El destino de Bárbara

El destino de Bárbara

[Gloria Aliaga Duque]

Con el amanecer los primeros rayos de sol atravesaron la gruesa rejilla que había bajo el portón principal de la nave. Tras una larga noche de lluvia y tormentas que sirvieron para enmascarar mis alaridos, volvió a salir el sol.

Me encontraba débil y empapada en sangre. Intenté alcanzar el vaso que había situado cerca de mi improvisada y mal lograda cama, pero tenía las manos peguntosas del aceite que anoche nos sirvió de cena a ambas. Sin poder evitarlo se escurrió entre mis manos el único remedio que calmaba con una sola gota a quien me acompañaba.

Cuando llegué aquí a última hora de la tarde, aproveché la escasa luz natural que iluminaba la estancia para recrear un ambiente cálido. Sabía que el domingo no funcionaría la maquinaria de la almazara, no por ser el festivo por excelencia de la semana —porque como bien sabéis, en este trabajo el único día de descanso que tenemos es el que la lluvia nos obliga a cogernos—, sino por ser el mágico día de Navidad. Así que me dispuse a buscar un lugar discreto para alojarme y lo encontré en una de las naves traseras donde la abuela Concha guardaba los tractores.

La almazara, situada estratégicamente en un pequeño pueblo de Andalucía, que ejercía de cruce de caminos entre varias provincias, estaba compuesta por dos grandes naves transversales con tejados azules y paredes blancas que reflejaban los rayos de sol y los enviaban como estrellas mágicas a mis pupilas. La nave donde yo me encuentro es mucho más pequeña y menos ostentosa de lo que yo la recordaba en mi memoria infantil cuando bajaba a visitarla desde Lleida, la provincia donde nací.

Durante el trayecto hacia el sur de la península, recordaba con una inevitable sonrisa en los labios a la abuela Concha. Ella sentada en su mecedora en el porche de casa, con toda la paciencia del mundo nos explicaba todo el proceso de la elaboración del aceite: la recolección del olivo, el vareo, la recogida de montones, etc. Después las aceitunas llegaban a la almazara donde se molían, les extraían el aceite y varios pasos más en el proceso, hasta que acababa almacenado en aquellas preciosas tinajas, que años después lucirían radiantes en la bodega de la abuela. De vez en cuando un señor que a mí me daba mucho respeto porque le faltaba una oreja y que según me contó la abuela, era un pariente lejano suyo y había acabado en un psiquiátrico, iba y le pedía opinión sobre cómo estaban quedando los olivos, que con esmero había inmortalizado en uno de sus cuadros. A mí me daba un poco de rabia, porque interrumpía continuamente la historia.

Estábamos en 1888 y las mujeres de la época se dedicaban a sus casas y al cuidado de sus hijos y maridos. La verdad es que no ha cambiado casi nada. Aquellas fábricas estaban siempre repletas de manos masculinas, donde la única presencia femenina que tenían era la de mi abuela. Mi abuelo murió joven y ella tuvo que coger el mando de todo. La verdad es que tengo que reconocer que lo hizo bastante bien.

Mi padre también trabajaba aquí, pero por disputas familiares se vio obligado a emigrar a Lleida con mi madre. Pocos años después nací yo. Recuerdo en uno de los viajes al sur, cómo la abuela cortaba con su navaja un canto de pan y le rociaba de aceite. Después espolvoreaba sobre él un pellizquito de azúcar y así culminaba la receta que tan felices nos hacía a Lucas y a mí.

Lucas es el hermano de mi madre. Tan sólo nos llevamos tres años de edad y era el compañero ideal de juegos. Me hacía sentir única. Conquistábamos los mares y las tierras en nuestro improvisado tanque imaginario. Luchábamos por la justicia y la igualdad de las personas. La abuela Concha a veces se emocionaba al vernos y sonreía entre lágrimas. ¡Siempre sonreía! Era mi superheroína favorita.

En la mente de los niños se magnifica todo, por eso ahora veo la nave tan diminuta y los tractores no son tan grandes como los tanques de mi imaginación, pero lo que no cambian ni menguan son las ganas de ver a mi abuela. Pronto llegará el momento y he de sacar fuerzas de flaqueza para levantarme de aquí. Anoche todo mi esfuerzo se centró en pinzar el ombliguito de la niña y cortar con las tijeras el resto de tripa que la unía a la placenta. La naturaleza terminó el trabajo.

