Oligoturismo. Otro viaje

Oligoturismo. Otro viaje

[Silvia Angélica Sánchez]

No sé de olivares, pero sí puedo decir que conozco los olivos porque mi abuela tenía uno en el patio. Ella era española. Había venido a la Argentina en el 45, con una mano atrás y otra adelante, como venían todos. Llegó al sur acompañada por un baúl pequeño con sus pocas cosas; el abanico, las castañuelas y la certeza de que debía tener un olivo en el patio de su casa para que así nunca le faltara de comer. Decir de comer era mucho, también había pasado hambre.

Cuando conocí al olivo ya era un árbol desordenado que hacía las veces de centro de patio. Siempre que podía, la abuela me hablaba de su árbol y las aceitunas e insistía en los dones de esos frutos, que me parecían horribles. Se esmeraba envasando olivas en unos botellones de boca ancha con canasta de mimbre. Sabían a agua salobre y me repugnaban. La abuela se reía de mi cara de asco e insistía en que debía aprender a gustar de las aceitunas. No siempre las envasaba igual (de hecho a veces se ponían blanditas, medio babosas), y algunos años parece que le quedaban a punto. Estos últimos eran los peores, porque como ella quedaba tan feliz, me instaba a probar más seguido. No había forma de evitar esa tortura.

Lo que sí recuerdo vívido era el placer con que ella degustaba la conserva y sus ojos mareados yéndose hacia dentro a buscar su propia niñez. La abuela mascaba y comenzaba a brotar el ánima.

 

 

El campo se abre delante, sesgado por un cebrado de colores verdes oscuros y claros. Las rayas paralelas se aparean en el horizonte donde las franjas más oscuras tocan un punto común. Sé que no es real, que los sembrados en paralelo son asíntota. La ladera se escabulle, delante y atrás (ahora lo descubro) en montones de tiras iguales: todo plantación. Sólo percibo. El calor deja que inhale el sabor de la tierra y el aire. Confirmo mi estada en algún lugar sin idioma y la cadencia universal del viento titilando hojas me hace saber que soy parte.

En Jerusalén brotan ocho olivos en un huerto. Una mano humana enterró las varitas de un olivo padre y pronto esos ocho harán sombra. No entiendo por qué sé de ellos, si estoy aquí mismo, delante del campo simétrico. Los troncos de estos que me rodean son ásperos y no me miran, los de más allá tampoco me ven. Temo que el bosque no me deje ver al árbol, pero también temo que el árbol no me permita ver al bosque. Entre el árbol y el bosque, entre Jerusalén y este lugar, me sigo vadeando en un éxtasis que no me permite saber cuál de las dos es la realidad (o quizá ninguna).

Los arbolitos pequeños aún no tienen tronco y no deciden si sostenerse como vivos o muertos. Ahora los riego. Planteo un circuito sobre la superficie seca llevando un balde repleto de agua en cada mano. Circulo desde la acequia cercana, bajo el sol, hacia los ocho agrupados de dos en dos. Hace mucho calor, uno intenso que no me paraliza. Transpiro. Los baldes pesan muchísimo, pero no me detengo a cuestionar porque apuro el paso. Voy sintiendo cómo las manijas comienzan a marcar los dobleces de los dedos, por la fuerza. Cuando llego al primer hoyo labrado en la tierra alrededor del olivito, dejo caer el contenido del balde alrededor. La tierra, porosa, absorbe con la sed de todos los siglos y me pide más. Las hojas verde azuladas parecen contentas y algunas hormigas hacen su sendero alrededor para ir hacia otra parte.

Copio el ritual del agua ocho veces consecutivas, cada vez más lento y más subido el sol. Los dedos de ambas manos enrojecidos e hinchados acusan la labor. La nuca se ha mojado de sales que emergen del cuerpo. Respiro entrecortado, con el agobio de la escena y con el sinsentido de este guión.

Terminada la labor sólo atino a quedar de pie mirando cómo los huecos han devorado toda el agua y rápido la tierra comienza a aclararse con la demanda de más. No hay sombras, todavía. Los ocho olivos, tan ramitas, hacen de parasol a las hormigas que no se detienen a refrescarse.

