Entre vecinos

Entre vecinos

[Agustín Roble Santos]

 ̶ Mire usted, doña urraca; quiero recordar que el año pasado, en plena primavera, pasó lo mismo. No quise decirle nada por mantener la buena vecindad y eso de llevarse bien con todo el mundo; pero, óigame, hay que tener el pico muy grande para que, con la cantidad de ramas desocupadas que hay en este olivo, venga usted y plante su nido casi encima del nuestro. Usted verá la que se va a liar cuando llegue la mirla y se dé cuenta que está colocando materiales de construcción en esa rama. Lo sabe muy bien, es el segundo año que vamos a utilizar este nido y nos gustaría, por la tranquilidad de nuestros hijos, que usted hiciera el suyo algo más retirado. ¡Mire aquella rama, a mí me parece estupenda! Allí podrá hablar a toda hora con los suyos, gritar, armar sus líos y todo lo que se le ocurra; pero déjenos a nosotros vivir en paz, creo que no es mucho pedirle  ̶ alega el mirlo.

̶ ¡Crasshhhh! ¡Crasshhhh! Quiero hacerle una pregunta, señor mirlo; y sin ánimo de faltar al respeto: ¿Tiene usted el título de propiedad de este árbol o sus ramas tienen escrito algún nombre en particular? La respuesta se la daré yo misma. Ninguna tiene nombre. Así que tengo todos mis derechos a construir donde mejor me plazca. Si le disgusta la idea, cuando llegue el urraco se lo dice, y arreglan eso entre ustedes; las hembras estamos para ayudar en la construcción del nido, poner los huevos, incubarlos y, una vez nacidas las crías, ayudar en buscar los alimentos y ponerlos en sus bocas (perdón, en sus picos). ¿Qué le parece, señor mirlo?  ̶ contesta la señora urraca, después de emitir un par de graznidos y rascarse con el pico debajo de un ala.

̶ ¡Cordura, amigos alados!  ̶ reclama el viejo Olea, mientras retuerce la copa hacia una de los lados, en señal de enfado por la absurda discusión ̶ . ¿No tenéis ramas suficientes donde poner vuestros nidos? ¿Sabéis cuántos años he necesitado para crear este follaje del que disfrutáis sin esfuerzo alguno? ¡Mil trescientos años!, ni más ni menos, amigos litigantes. Muchas veces tuve que renunciar a proporcionar una cosecha abundante en aras de mantener este retorcido tronco y esta decena de profusas ramas. No podemos pensar que siempre vamos a tener todo cuanto queremos. Hay que sacrificar algunas cosas para poder preservar otras. ¿No creen que no me gustaría adornar mis ramas todos los años con millones de flores que, al cabo de unos días se transformarían en frutos; esos que nuestros amigos sapiens recogen satisfechos y llevan a las almazaras para producir esos caldos de color dorado que dan ese insuperable sabor y adornan las mesas más exigentes de todo el mundo? ¡No me vayáis a decir que jamás habéis probado una tostada recién horneada, a la que luego añadís un generoso chorreón de ese líquido, que es como tomar la misma esencia eterna de la que se alimentan los dioses!

̶ No se enfade, señor Olea, no quisimos causarle disgustos; es más, lo vimos tan callado que ni siquiera hubiéramos imaginado que pudiera escucharnos, y menos hablar de la manera que lo está haciendo. Yo, por mi parte, le pido mis más sinceras disculpas, y le aseguro que no me escuchará discutir más con la señora urraca; se lo prometo. Además, cuando llegue la mirla se lo contaré, para que también tenga cuidado de mantener una convivencia agradable con la señora urraca.

̶ ¡Crasshhhh! ¡Crasshhhh! Perdone, viejo; solo trataba de explicar al señor mirlo que no pasa nada porque anidemos muy cerca uno del otro; además, usted no ha prohibido que pueda nidificar más de una especie en la misma rama. Perdone mis maneras, pero es que esa es mi forma de hablar; y sé que no tengo los mejores modales, porque hablo muy alto y como si estuviera cabreada; todo el mundo me lo dice, incluso el urraco (que, ¡vaya maneras las suyas también!); es que somos así y no podemos remediarlo. ¿Usted cree que no siento envidia (sana, por supuesto) cuando escucho las canciones que interpreta el señor mirlo; mire, ¡hasta se me ponen las plumas de punta! Es más, cuando se le pase el enfado por la conversación que tuvimos, le voy a preguntar en qué conservatorio recibe sus clases de música, porque cuando nazca esta nidada, a todos los voy a matricular en esa escuela donde aprende el señor mirlo, y seguro que cuando crezcan tendrán más cultura y educación que nosotros, que solo sabemos de andar corriendo y chillando detrás de insectos, ratones y topillos en medio del monte. Yo también quería pedirle disculpas por el altercado con mi vecino, y espero que las acepte. ¡Ah!, y muchas gracias por su mediación, porque de haber seguido con el rifirrafe, sabe Dios cómo hubiera terminado la discusión, a la que se habrían unido nuestras parejas cuando hubiesen llegado, y ya sabe, hubiera ardido Troya.

