Una vida para olvidar

Una vida para olvidar

[Margarita Carro]

Juan se afeitaba con la maquinilla eléctrica, pausadamente, tanteándose con la mano izquierda la dura barba de tres días. A pesar de estar delante del espejo no osaba mirarse en él, pues apenas se reconocía en esa imagen que el cristal se empecinaba en devolverle. Tras varias pasadas y después de acariciarse el rostro con la mano libre dio por finalizada la tarea mañanera no antes de aplicarse una pasada de loción. Destapar el frasco y percibir el aroma varonil y darle una punzada en el estómago fue todo uno. Intentó apartar el recuerdo imborrable de los últimos meses y una lágrima asomó en sus ojos. Solo al llegar a la cocina el aroma afrutado del aceite de oliva le trajo a su mente el otro recuerdo sangrante de su infancia y los ojos acabaron de encharcarse en lágrimas. Tiró la media botella de aceite que aún quedaba en la encimera de mármol y cerró la puerta de la cocina tras sí.

Salió a la calle dispuesto a olvidar. Una bocanada de aire helado le recordó que estábamos en diciembre y las temperaturas habían descendido hasta los cero grados. Alzó el cuello de su cazadora y sintió la caricia de la piel de borreguillo abrazándole la garganta.

Caminó a grandes zancadas sin dirección ni rumbo ninguno, como si una sombra amenazadora lo persiguiera, y al cabo de un rato, tal vez una hora o quizás dos, se detuvo. A ciencia cierta no sabía cuánto tiempo había caminado. Llevaba la cazadora desabrochada y no sentía el frío, por lo que dedujo que llevaba mucho rato caminando para que el esfuerzo le hubiera hecho aumentar de temperatura.

Por unas décimas de segundo no supo dónde estaba. Sus ojos se alzaron para orientarse y se encontraron con el rosetón central de la preciosa catedral de León. Buscó un banco y se dejó caer en él sin separar los ojos de la Pulcra. Allí estuvo un rato contemplando los pináculos, las vidrieras y todo el espectacular conjunto hasta que volvió a subirse la cremallera de la cazadora y subir otra vez los cuellos. Esto último le hizo reflexionar y buscar una cercana cafetería para tomar el único alimento en toda la mañana, y quizás en algunos días.

No tardó en descubrir una coqueta cafetería en la calle que llevaba al Húmedo. Pidió un café y el camarero le ofreció amablemente un pincho de tortilla o un trozo de bizcocho. Sin saber cómo, se vio a sí mismo pedir la tortilla que engulló en dos bocados, seguida por el humeante café.

Un conocido lo saludó con la cabeza y él le correspondió con el mismo movimiento, pero ese gesto le dio fuerzas para salir otra vez a la calle con más ánimo.

Una vez en la calle tomó la arteria principal para regresar a su casa, pero se entretenía viendo los escaparates de las tiendas. Alguna vez se fijó en algún niño, que le trajo recuerdos de su nietecito Álvaro.

Sin darse cuenta se paró en una agencia de viajes y ante un cartel de un mar de olivos se podía leer: Oleotour. Una invisible campañilla se puso en funcionamiento en su interior y se le agolparon todos los olores, sabores y recuerdos de su infancia. Precisamente todo eso que había arrinconado en algún rincón de su mente pensando que nunca volvería. Sin saber cómo, haciendo caso a una imaginaria llamada interior, se encontraba en el establecimiento reservando un paquete de oleoturismo  para su regreso a su Jaén natal.

Llegó a casa y preparó una trolley con unas mudas, unas camisas y poco más. ¡Qué diablos! Eso lo hacía siempre Mabel, otra vez su recuerdo, era imposible olvidarse de esa mujer que le había acompañado cuarenta años. Fue a la mesilla de noche y cogió la foto de ella y, colocándola en la maleta, la cerró y salió en dirección a la cochera. Unos minutos después salía con el coche.

Llegó a Madrid  ya con las calles iluminadas. Pensó en tomar un hotelito, pero las ganas de ver a su pequeño Álvaro lo disuadieron, por lo que tomó la dirección de su hija.

Una vez los saludos y la sorpresa de su nieto, le mencionó a su hija la posibilidad de descansar unos días en Jaén, sin dar más explicaciones de por qué había iniciado el viaje. A su hija, que nunca supo que su padre era jienense, no le extrañó lo más mínimo, para ella era una opción como La Coruña o Sevilla.