En el sur, en posesión de los recuerdos de la abuela, tomo el abanico y me apantallo.

 

 

Los troncos de la plantación, estáticos, sacan ojos de la corteza y continúan mirándome. Cada cual, desde su rugosidad, me increpa. Son como enormes entes que acechan. No me dejo amedrentar. Los miro lento mientras fijo mis ojos en cada uno de los suyos. Deduzco que tienen sed, pero no. No contesto al ruego porque son miles; tantos miles incontables que se pierden en el horizonte. Entiendo que aquí no ha llovido, pero también sé que ellos podrán resistir mejor que yo a la sequía. Sin hacer caso a la demanda, logro sentarme debajo de una sombra, recostarme en el mismo tronco rugoso y descansar. Allí abajo se siente mejor. El olivo, más que gigante, me abraza desde la profundidad de sus raíces hasta el cenit de su copa, y cedo a su refugio para mirar hacia el cielo que se mueve al compás de su titilar.

Ha pasado un tiempo, ahora camino. Atravesaré la ladera en busca de un caserío, una ruta, una referencia. Atravesaré este océano en búsqueda de un paisano, un techo, un vehículo, una palabra.

El calor no cesa y el día comienza a apagarse. Llevo mucho tiempo deslizándome entre las rayas paralelas y hasta he jugado atravesándolas de un lado a otro. Desde todas las perspectivas las filas siguen apareándose en el horizonte y no parece que el campo tuviera final. Es imposible. Imposible concebir un planeta, todo, completo con un plantío.

La lógica dice que la mano humana ha decidido esta simetría, que el olivar está cuidado, que lo han podado, que da frutos que son cosechados. La lógica dice que alguien más se ocupa de este jardín como yo me he ocupado de los podos de los pequeños ocho.

Advierto que el día ya casi se ha apagado y es allí cuando noto que tampoco hay pájaros, ni nidos, ni pitidos. Ya mi abuela me había advertido que las aceitunas no eran como las cerezas; me había dicho que de tan amargas, ni los pájaros las picoteaban; que por eso estaban seguras.

En este lugar hay silencio. Logro dormir en el acurruque de la tierra, la raíz, la copa, la rugosidad del tronco, y los ojos cerrados de los olivos que dan de comer.

 

No son hijos de un olivo padre, ya entendí. Los pequeños me dicen que no son hijos, sino costillas. Han crecido varios centímetros y ya balbucean pero no tienen lengua madre. No entiendo cómo es que se comunican aunque los entiendo. Dicen que eran brotes en la base de uno más grande. Mamones, dicen, pero saben que no son mamíferos. Entre juegos cuentan su destino (que ya conocen, y parece ser ineludible, como el mío). Encontrarme con los pequeños me divierte, y lo estoy prefiriendo antes que perderme en el regazo de los mayores. Los niños siempre revelan los secretos de los adultos, ha de ser porque los escuchan en lo doméstico y  no tienen inhibiciones.

Dicen que la mano humana los ha propagado, que son clones. Y sí, los miro y veo clones, ocho varas implantadas en un suero de tierra arenosa, todas iguales, que apenas han mutado con las condiciones del medio ambiente.

Los adultos me miran cuestionadores, todos juntos ahora, y pierden su individualidad porque saben que sé el secreto. Ellos también son clones, en un único medio ambiente, adoctrinados y simétricos, destinados al engorde de las olivas que engendran.

Los pequeños se hacen guiños entre ellos y no logro descubrir el juego. Mientras acarreo agua en los baldes y continúo la riega puedo escuchar “sexo” y más risitas confundidas en la comunicación telepática. Vuelvo la cabeza y sin solución de continuidad la palabra se intercepta con la mirada de los grandes que me rodean y ahora dejan brotar racimos de rapas, pequeñas florcitas blancas. El polen y el azar transitan la atmósfera mientras el viento circular deja fluir el aroma. El plantío se tiñe de terciopelo blanco. Los vapores de las hormonas se incrustan en las narinas y en los poros. Todo es vida.