̶ Están todos disculpados, pero me gustaría que pudiéramos vivir todos en paz como una gran familia. Verán ustedes los frutos que tengo reservados para este año. Las lluvias fueron abundantes durante el invierno. También aproveché la descomposición de muchos rastrojos y hojarascas que se habían acumulado cerca de mi tronco y las convertí en abonos que serán muy útiles para mi alimentación. Sé que mis frutos no son apetecibles para comerlos en fresco; dicen que tienen cierto amargor, y entiendo que no quieran comerlos tal como se los ofrezco; de todas maneras, si os acercáis a donde viven los sapiens; ellos son muy botaratas, así que encontraréis en la basura  algunas tostadas casi enteras, embadurnadas con el preciado líquido; no dejéis de probarlas, que me vais a recordar al instante.

̶ Una preguntilla, señor Olea. La mirla y yo estuvimos discutiendo hace unos días, porque ella me decía que seguramente ustedes, los olivos, preferían que los sapiens les mantuvieran el suelo tan limpio como una patena; vamos, como si fuesen a recibir visitas todos los días. También me decía que preferían esas condiciones en el suelo porque les disgustaba mucho tener que estar discutiendo todo el tiempo con esos pequeños intrusos que agazapados junto a sus raíces, siempre estaban  atentos para robarles el agua y los alimentos. ¿Eso es realmente así, señor Olea? Pero dígame la verdad, porque mire usted, yo paso con mucha frecuencia por el lado de cientos de plantaciones de su especie, sobre todo cuando vuelo el trayecto que recorre el tren desde Sevilla hasta Almería, atravesando la comunidad andaluza de oeste a este, y puedo ver hasta en las más pronunciadas pendientes, que el suelo está tan limpio que se puede servir la mesa entre una hilera y otra.

̶ Menos mal que terminó la pregunta, señor mirlo, porque mientras exponía, tuve la sensación de sentir que la sangre (perdón, la savia) me hervía entre las venas (¡ah, caramba!, es que hablo pensando como los sapiens; entre el floema, quise decir). No hay nada que irrite más a un olivo que escuchar esas absurdas teorías. ¿De verdad cree usted que con la profundidad que alcanzan nuestras raíces, puede venir ninguno de esos enanos a robarnos el agua y los alimentos? Y perdón por decirles enanos, a los que tengo especial cariño; quise referirme al porte de estos pequeños amigos. Les puedo asegurar a los dos, a usted también, señora urraca; que esos pequeños seres también forman parte de nuestro vecindario, y les explico: ellos con su capa vegetal sobre el suelo, impiden que se pierdan miles de metros cúbicos de agua por evaporación, contrarrestan la presencia de otras especies, algunas de ellas espinosas y desagradables, que proliferarían a sus anchas en su ausencia; pero hay más, evitan que el suelo pueda ser dañado por el bombardeo de las gotas de agua durante las intensas lluvias que, aun cuando en nuestra comunidad no son tan frecuentes, de haberlas haylas, como dicen los gallegos; es entonces cuando vemos su efecto, el suelo lleno de surcos y zanjas por el arrastre de las corrientes, donde toda la capa fértil es depositada en las zonas más bajas, algunas veces a cientos de metros de donde estaban, y con peor suerte, no se detienen hasta los cauces de los ríos y el mar. Me parece que a ese fenómeno le llaman erosión. Y les puedo asegurar que ese problema está convirtiendo la mayor parte de los suelos españoles en una gran roca, infértil e improductiva. ¿No les parece muy triste? Porque, ¿qué dejaremos a nuestros hijos y nietos y todos los descendientes de ellos que vendrán después? Pero, ¿saben lo que ocurre, queridos amigos alados? Como esos dramáticos efectos no son inmediatos, ni el tener cuidados especiales para impedirlo reporta ganancias rápidas, dejamos que sean los que no tienen culpa de nuestras irresponsabilidades, quienes resuelvan el problema y paguen los platos rotos. ¡Que tenemos menos luces que un cocuyo, mis queridos amigos, que os peleáis por construir y asegurar las generaciones futuras, mientras otros que dicen ser más inteligentes, solo se preocupan por vivir el presente! Aquí donde me veis, estoy muy preocupado, porque cuando esto termine convertido en un paisaje lunar, ya no podré brindaros abrigo ni dar mis deliciosos frutos a los sapiens para que extraigan sus aceites.

