Los conejitos de Gio

Los conejitos de Gio

[Miroslava Ramírez Cortés]

Gio Caín Pérez miraba la pantalla sin creerlo, su corazón dio un vuelco. Esa frase encerraba más de treinta años de espera de búsqueda incesante, de esperanzas irredentas, de un compás de espera...

Sintió que iba a desmayarse, supo que era ella al otro lado de la línea; después de toda una vida, las palabras corrían en tropel; un corto mensaje ¿cómo decirle toda esa eternidad buscando su rastro? Sus dedos temblaban deslizándose sobre el teclado: “Usted me recuerda a una amiga que tuve en la facultad de filosofía hace algunos años, su segundo apellido era...”. Un colofón de lágrimas insumisas remataron la frase.

No esperaba que lo recordara, pensaba que un témpano glacial sería la respuesta lacónica. Un olvido frío o una indiferencia sin memoria.

Esperó la respuesta, conteniendo el aliento, temía, pero anhelaba tanto... Tal vez ahora la historia sería diferente; tal vez...

Entonces leyó una cortísima frase que fulminó como un rayo sus expectativas, el corazón se detuvo y la sangre golpeaba sus sienes, se bebió letra por letra solo dos palabras sumergidas y empapadas, salobres y dulces... inesperadas: “¿eres tú...?”. También ella lloraba.

 

Hoy recordaste cuando tu emoción adolescente la veía llegar a la escuela con sus libros bajo el brazo, y esa sonrisa flotante de nube. Ella te sonreía con los ojos chispeantes y te hablaba como si tarareara una melodía que traía aromas del campo, de verdes carcajadas de miradas furtivas y ojos de aceituna.

Esas horas mirándola desde el fondo del aula, escuchar su risa cristalina, suficiente para llenar tu universo. Y a veces, beberte cada una de sus palabras y rozar su mano, imaginar besar su rostro y su mirada.

Sonreíste al recordar el primer conejito que le regalaste; ella llegó corriendo, se le había hecho tarde, entró como ráfaga directa al asiento que solía ocupar y se detuvo en seco, confundida, al ver ocupada la butaca con una mochila marrón. El aula se llenó de risas y comentarios, ella entrecerró los ojos y dejó pasear una sonrisa. Sabía que esa mochila era tuya, la tomó entre sus manos y giró la cabeza buscando tu rostro al fondo, en la última fila.

Cuando sus labios susurraron un “gracias” de terciopelo alado y afelpado, un estremecimiento recorrió tu cuerpo, apenas un atisbo de reacción del cataclismo interior que te consumía. Le guiñaste un ojo, expectante para ver cómo reaccionaría con tu sorpresa...

Cuando por fin se sentó con la mochila sobre su regazo, el profesor continuó con su clase de botánica. De pronto un grito agudo irrumpió en el silencio; tú lo esperabas y reíste a carcajadas, seguido por las risas de todos. Meztli había soltado la mochila y de su interior asomaba un hociquito de pelo blanco, con grandes bigotes y dientes afilados, rumiaba oteando el aire sin decidirse a salir. Se hizo un caos... ella por fin abrió los ojos y miró la pequeña cabecita que asomaba, con ternura lo alzó y acunó en sus brazos. Tú te acercaste entre el barullo y la abrazaste, fue un relámpago mágico. Sentiste cómo se acurrucaba en tus brazos y ese momento quedó grabado para siempre en tu memoria.

 

Meztli no podía dormir, buscaba la forma de levantar un dique que detuviera el llanto. Su marido aún no llegaba, estaba sola en su habitación, se sentía perdida en esa cama inmensamente grande y solitaria.

Sus emociones fluían de sus párpados cerrados, incontenibles, como la vida misma; hacía tantos años, tanto tiempo, en una búsqueda inútil del paraíso perdido.