 

En el sur, en posesión de los recuerdos de la abuela, tomo las castañuelas y las calzo en los pulgares. Con los otros cuatro dedos y la sincronización de la lluvia castañeteo la forma marina. Los marrones amarillentos del bivalvo acordonado en mis dedos iluminan la plantación. Se inicia algún ritual. Lejano, se acerca un piar y lento, el vuelo de pocas aves inicia un cielo- ruta en donde van a ser posibles las nubes.

De las manos aparece un ritmo percusivo que sintoniza con la creación. Las castañuelas son de madera de olivo, cantan que fueron rama y que la herida ya sanó. En medio del relato, las primeras gotas inician su descenso. Los miembros del olivar dejan de mirarme inquisitivos sabiendo que la rogativa ha surtido efecto y se aprestan a recibir lo bendito que caerá del cielo. Sigo tocando con ritmo. Los cordones penden de los pulgares, el nudo y el extremo hacen de las piezas una prolongación de mi cuerpo. Desde la mano derecha los agudos pían en carretilla, y los miro para que inmediatamente, los graves de la derecha contesten.

El diálogo se produce bajo la lluvia. Los grandes, abiertos, estiran su boca y cierran los ojos para escuchar los pájaros que han corrido a refugiarse en sus ramas. La tierra refresca y se embebe. En este punto, los ocho pequeños dejan de reír y se contentan con la imagen. Yo, sólo contemplo porque los pequeños se han calmado y allí, en ese huerto, también ha comenzado a llover.

Persuasiva, la lluvia repiquetea y hace saltar los trazos del crecimiento. Los pequeños también la beben a pesar de saber que fueron mamones sin madre. Pensada así, la lluvia es un consuelo: la maman.

En un lapso que los historiadores relatarán, los pequeños se despojarán de la suavidad y crecerán por cientos de años. Las raíces se afincarán sobre el suelo y se incrustarán hasta el centro del planeta. Ellos, empujados por el aliento de la lluvia, podrán llegar a la napa de agua bajo tierra y beber. Ya no relatarán todas sus intimidades porque los años los habrán hecho más cautelosos. Los historiadores dirán que dieron resguardo a algún profeta y que son sabios y ancianos.

 

Vuelvo la vista sobre el olivar. Los troncos estáticos han crecido a la floración. Del tumulto de los blancos, una pequeña parte ha cuajado y ahora asoman las bolitas verduzcas en las ramas. De tan pequeñas parecen cabezas de alfileres. Los ojos de la corteza continúan mirándome, ahora más amigables. No ceso de caminar buscando una ruta, una palabra. He perdido noción del tiempo y sigo sin comprender esta ilógica realidad.  Cada uno me mira y custodia mis movimientos. El plantío es una sinergia y presumo que las raíces de todos por debajo de la tierra se conectan. Ya no acechan sino que mancomunadamente dejan que transite en los pasillos paralelos conduciéndome al punto de la perspectiva donde todo converge. Entiendo que nos hemos conocido en los secretos y somos confidentes. Ellos saben que soñé a los pequeños que crecieron y también saben que no estoy aquí porque son pensamientos.

La duda de la existencia me hace tambalear, pero me acomodo y sigo  caminando en el olivar que se sucede como una ola enorme y suave, arriba y abajo, todo alrededor de mí, perdiéndose en el horizonte. Mientras los pasos van, ya lentos, el viento hace mecer las copas y las plantas, una a una, se inclinan cerca de mi humanidad acercando las drupas maduras.

Allí logro verlos, es cuando sobre la ladera aparece un caserío y un camino. Los paisanos, hacendosos, enfilan con varas extensas y trapos enormes. En grupos, rodean a los árboles y previo tender las mantas sobre la tierra, golpean la arbolada. Las aceitunas caen sobre el terruño con el dolor de los partos y se confunden con hojas y ramas. Los olivos dicen que no son mamíferos, pero duelen igual. Saben también que doler es parte de la vida porque han escuchado la confesión de las castañuelas.