̶ ¡Crashhhh, crashhhh; qué bien se expresa usted, señor Olea! Me deja maravillada. Habla como si tuviese muchos estudios. Ya quisieran muchos sapiens tener tanta sabiduría; aunque es verdad que los años no pasan en balde. ¡Nada menos que mil trescientos! Se dice pronto, ¿verdad?

̶ Pero ahí no quedan las cosas, queridos amigos. Les voy a contar algo muy triste, aprovechando que no veo a ningún sapiens merodeando por aquí. No sé si habrán visto que ellos, en su afán de buscar variedades que resulten más atractivas y apetecibles; vamos, políticas de mercadeo, caprichos de algunos paladares y el afán de forrarse otros, están llenando los campos con unos especímenes tan delgados y raquíticos que claman al cielo. Yo recuerdo de toda la vida, que nuestra especie fue robusta, de ramas retorcidas y nos dejaban hasta cuatro patas, cada cual más productiva, y nos sentíamos tan a gusto que nos dedicábamos a emitir millones de flores y frutos, que al final se transformarían en muchos litros de aceite. Pero ellos nunca están conformes con nuestro trabajo y siempre están inventando cosas para perjudicarnos. ¿Recuerdan ustedes aquellas cosechas, cuando cientos de hombres vareaban nuestras ramas para recoger las aceitunas? Ahora no quieren nada de eso, porque prefieren ahorrar tiempo y salarios; entonces mandan esas potentes máquinas que nos trincan por las ramas y nos remueven sin compasión, que yo no sé cómo nos mantenemos en pie después de esas palizas. Les juro que termino con unos dolores de cabeza (perdón, de copa) que daría cualquier cosa por una bolsa de calmantes.

̶ Pero no veo que se quejen ante tan malos tratos. Los mirlos somos muy educados, pero no habríamos soportado mucho tiempo sin refunfuñar; las cosas como son.

̶ ¿Saben una cosa? Yo hablo pocas veces, pero cuando me animo, hay que mandarme a callar. Bien, ya que no hay ninguno de ellos que pueda escuchar nuestra conversación, tengo que contarles más cosas. No sé si habrán visto cuando pasan aplicando plaguicidas con esas máquinas que se han inventado. Expulsan veneno en todas direcciones, y nos dejan chorreando esos productos apestosos por todo el cuerpo. Es comprensible que lo hagan para defendernos del ataque de muchas plagas, pero ¡coño!, no se dan cuenta que se cargan tanto a los buenos como a los malos. Aquí hubo hace un tiempo una población de pequeños escarabajos, creo que los sapiens les llaman coleópteros; eran de lo más simpáticos, con sus trajecitos rojos. Se paseaban por todas las ramas y pasaban todo el día cazando pulgones de esos que los sapiens llaman áfidos. ¡Esos sí que eran peligrosos! No había una hoja donde se posaran que no comenzaran a perforar con sus estiletes para beberse la savia; y no solo eso, sino que te transmitían enfermedades virales con tremenda tranquilidad. Pues qué decirles, en su afán de exterminar a todos esos que los sapiens llaman enemigos, terminaron por extinguir los pequeños escarabajos. Todavía estoy lamentando esa irreparable pérdida, porque los pulgones consiguieron establecerse nuevamente, pero Rodolia cardinales, que es su verdadero nombre, nunca más ha vuelto a verse.

̶ Tiene usted razón, señor Olea. Yo recuerdo esa época, porque a todas estas, y siento tener que ser tan sincero, más de una vez me alimenté con uno y otro. Es muy cierto, hace poco lo estuve comentando con la mirla, los bichitos verdes chupadores de savia volvieron, y de hecho esta misma semana me comí varios de ellos; pero los animalillos rojos con forma de pequeñas tortugas, esos no regresaron. No digo que todo lo que hacen los sapiens sea malo, pero cuando se encaprichan con algo no paran hasta conseguirlo, y así se comportan siempre, sin importarles muchas veces los daños que ocasionan a lo que es la casa de todos.

