Una etiqueta de oro

Una etiqueta de oro

[Roberto Baena Herrera]

(Todos los hechos aquí relatados son absolutamente inventados,

aunque algunos datos son rigurosamente  ciertos)

 

CAPÍTULO   I    (1ª parte)

El encuentro

II Campeonato Internacional del “Aceite” de Alcalá la Real, diciembre de 2018.

Partido exhibición Infantiles mixtos.

 

Allí, en el centro del campo, estaba Sara Xuan (la juez árbitro más joven de la federación de hockey), que había aprendido bien la lección que su padre desde muy pequeña le repetía en cualquier ocasión:

Sara, si hay que hacer algo, hazlo bien o no lo hagas”. O los consejos de su madre, que siempre le hacía ver que ser honrada era mil veces mejor que caer en la vileza de la mentira. Su pasión por el deporte  la había llevado hasta allí y ahora, junto a los capitanes, esperaba en el círculo central a quien había sido seleccionado por el propio alcalde como responsable del saque de honor en aquel partido, homenajeando de paso a los inmigrantes africanos que cada invierno venían para cosechar en la campaña de la aceituna y que, dejándose la piel de sus negras manos en la tierra y las ramas de estos olivos, contribuían de forma tan abnegada a que aquella comarca siguiese siendo de las mejor posicionadas en cuanto a la calidad de sus aceites. Días atrás, este maliense de nacimiento había protagonizado un acto de valentía cuando se lanzó a las aguas de un pantano cercano, en la cuenca del Velillos,  mientras trabajaba en la recogida de la temprana aceituna en verde de una de las plantaciones ecológicas de la zona. Al ver como dos niños idénticos caían al agua desde el borde, no lo dudó y se lanzó al agua. Keitá no sabía nadar. En Bamako donde nació no había mar ni lagos cercanos, pero no fue impedimento para saber que quizás Allah le tenía asegurado un futuro mejor si salvaba a esos niños. Recordó con temor las últimas palabras de su abuela, la hechicera de su pueblo:  “Lo he visto en mis sueños, morirás en un mar verde”.

Algo así le dijo hacía tiempo, pero no ocurrió ese día.

Y así fue que, al salir del agua, observó como todos los trabajadores y dueños de la finca se le acercaban para interesarse por su estado y por los gemelos que había rescatado, y como, para sorpresa de todos, el mismísimo patrón de la finca decía entre gritos de júbilo y alegría que esos chicos eran sus  nietos. Los hijos del entrenador del equipo de hockey.

Ahora, uno de ellos estaba esperando como capitán en el círculo central.

Desde entonces todo fueron agradecimientos y muestras de apoyo y ayuda para este inmigrante que llegó a las costas de Alicante, en unos restos de pateras naufragadas que las corrientes llevaron hasta allí, después de la enésima ciclogénesis explosiva que les sorprendió en el mar de Alborán, hacía ya un par de años.

Tremendamente sorprendido,  incrédulo, caminaba ahora hacia el centro del campo, con la mirada puesta en el otro capitán, una niña de unos doce años, también de piel de ébano, como él, y una marca de nacimiento en la frente, como un rombo de unos dos centímetros. Mientras caminaba, su mano derecha temblorosa y vendada (una terrible herida en un campo de refugiados) señalaba a esa chiquilla, y sus labios solo repetían una frase, como un susurro:

–Al-lahu-ákbar, Al-lahu-àkbar (Allah es grande).

En ese instante, uno de los miembros de la Cruz Roja que ocupaba con otros compañeros su sitio en un banco preparado para ellos en el lateral de la banda, junto a los banquillos de los suplentes, no pudo reprimir su impulso y se adentraba hacia el centro también, como si algo le llamase poderosamente la atención, mirando con el corazón encogido, a aquel maliense. Su mano se le fue al bolsillo trasero de su pantalón y sacó un trozo roto de una de esas etiquetas de papel de un botellín, y repitió varias veces un nombre: (……)

CAPÍTULO II

(En el pasado) El diagnóstico.                                                           Martes, 23 de noviembre de 2016.

