Historia sobre el olivar

Historia sobre el olivar

[Carmen Pérez Ballesteros]

Asomándome a la ventana observé un campo extenso de olivares magníficos. Mis abuelos habían vivido allí y desde mi niñez me acostumbré a esos campos gigantescos
de hectáreas extensas e iluminadas. Había junto a los árboles una fuente fresca y limpia, por donde extraíamos el agua para que la cosecha estuviera espléndida en su momento.

La casa que rodeaba la finca era una casona antigua, donde habían nacido mis tíos y jugábamos cuando éramos pequeños. El Sol brillaba más que en otro punto del mundo, sus brillos iluminaban las copas de los árboles, donde diversos dibujos hacían ser cómplices con las aceitunas, iluminadas por la luz de la fachada del caserío.
Las golondrinas volaban con sus cánticos alados y amenizaban las mañanas, cuando nos levantábamos al mismo compás.

Me invitaban siempre cuando era la recogida de la aceituna y mis padres ayudaban a mis abuelos a recoger las aceitunas. Me resultaba curioso ver esas cañas que agitaban los bambúes. Las risas de los trabajadores de mis abuelos se escuchaban a mil leguas y componían música especial, entendiendo que se estaban recogiendo las aceitunas para fabricar su cotizado aceite. Su aroma recorría todo el pueblo.

Mis tíos en el salón probaban el aceite, para ver la cosecha cómo había salido. Me acordaré toda la vida de esas ensaladas que me preparaba mi abuela, con ese dulzor del aceite tan suave que salía de sus aceiteros. Es el dorado placer de antiguos recuerdos de mi infancia. Esas tierras siguen creciendo con aceitunas cada vez más grandes y nuestro placer de disfrutar de este exquisito manjar.

Continúo visitando la casa de mis abuelos y mis hijos suelen decirme que ese lugar tiene un algo especial. Supongo que notaron esa sensación que yo sentía de pequeña. Como algo acogedor alrededor mío, una brisa suave que me calentaba a su paso.
La fábrica funcionaba, la familia progresaba y el aceite cada vez de mejor calidad y mejor sabor. Allí hice un montón de amigos, los cuales se comunicaban conmigo durante el año. A la llegada del verano siempre nos volvíamos a ver.
……………………………………………..
Estando pensando minuciosamente en qué fecha nos encontrábamos, no dudé en recordar a mis amigos, Luis y María, que pronto nos volveríamos a ver.
Recordaba el aroma por el pueblo de los aceituneros y esa sensación de calidez en mis mejillas.
La verdad es que trabajábamos mucho, pero el ver la expresión de mi abuelo hacía que todos los años volviera a la finca. Seguía sintiéndome como una niña chica con su mejor juguete. Pero verdaderamente me sentía muy feliz por pasar los veranos allí.
Sobre unas piedras estaban unos jornaleros almorzando entusiasmados por aquella mañana tan brillante y soleada. Nos acercamos tras sus espaldas y les dijimos que si quedaba algo de trabajo para nosotras. Se sorprendieron por el volumen de nuestra voz y, al reconocernos, cual fueron sus muestras de cariño.

Comenzamos a reír por la expresión del momento y almorzamos todos juntos con ganas de ver terminada la jornada de aquel día. La noche acechaba, cubierta de un manto transparente, enredándose por los árboles haciendo brillar sus aceitunas como si fueran perlas expuestas al aire libre. Esa noche fue ligera, todos dormimos sin molestias ningunas y amaneciendo lentamente supimos que la jornada ya nos estaba llamando con prisa para madrugar lo más temprano posible.

Cuando bajé al comedor vi que Luis ya estaba desayunando y me dije que no sabía cómo le había ido durante el invierno y bajé decidida a preguntarle.
El calor se acentuaba ya de temprano y la fobia a tanto sudar ya me estaba molestando.
La verdad que era un lugar de ensueño. Mi  relajación era evidente y me preparaba para el invierno. Me senté al lado de Luis,  nos conocíamos más tiempo, por no decir que toda la vida, y mi amistad era muy sincera, con un cariño especial al igual que con María, éramos amigos desde niños y nos conocíamos muy bien.

Salimos a trabajar gastando bromas e imaginando cosas, cada una más alocada.
Los árboles eran de un verdor perfecto, sus hojas movían las aceitunas con una elegancia nunca vista, cada año era diferente, notando que a mis 20 años era un año un poco especial, no me pregunté el por qué pero no era igual que los demás.
Mis sentimientos hacia Luis eran cada vez más fuertes y no podía comprender cómo de una amistad se podía pasar a otros sentimientos.

Me subí a uno de los olivos, deseaba ver con mayor amplitud todo el campo que nos rodeaba. Luis se percató de mi acción y me dijo con voz muy intensa que tuviera cuidado, le sonreí por tener ese detalle conmigo, aunque en mi interior me agradó el que me lo dijera. A la hora de la comida estuvimos hablando acerca de las aceitunas, debíamos de sacar al mercado un nombre que definiera nuestro aceite, algo que fuera diferente a lo que estábamos acostumbrados a hacer. Es cierto que mi abuelo era de costumbres muy antiguas y eso de los cambios no le iba a gustar, pero ya por la edad que teníamos las tierras serían de las siguientes generaciones y debíamos darle un toque de progreso en todos los sentidos. No estuvo muy acuerdo pero después de hacerle ver las cosas, dejó que hiciéramos lo que viéramos conveniente.

