A mi chica infancia

A mi chica infancia

[Angelique Pfitzner]

Quisiera regresar a mi chica infancia.

Recuerdos bañados al sol de Andalucía y pasado escrito entre olivares.

Frente a la ventana del ayer, ante mis ojos descendían soldados llenos de herencia, tiempo de historias bañadas en sangre y promesas juradas a la luna de los deseos.

A mis ochenta y nueve años nada me salvará de la muerte. Temprana vendrá a buscarme. Y solo ansío volver a aquellos días de inocencia, cuando mi madre me arrullaba en canciones de noches embriagadas de cuentos, dibujaba sonrisas en su rostro curtido de cansancio y me contaba leyendas de los nobles guerreros hermanos Carvajal antes de irme a dormir. Tapiz de reyes, princesas, guerras contra los moros y trágico final que más tarde leí en los libros de texto. Un destino sentenciado a muerte de Juan Alfonso y Pedro Alfonso, arrojados aún con vida por la Peña de Martos en mandato supremo de Fernando IV.

Quisiera regresar a mi chica infancia.

Manantial de vida y manto de tierra dibujada de vastas llanuras. Al son de palmas y guitarras caía la tarde en minutos sumados a peso de aceitunas. El milagro del otoño había vestido de negro el anuncio del mes de noviembre y de largo recibían los olivos cada invierno las primeras heladas.

Arrugas marcadas en vejez, junto al fuego del hogar, mi abuelo Amador, viudo desde hacía quince meses, quedaba a la tutela de sus cinco nietos. El mayor, un servidor, con tan solo siete primaveras, dos luceros color miel y bautizado en la iglesia de Santa Marta de Martos, en honor a la tradición familiar del primer vástago de nombre Nicolás, contemplaba en la lejanía los montes salpicados de rito sagrado y permiso confabulado con la Madre Naturaleza para osar varear las aceitunas.

Antes de despuntar el sol, bajo la escarcha de caminos tatuados en huellas de desgastados zapatos y frío gélido al compás de grajos, un hervidero de vida compartía los mismos pasos en descenso desde la Peña hasta los límites del pueblo.

Martos crecía en riqueza de oro líquido. Al abrigo de mantas, lonas y enormes telas extendidas sobre la tierra, jornadas de trabajo y manos llenas de callos sumaban kilos en las alforjas de los animales.

Se explotaba las caballerías. Pan al hogar garantizado y alimento de estorninos, mayo anunciaba flores, de nombre Rapa, en los generosos olivos. Blancas, verdes y estambres amarillos, racimos de diez a cuarenta flores eran regalo de su fruto.

En la memoria tengo muy presente a nuestro borrico Peronillo. Un alocado joven macho color pardo que entró en nuestra casa a cambio de tres kilos de jabón preparados durante horas por mi madre con una mezcla de aceite y sosa cáustica, más cuatro pellejos de carnero enormes. El trueque era costumbre habitual de pago en el pueblo.

La primera vez que lo monté, imaginando ser un caballero de la Orden de Calatrava, cabalgar junto a la valentía de los hermanos Carvajal y contar las estrellas de un futuro lleno de sueños locos, pegó un frenazo en seco y salí disparado por encima de sus orejas. Todavía me duelen las nalgas del porrazo supremo al despertar de súbito.

No sirvió de nada. Los añejos olivares de casi doscientos años fueron notarios en mi empeño al verme subir de nuevo a su grupa gracias a un pequeño muro de piedra, sujetar con fuerza su lazo y recrearme en las aventuras de Don Quijote y Sancho Panza, con la diferencia de no tener molinos y convertir al mayor bosque humanizado del planeta y sus sesenta y seis millones de árboles plantados, en enormes fantasmas creados desde la infinita imaginación de un niño cubierto de barro.

Secretos de la variedad Picual, las olivas omnipresentes más allá de hileras extensas en un mar verde plata, contemplaron mi incansable energía terca de arremeter contra sus tupidas ramas de hojas y recios troncos fosilizados, bajo la mirada asustada de Peronillo.

Atrás dejé mi tierra y emigrante marché a los quince años.

Una plaza de friega platos en Barcelona fue el detonante para entrar como aprendiz de cocina en el restaurante Los Tres Molinos.

