Recuerdos

Recuerdos

[Cielo]

Fue el último verano que pasaste en el pueblo. Disfrutabas recorriendo con la bicicleta aquel camino de cipreses que se abría paso entre un mar de olivos como alfombra plateada y polvorienta que moría a los pies del pueblo abrigado con aquella abrupta sierra, a sus espaldas, de moles rocosas, picudas y cuarteadas por el tiempo   que se recortaban en el cielo.

Y cómo, cuando llegabas a la casa de la abuela, tirabas la bicicleta en el patio e ibas disparada buscándola para decirle que habías llegado la primera a la fuente del pintor. Que le habías ganado a Alberto.

Fue aquel verano, con doce años, que sentiste el amor quemándote la piel, con Alfonso, dos años mayor que tú, cuando te cogió de la mano en la bodega del molino de aceite, entre depósitos mastodónticos jugando al escondite con Alberto.

Fue ese verano, poco antes de empezar el colegio, cuando te fuiste para no regresar nunca más.

Fue el verano en que murió Alberto.

La abuela siempre os sacaba el desayuno al patio, en la enorme mesa de piedra, al cobijo de la sombra del nogal. Siempre era Alberto a quien servía primero. Ni a su primo Alfonso mayor que él, ni a ti que eras la más pequeña.

“¡Ay!, mi Albertito, el niño más guapo. El único nieto varón”, le chillaba la abuela pasando su mano por sus mofletes rollizos.

Y cuando tú le decías que no era el único nieto varón, que Alfonso también era nieto suyo, la abuela fruncía el ceño, entornaba los ojos y te respondía: “El varón de mi Paco —el padre de Alberto y María—, mi único hijo, el que continuará el apellido de esta casa”.

La madre de Alfonso, tu tía Dori, no decía nada cuando oía decir eso a la abuela. Cortaba las rebanadas de pan de sierra y tú la observabas ahogar su mirada en el chorro de aceite verde brillante con el que preparaba vuestras tostadas   y tu madre lejos, en la ciudad, sabías que no quería a la abuela. Siempre decía a papá que la abuela era   egoísta y también escuchaste a la abuela decirle a tía Dori que tu madre había engatusado a papá y que le estaba convenciendo para abandonar por completo aquel pueblo e irse a la ciudad y trabajar en el banco en lugar de seguir con el molino de aceite y los olivares que fueron del abuelo.

“Mi Albertito es fuerte y listo, él será un gran capataz de todas estas tierras y continuará con el molino de aceite”, decía la abuela pasándole la mano sobre sus hombros mientras le acercaba el cuenco de leche a rebosar de trozos de pan y azúcar.

Y tú siempre empeñada en demostrar a la abuela que a cualquier cosa que te pusieras lo hacías mejor que tu hermano Alberto. Ese niño mimado al que atiborraba la abuela   de comida y de afecto. Algo así era lo que le decías a tu primo en un desahogo sordo y eterno cuando te perdías con él por el molino de aceite contiguo a la casa de la abuela.

Si durante el desayuno o la comida o la cena se acababa el aceite, la abuela te mandaba a ti ir a la zarra y rellenarla. Cogías la alcuza metálica sin levantar la vista, paso ligero,   pasillo al fondo y, aguantando el miedo cuando entrabas en la bodega, te preguntabas porqué nunca se lo pedía a Alfonso o a Alberto.

La abuela tenía por costumbre en las meriendas empapar el pan —aquel pan ojoso y pesado que nunca más volviste a probar— con aceite al que después añadía onzas de chocolate y, si tú pedías más, nunca había, pero Alberto, cuando jurarías se había zampado su merienda, entraba a escondidas en la cocina y salía de allí con otro pan y   onzas de chocolate con una pequeña sonrisa dibujada en el rostro arrugado de la abuela al fondo.

Os gustaba bañaros en la alberca pero también en la balsa del molino que la abuela llenaba en verano con agua fresca donde aliviar del calor tórrido del mediodía en el pueblo.