Centro Hospitalario de Alta Resolución (CHARE) en Alcalá la Real.    

   18:35 horas. Consulta de pediatría.

Lola, la enfermera jefa, venía de la sala de los archivos y entraba una vez más en la consulta de pediatría, con los expedientes solicitados de aquellos tres casos. Lo que resultaba más increíble y llamativo de estos eran las distintas procedencias y etnias: una niña china, una niña africana y los gemelos hispano-franceses.

Adori, la pediatra más respetada y admirada por las familias de esta localidad en la última década, intentaba explicarse delante del alergólogo y la patólogo del centro hospitalario.

–Los he revisado durante semanas, los tres casos son idénticos, y aun así no salgo de mi asombro. Y menos mal que no es causa de muerte; se trata sólo de inflamación y picores.

–Resulta extraordinario –contestó el Dr. Serrano, el alergólogo–. No hay duda, alérgicos a las aceitunas.

–¿Cuántos casos así puede haber entre la población? –dijo ahora la patólogo, la doctora Perabá.

Lo que más sorprendía de este asunto no era que hubiese tres casos de alergia a las aceitunas, causada por una proteína, lo insólito era que coincidiesen los tres casos en una misma localidad.

Pero la pediatra siguió exponiendo, una vez más, sus principales motivos para estar contrariada.

–No es solo que sean niños con un tipo raro de alergia a las aceitunas, casos más raros nos encontramos casi todas las semanas, sino que, precisamente estos niños necesitan más que nadie las propiedades tan extraordinarias que tiene el aceite de oliva. Mirad: problemas musculares y de cartílagos, bajo sistema inmunológico, propensión a enfermedades cardiovasculares,  predisposición a la diabetes tipo II, y presencia en cantidades mínimas de colesterol LDL (colesterol malo). Recomendación en su dieta, aceite de oliva, por su buena concentración en “oleocantal”, que ayuda en la acción antiinflamatoria, aporta polifenoles, flavonoides y antioxidantes que, además, reducen la presencia del colesterol.

– ¿Cómo tomaran todos estos nutrientes que favorezcan su salud, si son alérgicos a las aceitunas?

 

CAPÍTULO III

LA CRUZ ROJA  (Agosto de 2015)

Desde hacía tiempo ya, Kiki estaba siendo muy conocido en su tierra. Hermano del entrenador de hockey femenino e hijo de uno de los terratenientes más poderosos de la Sierra Sur, el mundo del aceite de aquel inmenso mar de olivos había sido su patio de recreo desde la infancia, aunque él verdaderamente sentía más pasión por lo que ahora era su trabajo como monitor de aeróbic y preparador de natación. Un físico portentoso y ganas de sentir su cuerpo en forma, le hacían multiplicar sus energías hasta terminar rendido aquellas jornadas de ejercicios y entrenamiento. Pero cuando llegó otra vez esa maldita lesión de rodilla, pensó que sería un eterno fastidio deambular por allí otros seis meses sin poder disfrutar de toda aquella vorágine de horarios, salidas, entradas, cambios y rutina deportiva. Incluso acercarse al mar de olivos para ayudar a su familia, estaría vetado por un tiempo. Así que cuando acudió, como también era otra buena costumbre, a ayudar en acciones y actuaciones de Cruz Roja Alcalá (que desde los dieciocho años llevaba haciendo), se quedó maravillado del cartel que anunciaba que un posible grupo de cooperantes podrían partir de inmediato hacia tierras de Argelia para actuar como apoyo a los refugiados, y que desde el mando central de Andalucía habían estado buscando voluntarios que, eso sí, tendrían que pasar el filtro y los requisitos para ser aceptados, y quién sabe si además tener unos cuantos contactos de esos de “altura” que cada cual quisiera para sí, y que Kiki estaba seguro que conseguiría, pues una familia como la suya los tendría. Dicho y hecho. En unas semanas, tenía en sus manos los papeles y la confirmación de su admisión en el destacamento de Cruz Roja Española que sería destinado por tres meses hacía un campo de refugiados del sur de Argelia.