Luis y María eran vecinos muy cercanos a nuestro cortijo y siempre los problemas de las tierras eran informados a todos los que vivíamos cerca.
Mi abuelo, ya de una cierta edad, se sentía muy cansado, toda su vida había sido un campesino de primera, los olivos cobraban vida cada vez que los regaba, su saber como buen aceitunero había hecho que aquel hermoso lugar se pareciera más a un jardín que a un campo de aceitunas. La familia no quería que desapareciera la gran mansión que mis abuelos habían construido al cabo de los años. Así que todos unidos decidimos continuar con ella, mis hermanos hicieron su parte y mis padres y yo concluimos la otra parte para que el valle maravilloso que construyeron dos magníficas personas siguiera saboreando el aire y  escuchar todos los corazones de aquellas personas enamoradas de aquel lugar.

No sabía cómo hablar con Luis, la verdad, me costaba trabajo bajar por las mañanas y ver su rostro y descubrir en lo que se había convertido, en un joven apuesto y con cualidades muy parecidas a las mías. Yo tragué saliva mientras bajaba por las escaleras. Pensaba de qué manera podría hablar con él, pero de otra manera. Me pasaban imágenes de todo tipo, aunque no encontraba la definitiva.

Le quería lo suficiente como para saber que aquella vida me gustaba, el campo, los prados grandes, esos amaneceres y atardeceres tan fantásticos y sobre todo el aroma a aceite que reinaba siempre en cualquier fecha del año.
Bajé sin esconder en mi rostro todo lo que iba pensando, tanto que Luis lo notó. Me gustó que se diera cuenta, ya que necesitaba un gesto de él para poder decidirme a hablar.
Nos sentamos con una sonrisa en el rostro e incluso vi a María con un gesto un tanto irónico, el cual decía mucho de la situación. Qué bello momento, lo tengo guardado como si fuera ayer mismo. Luis en aquel instante sintió lo mismo que yo tenía guardado en mi corazón. Mis abuelos, que estaban atentos a la situación, aceleraron las circunstancias proponiéndole a Luis si sentía algo por mí. Cuál fue la sorpresa que, como si de una historia ya escrita se tratara, las cosas iban por sí solas. El Sol entraba por las ventanas, cada vez con más luz y mi corazón estallaba de ilusión.

Le comenté a Luis que sentía lo mismo y que vivir en el valle había sido mi sueño de toda la vida, por lo que decidí trasladarme allí. Las decisiones de la vida son importantes, pero esta, endulzada por el aroma a aceite, tenía más gusto. El tiempo haría que todo aquello se hiciera realidad, mientras tanto debíamos terminar aquel verano y las aceitunas tenían que ser recogidas, así que nos pusimos en marcha en otro día tan maravilloso como los anteriores.

Mis sentidos estaban unidos, por unos hilos imaginarios, por los que rociaban furor y ganas de vivir. Salimos a la calle Luis y yo, intentando aclarar nuestros sentimientos y la brisa del verano nos envolvía. Los olivos estaban a salvo, durante años y años los descendientes de mis antepasados lucharon por que siguieran hacia adelante, y por lo que estaba viendo continuarían muchos más.

Mis padres estaban muy de acuerdo con la idea, incluso más porque nos habíamos criado en esas tierras y sabían que las amábamos. Pensé que también podría ocurrir, que cualquier contratiempo precisamente del tiempo nos podría estropear las cosechas y Luis con su peculiar buen humor me contestó que conmigo nunca estaría la tristeza en nuestro hogar. Dijo hogar, sí, mi hogar era todo, porque las aceitunas reinaban por mi sangre, y las conocía muy bien, sabía hasta cuando se quejaban y me convenció de que sería un hogar maravilloso. Llegó el momento más esperado. Por supuesto nos casamos en verano y entre esos olivares cada vez más hermosos nos dijimos el sí quiero. No puedo pensar que hubiera sido de otra manera, como si lo supiera ya de antes, sabía que sería así ese momento tan mágico.

Era un día muy soleado, hacía calor, pero las hojas de los árboles nos ayudaban para que los rayos no nos molestaran. Parecía que todo estaba hecho, ya premeditado, y mi corazón sintió un placer inmenso al comprobar que todos estaban allí. Mis padres, hermanos, tíos y demás familia y las cosas prosiguieron con tanta paz que los años pasaron sin darnos cuenta. Quisimos poner un nombre a las bombonas de aceite, el otro era de otra generación y por tanto teníamos que darle más vida y más progreso.
Noté a Luis muy ilusionado con la idea e iba por todos sitios pidiendo nombres para ver si alguno nos gustaba. La verdad que tuve suerte.  Mi niñez maravillosa, mis familiares estupendos y ahora un marido que me amaba, no podía ser más feliz.