A primera hora de la mañana se puso en marcha, no antes de desayunar con su familia y guardar un bocata para el viaje preparado con cariño por su hija. ¡Cuánto le recordaba a su Mabel! Él sabía que su hija lo adoraba, pero no podía hipotecarle la vida y en esos momentos no era más que un estorbo en su vida, porque entre el trabajo y el niño  apenas tenía un momento para ella.

El viaje se le hizo un poco pesado. Demasiados kilómetros y era la primera vez que conducía tanta distancia solo. Paró un par de veces antes de llegar a Despeñaperros. Aquí le vino un recuerdo de los olvidados; era muy niño y se vio viajando en un autobús por aquellos desfiladeros interminables de barrancos y, en uno de ellos, el vómito acabó en la sotana de Don Abundio. Una mueca de sonrisa dibujó sus labios mientras se decía a sí mismo lo diferente que era ahora con esos carriles y esos imponentes puentes que aligeraban el viaje.

Pasado Jaén, tomó la correspondiente salida que le indicaba el GPS y condujo unos kilómetros por una carretera comarcal hasta que un gran cartel le informaba del desvío para la casa rural de oleoturismo. Tomó el giro indicado y pronto apareció ante él una finca llena de olivos y una casa de labranza reconvertida en un hotelito rural que conservaba la almazara y el molino.

No supo por qué, pero le resultaba familiar el conjunto. Pese a ello, estaba todo tan cuidado y con toques de gran exquisitez que olvidó esa sensación.

Aparcó el coche y sintió un gran alivio en poder estirar las piernas. Sacó la maleta y se acercó a la recepción, donde una mujer un poco más joven que él lo atendió amablemente explicándole los horarios de las actividades y los distintos masajes con esencias de aceite de oliva, que debía elegir.

Una vez rellenado todo el papeleo y concertadas las citas, le indicó el número de la habitación. Era muy coqueta y con un gran ventanal desde el que la vista se perdía entre los olivos. Pensó en Mabel y sintió su ausencia, así como un amargo sabor por no haberla llevado alguna vez a visitar aquel bonito paisaje solo por no querer enfrentarse a sus recuerdos.

El primer día después del desayuno tenía uno de los masajes, que no le defraudaron para nada pues después de la sesión con aceite de oliva se encontraba estupendo, como si le hubiesen quitado varios años de encima. La tensión de los últimos meses se le había acumulado en la espalda y aunque no dejaba ni un resquicio de su vida a pensar en nada que no fuese la fatal ausencia, una vez libre de la rigidez muscular se encontraba más ligero y hasta con mucho ánimo.

Decidió dar un largo paseo por la finca hasta la hora del almuerzo y pronto se encontró con un matrimonio que caminaba en la misma dirección. Aunque al principio no quiso más que saludarlos y seguir solo, la conversación los hizo seguir el mismo camino. Juan estaba tan animado que sin saber cómo se vio a sí mismo contestando a las dudas sobre el cuidado de los olivos. Se sorprendió, pues no recordaba nada y ahora parecía que toda la vida lo había estado haciendo.

Al regreso tomaron un sendero que él siguió como regreso natural sin saber cómo demonios lo había descubierto.

Era una sensación muy rara y a la vez desconcertante el que supiese tantas cosas de aquel lugar y a la vez no lograr recordarlo con claridad.

Por la tarde estaba programada una visita a Jaén a la que él no se había apuntado, pero al final, ante la insistencia del matrimonio de la mañana, se apuntó a última hora.

El viaje resultó de lo más entretenido, así como la complicidad con el matrimonio; departieron amablemente y en el ratito de libre disposición tomaron una cerveza juntos. Además, la mujer le ayudó a elegir un detalle para su hija, cosa que agradeció pues siempre había sido su mujer la que se encargaba de las compras.

El regreso fue a la hora de la cena y una vez acabada se despidió de sus nuevos amigos y se fue para la habitación. Llamó a su hija y se dejó caer en la cama durmiendo plácidamente por primera vez en cuatro meses.

Al día siguiente estaba programada la visita a la almazara y la explicación de la recogida de las aceitunas. Les acompañaba una monitora que les explicó la manera de recogida: el vareo y el ordeño, métodos usados antiguamente, y la vibración, el método usado ahora con más frecuencia aunque hay que combinarlo con alguno de los otros dos para que sea más eficaz.

