Olivos y cabellos de fuego

Olivos y cabellos de fuego

[Miroslava Ramírez]

Asoma por la ventanilla del taxi y mira a lo lejos la silueta del viejo guardián de sus recuerdos... sus anhelos e ilusiones infantiles. El antiguo Olivo cerca de la orilla del camino; casi al borde del destino, casi en ninguna parte. A lo lejos se recorta su fronda, abriendo sus ramas ofreciendo un abrazo intenso. Esa imagen la persiguió en sus sueños, desde la infancia como trasplantada hacia ninguna parte.

Tenía ocho años cuando sus padres emigraron a América... a ultramar. Pero ella nunca se sintió en casa. Tal vez por eso no pudo echar raíces. Hoy han pasado cincuenta años desde la última vez que vio el olivar y su árbol preferido.

Suspira hondo y los recuerdos se atropellan en su mente, siente en su rostro una tenue brisa de verano. El vaivén del columpio que su padre instaló en ese árbol. Entonces, vuelve a la realidad.

Aquí y ahora inicia su vida.

Ha dejado todo atrás; hasta la esperanza... lágrimas salobres resbalan desde sus adentros.

Piensa en esa familia que se quedó en el camino. Sus hijos, a los que aún ama tanto. Y piensa en el que fue su esposo tantos años.

Cuánto dolor encierra su alma.

Siente que ha llegado al único sitio seguro. Al cobijo de sus recuerdos.

Minerva escucha sus pensamientos mientras desciende en la entrada de la vieja casa que cobijó a varias generaciones de su familia.

Es probable que hoy solo quede ella; única sobreviviente de esa sangre indómita de mujeres pictas de sangre guerrera, invencible.

Y ¿qué puede salir mal?

Debe hacer frente al reto de salir adelante partiendo de cero.

Administrar el olivar que ha pertenecido a sus antepasados Y la fábrica de ese oro líquido; fluido divino, aromático aceite de las gordas aceitunas que son el centro y eje del escudo de armas de su casa.

¡Ay! Parece un suspiro sin tiempo cuando sus pies descalzos recorrían la campiña hasta la fábrica. Los grandes tanques y la faena.

El ir y venir de los obreros; orfebres del mejor aceite de la región.

¡Cómo amaba ser parte de todo aquello!

*********

Hace muchas generaciones Sabina era la jefa de un clan. Una mujer picta como muchas de su época; de recio carácter, tenaz y valiente.

Lo mismo cultivaba la tierra que cantaba una canción de cuna y enfrentaba la vida con una filosofía muy práctica.

"Si algo se puede hacer, se hace... y si no también se hace".

Ella parió seis hijos a los que enseñó por igual el cultivo de la tierra, el conocimiento de las plantas del bosque y sus propiedades; así como el cuidado de la casa y hasta las artes de la guerra.

Para ella no había diferencia de género. Algo que tampoco era tan extraño en una sociedad como aquella: habitantes de los bosques de la parte sur de Escocia.

Sabina tuvo que hacerse fuerte al perder a la mayor parte de los hombres del clan durante las incursiones romanas en el territorio.

De la noche a la mañana empuñó las armas acompañada de un reducido número de  mujeres; tenía la astucia y sagacidad para hostigar a las legiones romanas cortándoles el suministro de agua.  Huir quemando todo lo que no pudieran llevarse... y procurando pequeños desastres. Como robar los víveres del campamento mientras los soldados romanos dormían después de una borrachera y celebración de una victoria.

Inutilizaron los recipientes para el agua, soltaron a los animales y degollaron a la guardia. Pero lo que más le enorgullecía de aquella incursión fue el hacerse con las armas y la insignia de aquella legión.

Después de eso tuvieron que huir del territorio. Siempre hacia el sur buscando tierras favorables. Siempre sin mirar atrás... Siempre aprendiendo cosas nuevas.

Inculcó a los miembros del clan el orgullo de su estirpe y no sentirse jamás vencidos. El crecerse hasta en la derrota.

Les enseñó el poder de la palabra; de contar la historia de glorias pasadas. El poder de confundirse con la naturaleza, no solo pintando sus cuerpos como el bosque sino con la esencia misma de su espíritu. Con esa visión llegaron a esta tierra y aquí comenzaron una nueva vida, pero sin perder su naturaleza.

Ese fue el origen de su estirpe y ese fuego refulgía hoy en su mirada. Cada trescientos años ocurría un desastre que diezmaba a los miembros del clan.