̶ ¡Crashhhh! ¡Crashhhh! En eso coincidimos señor mirlo. Aunque le digo una cosa: yo nunca me detuve a pensar cuál era el bueno ni cuál el malo; pero culinariamente hablando, que era lo que en realidad me importaba, esos animalillos verdes tenían un sabor muy desagradable; será por eso que no se extinguen, a menos que los sapiens les apliquen sus productos. Sin embargo, los rojos siempre me resultaron agradables, y no solo a mí, también al urraco y a los pichones. Yo hubiera preferido que siguieran en estos árboles, porque los rojos se alimentaban de los verdes, y nosotros nos dábamos buenos festines con los rojos. Y así es la vida, unos tienen que morir para que otros vivan.

̶ Pero tengo que decirles otra cosa, amigos alados, y no es que hoy me quiera cebar con los sapiens    valiéndome de su ausencia. ¿Ustedes han notado cómo ellos con sus invenciones han cambiado el planeta? Estos fríos en invierno y los exagerados calores en verano, eso no es normal, y parece que no se dan cuenta de lo que está pasando. Su empeño por domesticar las fuerzas de la naturaleza será quien los lleve a su propia ruina. Cambian los cursos de los ríos llevando sus aguas a través de canales a donde sus caprichos les indican. Los valles más fértiles fueron convertidos en pantanos  donde almacenar el agua para el consumo de sus grandes ciudades y de aquellos cultivos que consideran privilegiados para utilizar este recurso. Los bosques fueron transformados en terrenos  improductivos, con el único interés de lucrar con su madera, sin tener en cuenta que estas comunidades arbóreas son los pulmones que les abastecen de oxígeno a ellos mismos, que no es  mi caso en particular, porque yo produzco el que necesito y quedan excedentes; además, con la cantidad de dióxido de carbono que liberan sus fábricas, coches, rebaños, y ellos mismos al respirar, tengo garantizado mi abastecimiento. Ahora con esto de captar toda la energía procedente del sol, con sus huertos solares, y sus molinos para convertir la fuerza del viento en energía eléctrica, han inutilizado enormes cantidades de terrenos fértiles, en lugar de poner esas máquinas en los suelos improductivos. Parece como si el poder del dinero se hubiera convertido en una incontrolable fuerza más al servicio de la destrucción. Es que tengo tantas cosas que contarles, que necesitaría muchos días de charla con ustedes.

̶ Tiene mucha razón, amigo Olea. Cuando llegue la mirla le contaré todo lo que nos ha dicho. Es una pena que ella se haya perdido tan sabias enseñanzas. Incluso el señor urraco podría estar interesado en escuchar sus palabras.

̶ Todavía no he terminado. Tengo algo más que contaros. Lo que voy a deciros me produce verdaderas taquicardias, sudoraciones y fuertes dolores de la copa. Es algo muy indignante; tanto es así que la sangre (perdón), la savia vuelve a hervir dentro de mis floemas. ¿Os parece de recibo que después de tantos sacrificios para producir mis aceitunas, y con ellas el mejor aceite del mundo, esto no se valore y sea vendido a granel a los italianos, para que después de ellos envasarlo y etiquetarlo con sus adornos y pijadas, vendan sus botellas como “aceite virgen extra de Italia”? No me digáis que esto no es una auténtica vergüenza. Además, ¿sabéis cuánto dinero dejan de ganar los sapiens españoles por concepto de valor añadido? Y otra cosa, ¿cuántos puestos de trabajo se pierden cada vez que sale un barco con sus bodegas repletas de nuestro aceite a granel? Porque miles de trabajadores podrían encontrar empleo en el envasado de este excelente producto.

̶ ¡Crashhhh! ¡Crashhhh!, no puedo creer lo que nos está contando, señor Olea. Hasta a mí, que no tengo que esmerarme como usted en fabricarlo, se me enciende la sangre. ¡Mire cómo tengo todo el pelo despeinado de golpearme con las alas mientras exponía sus quejas! No hay derecho, señor Olea; no lo hay. Y después van diciendo por ahí que las cosas están malas, que estamos en crisis; que  nuestros aceites han perdido precio en el mercado. ¡Son ellos los que han perdido la cabeza, señor Olea! Es para que usted se plantara en medio del campo, se sentara cómodamente en el suelo y que trabajen ellos haciendo las aceitunas. Después dicen de mis malas maneras, pero no puedo callarme ante las injusticias, y tengo que gritarlo con todas mis fuerzas: ¡holgazanes, inconscientes, aprended a apreciar más lo nuestro y no regaléis a los italianos nuestro oro verde cuando os ofrezcan cuatro pesetas por las producciones! Es mejor que me calle, porque estas cosas me producen mucho estrés y hasta me puede dar un infarto.