Todos pasan y saludan. No puedo creer la aparición; es una fiesta de otoño. Los frutos han convocado. Todos alaban con el trabajo. Cada drupa es oro y se junta con esmero, aún las que han caído fuera de las mantas. Los pájaros saltan de rama en rama, piando, y el otrora silencio se ha escabullido para esconderse en el rasgueo de los rastrillos y las palabras que se suceden a los procedimientos: vareo, soplado, barrido, recogida y mantilla. Los montones de aceitunas relucen sobre las mantillas. Repiten “mantilla” como lo es el tocado de las mujeres en España. Repiten y recuerdo que en el baúl de la abuela venía también una blanca, de encaje, con hilo de seda. A esa, la usaba para jugar a la novia cuando era niña. El recuerdo también es una fiesta.

 

Sé que las fiestas son de poco durar, y volverá el silencio. Temerosa de que la ruta y el caserío desaparezcan, de nuevo me apresuro. Tengo el consentimiento del plantío clonar. Ellos saben, y me lo recuerdan, que están destinados al engorde de las olivas que engendran. No son olivos como los ocho, aquellos pequeños, que tuvieron otro destino. Sin impedimentos me traslado detrás de la comitiva de carrozas que lleva los frutos vivos, junto con la gente, hacia el caserío.

Me enhebro en la caravana, pero despojada del cuerpo no puedo colaborar con las labores. Las mantillas fueron recogidas con pulcritud cuidando el estado de las aceitunas, y las varas cargadas en los carros detrás de los tractores que llevan el tesoro. Algunos paisanos se han subido en las barandas de las chatas, otros caminan a la par, lentamente. Deduzco que el objetivo es la almazara, y allí vamos. Detrás queda el mundo plantío que me ha dado la pertenencia a la oliva; un mundo infinito de árboles iguales que saben del origen común y traen en su constitución la memoria del pasado. En la meditación de los pasos la caminata me demuestra por qué supe del olivar del Huerto de Getsemaní al momento de ser plantado. Hay otra reminiscencia.

Llegamos a la edificación. Estoy, yo ánima, con los hombres de la caravana. Sudados y prontos descargan las pepas que ruedan con la inercia del desprendimiento. Ellas saben, supongo, que han hecho el viaje iniciático hacia alguna esencia y se despiden de su origen, sin pena, para entregarse al acto sacrificial. El producto ha sido cribado. La piedra hará la transformación, y la moltura –el mismo día– hará el milagro. Hueso, piel, pulpa, agua de vegetación –cada dolor en su componente– mientras el aceite se desligará suave y tibio.

Aquí no hay exterminio. La idea ronda en mi cabeza y me recuerdo en alerta para que el árbol no impida ver al bosque. Sigo empatizando con el devenir. El prensado se inicia y el zumo mana para empezar el reposo. Todo el proceso es una serie de movimientos y reposos como los encarnados en la vida misma.

Ensayo el sentido de todo y me dejo llevar por la naturaleza de la transformación. La temperatura es amigable. Ya no existe el agobio ni el sol tajante que he sufrido cuando regaba a los pequeños ni cuando me refugiaba en los más grandes. Ha pasado la sed y los pájaros, ha pasado la savia y los partos. La diferencia de densidades separará una vez más al agua y los lamparones comenzarán a flotar sobre su materia.

Allí vienen, descansados y armónicos los ojos del aceite olivado.

Y ya debo volver al sur, lo sé. Aquí estoy aunque todavía me niego a abrir los ojos. Desde afuera de la cocina, donde estoy sentada, se filtra la radio del vecino sintonizada con un tango. Aspiro profundo y antes de abrir advierto que estoy sonriendo con el recuerdo de la abuela andaluza. Ella tuvo un olivo en el patio de su casa para que no le faltara de comer, y yo lo plantaré.

En la mesa servida a punto de almorzar, la botella de aceite de oliva es protagonista y toma presencia sobre el mantel a cuadros rojo y blanco.

Decir de comer es mucho, aún cuando no he pasado hambre.

Comparte con tus amigosTweet about this on Twitter
Twitter
Share on Facebook
Facebook