Había una leyenda que data desde los inicios pictos de Escocia. Una maldición de los espíritus de los bosques, por la cual la mayor parte de los miembros de la estirpe desaparecen.

Las primeras veces fue la peste y las enfermedades o la guerra o las migraciones. Esto ocurrió cada trescientos años religiosamente. Así cada comienzo era como un Génesis. Una renovación. Nunca han podido explicar este fenómeno. Y aún ahora Minerva lo asume como algo natural. Algo que tiene que ser... como la serpiente que se muerde la cola, un nuevo ciclo de una espiral infinita.

Sus padres emigraron a México tratando de evadir ese sino funesto. Pero también la leyenda viajó con ellos. Y uno a uno fueron cayendo víctimas del hado adverso. Sus hermanos, sus padres y después sus parientes.

A sus amados hijos y su esposo los perdió en condiciones extrañas.

Ella sabe que en España aún quedan miembros de la familia y sabe que se volverán a agrupar como un clan, como en el inicio.

Su tarea es levantar la producción del maravilloso aceite de oliva.

Oliva como su apellido, la huella de su nombre, de los suyos.

Lo que la define eso es lo que ella es.

Para que un ciclo renazca, es necesario terminar el anterior.

Por eso volver al origen es la cosa más natural.

Recomenzar con brío, tenacidad y hasta furia desmedida.

Se inclina y llora bajo la fronda del olivo.

Llora hasta agotar el caudal que la agobia.

Entrada la noche mira hacia la casa enmarcada por el cielo estrellado y camina por el sendero. El viento se enrosca y juega con su falda.

*****

Una mujer mira a la distancia desde lo alto de un acantilado, a sus pies el mar estrella sus olas contra los riscos. Es un mar gris, oscuro y frío. Ella piensa que este paisaje es todo lo que conoce, no sabe que hay más allá, ha escuchado historias de pueblos de leyenda; de tierras con cielos azules y trigales dorados donde el sol habita cada día del año.

Sabina siente un movimiento en su vientre y lo acaricia.

No hay otra salida; allá lejos construirá su hogar. Un sitio seguro para lo que queda del clan. Baja hacia la playa y ve dos barcazas que llevarán a su gente... y su vida.

Inician el viaje sin retorno, van hacia la costa mientras recuerda la noche de la incursión al campamento romano.

Nada salió como estaba previsto, solo iban a robar provisiones y soltar a los animales. Cuando llegaron al campamento había dos centinelas semidormidos y embotados por el vino.

Se deslizaron con facilidad ella y otras dos mujeres. Sorprendieron al primer vigía; lo degolló de un tajo limpio,  y más tarde al segundo centinela lo ultimó Milda, la hija del jefe del Consejo de ancianos de su pueblo.

Entonces fue fácil; a una señal las demás mujeres se dispersaron silenciosamente por el campamento dormido. Ella encontró la tienda más grande y entró sin hacer ningún ruido. Se acercó al camastro de campaña y miró al hombre que dormía. Era el general Victorio Augusto, lo conocía bien. Ella vio morir a su esposo bajo esa espada.

En esta guerra había perdido ya a todos los hombres de su familia Y de su pueblo; sólo quedaban los pequeños y algunos ancianos. Así que levantó la espada sobre aquella cara que odiaba. Iba a descargar el golpe cuando el hombre se removió en sueños, ladeó la cabeza y dobló una rodilla; la corta túnica resbaló a un lado dejando ver toda su masculinidad.

Un efecto sin duda del quehacer onírico. Sabina se quedó paralizada, tenía la espada en alto sostenida con ambas manos y su mirada no podía apartarse de aquel ariete lanzado al aire. Su pensamiento viajaba a la velocidad de la luz. Eran un puñado de mujeres solas que tenían que luchar y esconderse. Tenían que proteger a los niños y ancianos y estaban condenadas a desaparecer como pueblo, necesitaban sangre nueva; un nuevo comienzo.

Así que en ese segundo lo tuvo claro. Ese era el camino. Su estirpe no moriría. Ató y amordazó al general Victorio Augusto, quien atónito no daba crédito: ese vendaval femenino de ojos pardos y cabello enmarañado lo había sometido limpiamente. Mientras dormía. Cuando abrió los ojos ya estaba sobre él haciendo uso de su virilidad... no sabía si era realidad o fantasía; intentó quitársela de encima pero recibió una lluvia de golpes e improperios en una lengua extraña. Y notó que estaba atado y amordazado. Nunca se había sentido tan humillado.