Una vez allí, cada día parecía que se repetía, y todo se fundamentaba en repartir entre los refugiados del campo toda la ayuda humanitaria que llegase desde la península o desde otras naciones implicadas. Entregar toda la comida o bienes básicos para la vida diaria era su única misión. Kiki observaba en su poquísimo tiempo libre que cerca de las vallas que delimitaban el perímetro, una pareja, hombre y mujer de raza negra, establecían en el suelo una especie de líneas marcadas con piedras y otros objetos para acotar un espacio, como si quisieran marcar un redil, aunque allí no había ningún tipo de ganado, si no que en aquellos días casi interminables de espera para quien no sabía qué o cual final les aguardaba, lo que hacían allí era concentrar a los niños y niñas que quisieran pasar unas horas entretenidos con juegos, canciones, dibujos o explicaciones de ellos mismos. Eran maestros, y entre tanto horror y dramatismo en aquel campo de refugiados, intentaban poner un poco de futuro en las mentes de esos niños. Por lo poco que podía saber Kiki, solo de mirarlos de vez en cuando, veía unas palabras en francés que llevaban ambos escritas en sus camisetas: “Un peuple, un but, une f...”, y una bandera en las ropas, que muchos otros también llevaban: Nairobi, Mali, Congo... Demasiados territorios devastados por las hambrunas, las guerras, las etnias enfrentadas o el maldito terrorismo religioso.

Uno de esos días, después de repartir casi todo, como tantos otros días, comprobó una vez más que aquel maestro se solía quedar el último en la fila, cediendo su puesto a otros que venían con más necesidad, y ese gesto le dotaba de una calidad humana digna de ser envidiada, o quizás premiada. Y esto fue lo que Kiki pensó en ese y en anteriores momentos, así que, sin dudarlo, se fue tras los montones de paquetes y palés que se acumulaban en aquel almacén que se vaciaba a marchas forzadas día tras día y, enseguida, encontró lo que pretendía: un palé semi oculto bajo una lonas, donde él sabía bien que quizás con suerte aún quedaría lo que buscaba. En efecto, ¡quedaban dos!, se dijo disfrutando de aquel hallazgo. Dos botellines de medio litro cada uno de aceite. Aceite de oliva virgen de su amada tierra, Jaén, y  que tras envolverlas con cuidado en unos papeles que estaban tirados, las ocultó en su propia sudadera, como un tesoro, y  llamándolo por el gentilicio de su país, “¡Malí!”,  aquel refugiado se acercó a la valla y, mirándose a los ojos, como se miran los hombres que saben lo que deben decirse y comprenderse sin palabras, tendió sus manos y recogiendo el paquete lo volvió a esconder ahora entre su camiseta, y entendió que eso, solo debería verlo bien una vez en su cubículo, junto a los suyos. No se dijeron nada, pero todo entre estos dos hombres no sería igual, ya que los lazos invisibles de corazones honestos y honrados no necesitaban ni idiomas ni etnia ni razas para entenderse. Por eso, cada vez que el malí se acercaba y ayudaba o colaboraba con todos para hacer más fructífera la entrega de víveres y enseres, se quedaba el último, y Kiki aprovechaba para rebuscar algo con lo que recompensar su compasión y su ayuda hacia los demás.