A escondidas de la abuela os gustaba ir al patio del molino, allí había una tolva enorme. Trepabais y os encaramabais a lo alto de ese gigantesco embudo de acero a ver quién llegaba antes. Y casi siempre, a pesar de la agilidad de tu hermano, ganabas tú. Y después, encaramados a lo alto, viendo el fondo oscuro de aquel depósito sentías miedo, algo de aquel miedo negro y profundo que nunca más te abandonó.

La abuela os enseñaba el molino de aceite como quien muestra un tesoro, pero cuando   explicaba lo que se hacía allí, en realidad solo parecía que existiera Alberto. El único nieto varón de su único hijo varón. Lo miraba con tanta ilusión que hasta sus ojos vidriosos por la edad parecían brillar. Observaba a su nieto Alberto con la misma esperanza depositada en aquellas tolvas, de que les llegaría el momento, en los tiempos de luna y agua, para llenarse una y otra vez con la aceituna recolectada de los cosecheros insuflando vida al molino como lo hace un corazón que empieza a latir en el vientre materno.

Y tú recordabas cómo aquel verano, sentada sobre aquellas piedras de granito que entre capachos prensaban la aceituna, diste tu primer beso y sentiste las caricias del amor en tu piel quemándote las entrañas. Alfonso ponía sus manos sobre tus hombros y notabas los tirantes de tu camiseta de algodón como el obstáculo más grande que jamás hubiera existido.

La abuela, a media mañana, preparaba un montón de fruta en un bol grande. La troceaba con agilidad con su navaja en una especie de macedonia, pero las mejores piezas, el melocotón más oloroso, el higo que más miel rezumaba y la mejor pera las reservaba para Alberto, que se las servía aparte.

Tú no odiabas a Alberto. Al menos, nunca quisiste reconocer como odio lo que tu abuela despertaba en ti. Te enervaba que alguien, por destino y casualidad, fuera objeto de tanta atención. No entendías cómo podía haber personas que pudieran ocupar tanto espacio quitándote a ti el tuyo. Cualquier cosa que la abuela le elogiaba por lo bien que lo hacía tú lo superabas. Cuando la tía Dori os ponía a los tres a hacer dictados, los tuyos eran perfectos. Todas las cuentas y operaciones matemáticas las hacías sin cometer error alguno. Los mejores resúmenes, los tuyos. Tú, la que memorizaba a la perfección los versos de Machado.

"Los olivos grises,

los caminos blancos.

El sol ha sorbido

la calor del campo;

y hasta tu recuerdo

me lo va secando

este alma de polvo

de los días malos".

 

Pero tu recuerdo jamás se secó ni pudiste sacudirte el alma polvorienta.

Un día, tu tío Fonsi —el yerno de la abuela y marido de Dori— os llevó a unos terrenos de la abuela, unas lomas entre dos barrancos de pendientes onduladas, suelos de nácar y olivos recios con   agujas de plata. Fuisteis en un Land Rover destartalado, pero robusto como los troncos enmudecidos y retorcidos de los olivos, testigos serenos del paso del tiempo que dejabais a vuestro paso, atravesando senderos y cauces pedregosos de riachuelos, hasta que al fin se detuvo en un ancho del camino.

Durante el trayecto os explicó que esos ramilletes blanquecinos y diminutos eran   las flores del olivo y que la flor se llamaba rapa.

Vuestro tío os decía que esas tierras eran tan fértiles que hasta sus olivares de secano podrían competir con los de regadío. Vosotros no entendíais nada, pero él os seguía explicando que quería cultivar unos plantones de otra variedad novedosa y diferente a la picual, la arbequina, de maduración más temprana, si la abuela —propietaria de aquellos terrenos— le daba su permiso. Tu tío, mientras os hablaba, inspeccionaba el terreno. Se agachaba y desmenuzaba los terrones con la mano. Andaba de manera errática de aquí para allá hasta que vosotros, jugando despreocupados siguiendo la hilera de juncos y cañaverales que marcaba el paso del río en una de las barranqueras, lo dejasteis solo escudriñando el terreno. De repente, Alberto, el que según la abuela era el elegido para seguir con las tierras y el molino de aceite, lanzó un agudo chillido. “Me ha picado una serpiente”, gritaba presa del miedo.

