Las de abajo

Las de abajo

[Ághata]

La tierra está seca. Por entre las grietas, como relámpagos del pasto sobreviviente, se escabullen bulbos y rizomas. Y contiguas, las raíces del ciruelo muerto que, arriba, se muere y no se muere por la miríada de ramas gruesas con que lo abraza el olivo. Hace una semana que no llueve, supongo que las alegrías del cantero de la vereda se han desmayado. La lavanda, no. Tolera la sequía y los cierzos y se inclina hacia el sol de la tarde.

Hay aquí anaqueles donde se almacenan los huesos de quienes no han podido salir o no han querido, tal vez. Sé también que más allá, más lejos o más cerca de las napas, hay otros; sé que pronto llegará un varón o una mujer, si es que los otros lloran y entonces se espacia un lugar para el que viene a morir. O si es que llueve y puedo arrastrarme con las lombrices para hablar con alguien. Es dura la vida acá abajo: se descubre que es mentira que uno no sabe qué es la muerte.

Hay alguna esperanza en la raíz del árbol que se elige; sobre todo si sabemos que arriba se yergue alto bajo el cielo despejado, bajo el sol que se entromete entre los tajos de la corteza para soltarle un río de energía, un mar bravío que retrocede para volver con una ola gigante que rompe en la orilla y cura las lastimaduras de los pies. Los pies. Cuando duelen los pies duele todo. Por eso, las raíces de este árbol que elegí. Un árbol dolido y abrazado por otro árbol allá arriba. Y aquí abajo también: las raíces del olivo y del ciruelo se han cruzado: no sé cuáles son de cuál. Ya lo logrará alguien. O yo. O los otros todos. Ya podré moverme un poco. Podrá crearse una cueva espaciosa para aquel a quien le toque morir muriendo, por estos días.

Hace cuatro días que no llueve. Estoy quietita, quietita con Prohibido suicidarse en primavera y no lo puedo abrir: está acurrucando sus páginas, apretado de tapa y contratapa, embarrado, estancadas las palabras como un inminente desaparecido que detiene la escritura en la hoja en blanco. El libro está callado. No me dice nada. Muchos no han respetado el mandamiento de su título, no. Hay calaveras, huesos, seudópodos de esa espuma que es la tristeza que no se hace flor, que se hace vapor en la represión y el miedo.

Por no augurar esta sequía, me quedé en posición fetal entre huesos y agallas que todavía expiden el olor de la cobardía. Olor a óxido, a podredumbre, a herrumbre. El olor de las lágrimas saladas, del yodo del mar rompiendo en la orilla de las cosas. A veces, me dan arcadas. A veces, me dan arcadas y la saliva sube a la garganta y lloro. A veces, las náuseas se propagan y no puedo detener el proceso: contribuyo con los lustres del epitafio de los que, bajo tierra, han muerto en el atravesamiento, de quienes han sido atravesados por una daga que no han podido desclavar del esternón. También están los que prefieren quedarse conmigo, con la sensación de que —aunque apriete la tierra sobre el pecho— se puede respirar; con la sensación de que uno termina, uno se termina, uno triunfa sobre algo, sobre un sentido que, arriba, es mella para aceptar que, como los árboles, si se muere una última muerte, esa última muerte se muere de pie, y esa es la muerte desconocida. En cambio aquí los que creemos que lloverá pronto, o llorará pronto, o más tarde, o en mucho tiempo, aceptamos el reto de vivir como bichos bolita; de contorsionarnos con los bichos bolita que te hacen cosquillas para menguar la tibieza del ciclo subterráneo.

Las hormigas siguen trabajando. Me dan hormigueos en la cintura y en las axilas: estoy cerca de un hoyo que es más profundo que este sótano de tierra seca. Vienen de la superficie, por túneles angostísimos por donde no pasaría más que un jirón de lana, si es que desmadejo el sweater que llevo puesto. Frío. Sí, se siente frío. Un frecuente frío de escalofrío.

Hoy alguien ha llorado. Puedo moverme, reptar, seguir mi instinto para encontrarlo. Es una mujer. Despejo algunas raíces que la envuelven y la abrazo. “Hace un año que estoy acá”, dice con una voz fangosa, carraspeada como la de un borracho. Mucha tierra en la garganta. No es tan fácil hablar. “Me dejó el hombre de mi vida”, agrega y llora para la salud de los que sentimos el cuerpo enyesado. Lloro. Me hace llorar. “Yo estoy hace diez años. ¿Por dónde entraste?”, le pregunté. “¿Por qué entraste?”, me preguntó. “Ya no puedo definirlo, pero allá arriba estaba más muerta”, le contesté, y no le bastó. “Perdí la fe”, agregué. Y no le alcanzó. “Me abandonaron. Todos los de arriba me abandonaron”. Y las lombrices se remolcaban por encima de nuestro abrazo. Y las hormigas andaban por los caminos exteriores de nuestros oídos.

Nos hicimos amigas en la más indigente de las circunstancias, pero en el dúo del dolor; dolor por dolor es cero. Dolor dividido no es dolor. Llovió una lluvia. Lloró tanto un llanto el cielo que amamos el perfume de la tierra mojada. Abrimos el libro de nuestro primer mandamiento. Leímos. Y, con el sigilo de quienes estuvieron mucho tiempo en una ostra sin su perla, sacamos las uñas, resquebrajadas, a la superficie. Imperceptibles, entre el pasto, en el cantero de la vereda, espiaban el mundo veinte dedos erguidos. “Este es un momento complicado”, le dije. “Ya estuve. Ya salí. Y volví. Tengamos cuidado. Arriba hay muchos que te ven las uñas, solo las uñas, solo las vulnerables uñas sin calcio, y te pisan. Te pisan, y otra vez a la tierra seca, otra vez a la coraza entre raíces y envoltorios que no se reciclan”.

Llovió otra vez. Lloró otra vez. Algunos otros recién empezaron a llorar. Otros (se percibe al reptar) se han quedado en el hueso. Otros (se percibe al reptar) no han querido, no han sabido, no han podido darse cuenta de que esta no era la muerte definitiva.

El cantero se inundó. Así, abrazadas, salimos a la superficie, pinceladas por el fango. “Es mentira que uno no sabe qué es la muerte. Solo desconocemos cómo es la última”, me dijo cuando la tormenta nos dejó limpias, y éramos, ya separadas, dos olas gigantes de un azul cerúleo. Nos impulsamos despacito, erguidas, con rizos de yodo sobre las cabezas. Romperíamos allí donde ahora queríamos estar. Nos impulsamos, despacito,   con la promesa de no perder estas memorias, y nos rompimos, desnudándonos, a la vuelta de esquinas opuestas. Ya no volveríamos a vernos. Ya no nos reconoceríamos

Comparte con tus amigosTweet about this on Twitter
Twitter
Share on Facebook
Facebook