Así, se llegó hasta aquella mañana, cuando unos insurgentes contrarios a la mayoría de refugiados de este campo lanzaron aquellas bombas incendiarias contra todas la tiendas de campaña que pudieron, incluida la zona demarcada para las tiendas de Cruz Roja, y como no podía ser de otra manera, el inmigrante vio como una de las bombas estaba a punto de estallar junto a la fila de los cooperantes españoles, y allí estaba Kiki. Así que corriendo, saltó sobre él justo cuando la bomba estallaba lanzando una llamarada contra ellos, y aunque milagrosamente cayeron junto a unos sacos de harina que se acumulaban en la puerta del almacén, las llamas le dieron de lleno en el brazo derecho al maestro de Mali, produciéndole unas quemaduras, solo superficiales en principio, pero que después de una primera revisión y valoración, se pudo observar además que un trozo de metralla le había arrancado dos falanges de los dedos meñique y anular. Las heridas no eran de gravedad, y lo que más le enorgullecía era que había salvado la vida de este español, y eso valía más que dos dedos de la mano derecha.

Desde ese día, Kiki intentaba curarle las quemaduras cada mañana, aunque ya no quedaba casi de nada que pudiese servir, y como último recurso recordó lo que su abuela le decía de pequeño en la despensa  del cortijo: “Niño, el aceite de oliva vale para todo”. Y así fue como, antes de ponerle las vendas nuevas en el brazo, Kiki sacaba una botellita de aquel oro líquido y, con suavidad, con  una gasa le ponía una fina película sobre la piel quemada para cubrirla después con un vendaje sencillo. Mientras lo hacía, el refugiado miraba cómo aquel español casi siempre sostenía entre sus labios una pequeña cruz de oro, cristiana, que solía llevar puesta con una cadenita, y que de vez en cuando besaba y la volvía a esconder bajo su camiseta. Pero no dijo nada, aquello no era ningún impedimento para sentir tanto agradecimiento por sus cuidados.

Después de una semana, prácticamente todo el campo de refugiados estaba desmantelado, pero junto a la valla Kiki vio a la pareja con su niña, que también estaban a punto de marcharse. Se acercó justo hasta estar tocando los cables finos de acero, y no supo qué decir. Llevaba un botellín de esos de aceite, el último de aquel día, y mirando al malí le quito la etiqueta y la partió por la mitad. Entre los alambres puso uno de los trozos y se guardó el otro en el bolsillo. El reverso de la etiqueta era color dorado, con una frase escrita. Dijo su nombre, “Kiki”, y dijo también “mi casa”, moviendo el trozo de la etiqueta. La mitad de la etiqueta la recogió y se la guardó el refugiado junto con otras que ya tenía, y aguantando lágrimas en los ojos dijo su nombre, “Keitá”, y también dijo “Allah es grande”, y el español respondió con un “que Dios os bendiga”.

Y se dieron media vuelta todos, alejándose de la valla, en direcciones opuestas.

 

CAPÍTULO IV (Tres  historias)

Una historia de hockey.

La madre de los gemelos era de ascendencia judía, su familia fue superviviente de las guerras europeas del siglo XX. Francia fue un buen lugar para esconderse. De joven, fue jugadora  de hockey hierba con la selección francesa en Barcelona 92, y su experiencia en las pistas de Tarrasa estuvo plagada de tan buenas sensaciones, que al final ella, que vivía relativamente cerca de la frontera con España (en Carcassonne, cerca de Toulouse), decidió dar el salto y jugar primero y entrenar después en algún equipo de la provincia barcelonesa, ya que su condición de jugadora olímpica le abrió muchas puertas en el CD Terrassa de hockey. Así que cuando en el año 2004 un equipo de la tierra jiennense llegó hasta allí para disputar el torneo femenino, ya en el saludo inicial se sorprendió al ver cómo las jugadoras rivales llevaban, cada una, una pequeña botellita color verde oscuro, pero brillante, que regalarían a cada jugadora local en señal de obsequio de su tierra, el mar de olivos de la Sierra Sur, ya que era de la marca de su patrocinador, que con buena vista comercial había presentido que estas salidas por toda la geografía española le daban muy buena propaganda. Fue ahí cuando ella quedó prendada del entrenador alcalaíno (fue más que un flechazo a primera vista), y este, dándole la mano y un afectuoso saludo, también le ofreció un pequeño botellín  de aceite de oliva, combinado con un guiño de ojos y una sonrisa arrebatadora. No hizo falta más.