Vuestro tío no tardó en llegar hasta vosotros y, en cuanto se fijó en la picadura —dos puntadas finas separadas por dos centímetros— puso su boca sobre la herida y succionó con fuerza. Después se alejó unos metros para perderse entre los juncos. Al rato apareció ya con gesto aliviado y os dijo: “No os preocupéis, no era una víbora, menos mal”, tras lo cual arrojó a vuestros pies una culebra de herradura, de color marrón con unos dibujos negros en zig-zag sobre sus escamas y con la cabeza machacada por una piedra. “Estas no son venenosas”, aclaró.

La tarde que murió Alberto fue una tarde de añiles anaranjados cuando el sol cansado empezaba a despedir el día. Estabais en el patio y Alberto se subió —como tantas otras veces— a la tolva. Alfonso y tú lo observabais desde abajo como con sus piernas fuertes trepaba con agilidad felina y justo en el momento previo de alcanzar la parte final donde encaramarse algo pasó. Le falló el equilibrio y se precipitó al suelo de cemento.

La abuela llegó corriendo y abrazó a Alberto, inerte entre un charco de sangre, sin dejar de gritar. Después apareció tu tía Dori y con mucho esfuerzo pudo separarla y fue la que llamó a tu madre. La abuela seguía con la mirada perdida   y gritando tumbada en el suelo y golpeándolo. Decía —refiriéndose a su nieto Alberto— que cómo le podía haber hecho eso.

La tía Dori, con mucho cuidado, os separó a ti y a tu primo Alfonso que, en silencio, cogidos de la mano, permanecíais inmóviles. Después de darte un vaso de agua consiguió que despegaras los labios y así pudiste hablar por teléfono con tu madre. Dijo que avisaría a tu padre y que en muy poco tiempo llegarían al pueblo. Que se llevarían el cadáver y lo enterrarían en la ciudad. Que nunca más volvería al pueblo y a continuación te preguntó: “¿Estás bien?”, como si no pudieras estarlo, y lo que era peor, como si ella intuyera que, a pesar de la muerte de Alberto, tú pudieras estar bien.

Meses después, cuando tu madre entraba en tu cuarto para desearte buenas noches, llegabas a odiar ese momento. Tanto, que fingías dormir y no abrías los ojos y te dabas la vuelta y te tapabas el oído con la mano para no oírla. Nunca jamás salió de tu cuarto con esas risas como cuando lo hacía del cuarto de Alberto.

Y cuando poco   después del entierro de Alberto te dijo que papá y ella se divorciaban, pero que no era por Alberto, que en realidad ya estaban muy distanciados tiempo atrás, tú te preguntabas: “¿Y por qué tendría que ser por Alberto la separación? ¿Yo no podría significar algo también para ellos?”. Después pasaste largas temporadas con tu madre durante las que no te dejaba hablar con tu padre y ni que lo vieras, y la habitación de Alberto la dejó diáfana. Cada vez que te preguntaba si querías algo de Alberto, algún libro, algún dibujo suyo, decías que no y en mitad de su habitación dejó una mesa con velas, algo así como un altar, con fotografías de Alberto donde tu madre pasaba horas enteras de rodillas. Decía que era meditación. Ejercicios de yoga, pero tú, en silencio, la maldecías. Te gustaría suplicarle que te dedicara a ti algo del tiempo, sólo una pizca del que le dedicaba a Alberto incluso estando muerto.

Después, con el tiempo, tu madre se fue a vivir a una comuna hippy cerca de la Sierra. Nunca pudo recuperarse de aquello.

Tú, tampoco.

Meses después del accidente, no recuerdas si antes o después del divorcio, tu madre te preguntó cómo había sido la muerte de Alberto. Tú le contestaste que le dijisteis a la abuela que ibais al patio del molino y ella no dijo nada, pero que cuando Alberto estaba trepando por la tolva ella apareció   y le gritó guiñándoos un ojo a ti y a tu primo: “Ten cuidado que hay una víbora”. Alberto entró en pánico y fue cuando se cayó; sobre el cemento del suelo aún vivía, pero la abuela lo abrazó sin dejar de gritar que cómo podía hacerle una cosa así a ella.

Tu madre lanzó un chillido agudo, enorme e infinito y en sus ojos viste la locura.