̶ Una pregunta, señor Olea. Mire usted, nosotros los mirlos muy poco podemos hacer en estos casos, pero se me ocurre que bien podría tomarse un año de descanso, y convencer a los demás congéneres para que todos hagan lo mismo. Seguro que muchas cosas podrían cambiar; sería algo así como una huelga oleícola, y si ellos quieren aceitunas, que las fabriquen, ¿no cree muy beneficioso darles algún escarmiento? Recuerde que en la unión está la fuerza, y ustedes son muchos.

̶ Podríamos intentarlo, señor mirlo. Eso sí, recuerde que ellos no andan con muchas contemplaciones y, en cuanto nos vean sublevados y dejando de producir, buscan sus tractores y nos quitan del medio. También pueden ir plantando hileras de esas variedades raquíticas en nuestros pasillos, para cuando menos imaginemos, arrancarnos de raíz y dejar a esos otros que necesitan menos espacio, aunque no produzcan más de tres frutos. Así son ellos de ingratos, queridos amigos.

̶ ¡Crashhhh! ¡Crashhhh!, perdonen ustedes mi nueva intervención, pero como ya se me ha pasado un poco la sofocación, quería proponer algunas cosas. ¿Por qué no convocamos una gran asamblea donde estemos todos los interesados y cursamos una invitación a los sapiens para que también estén presentes? Recuerden ustedes que los sapiens hablando se entienden, y hoy mismo ha quedado demostrado que las demás especies también podemos entendernos. ¡Y qué gracioso, ¡crashhhh, crashhhh! Todo comenzó por una simple discusión entre vecinos, en la que después, usted, señor Olea, intervino para calmar los ánimos! Ya le digo, que nosotros pensábamos que usted no hablaba ni escuchaba nada, ¡qué error el nuestro!, porque se estaba enterando de todo y, además, habló en el momento preciso. ¡Nunca más oportuno, señor Olea! Yo estoy segura que con ese poder de convencimiento que usted tiene, y con toda la sabiduría acumulada durante tantos siglos, me parece imposible que los sapiens no se muestren receptivos a sus reclamaciones; porque estamos hablando del bien común. Todos estamos montados en el mismo barco y tenemos que salvarlo de que se vaya a pique. Ellos, los sapiens, viven y se lucran con su aceite y sus aceitunas; nosotros necesitamos sus ramas para nuestros nidos y nos alimentamos con todos esos pequeños bichos que llegan desde el suelo o volando a visitarlo. Nosotros a cambio le ofrecemos nuestros detritos cargados de sustancias minerales y un poco de nitrógeno; aunque también lo deleitamos y le hacemos la vida más amena con nuestra compañía y esos cánticos que bien se agradecen; unos más melodiosos que otros, pero cánticos en fin.

̶ Su proposición no es mala, señora urraca; dice usted verdades como puños. Aquí donde me ve estoy tomando nota de todas sus sugerencias, las que agradezco de todo corazón. Tengo muchas esperanzas de que los sapiens demuestren la misma clase y elegancia que ustedes, y que todos juntos lleguemos a conclusiones y acuerdos que nos permitan vivir en paz, cuidar nuestro entorno, aprovechar al máximo nuestras potencialidades; que de conseguirse, les prometo continuar aquí, al lado del cañón, otros mil trescientos años más, como mínimo.

Muchas gracias, queridos amigos, y a ver si podemos reunirnos este próximo jueves, después de las ocho de la tarde, cuando todos hayamos terminado nuestra jornada. Y no deje usted de ponerme algo de música esta tarde, señor mirlo. A usted, doña urraca, casi preferiría mejor escuchar sus sabios consejos, porque comprendo que lo suyo no es la música.

Muy buenas tardes a ambos, y a seguir en paz como buenos vecinos. Yo terminaré de poner unas cuantas aceitunas en estas dos ramas.

 

Comparte con tus amigosTweet about this on Twitter
Twitter
Share on Facebook
Facebook