Ahuequé el pequeño camastro que había fabricado para ella con especial esmero y cuidado. Saqué otra de las mantas que traje conmigo en la maleta y la arrullé para que no pasara frío. La dejé descansar y mientras tanto me limpié como pude, recogí los restos de placenta y limpié la sangre con el agua que contenían los cubos que se encontraban situados bajo un par de goteras. No sentía un especial dolor físico, solo un poco de molestia al andar. La debilidad y el decaimiento sí se acentuaron más y varias veces caí agotada al suelo. Las piernas no me respondían bien. Ha sido la noche más difícil de mi vida, donde mi único objetivo era el de salvar la vida de mi hija y la mía propia.

Intenté cargar mi mochila a un lado y a Bárbara al otro, pero me fue imposible aguantar el peso de ambas en mi estado, así que decidí dejar mi macuto y atravesé el portón solo con Bárbara. La abuela vivía a unos escasos cincuenta metros, pero esta vez, al contrario que cuando era pequeña, el camino me pareció más largo y eternizado que de costumbre. Conforme iba avanzando y me acercaba a la vivienda, veía como una anciana me observaba con cara de pánico tras la ventana. Su mirada era inconfundible, era mi querida abuela Concha.

Corrió hacia mí para auxiliarme como tantas otras veces de mi infancia había corrido para apartarme del fuego o de alguna  peligrosa maquinaria. Su expresión era una eterna lucha entre felicidad y miedo. En el momento en que me reconoció corrió a mis brazos evitándome así una nueva caída. Me sujetaba con tal fuerza que podía sentir su calor en mi espalda. Ambas a duras penas conseguimos llegar hasta el zaguán donde Athor nos recibió con un lametón y varios ladridos.

Con celeridad se dispuso a sacar agua caliente de un cubo de chapa que se calentaba en la chimenea. Acto seguido la mezcló con un chorrito de agua fría e introduciendo su codo en la palangana, comprobó que la temperatura era la adecuada. Recogió a Bárbara de mis brazos, la desvistió con decisión y la metió en el agua. La pequeña no hizo ni el más mínimo gesto de desagrado, por el contrario, relajada bostezó. Aún no habíamos cruzado ni una sola palabra. El ambiente era raro, me atrevería a decir que incluso incómodo. A la vez que arropaba a Bárbara, con una leve inclinación hacia atrás de su cabeza me indicó que me sentara en el viejo pero confortable sofá del abuelo, que estaba situado en el lugar más entrañable de toda la casa, junto a la chimenea. Acto seguido trajo hasta mis brazos a Bárbara, que cabeceando luchaba por encontrar entre la mantita uno de mis pechos para saciar su hambre.

—Gracias —me atreví a decir por fin mientras la abuela me miraba fijamente.

La historia se vuelve a repetir… —expuso con indignación frunciendo el ceño.

Abu…yo… —dije sin tener opción a terminar la frase cuando ella, exaltada, atravesó la puerta de casa y se marchó.

Pasados unos minutos advertí su figura, y empujando la puerta con la cadera, se hizo paso hasta la lumbre donde descargó el rimero de leña. Se detuvo frente a mí y poniendo los brazos en jarra permaneció inmóvil unos segundos. Acto seguido, y para mi sorpresa, abandonó ese gesto de dureza, se inclinó hacia mí y me besó en la frente.

—¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Tu madre sabe que has viajado? ¿Por qué has permitido esto y por qué vienes a mí? —interrogaba incesante.

—En…eh…no…quizás… —balbuceé en un intento frustrado de dar respuesta a sus preguntas—. Lo siento —dije por fin.

—Va a ser un camino duro, Carmen. Vas a tener que luchar mucho por la pequeña para que tenga un buen futuro. Son tiempos en los que cuando una imagen se mancha, es mejor emigrar y dejar atrás todo para que nadie descubra lo que ha pasado. Si quieres yo puedo ayudarte. Así lo hice con tu madre y así lo haré contigo —afirmó con contundencia.

En aquel momento sentí como si cada hueso y músculo de mi anatomía se hubiesen cristalizado y fueran a romperse en pedazos en cualquier momento. Angustia y desesperación, sumadas al desconcierto, bañados por el llanto de mi hija, me hicieron perder la consciencia. Creí morir por el momento. La siguiente sensación fue el roce del dedo de mi abuela en mis labios.

—¡Despierta! Bárbara te necesita —susurraba cerca de mí apartando de mi cara un mechón de pelo  y colocándolo después con cuidado tras mi oreja.