Así deambuló por su existencia, como desterrada al este del edén, sin saberlo, intuyendo sólo su destino equivocado. Era como vivir a medias o morir a gotas cada día de todos esos años. Siempre le faltó el soplo vital sin darse cuenta... hasta hacía unas horas...

Cuando ayer recibió el primer mensaje no le dio importancia; miró superficialmente un nombre y una foto... “Sus poemas son tan hermosos como usted, discúlpeme”. Le pareció un detalle muy amable, lo agradeció y nada más.

Pero hoy... hoy, al leer el segundo mensaje, todo se aclaró en su mente y su alma, de pronto sintió el peso de tanta vida vacía y soledad acompañada. La emoción y el llanto por la espera... ahora que había perdido la esperanza de encontrarlo... ahora que se había resignado a su vida gris.

Cuántas veces se preguntó cómo habría sido su vida si... ¿Qué habría sido de él? Después de todo, él había sido quien más la había amado, de forma total e incondicional. Fue por eso que no se conformaba con menos; había conocido el amor verdadero y eso... ocurre solo una vez en la vida, si tienes suerte.

Con que, de golpe, se vio detenida, de vuelta a su adolescencia, a aquel instante fugaz que marcó su vida, para siempre, el día que lo perdió, la noche que se prolongó toda la vida... Ese beso que no se dieron, ese que hubiera cambiado el rumbo, ese que llevó a cuestas en su alma.

Entonces lo supo, supo que él era la respuesta a todas sus interrogantes, que él siempre fue lo que necesitaba... y lo esperaba...

Cuando leyó “usted me recuerda a una amiga que tuve hace algunos años en la facultad de filosofía, su segundo apellido era...”, su corazón lloraba todo el amor contenido desde entonces, y solo pudo escribir gota a gota “¿eres tú?”...

Aún no puedo creer lo que está pasando. Tanto tiempo siguiendo tu rastro. Casi pensaba que ya no te encontraría. Después de buscarte durante todos estos años, es como magia, yo no me decidía a hablarte, temía tanto que ni siquiera me recordaras, y solo quería saber de ti y decirte que has sido lo más bello que me ha pasado, que no hay día que no te haya recordado.

Lo que no podía imaginar es que tú me recordaras y más aún, que pensaras en mí, me cuesta creer que también me ames; es un sueño que no me atrevía a tener. Sé que debo tranquilizarme. Sin embargo, la dicha se me escapa en sucesión de emoción y ternura. Me descubro inmerso en la incredulidad de habernos encontrado por fin.

Te amo con todas mis fuerzas y te amaré siempre con aquel amor de adolescente que despertaste en mí.

Ahora sabes que nunca te olvidé, que desde entonces te he adorado y que pase lo que pase siempre estarás en mi corazón.

Mi niña bonita con tu dulzura y tu ternura, tan suave como los conejitos que te regalaba, que formaron esos lazos tan intensos que llenaron mi mundo de belleza e ilusiones.

Siempre ha sido un misterio por qué los conejitos sólo duraban un año, y después desaparecían misteriosamente. Cada uno tenía su propia identidad y su misión era desconocida para nosotros, en un principio, pero al paso del tiempo hemos podido comprender que ellos eran los lazos que nos unían. Todos tenían rasgos extravagantes, pero nos intrigaba que aun siendo tan diferentes todos los conejitos compartieran ese extraño gusto por las aceitunas.

Recuerdo que hablábamos mucho sobre ello. No sabíamos la importancia de los conejitos para nosotros.

Debido a esa peculiar inclinación gourmet de los conejitos…, las aceitunas se hicieron indispensables a lo largo de nuestra existencia. Sin importar que estuviéramos en diferentes vidas o países; o separados por miles de kilómetros o por brazos distintos.

Hace siete horas con quince minutos que escuché tu voz, aún resuenan en mis oídos el timbre de esa voz que habitaba en mis sueños...

Tú siempre has andado conmigo, en mi corazón, en mis pensamientos, día y noche desde hace muchos años, te he amado como un loco.

