendo —dijo Morgos—. Bueno, mi querida esposa, ¿habrás tratado a Alek como se merece?

—Por supuesto —respondió ella—. Creo que ha tenido una estancia muy agradable, o ¿no es así, joven Alek?

—Han sido unos de los mejores días de mi vida. Os lo puedo asegurar —respondió.

Tras este encuentro en el que Turvanda percibió el tremendo engaño de que había sido objeto por parte de aquel joven y apuesto criado, se retiró a la cocina con la criada, donde comenzó a preparar la comida junto a ella, mientras sus pensamientos comenzaron a enfurecerla. Se sintió tan humillada al comprender que los tres días más felices de su vida no habían sido más que una burla, que sus lágrimas caían sobre la comida humedeciendo los platos. Se dijo que había sido la mujer más estúpida e inocente que había sobre la tierra. Se había llegado a enamorar de un joven que sólo buscaba sus favores. Había caído en la majadería de creerse atractiva, de creer que podía tener unos días de amor con alguien que, a pesar de ser criado, la había tratado como un caballero. Pensando y pensando llegó a la conclusión de que si seguía con esas ideas caería en un terrible dolor, así que intentó dejarlo, pero los recuerdos de esos tres días maravillosos no dejaban de llenar sus pensamientos, lo cual la seguía apenando. Se preguntó si aquello era el amor que sentía por Alek. Un amor que tendría que guardar y conservar en aquellos recuerdos porque ya no podría haber nada más, se dijo.

A la mañana siguiente Alek volvió a la casa para despedirse. Al amanecer pasaba la caravana que desde Bakú se dirigía a Estambul pasando por su pueblo, y él y los soldados volverían en ella. Al llegar a la puerta del almacén, ya había alguna gente esperando para comprar aceite, pues sabían de la vuelta del mercader y acudían a proveerse. Cuando Morgos lo vio, lo saludó amablemente.

—Vengo a despedirme, señor Morgos —le dijo tras el saludo–. Mañana salgo con la caravana hacia Erzicán.

—Cuánto siento que te vayas, Alek —dijo Morgos.

—Nos volveremos a ver cuando volváis por la Anatolia, señor Morgos.

—Así es. Nos volveremos a ver.

Turvanda, que se encontraba sacando aceite de uno de los barriles que él había traído, se acercó para saludarle.

—Adiós, criado Alek —le dijo—. Que tengáis buen viaje. Y que los días que habéis pasado aquí no se conviertan en simple humo al viento.

—Espero que no, señora Turvanda. Y para ello voy a ir ahora hasta la iglesia de San Irenarco para dejar una plegaria junto a la imagen del santo— le dijo mostrándole un trozo de tela blanca.

Turvanda quedó pensativa con aquellas palabras, mientras lo veía salir por las puertas del almacén, sabiendo que ya no volvería a verlo. No obstante, aquello podría significar que iba a dejar alguna clase de escrito junto a la imagen del santo, así que se dijo que esa misma tarde iría a visitar la iglesia.

Tras la comida y antes de que anocheciera, Turvanda cogió a la criada y le dijo a su marido que tenía que ir a rezar. Salió calle arriba hacia San Irenarco, que estaba a unos veinte minutos de allí. Cuando llegó, se arrodilló ante el altar y se dirigió a la capilla del santo. Junto a los pies de la imagen, la gente acostumbraba a dejar plegarias y peticiones escritas, intentando que el santo las cumpliera. Entre todas las de papel había una sola pieza de tela cerrada con un nudo. Inmediatamente la cogió y se dirigió a uno de los bancos de la capilla donde poder sentarse a leerla.

“Mi querida Turvanda”, comenzaba el escrito.

No hay amor más feliz y desdichado, sino aquél que, por fuerza, se acaba con sólo ser comenzado.

Estos tres días que he pasado junto a vos han sido la delicia de un príncipe que, en realidad, no es más que un humilde lacayo.

Si creéis que ha sido burla lo que estos días hemos pasado, tengo que deciros que burla es la vida que nos toca vivir a los que no hemos nacido señores, sino criados. Porque esa es la vida que el destino me ha entregado.

Pero gracias tengo que dar a mi señor Eskender por enseñarme a leer y dejarme los libros que adornan su hermosa biblioteca, pues gracias a ellos he logrado la habilidad de deleitar a la gente con maravillosas historias que en ellos he encontrado y mi propia imaginación ha desarrollado, encendiendo la llama del suspense y la intriga que es la que nos lleva a querer saber cómo la historia acaba.

Tengo que confesaros, amada Turvanda, que estos conocimientos son los que, en un principio, me llevaron a fraguar la idea de hacerme pasar por mercader y negociar con los barriles de aceite de vuestro propio marido para conseguir el favor de su esposa, utilizando como armas el amparo de mi juventud y el tedio de vuestra madurez, junto a un esposo al que yo no veía muy apasionado. Pero como también sucede en las historias, lo que al principio se pretende, cambia y se torna diferente a lo que buscábamos, así que lo que el primer día fue engaño, el segundo fue deseo de estar con vos, con vuestra dulzura y animada conversación. Pero el tercero… el tercero fue amor apasionado. Pues nunca una noche fue para mí tan larga y corta a la vez, tan dulce por teneros y tan amarga por saber que el fin estaba cerca y pronto volvería a estar en la casa de mi señor, haciendo de bufón y criado.

Estas son las razones por las que escribo estas palabras sobre un trozo de tela, para que conozcáis la verdad y sepáis que:

Gracias al aceite de oliva,

la burla por mí trazada,

vuestra ternura y ardor

ha transformado en amor.

                               Alek

 

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