Después de una larga temporada de cartas y contactos, al fin, enamorada, sintió que su lugar estaba en ese desconocido mar de olivos bajo un sol andaluz, del que tanto había oído hablar, a los pies de la formidable Fortaleza de La Mota. Tradicionalmente, para los judíos el olivo es un símbolo de paz, y eso era lo que ella buscaba y deseaba. Los gemelos llegaron a sus vidas sin casi darse cuenta.

 

Supervivientes. Octubre de 2015

Cuando Ikram por fin se subió en aquella maldita patera con sus padres, después de dos meses de penurias por el norte de África, no podía su joven cerebro soportar la increíble crudeza y horror de lo que le deparaba ese deseado mar Mediterráneo, cuando, junto con las otras dos pateras, fueron abandonados a su suerte por los mafiosos dueños de estas, que cobrando los últimos doce mil dírham por los tres (unos cuatro mil euros), se quedaban con todo el dinero y no los acompañaban. Las tres pateras repletas con hasta más de cincuenta inmigrantes cada una, navegaban cuando les sorprendió una tormenta inusual que nadie esperaba por esas latitudes. Y cuando en la aterradora oscuridad de ese mar embravecido, su patera se partió en dos, el padre de Ikram, en un acto propio de un súperhombre, sacó todas la fuerzas que le quedaban y los subió, (casi los lanzó) dentro de una de las otras pateras, y con los ojos hinchados en lágrimas y desesperación, no pudo más que dejarse llevar por el agua resbalándose de entre sus tres dedos de la mano derecha la mano de su hija que, con la otra se aferraba a su madre que también lloraba, y vio cómo su padre se perdía entre las olas combativas golpeándose contra otros cuerpos y restos de madera de la patera naufragada.

Dos noches después llegaron hasta las costas de Motril, y Pablo Vera, un cooperante que llevaba más de quince años atendiendo a los naufragados de pateras, puso sus ojos en la niña, y leyendo las palabras de su camiseta (Un peuple, un but, une….), no le hizo falta más para saber de su procedencia, Mali. Y para él, un antiguo accitano escolano, no sería ningún esfuerzo entablar conversación en  lengua francesa. Así fue como la madre de Ikram le pidió como fuese ayuda para llegar hasta cualquier localidad para encontrar trabajo, como maestra que era, y ayudar a otros refugiados. La niña no dejaba de enseñarle una de las etiquetas que su padre le dio antes de desaparecer en las aguas, y así el nombre de ese lugar de Jaén le dio una idea a Pablo, que recordó a un antiguo compañero de Universidad en Granada, que era de esa localidad, y que después también coincidieron en los cursillos de los Voluntarios de Cruz Roja. Kiki.

A Pablo, que nunca olvidaba las palabras que su padre le decía siempre sujetándole las mejillas con ambas manos: “Pablo, sabes que te quiero, y sé que harás grandes cosas por los demás”, no le faltaron tampoco  los contactos adecuados ni las ganas para hacerles llegar hasta allí en pocos días, fuese como fuese.

Ser niña en China

En cuanto a Sara Xuan, su nacimiento tuvo lugar muy cerca de la frontera con Vietnam, y de allí pasó a la espera de que sus padres llegaran por ella, cerca de Pekín, en uno de esos orfanatos donde nacer niña en China podía llegar a ser una locura, un horror. Podría decirse que para su hermosa ahora madre Conri, aquel sería como un embarazo de más de dos años que llegaba a buen fin, y para su padre Emilio, el viaje y la espera en las dependencias de tramitación de papeleo en Pekín, de hasta casi un mes hasta tenerla por fin en sus brazos, se le antojó eterno. Mientras regresaban a la Sierra Sur, a Alcalá la Real, aquel sería bautizado años más tarde en palabras de la propia Sara como “su viaje a la felicidad”, y desde que llegaron no hubo día ni segundo que no fuese así.