Por aquel entonces y a pesar de descubrir que los Reyes Magos de Oriente solo existen en nuestro corazón, todavía creí que pasados seis meses mis pasos volverían a marcar la senda de la comarca de La Loma y las vegas de los ríos Guadalquivir y Guadalimar. Contemplar los tesoros de la Sierra Sur de Jaén, el horizonte marteño con siglos de historia a los pies de su roca desde la ibera Tucci y abrazar mi casa.

Ironías de la vida.

Jamás volví a ver a Peronillo.

Tampoco la extensa campiña que jamás olvido, cuando el olor a aceite tatuado en el alma me regala poder volar a la esencia de quien soy y de donde vengo.

Quisiera regresar a mi chica infancia.

Allá donde mi padre plantó su propia estaca. Rezos de bendición en incansables deseos, bajo su sombra romances susurraba al oído de mamá.

Tardes de juegos bañados en risas, migas con higos al calor de palmas y contar el tiempo de nuestra familia a fuego lento y cuchara de madera.

Caía el día a mesa puesta de pucheros caseros con patatas y garbanzos, un buen chorizo y pedazos de tripa de cerdo.

¡Dios Bendito, cuánto daría por el sabor de aquellos manjares en exquisito paladar de humildes bocados a mi boca!

Hoy en la soledad de mi vejez ansío llevarme la esencia también de mi querido maestro Don Benancio.

En el temblor de su mano poemas y rimas escribía versos. Pinceladas de letras cautivas de juventud, se dejaba seducir del silencio de sus estudiantes a la vera del camino de un adolescente en el cuerpo de un anciano.

Nunca salió de su traje enfundado en corte inglés y perfecta pajarita negra, a pesar de desear con todas sus fuerzas gritar una existencia rota por las apariencias.

Quisiera regresar a mi chica infancia.

A través de la fría ventana, crepúsculo de invierno, a sus clases la primavera llegaba.

Al coro de campañas, trinaban los pájaros y la misa del mediodía anunciaba cuarenta días.

Semana de Cuaresma, marzo fiel, resguardados los olivos del calor infernal de un posible verano cruel, los hombres cubrían de tierra la parte baja de los árboles y sus raíces descubiertas.

Alondras engalanadas con sus mejores trajes, hacia la Virgen de la Villa avanzaba la gente en gracia y procesión divina.

El domingo era cita imprescindible de acudir a la iglesia, escuchar el sermón del cura, limpiar los pecados en confesión, rezar Ave María Purísima doce veces seguidas y enorgullecerse de yacer limpio ante Dios.

Mi primera Comunión.

Apenas me acuerdo.

Meses de intensa catequesis, fotos de un niño asustado y, de regalo, una armónica que guardo con mucho cariño en el baúl de mi vida.

Infancia con olor a jazmín, rosas puras y blancas, en belleza sin igual, hoy mis ojos lloran la soledad.

Aquí en mi presente sombrío, desesperado quisiera contemplar, de belleza sin igual, mi querida Andalucía.

Jienense de sangre soy. Cristiano y nazareno. Cruzar Jaén a caballo, entre Sierra Morena y las Cordilleras Béticas, y dejarme seducir por su hospitalidad, manantial de agua fresca a mi seca garganta que muere de sed.

Quisiera acariciar el inmenso azul, abanico cielo en plena luz del sol ardiente y Córdoba callada. Mezquita eres, reina mora hechicera, y cautivo quedar de tus claveles blancos.

No sin antes, a lomos de mi burrito Peronillo, Mediterráneo contemplar, folclore de colores a mis pupilas cubiertas de cataratas, barqueros navegar en dos mares unidos en Cádiz, puerto de pescaditos.

Faralaes admirar, diosas vestidas con mantillas y peinetas, volantes al ritmo de danzas, a ti Sevilla de alegría y entre arrecifes, acantilados y la Alpujarra, Almería llevarme, en el cabo de Gata.

Cuánto dolor en el pecho sentiré si el Rocío y las marismas a mi vera no acuden, Huelva marinera. De su encanto a Granada, amanecer en la Alhambra, enamorarme de Málaga, esclavo entre sus calles y admirar perlas, milagro convertido en gastronomía, néctar cremoso en delicia suprema. A mí vuelve Jaén.

¡Muerte maldita! No me busques.

¡Aléjate de mí, guadaña!

Quisiera regresar a mi chica infancia.

Escuchar la dulce voz de mi madre Bendita.

En su regazo quedarme dormido y mecido de amor dejarme morir….

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