Lágrima de plata

Lágrima de plata

[José Ignacio Tamayo Pérez]

La primera vez que la vi fue el día que entramos en la alquería de Simón. Era muy joven y no hacía una semana desde que me había unido al grupo. Iba para hombre de estudios, pero por un lance de mujer tuve que andar huyendo de la Justicia. Ese día, ni sabía a dónde nos dirigíamos, ni para qué. Estábamos casi todos. Más de 20 hombres a caballo, totalmente armados. Cuando entramos en la finca diría que no habría más de 6 guardias. Lanzamos unos tiros al aire y salieron huyendo. Al llegar a la casa detuvimos las monturas. Uno de nosotros advirtió de la presencia de Simón. Estaba colgado de una de las ramas del nogal que había junto a la entrada. Agarrando la soga con sus manos y pataleando. Fue Mateo quien se acercó a galope. Cuando llegó a su altura, se entretuvo un instante en guardar, en las correas de la espalda, el trabuco que llevaba en la mano. Me costó entender lo que estaba haciendo. Mientras veía a aquel hombre suspendido, creí que iba a dejar que muriera. Le hubiera llevado solo un segundo romper de un disparo la soga y salvarle la vida. Sin embargo, tras parar el caballo y haber guardado el arma, se puso de pie sobre la grupa del animal y sacó a Lágrima de Plata de su funda. La abrió y, de un tajo limpio, cortó la cuerda. Simón cayó al suelo boqueando. Varios hombres fueron rápidamente a soltarle la soga mientras yo observaba el rostro firme de nuestro jefe. Después de que aquel hombre se recuperara, Mateo y él se fundieron en un abrazo. Luego, Simón nos llevó a todos a su casa e hizo que algunos de sus peones nos dieran de comer. Estuvimos varias horas allí. Durante el tiempo que Simón hablaba con mi jefe, fui incapaz de apartar la vista de la quemadura que la cuerda había hecho en su cuello.

Antes de partir pidió a Mateo que le acompañara a la almazara con unos cuantos hombres. El molino tenía dos piedras cónicas de granito y todo el recinto olía a alpechín. El dueño de la finca hizo que nos lleváramos unas cántaras de aceite, y al jefe le regaló una pequeña aceitera de cerámica con un tapón de corcho.

—Es un Royal muy bueno —le dijo—. De los mejores olivos de aquí.

En la despedida, ambos se dieron las gracias. El colono por haberle salvado la vida, y el bandolero, creo, porque Simón no hubiera revelado el lugar de la sierra en que nos escondíamos.

Para quienes le hayan olvidado ya, diré que Mateo Morón fue el jefe de una de las partidas más importantes de bandoleros que corrieron por toda Andalucía. Y que su renombre no solo tuvo que ver con andanzas y robos, sino también con la aureola que acompañaba a la navaja de la que nunca se separaba. Era una damasquina enorme. Cerrada medía un palmo largo y, al abrirla, impresionaba. La hoja, en cierta ocasión se lo pregunté, era de acero de crisol. Tenía bisel y sangradera. Y aunque nunca lo comprobé, imagino que cortaba con solo apoyarla en la piel. Llevaba una doble virola de alpaca y el mango estaba hecho de hueso. A su largo, embutido, un claveteado de botones como adorno. Y, a cada lado de la empuñadura, una incrustación con forma de lágrima. Una de ellas era opaca, de color amarillento. Presumo que de marfil. Del otro lado, estoy seguro, la taracea era de plata. Metal limpio, bruñido, que parecía transparente de tanto como brillaba. No tiene sentido pensar otra cosa, que solo una de ellas fuera la original. Si alguna vez había perdido la de plata y fue sustituida por marfil, o si había sido al contrario, nunca lo supe y tampoco me atreví a preguntarlo.