La ahora madre de Sara, en los primeros años de estancia ya en España, quizás con esa intuición que solo una madre tiene, se pasaba ratos buscando e informándose sobre cualquier cosa que tuviese que ver con ese lejano oriente que desde aquí se nos antoja distinto y exótico a la vez, y fue así como conoció una expresión japonesa, que dice: “shinrin-yoku” (literalmente, baño forestal mirando árboles).

Y eso hicieron, ya que, desde pequeñita, habían detectado una bajada de las defensas del sistema inmunológico, y con esta ancestral pero ahora estudiada y reconocida costumbre oriental, quedaba demostrado que mirar, pasear, o darse un baño forestal, pasar más tiempo alrededor de los árboles, y en este caso, entre olivos, ayudaba aún más al sistema inmunológico, pues las hojas y las ramas impregnan el ambiente de unos aceites microscópicos que sirven como protección contra gérmenes. No es de extrañar que la familia se apuntara al club de senderismo de su municipio, y que estableciera como terapia semanal largas caminatas por el campo, lo que les llevó en noviembre del año 2017 a estar presentes en algo que ayudó y mucho a estas tres familias. Estando en el mismo centro escolar, se apuntaron a unas actividades complementarias en la naturaleza con familiares incluidos, y en una de esas benditas salidas de senderismo por la Vía Verde del Aceite, en el vecino Alcaudete, al llegar junto a la antigua estación de tren de esta localidad, que ahora se estaba convirtiendo en lugar de descanso y aparcamiento para los visitantes, una gran empresa de marketing y publicidad se hacía con la representación y proyección internacional de un producto de la tierra, inventado en la Sierra Ssur de Jaén y envasado allí mismo en empresas de Alcaudete y Martos, que vendría a revolucionar los productos tradicionales derivados del aceite de oliva: el AguaDeOlivo.

Un producto ecológico, natural, y con las propiedades del aceite; hasta un litro de esta agua contenía los mismos antioxidantes que un litro de aceite líquido virgen extra. La marca, además, ya hacía tiempo que creó un llamativo sistema de promoción de sus productos, escondiendo en las botellas de primera producción algunas etiquetas con un mensaje oculto en el reverso, sobre fondo dorado, donde se podía leer con letra verde oscura la frase “aceites del sur” o “aguadeolivo virgen extra”, otorgando a quien las encontrase diferentes premios, desde un fin de semana rural entre el mar de olivos con hoteles de hasta cuatro estrellas, o un tratamiento en las mejores clínicas sobre todo tipo de afecciones que tuviesen relación con el olivo. Las ventas se dispararon, no solo por los regalos, sino por la increíble calidad de estos  productos, que no dejó indiferente a propios ni extraños. Allí mismo, sobre el terreno, un stand de la marca ofrecía aquella agua a todos los senderistas de la Vía Verde, siendo catadores de primera mano de los posibles beneficios de lo que prometían sus creadores, que por otra parte tenían los estudios e informes oportunos que lo hacían, cuando menos, una innovación futurista de las posibles aplicaciones para el campo olivarero.

Desde entonces, incluso gente con alergias a las aceitunas, podrían ver mermadas sus dolencias, sea cuales fuesen sus orígenes, si, por receta médica se les hacía aconsejable cualquier sucedáneo del aceite de oliva por sus ya mencionadas propiedades. Esto cambió el hábito de consumo de la comarca y la provincia, y hasta a nuestros jóvenes protagonistas, que estaban unidos al mundo del hockey, se les abría un camino de esperanza para continuar con sus hobbies deportivos, si su salud mejoraba un poco, ya fuese por este producto o por medicamentos más convencionales.

