Eterno

Eterno

[Verónica Cervilla]

Solo se asomó porque todo estaba demasiado en silencio, y el silencio en las tierras del sur daba miedo. Expulsó todo el aire en un suspiro de alivio al ver que su abuelo aún respiraba, aunque la máscara de oxígeno no dejaba ver aquellos enormes ojos que habían sido testigos de tanto. La puerta chirrió cuando hizo un ademán para marcharse.

—Jara —susurró el anciano, apartándose la máscara de la boca, recostado sobre la cama, su eterna sonrisa aún dibujada en su cara.

—Ya me iba, abuelo. Sigue durmiendo —dijo ella, recuperando la vocecita de una niña pequeña aunque ya pasara de la treintena.

—¿Ya están con la faena?

—Sí, ya se han ido todos al campo. Hoy me quedo yo contigo.

—Ven, siéntate aquí —le pidió dando leves golpecitos en el colchón—. ¿Cuántos sois este año?

—Hemos venido todos. Papá dice que ha llovido mucho y que habrá mucha aceituna que recoger —Jara se fijó en la expresión de tristeza que intentaba disimular el anciano—. Echas de menos ir con ellos, ¿no?

—Ninguno estamos lejos de la tierra por mucho tiempo. Tarde o temprano volvemos a ella. Además, ¿sabes qué? —El hombre le hizo un gesto con la mano para que se acercara y luego le señaló con la cabeza hacia la ventana que tenía a su izquierda—. Desde aquí lo vigilo —Luego soltó esa risita tan suya.

—¿El olivo del jardín? —Jara frunció el ceño—. Lo odiábamos de pequeños. Papá no nos dejaba ni acercarnos a él. Parecía el dueño de la casa…

—¡Tiene más de quinientos años! Se ha ganado su lugar de sobra.

—Pero es una pérdida de tiempo y dinero. Todas esas aceitunas tan negras y brillantes, y nunca nos dejaba cogerlas. «Solo las que se caigan al suelo», decía.

—Y lleva años sin dejar caer ni una sola. Lo sé —sonrió de nuevo.

—¿Tanto? —se extrañó Jara y luego sacudió la cabeza con disimulo, pensando en las locuras que hacía pensar la vejez—. ¿Estás seguro, abuelo? ¿Cómo va a ser eso posible?

—¡Que sí, niña! —exclamó casi ofendido, luchando por levantar la voz—. Recuerdo la última vez que como si fuera ayer. Me acuerdo porque comí una la misma tarde en que tu abuela se nos fue y estaba dulce, como el pan y el chocolate que nos ponía en la talega, como su voz cuando canturreaba en la cocina —Jara no pudo evitar soltar una carcajada y lanzar una mirada tierna al anciano—. ¿Y de qué te ríes tú?

—Abuelo, pues de que las aceitunas no están dulces. Sería un higo de la higuera que hay al lado…

—¡Como si yo no supiera distinguir un higo de una aceituna! Yo sé lo que me comí, y lo sé porque ese olivo estuvo dando aceitunas amargas unos cuantos años. Desde que… —El hombre bajó la mirada y sus ojos se aguaron.

—¿Qué pasa, abuelo?

—A tu hermano le gustaba hacer todo lo que no tenía que hacer. Era un torbellino —repuso, recuperando una sonrisa nostálgica—, pero tenía un genio… tan amargo como aquellas aceitunas. Debió ser por eso, sí.

Jara apretó los labios y suspiró, invadida por la rabia de ver cómo su abuelo perdía poco a poco la cordura. Su mente divagaba entre la realidad y los lejanos recuerdos que aún conservaba, pero él siempre le añadía un poquito de su propia cosecha.

—De eso hace muchos años, abuelo.

—Tú no te acuerdas, eras muy pequeña cuando él murió —añadió, negando con la cabeza. Luego estalló en carcajadas—. Menos mal que teníamos al olivo. Cada vez que le dábamos una aceituna a alguien y se quejaban de su amargor, era como escuchar a tu hermano quejarse otra vez.

—Pues yo creo que deberíamos podarlo. Lleva tiempo sin dar nada y tú ya no estás para ocuparte del jardín.

—¡Ni se te ocurra! —gritó el hombre, agarrando a su nieta del brazo, y se quitó de nuevo la máscara de oxígeno—. Jara, prométeme que cuidarás del olivo cuando yo no esté, que no le faltará agua y que no dejarás que nadie lo toque hasta que vuelva a dar fruto.

—¿Y si no vuelve a dar? Parece que está muerto… A lo mejor habría que llevarlo al campo, con los otros.

—¡Jara! Prométemelo —exigió con una expresión grave que Jara no había visto nunca antes en el anciano.