Aquella, la de Simón, fue mi primera correría y recuerdo haberme sentido muy excitado por participar en ella. Al marchar huimos hacia el barranco del Gargantón. Era uno de nuestros campamentos. Convenía no dejarse ver en las cercanías del último lugar por el que habíamos andado y cambiábamos frecuentemente de escondite. Teníamos cuatro amparos fijos y nunca pasábamos muchos días en uno de ellos. Además había muchos otros sitios en los que podíamos buscar refugio si no estábamos todos juntos. Si íbamos de a uno, o de a dos nunca faltaba quien nos diera cobijo. Hacíamos daño a algunos, pero eso nos ganaba el respeto de otros. Cuando necesitábamos comida o municiones bajábamos a Mancha Real o, si era poco el avío, nos llegábamos hasta Albanchez. Pasado un mes de esa mi primera salida fue el mismo Mateo Morón quien me escogió para que le acompañara allí. No lo conocía. Era un pueblo acogedor. Compramos víveres en el almacén de Eladio y quedamos en que, cuando anocheciera, él mismo los llevaría con discreción al abrigo del barranco. Luego fuimos a comer a la hostería de Antonio García. Al entrar, Mateo se saludó afectuosamente con el ventero y luego nos atendió su hija. Era una muchacha hermosa y muy desenvuelta. Sonreía todo el tiempo. La comida transcurrió en paz hasta que dos tipos empezaron a meterse con la chica. Voceaban y había varias jarras de vino vacías frente a ellos. Uno de ellos, el que tenía un corcusido junto a la boca, sujetó a la muchacha por el brazo y le obligó a sentarse en sus piernas. Ella hacía por apartarse. Incluso llegó a gritar pidiendo auxilio. Me sentí confuso en esa situación. Sin embargo, la rutina que me faltaba a mí para saber qué era lo que debíamos hacer en ocasiones así, Mateo la tenía por sobra. Me hizo un gesto para que me quedara sentado y detuvo también a Antonio que, con las voces, acudía en auxilio de su hija. Con paso calmo, se llegó hasta donde estaban aquellos dos matones. Yo saqué mi arma corta por debajo de la mesa y tensé el percutor apuntando al que estaba más lejos de mi jefe. Mientras se acercaba, por su espalda, vi que Mateo sacaba a Lágrima de su forro de cuero y la sujetaba en su puño derecho. Antes de que aquellos hombres se hubieran dado cuenta de que había alguien frente a ellos, les dijo:

—Dejad a la chica.

No había levantado la voz, pero sus palabras tuvieron el efecto de silenciar el comedor. Los hombres se quedaron mirándole mientras la muchacha aprovechó para salir corriendo y esconderse en la cocina.

—¿Y tú quién eres?, paleto —dijo el que parecía más pendenciero.

Y sin esperar respuesta, el alborotador sacó su arma de chispa. Antes de que yo mismo pudiera reaccionar para ayudarle, Mateo esgrimió a Lágrima, enganchó el guardamonte del arma de fuego de su enemigo, y la lanzó por los aires. En cuanto a su compañero, casi con el mismo movimiento de navaja, Mateo seccionó las correas que las sujetaban y su cartuchera y su pistola cayeron al suelo. No creí que se pudiera manejar una navaja de esa manera. Luego, la clavó sobre la madera de la mesa. Con su casi medio metro extendido, Lágrima se puso a cimbrear delante de los ojos de aquellos dos tipos.

—Estáis tardando en iros —dijo.

Los hombres se quedaron mirándole, especialmente el de la cicatriz, que no quitaba la vista a la navaja. Cuando esta dejó de oscilar, se volvió a su compañero y le ordenó:

—¡Vámonos!

Y se fueron. Mientras pasaban a mi altura camino de la calle, me volví para no dejar de apuntarles. Mateo Morón, sin embargo, no se giró. Desclavó la navaja y la guardó en la funda que llevaba en el cinto. En ningún momento hizo un movimiento para poder darles la cara. Me pareció que se arriesgaba en exceso. Y que se había expuesto demasiado afrontando el peligro utilizando solo su navaja. Con el tiempo, claro, comprendí los motivos. Comimos un plato de tomate con sal y aceite, y un asado de liebre. Y nos quedamos hasta tarde. Hasta que empezó a anochecer.

De regreso no hice otra cosa que darle vueltas, una y otra vez, al modo en que habían sucedido las cosas. Y como si me leyera el pensamiento, Mateo se dirigió a mi y me dijo:

—Nunca te dejes intimidar. Esa es el arma más poderosa.