Cuando todo término la mujer se levantó sin mirarlo,  lo arrastró hasta un caballo y partieron a galope. Desde esa posición solo pudo ver un confuso cuadro del campamento devastado.

Luego todo fue confuso, no podía ver casi nada; lo condujeron a una especie de cueva muy oscura. Aprendió a reconocer los sonidos del entorno. Era alimentado periódicamente y también periódicamente recibía la visita de su captora.

Al principio era brutal y él sentía un odio incontrolable; lleno de ira se sometía contra su voluntad a las mayores vejaciones.

Y solo esperaba la oportunidad para escapar y regresar con sus hombres y arrasar a esa horda de bárbaros.

Sabina había logrado una victoria con el asalto al campamento enemigo.

Su gente y aún los otros clanes admiraban su valor y coraje. Había humillado a la altiva Roma tomando prisioneros al gran y la insignia imperial de la legión.

Pero el tiempo pasaba y Roma había recrudecido sus ataques; dos nuevas legiones venían en camino. Las tribus pictas sabían muy bien que no podrían oponer resistencia.

Hubo varias reuniones de los clanes.

¿Qué harían con el gran y el símbolo del poder imperial?

Podían intentar negociar y tomar ventaja de la situación. Sin embargo Sabina tenía otros planes.

Lo que empezó como una venganza por la pérdida de sus seres queridos se fue transformando con el tiempo en algo más profundo. Eso era precisamente lo más difícil de entender.

Una cosa era explicar esa relación forzada por un deseo de venganza para humillar la altivez del enemigo. Cosa que muchos no entenderían, pero finalmente aceptarían con sorna.

Algo muy distinto sería explicar que se amaban de verdad y querían formar una familia y fundar una estirpe nueva.

Entre su gente era inaceptable intimar con el enemigo.

Nadie sabía que el cautivo era también usado como un objeto de placer.

Pero no era tan sencillo describir lo que sucedía; nadie entendería sus motivos ni tampoco aprobarán esa relación aberrante a los ojos de aquella sociedad.

Pero lo cierto es que ya no se trataba de una revancha ni un arrebato. Cada vez que visitaba al prisionero eran más intensos sus encuentros amorosos. Él la esperaba impaciente y le hablaba en ese lenguaje incomprensible al principio, y que poco a poco fue aprendiendo. Habían pasado varios meses desde que lo tomara prisionero. Y luego de la ira que adivinaba en todas sus acciones y respuestas algo ocurrió... Aquellos instantes que pasaban juntos fueron haciéndose necesarios para ambos. Aprendieron a comunicarse en sus diferentes lenguas. Usaban las miradas como vínculo y las manos se entrelazaban; no supieron cómo ni cuando ocurrió el milagro del amor.

Así que aprendieron a vivir a escondidas de sus respectivos pueblos: enemigos por decreto.

Victorio vivía oculto en la cueva y Sabina buscaba la forma de convencer a los suyos.

Planeaban irse lejos y comenzar una vida nueva.

El consejo de los clanes se opuso y acusó a Sabina y los suyos de traición. Los desterraron y maldijeron a su estirpe.

Por eso se embarcaron rumbo al continente. Victorio Augusto venía de una familia que cultivaba el olivo y procesaban aceite. Buscarían tierras propicias y adecuadas para ello.

Así fue como llegaron a estas tierras sus antepasados, proscritos de los dos pueblos que les dieron origen.

Así fundaron una nueva estirpe. Por eso el escudo familiar enlaza las ramas de olivo, las aceitunas y el águila imperial.

El espíritu de los bosques siempre les ha acompañado y la maldición viajó con ellos y se cumple inexorablemente cada trescientos años.

La progenie picta, romana e Ibera... se reduce al mínimo.

Sin embargo siempre renace con el vigor de nuevas generaciones que comienzan el ciclo de la vida.

 

*********

 

Minerva piensa que ha pasado un año desde que llegó a hacerse cargo del olivar y la fábrica de aceite. Han logrado posicionarse nuevamente en el mercado local. Ha trabajado muy duro.

Se encuentra parada frente a la vereda de la casa, bajo la sombra del olivo, su confidente.

A lo lejos, por el camino observa un auto que se acerca. Intrigada ve que se detiene a la entrada de la casa y se dirige hacia allá.

Una chica con un bebé de dos años desciende del auto.

El color del pelo de ambas le recuerda al inconfundible cabello de las mujeres de la familia.

Sus miradas se cruzan y reconocen ese fuego en la mirada y el rojo intenso de su cabello... No hay duda, el clan de mujeres pictas se reagrupa.

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