—Vale, abuelo. Tranquilo —le aseguró, poniéndole de nuevo la mascarilla—. Lo cuidaré.

—Y que nadie lo mueva del jardín.

—Te lo prometo.

Aquello pareció tranquilizar al anciano que cerró los ojos y se dejó caer sobre la almohada, su respiración cada vez más pausada y su habitual sonrisa se fue abriendo paso a través de su arrugada piel. Su abuelo rara vez se tomó la vida en serio. Decía que solo estábamos de paso y que preocuparse era la pérdida de tiempo más grande que el ser humano se había inventado. Jara puso bien la gruesa manta que lo cubría y salió de la habitación.

Sin apenas darse cuenta, el sol cedió ante la oscuridad que traía la tarde y el gélido frío de enero se coló por las rendijas de la vieja casa, obligando a Jara a encender la chimenea. El olor de la leña atrajo a todos los fantasmas del pasado; a las risas que salían de la cocina cuando su abuela los llamaba para merendar mientras esperaban que los hombres y las mujeres de la familia volvieran de la larga jornada de recogida, sucios y agotados, pero todavía con ganas de ponerse a contar historias junto al fuego; al chirrido de la mecedora en la que su abuelo se sentaba con una copa de coñac para calentarse. No importaba lo lejos que se habían tenido que marchar Jara y sus hermanos a buscarse la vida, la cosecha de la aceituna estaba marcada en el calendario con un rojo incluso más brillante a veces que el del día de Navidad.

La medicación de su abuelo era fuerte y lo mantenía aletargado, pero Jara volvió a asomarse al dormitorio para comprobar que todo iba bien. Siempre se le ponía un nudo en la garganta antes de abrir la puerta. El hombre parecía dormir plácidamente, sus manos descansando sobre su estómago. Jara se acercó y le colocó bien la mascarilla.

—Jara —susurró el anciano.

—Perdona, abuelo, tenías esto mal puesto…

—Vigila el olivo —balbuceó el hombre.

—No te preocupes por eso ahora.

—No, Jara. Está a punto de dar frutos —dijo entrecortado con una risita.

Los perros ladraron afuera y Jara supo que el ruido que llegaba por la ventana era el de la camioneta de su padre.

—Ya han vuelto —observó la joven en voz alta—. Ahora vengo.

Aquella noche las risas y las historias de los jornaleros quedaron ensombrecidas por el silencio del hospital y las lágrimas que se derramaron cada vez que alguien recordaba la alegría con la que había vivido su abuelo. Dormir fue imposible. El pueblo seguía siendo esclavo de las tradiciones y los vecinos no dejaban de acercarse para dar sus condolencias por la pérdida. Jara se escabulló hasta el jardín, lejos del aire pesado que se había apoderado de la casa, y observó aquel imponente olivo. Tomó el vaso de agua que sujetaba y lo vertió alrededor del árbol, dejando que por fin sus lágrimas también salieran.

No quedó nada por decir sobre su abuelo que no hubieran dicho ya los vecinos y familiares que lo despidieron, así que Jara se retiró, sin llamar la atención y en silencio, en cuanto el funeral hubo terminado. Aún quedaban días de trabajo en el campo hasta que le tocara volver a su ajetreada vida en la otra punta del país, pero ya nada sería lo mismo. La recogida de la aceituna no era un trabajo más que había que hacer dentro del ciclo de cultivo. En su familia, aquello era una institución, una tradición que los obligaba a reencontrarse, generación tras generación, a pesar de las distancias y las obligaciones del resto del año.

No había instrucciones sobre qué hacer con las cenizas del hombre más alegre del pueblo, pero Jara sabía exactamente dónde debían reposar, así que agarró la urna en un descuido de su padre y sus tíos y se marchó al único lugar que su abuelo había querido casi tanto como a sus hijos. Las espolvoreó sobre las robustas y retorcidas raíces del olivo del jardín y amasó la tierra con las manos para que penetraran. «Ninguno estamos lejos de la tierra por mucho tiempo», recordó Jara. Observó las pequeñas hojas verdosas y las ramas que hacían dibujos imposibles en el aire y tragó saliva, conteniendo un llanto que clamaba por salir.

Jara suspiró con resignación, se levantó y se giró para volver adentro con el resto de la familia que aún no se había marchado, pero entonces lo escuchó. Era aquel crujido inconfundible. Se dio la vuelta y tuvo que cubrirse la boca con la mano para acallar un grito de sorpresa. Las aceitunas cubrían las ramas y algunas caían al suelo, desparramándose alrededor del tronco. Se acercó despacio y, de rodillas, tomó una y la saboreó, y luego otra, y con cada aceituna la risa se escapó de sus labios con más fuerza.

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