Estuve casi seis años con él. Durante ese tiempo aconteció que fue capturado. Andaba solo y, por casualidad, dio con una patrulla. Fue un vecino de Bélmez quien vino a decirnos que le tenían preso en el calabozo del pueblo. El segundo de Mateo, El Quebrado, el que comandaba las partidas cuando no estaba él, propuso que uno de nosotros fuera a buscar a la cuadrilla del Pernales, para que uniéramos nuestras fuerzas y así poder liberarle. Mateo Morón pasó dos noches encerrado. La mañana del tercer día una hueste de treinta y cinco salteadores le sacamos de la celda. Bajo las órdenes de nuestros dos capitanes, sin mediar aviso, entramos a fuego y hierro. Murieron siete guardias y tres de los nuestros. Cuando, tras separarnos de los miembros de la otra banda, regresamos al campamento, Mateo dio orden de que no volviéramos a juntarnos con el Pernales, ni siquiera para lo que acabábamos de hacer. Que debíamos valernos sin tanta saña. Que nada quería con cabreros sanguinarios que carecían de todo miramiento.

He de decir que yo acabé admirándole. Y respecto a mi persona, puedo presumir de que Mateo me tenía ley. Acudía a mí si teníamos que mandar una carta a algún pudiente para exigirle dinero. No todos los del grupo sabían escribir y además Mateo decía que yo tenía una letra muy bonita. Y añadía que sabía ordenar las palabras en su justo término. Sin arrastrarlas en lástimas, o desgastarlas con amenazas vanas. Aunque las más de las veces no era enviando misivas como nos buscábamos la vida. Éramos una partida de bandoleros y lo que de verdad sabíamos hacer era apostarnos en cruces que sabíamos de paso, asaltar carruajes y aliviar del peso de su dinero a la gente acaudalada.

Dentro del grupo había gente de todo tipo, claro. Los más, violentos y de poca cabeza. Uno de ellos El Quebrado. Recuerdo, por chocante, la captura que, mandando él, hicimos de un convoy que iba camino de Úbeda. Eran dos carros que iban cubiertos con una lona y la diligencia en la que viajaba la hija del marqués de Hinojares. Tuvimos que matar a uno de los criados que, subido en el pescante, se tomó con demasiado celo su trabajo. En el ataque, el coche en el que iba la señorita volcó, y ella resultó herida. En ese punto, y después de reducir a los sirvientes, no sabíamos qué era lo que estábamos robando. Cuando abrimos los carros vimos que en uno de ellos había una cama con dosel. El otro tenía todos los enseres necesarios para vestir una casa. A mí me pareció un disparate, pero El Quebrado mandó que nos quedáramos con la cama. Además guardamos en el carro algunas ollas y nos fuimos. Sin el parabién de Morón, nada teníamos con la señorita marquesa y la dejamos ir para que la atendieran.

Nos costó mucho subir con aquel carromato por las pendientes de Fuenmayor . Incluso en el último tramo, cuando ya había desaparecido el sendero de tierra, tuvimos que ayudar a las caballerías empujando con nuestras propias manos. Los compañeros se sorprendieron de que llegáramos con un armatoste tan voluminoso. Con Mateo delante, El Quebrado mandó quitar el toldo y dejó al descubierto la cama con sus herrajes dorados. Mateo quedó callado. Solo reaccionó, y en mal aquel, cuando le dijimos a quién habíamos asaltado y que la hija del marqués había salido herida. Luego, detuvo el impulso de quienes quisieron tumbarse en una cama tan distinguida. Nos dijo que al día siguiente iría él mismo a devolverla. Pasó la noche acostado junto al carro para que nadie se atreviera a desobedecer su orden de utilizar la cama. Casi de amanecida me desperté y vi su silueta recortada junto a los hierros y colgaduras de la cama. Había encendido una pequeña hoguera y me dediqué a observarle. Me gustaba tratar de meterme en su cabeza y saber por qué hacía las cosas. Y, aunque le di mil vueltas, no pude entender su comportamiento. Estaba de perfil y, por un momento, le vi llorar. Por su mejilla izquierda resbalaba una pequeña gota. Con el fulgor de la llama y las primeras luces del día, parecía a veces opaca y, a veces, dorada. Como si fuera de marfil. No pude ver el otro lado, pero me gustó imaginar que por él escurriría una lágrima de plata.

Después de almorzar enganchó su propio caballo al carro. Antes de irse se acercó a mi y me entregó su navaja.

—Guárdamela con tu vida Manuel. Y si me pillan, haz que me entierren con ella.

Tuvimos que ayudarle a bajar hasta que dio con el camino. Luego nos mandó que nos fuéramos y se dirigió ladera abajo.