Aún resuenan en tu cabeza esos gritos y no puedes borrar esa imagen, como tampoco las de aquel verano.

“Maldita mujer, loca. Tu madre es una loca”, le dijo a tu padre por teléfono.

Y cuando tu padre habló contigo con voz calmada, sin rencor y mucha dulzura te pidió que fueras más cuidadosa cuando hablaras con tu madre y que no le dijeras esas cosas porque le afectaban mucho. Y que estaba de los nervios, muy delicada.

Como si supiera la verdad.

Han pasado veinte años y el nogal del patio sigue tan grande como era antes. En cambio la casa de la abuela parece mucho más pequeña. Recordabas su casa, el patio y la alberca todo mucho más grande de lo que en realidad era.

Alfonso, tu primo, te observa. En realidad no te ha quitado un ojo de encima desde que llegaste al pueblo. Te ha acompañado hasta el cementerio donde está la tumba de la abuela. “Pensé, María, que debía avisarte cuando falleció la abuela”, te dijo cuando te llamó por teléfono.

De vuelta del cementerio os habéis detenido en la fuente del pintor. Bajo aquel olivo centenario. Y acaricias su tronco rugoso. El dolor te hace mantener la serenidad y evitas que tu desolación interior escape de golpe. Alfonso abre la boca y un miedo te estruja el corazón. Crees que va a hablar de la muerte de Alberto. “Sé que odiabas a la abuela”, dice, y el corazón te deja de palpitar y un frío intenso se escapa por tu frente. Pero entonces le miras y sabes que el secreto de la muerte de Alberto con él permanecerá oculto como durante los veinte años anteriores.

Hasta la tumba.

Él estuvo a tu lado cuando animaste a Alberto a escalar por la tolva. Te fue fácil. “Alberto, a ver quién se sube antes a la tolva. Seguro que te gano”, le dijiste, y Alberto, rápido como una centella, se encaramó a las columnas y comenzó a trepar con soltura. No sabes si un poco antes de llegar al poyete de arriba o un poco antes le gritaste: “Cuidado, Alberto, una víbora”. Entonces empezó a balacearse, perdió al instante su seguridad y sus piernas se soltaron, o quizá fuera primero su brazo de apoyo. Un sonoro golpe como el de una sandía estrellándose os devolvió al suelo a Alberto. Aún estaba vivo. Alfonso y tú os quedasteis paralizados, pero cuando llegó la abuela ya estaba muerto.

Alfonso te mira fijamente mientras te apoyas en el tronco de aquel olivo solitario a los pies del caño de agua de la fuente. Olivo testigo de vuestras carreras en bicicleta de aquel verano mientras esperaba cargarse de zafiros y rocío en invierno.

Alfonso es quien cuida de las tierras de la abuela y quien junto a su padre transformó el viejo molino de aceite en una almazara moderna. Acaba de comercializar con éxito una marca de aceite oliva virgen extra temprano, de la variedad arbequina.

Con la aceituna cosechada en aquel terreno en el que su padre, el marido de la tía Dori, con el permiso de la abuela después del fallecimiento de Alberto, plantó.

Alfonso te dice que ha soñado con Alberto. Que en sueños se le aparece Alberto alto y fuerte y que os pregunta a ti y a él: “¿Qué queríais ese verano?” Y te pregunta si tú has soñado eso también.

Y tú, que ya no volviste al pueblo jamás, le quieres decir a Alfonso que cuando te llamó por teléfono tuviste que apoyarte sobre la mesa del escritorio y que te derrumbaste. Y que, de repente, como una herida que supura, todos tus recuerdos desde aquel verano, el de la muerte de Alberto, que te habían emponzoñado, te vinieron a la cabeza de golpe. Que aquellos recuerdos que, como en el poema de Machado que tan bien recitabas en el patio de la abuela a la sombra del nogal,   te los había secado ese alma de polvo. E Ibas a decirle que   con aquella llamada habían salido todos tus miedos, negros y profundos como cuando te encaramabas a la tolva, todos tus odios, pero con lágrimas humedecidas te concentras en la corteza rugosa de aquel olivo y tragando saliva humedeces de nuevo aquellos recuerdos que seguirán secando ese alma de polvo de tus eternos días malos.

 

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