Solíamos salir por las noches a mirar el cielo con todas sus estrellas. Nos gustaba saborear ese ambiente a campo, a libertad, sí, una libertad deseada. Estábamos tan contentos que el trabajo agobiador de la finca no nos molestaba. Ayudábamos a los jornaleros a recoger dicha aceituna y eso nos hacía estar más unidos.
Era sorprendente, pero la vida había hecho de nosotros una pareja envidiable, trabajadora y maravillosa. Las personas que nos conocían hablaban de lo bien que habíamos hecho en la finca, se sorprendían de cómo había aumentado la producción y que habíamos llevado el nombre de nuestra provincia a unas cauces altos, agradeciéndonos a cada momento el haberlo hecho por amor a nuestra tierra.

Bien, encontramos un trozo de estabilidad que cualquier persona desearía encontrar.
El nombre de las bombonas de aceite fue bastante aceptado por la asociación de aceituneros del valle. Era sencillo, bonito y pasaba desapercibido, ya que a aquellas personas no les gustaba sobresalir. Y os preguntaréis cual fue el elegido, pues fue fácil, no nos costó ningún trabajo, salió solo, simplemente SOL. Aceites SOL.  Todos estaban encantados, en la sencillez habíamos hecho mucho, un mundo nuevo para que el valle continuara.
Miraba a mi abuelo, recordando aquellos veranos de niña, cuando iba a visitarlos. Entonces eran más jóvenes y yo muy niña, pero no se me olvidó nunca que mi abuelo creó esas tierras, que ese aceite ayudaba a las casas a comer mejor.
Cuando mis abuelos faltaron, mis sentidos creyeron oírles entre esos árboles tan hermosos, situados a la entrada de la finca. No sé si fue imaginación mía, ya que Luis no lo escuchó, pero ese canto angelical lo estuve oyendo muchas noches, y confieso que me daba gusto escucharlo ya que sabía que mis abuelos nos protegerían.
Nos tocaba ahora cambiar de formato del aceite. Teníamos que estar a la última y vaya que si estábamos, no se nos escapaba nada. En cuanto teníamos noticias de algún cambio en el extranjero, nosotros comenzábamos a pensar en lo que se nos presentaba en ese instante. Estuvimos creciendo durante muchos años e incluso hasta llegamos a conseguir premios por nuestro peculiar aceite. Llegué a tener dos hijas y un hijo, el cual continuó con la tradición  de la familia. Hicimos una vida maravillosa, hicimos que un pueblo fuera conocido, creamos en nuestro país el mejor aceite del mundo y continuaría siéndolo por nuestros hijos.

Aquel maravilloso lugar fue siempre un sitio de paz. La naturaleza creó un trozo de cielo en la tierra y el aceite con todas sus virtudes le dio su fama y su bienestar.
Ya era tarde y nuestros pies estaban ya cansados, volví a mirar el Sol que nos envolvía y agradeciendo todo lo que me había sido dado, miré al suelo y me fijé en la tierra que estaba a mis pies, sonreí y entendí tantas cosas, como que un producto de nuestra tierra podía salvar comunidades y que nuestra ilusión hizo que la magia continuara.
Qué bello es morir sabiendo que has hecho algo bueno, que nuestras raíces las hemos dejado intactas en la tierra y que somos verdaderamente perfectos aunque aún no lo sepamos.
Deseo que mis hijos puedan vivir como lo hicimos nosotros, que escuchen las raíces de los árboles y los mimen, que puedan escuchar el sonido de esos pájaros al despertar y que crean que la vida es como tú la veas y creas.

El aceite es el mejor elemento que podemos tener en la tierra, nos da vida, nos regenera, y nos permite vivir más años. Debemos cuidar todo lo que nos ofrece y hay más sabores, distintos, de países lejanos incluso,  cómo no vamos a querer nuestro manjar, es nuestro, Dios nos lo ofreció y de esto hemos hecho una historia completa,  se puede hablar de nuestros productos, todos ellos, a cada cual mejor. Y de nuestra dieta mediterránea basada en este aceite magistral. Confío en que comprendamos algún día todos, que este bello mundo nos lo ha dado todo, frutas, verduras, aceites,  y un sinfín de variados productos más y que tanto las plantas nos curan como un alimento preparado nos ha curado en días.

Hermosa historia esta, contada con ilusión verdadera. Las tierras son grandes, los frutos variados, por lo que tenemos nosotros, los seres humanos, que luchar por ella; es nuestra casa, nuestro hogar y no debemos maltratar todo aquello que es bueno para nosotros. Pensadlo un poco, desde que el ser humano llegó a la Tierra no nos ha faltado de nada, y me pregunto el por qué ahora faltan cosas, lugares que se mueren por no tener para comer. La Tierra nos lo da todo, dejemos que siga dándonos sus dones, no, nos faltaría de nada. Confiar en nosotros, querer ser aceite para poder suavizar al mundo con su antioxidante y suavizar el aroma por todo el mundo para crear un mundo mejor y que hagamos pensar que la Tierra la debemos de cuidar…

Comparte con tus amigosTweet about this on Twitter
Twitter
Share on Facebook
Facebook