Pronto amanecerá y tengo miedo que con la luz del alba se esfume todo como un sueño..., un espejismo.

El primer conejito los eligió a ustedes, llegó como si nada, como la brisa del amanecer que no levanta sospechas. Gio recorría la campiña y miró a lo lejos los olivos que parecían una escenografía icónica del paisaje. Visitaba una granja de las cercanías a su pueblo, pensaba cuánto habrían disfrutado los dos, deseando que tú estuvieses ahí; compartían el amor por aquella tierra y por los olivares, las aceitunas y la naturaleza. ¿Cómo deseaban tener una granja auto sustentable! Platicaban mucho sobre ello y hacían proyectos en las nubes.

Gio se quedó petrificado viendo los criaderos de conejos, los favoritos de Meztli. Eran fascinantes; así estaba, absorto, cuando una pequeña bolita de pelo blanco corrió directo hacia él y se posó sobre su zapato. Trató de disuadirlo para que volviera con los suyos; pero fue inútil y tuvo que llevarlo consigo. En el trayecto, descubrió que el animalito enloquecía por las aceitunas. Sonreía pensando que era un extraño presagio.

Le pareció que sería una bonita sorpresa para ella. Desde que lo tuvieron en sus brazos, algo sucedió, en ese abrazo que surgió de la nada o del todo. Un lazo flamígero los unió para siempre. Aún cuando ella no lo supiera todavía.

Durante ese año, se hicieron inseparables, ustedes dos y el conejito. Rumiaba sobre los pupitres y en los jardines de la facultad, era visitante asiduo de la biblioteca con ambos y hasta lo metían de contrabando al cine o la cafetería. Compartían su almuerzo, los libros y las tareas... Todos sabían que el amor viajaba con ustedes, aún cuando nunca se lo dijeron, quizá porque no hacía falta... era suficiente sentirlo y proyectarlo...

Gio llevaba serenata cada sábado y llenaba de flores la ventana de ella; y se retiraba silenciosamente una vez concluida su misión, tal vez por eso se ganó la simpatía de la familia de ella, una familia temible, compuesta por el padre, la madre y diez hermanos varones. Cancerberos intimidantes...

El conejo era como un imán que los mantenía juntos. Cuando escuchaban música se escondía entre los discos de acetato, era su lugar favorito de la casa.

Por ese tiempo, comenzó a frecuentar la casa otro condiscípulo llamado Luciano, por lo que despertó reticencias, primero en el conejo, que un día desapareció entre los acetatos y no se le volvió a ver jamás.

Poco después Gio se alejó también. Meztli, confundida, le preguntaba qué había pasado, quería recuperar el vínculo, lo extrañaba demasiado y nada era más importante para ella, pero él nunca quiso dar explicaciones. El único contacto que tuvieron fueron las serenatas de los sábados que pervivieron varios años más. Para Meztli, los sábados por la noche eran una burbuja en el tiempo y ese sentimiento intenso de pertenencia.

Cuando la vio de la mano de Luciano ya no tenía más lágrimas ni asombro. Él sabía que eran de mundos diferentes. No tenía nada que ofrecerle. Por eso, cuando dos de los hermanos de ella le pidieron que se alejara, lo pensó mucho… Decidió hacerse a un lado cuando notó que ella aceptaba las atenciones de Luciano.

Y siguieron viéndose en la escuela como si estuvieran en planetas diferentes.

Aún seguían buscando al conejito perdido, cada uno por separado.

Así llegan ahora a este momento a este lugar de sus vidas.

Han pasado casi cuarenta años; buscándose en otros rostros.

Hoy la vida les ofrece una segunda oportunidad. Aquel amor adolescente que durmió tantos años despierta y los empuja. Saben que no será fácil; están sentados bajo la fronda de un olivo, sus manos entrelazadas, haciendo planes… De pronto, aparece un conejito blanco y suave.

Gio le ofrece una aceituna.

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