Entre todos recogieron unos puñados de olivas destinadas al aliño que se haría en la cocina después de comer y el siguiente paso fue la almazara. Pero como se habían entretenido en el campo, la mayoría prefirió regresar por su cuenta al hotelito y dejar la visita para el día siguiente. Por la tarde, después de la comida y un pequeño reposo, se juntaron en la cocina para aliñar las olivas recogidas por la mañana. La coordinadora era la dueña del establecimiento, la señora que le había recibido en su llegada. Se presentó como Luisa y dijo que era una receta de su familia. En una tinaja colocó la salmuera junto con las ramitas de orégano, tomillo, el ajo y el hinojo. Lavó las olivas y las machacó una a una con ayuda de todos; las metió en la tinaja, que cubrió con un paño, y dijo que había que dejarlas macerar más de un mes. Luego sacó de otra tinaja unas pocas que colocó en unos cuencos y ofreció de degustación.

Juan, una vez las probó, sintió que no era la primera vez que degustaba ese manjar pero no recordó que su mujer las preparase. Y a la vez tenía en el alma un regusto amargo que no le gustó nada y trató de olvidarlo.

Salió de la cocina y se perdió por el campo con la seguridad de no ser la primera vez que recorría esos caminos. Instintivamente se acercó a un olivo y en la corteza descubrió su nombre junto al de Luisa. Salió de allí asustado y con una imagen en su cabeza que no lograba apartar. Se veía a él de niño grabando su nombre con una navaja mientras una niña de trenzas negras lloraba y le suplicaba que ella también quería tener su nombre en el árbol.

Tras estar un rato meditando volvió a la habitación y se acostó sin cenar no queriendo recordar nada, además de un fuerte dolor de cabeza. Tomó un analgésico pero fue imposible calmar sus sienes golpeantes.

A la mañana siguiente le seguía doliendo la cabeza y, aunque pensó en quedarse todo el día en la cama, no podía aguantar más la espalda y decidió levantarse y perderse por alguna parte. No recordaba que tenían la visita a la almazara y ya en la puerta le alcanzó el matrimonio con el que había departido en esos días y no supo negarse, por lo que les acompañó a la visita.

Al llegar a la almazara les explicaron dónde almacenaban las aceitunas, luego se lavaban y pasaban al molino.

Fue ver la rueda del molino y ponerse blanco, pensaba que la corbata lo estaba estrangulando y le faltaba aire. Respiraba con mucha dificultad.

Los allí presentes pensaron que estaba sufriendo una angina de pecho, pero él no podía apartar los ojos de aquella rueda que giraba mientras aplastaba la cabeza de su madre, mientras un hombre la sujetaba. Primero pensaba que era el demonio, pero luego vio nítidamente la cara gordezula de su padre. Ese ser repugnante al que él odiaba por las palizas que le daba a su madre y a él por defenderla. Sintió las manos de su hermana asiéndole la pierna mientras se orinaba paralizada por el horror.

Un segundo después la gente se agolpaba alrededor de Juan, que permanecía tendido en el suelo inconsciente.

Fue trasladado al cercano hospital y cuando recobró la consciencia se encontró con Luisa, que lo acompañaba en la habitación.

Una vez recuperado la dueña le contó que ella era esa hermana que había visto en sus recuerdos.

Que una vez muerta su madre a su padre lo habían detenido y aunque solo pasó en la cárcel unos meses no se quiso hacer cargo de ella. La adoptó un matrimonio, precisamente el guardia civil que había llevado el caso. Se crió con ellos, no le faltó el cariño y la protección y ella olvidó todo lo pasado pensando que de verdad eran sus padres. A la muerte de su verdadero padre y como heredera de la finca, le habían dicho una parte de la verdad aunque nunca supo todo lo sucedido hasta que no vio los ojos de terror en él al recordarlo. Al morir sus padres adoptivos había decidido reformar la finca y hacer el hotelito. Ella no tenía ningún recuerdo de las escenas grabadas en la mente de su hermano. Solo le habían contado que en una pelea su madre había muerto y que a su hermano se lo había llevado el párroco a un seminario. Ella intentó localizarlo pero no lo había logrado.

Los dos hermanos se abrazaron entre sollozos.

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