Ikram, Sara Xuan, los gemelos… Llámalo casualidad, o simplemente una mejora de salud extraordinaria, pero, en unos años ya jugaban casi sin problemas y se desarrollaban planamente sin recaídas, y  sin sufrir empeoramientos de sus afecciones. La pediatra así lo constataba mes a mes, en sus consultas.

 

CAPITULO    I    ( 2ª parte)

El Encuentro

II Campeonato Internacional  del “Aceite” de Hockey femenino.

Derese era un alumno del instituto, miembro también del club de hockey, al que había recaído en un sorteo participar en el encuentro de exhibición que abriría el Torneo Internacional del Aceite ese año, y desde hacía tiempo él se había convertido en un buen amigo de la niña centroafricana que había llegado hasta aquella tierra huyendo del horror de las guerras en su país de origen. Como hacía unos años que habían empezado con los estudios de francés en las aulas de los centros escolares de la comunidad, para Derese pasar más tiempo con aquella niña además de una buena razón humanitaria (y de empatía con alguien que tenía su mismo continente de origen, pues él había nacido en Etiopía), le había permitido practicar la lengua del país vecino, y desde aquellos días su amistad fue más que evidente, pues incluso compartían color de piel y risas, cuando comentaban que hasta era increíble observar que aquel paisaje del mar de olivos se parecía tanto a sus cabezas cuando estaban recién pelados, como unas bolitas que se apiñaban y se alineaban como los hermosos campos jiennenses. Sin dudarlo, y para animarla, Derese le regaló su premio para que ella participara en aquel partido y fuese por un día la capitana.

Todos los protagonistas estaban ahora allí, sobre el campo de hockey alcalaíno.

Cada cual recorriendo un misterioso camino entrelazado por un destino que les deparaba algo inolvidable que estaba a punto de ocurrir. Aquel inmigrante encargado del saque de honor, mientras caminaba, se llevaba su mano temblorosa hasta el bolsillo trasero izquierdo, mientras que entre sus labios solo se adivinaba una frase, como un susurro, al tiempo que unas lágrimas caían por sus mejillas:

–Allah es grande.

En ese instante, uno de los miembros de la Cruz Roja que hacía de asistencia médica en las celebraciones deportivas, y que ocupaba con otros compañeros su sitio en un banco preparado para ellos en el lateral de la banda, junto a los banquillos de los suplentes, se mordía una pequeña cruz de oro entre sus labios, y  no pudo reprimir un impulso de adentrarse hacia el centro del campo también, como si algo le llamase poderosamente la atención, clavando su mirada con el corazón encogido en aquel inmigrante.

Y repitió varias veces un nombre: “Keitá, Keitá”.

Mientras tanto el inmigrante seguía andando, y al llegar junto a los capitanes, aquel maliense tembloroso se inclinó de rodillas mirando a la muchacha y solo dijo entre sollozos: “Hija mía”.

El abrazo con Ikram fue inmediato. Ahora, Keitá, abrazado a su hija, dejó caer al césped un trozo de etiqueta de papel con el reverso dorado que había sacado de su bolsillo, al tiempo que Kiki llegaba junto a ellos y, sosteniendo su otro trocito de etiqueta, recogía el otro trozo del suelo, comprobando que encajaban perfectamente, y sonrió, dejando escapar una lágrima de inmensa satisfacción.

Morirás de viejo, entre un mar verde de árboles” (Quizás sí fueron estas las palabras de su abuela)

“Quien salva una vida,

                       salva al mundo entero”

(Frase del Talmud, libro judío de sabiduría)

 

(En Alcalá la Real, a los pies de la Fortaleza de La Mota, se encuentra el pequeño monumento en homenaje a las tres culturas, que tanto amaron y respetaron el olivar).

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