He de decir que me enorgullece haber sido de los pocos que tuvieron el honor de tener a Lágrima de Plata en sus manos. Por propia voluntad de Mateo Morón, quiero aclararlo. Porque calculo que los guardias (la vez que lo detuvieron) irían pasándola de mano en mano. Dudo que hubiesen visto nunca un objeto tan bonito. Estuve todo el día pendiente de ella. No la dejé de mi mano ni un solo momento. Y no pude evitar la tentación de abrirla. El muelle desabrochaba la hoja con suavidad, sin necesidad de hacer fuerza. Y sin que el mecanismo de carraca hiciera sonido alguno. Como si se deslizara por una superficie perfectamente engrasada. No me atreví a desplegarla más de tres o cuatro veces, no siendo que se estropeara.

Mateo regresó en mitad de la noche sin otro ajuar que su caballo. Yo estaba de guardia y me puse a dar voces para que todos supieran que había llegado. Encendimos fuego y bebimos vino. Hubo hasta rasgueos de guitarra para festejar que nuestro jefe regresaba con bien de la boca del lobo. Cuando se acabó el jolgorio y todos estaban intentando dormir sobre sus mantas, se me arrimó y me pidió que le devolviera a Lágrima.

—Aquí la tiene, jefe. Ya sabía yo que no tendría que guardarla en su ataúd.

Sonrió.

—Eres muy listo tú. Alcanzas a ver más que yo.

Y la abrió. Sopló por su acanaladura para quitarle cualquier atisbo de polvo y, como hacía con frecuencia, pasó un lienzo de cachemir para limpiarla por fuera. Y con un palillo y el óleo que le había dado Simón, aceitó sus junturas. El Royal olía a frutas y a monte. A higo. Y, aunque no imaginaba que pudiera suceder, mientras se daba a esos afanes, se me sinceró. Me contó que su padre era nacido en la misma calle Zapateros de Albacete, y que allí había aprendido el oficio de cuchillero. Y que, con los años, había entrado al servicio del abuelo de la marquesita a la que habíamos asaltado el día anterior.

—Viví con ellos siendo niño. El marqués de ahora es un hijo de puta, pero los Hinojares son un linaje de bien —dijo como para justificar que un bandolero fuese a devolver a una persona ilustre lo que le había robado.

Luego me tendió a Lágrima hasta que casi me obligó a tocarla.

—La fabricó mi padre por encargo del señor marqués, del abuelo. De chico me pasé muchas horas mirando cómo la trabajaba. Al marqués hijo no le gustó que al terminarla se la regalara a él, en lugar de pasar a sus manos. Por eso la tengo yo. Con lo que teníamos, mi padre nunca hubiese podido pagar lo que valían estos materiales.

Hablaba despacio. Como si tuviera que ordenar los recuerdos.

—Y por eso no he querido llevarla. Podía haberme topado con don Rafael y hubiese hecho que me abrieran las tripas para quitármela.

Y terminó.

—Mi padre me la dio cuando cumplí los catorce. Me hizo prometer que nunca la usaría para matar. Que solo debía valerme de un objeto tan bello para hacer el bien.

Esa conversación aconteció en junio del 1909. En noviembre, un día antes de que cayera en una emboscada le volví a ver usando el aceite para mantener a punto su arma.

—Hay que hacer una visita a Simón —me dijo—. Se me está acabando el aceite que me dio.

Luego escuché que, en el momento de pelear por su vida, no tenía el trabuco a su alcance y que tuvo que se defenderse con Lágrima de Plata. Y rondaba la habladuría de que su mecanismo quedó atrancado y no pudo abrirla. Algunos dan por cierto que el engranaje de apertura tenía óxido o trizas de quién sabe qué. Con lo que yo sé, puedo asegurar que no sucedió de ese modo. Que la causa fue que no podía arremeter a muerte contra los que le mataron. Ahí se vino a empezar el fin de una época. Habían cazado ya al Pernales en un tiroteo. Así que después de la muerte de Mateo Morón, los únicos bandoleros que quedaron en la serranía fueron Pasos Largos y Camargo. Al primero lo detuvieron unos años más tarde. El segundo se suicidó con cianuro. No sé qué retorcidos pensamientos han de pasar por la cabeza de alguien para llegar a quitarse la vida. Pero tengo para mí que los de Mateo Morón, cuando fue abatido, fueron los más nobles. Y que la suya, honrando la palabra que dio a su padre, fue una muerte más limpia que la de acabar corrompido por un mal veneno.

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