Al despertar relamí mis labios y mi mente evocó millones de recuerdos: campos verdes, el olor a aceite y ese amargor en mi lengua que tantos llantos había calmado cuando yo era bebé. Lo encontré especialmente amargo por comparación con el aceite que habitualmente consumía en Lleida, la variedad arbequina, suave en el paladar pero tan a la altura como el picual que rozaba mis labios en aquel momento.

—A ella también le gusta —sonrió la abuela mirando a Bárbara y emitiendo una mueca chulesca.

Miré a Bárbara y observé sus labios brillando al unísono con su mirada.

—No, no, no… —negué con la cabeza y sonrisa burlona—. No creas que has sido tú su descubridora. Anoche tu preciado aceite le sirvió de alimento a mi pequeña. Esperando la tardía venida de la leche a mi pecho, tuve que calmar a mi pequeña rozando sus labios con tu eficaz remedio.

—No puede ser. No habrás sido capaz. Has robado una tradición de más de 50 años —refunfuñó con una media sonrisa fingiendo estar enfadada.

—Sí. Así es —reí a carcajadas. ¡Soy la nueva emperatriz de tu remedio “anti-llantos”! Por fin tengo la receta del secreto mejor guardado de la familia —grité eufórica.

Ambas reímos a carcajadas. Bárbara dormía plácidamente y la abuela por un momento pareció olvidar su pretensión de enviarme lejos como ya hizo con mi madre. Al recordarlo, necesité hurgar en la llaga.

—Abuela, ¿qué pasó con mi madre? —pregunté con más miedo que incertidumbre.

—No es una historia fácil de contar Carmen, pero si quieres saberla no me voy a oponer a que conozcas la realidad de tu familia. Al fin y al cabo, ya eres mayor para estas cosas —suspiró cerrando los ojos.

Y tras coger aire comenzó:

Corría el año 1882 cuando uno de nuestros mejores trabajadores, tu padre, decidió despedirse. Para mí eran tiempos difíciles. Una mujer al mando de una fábrica de aceite no era para nada usual en aquella época y él era uno de mis más cercanos apoyos. Era el novio de tu madre y yo no conseguía entender el motivo de su abandono. Tiempo después a tu madre le comenzó a crecer la tripa y lo descubrí todo. Para mí no fue fácil y tuve que tomar la decisión de criar a su hijo como si fuera mío. Ella accedió a marcharse a Lleida junto a la familia de tu padre para evitar escándalos que no nos favorecían. Fue mi hijo para lo bueno y para lo malo hasta que se hizo mayor y no lo pude retener más —relataba como si de una novela se tratase.

—Imposible, no lo puedo creer —interrumpí sin poder contenerme notando cómo mis pulmones luchaban por consumir más y más oxígeno ante tan brutal noticia—. ¿Lucas es mi hermano?

Aquel vaivén de emociones no consiguió otra cosa más que asustarme un poco más si cabía y ahondar en la incertidumbre de la intención que tenía mi abuela respecto a Bárbara. Lucas se ha ido y la abuela navega a la deriva al frente de la almazara. Está claro, necesita otro apoyo para mitigar su soledad.

—Sí, lo es —afirmó con rotundidad recogiendo una lágrima bajo su párpado. No podíamos permitir que tras la muerte del abuelo y las consiguientes críticas hacia la dirección de la fábrica por una mujer, la gente siguiera murmurando. Eran unos tiempos donde la honra y el orgullo prevalecían sobre cualquier otro valor o sentimiento. Tu madre no quería que fuese así, pero así fue. Poco tiempo después se casaron y en uno de sus viajes intentaron llevarse a Lucas, pero una vez más los convencí de que su infancia y futuro iba a ser mejor aquí en el sur. Siempre que tus padres venían a visitarnos, partían de nuevo llorando hacia Lleida.

Mi memoria evocó ese recuerdo. Mamá lloraba todo el camino, papá también, pero cuando les preguntaba se justificaban diciendo que echaban de menos la tierra. Yo no entendía el porqué no podíamos vivir en Andalucía todos juntos.

—Fue difícil e injusto —continuó—. Pero para mí tu hermano fue como un soplo de aire fresco tras la muerte del abuelo. Me volqué en él y juntos descubrimos el oficio.

Ya con diez años sabía diferenciar decenas de variedades de aceite y orígenes: arbequina, picual, cornicabra, hojiblanca entre sus favoritos. Animado a difundirlo internacionalmente por sus cualidades médicas además de culinarias y las relacionadas con la estética, viajaba allá donde reclamaban su presencia. Oleoturismo lo llamaba él. ¡Ja, menuda palabreja! Se había convertido en un experto catador. Lo invitaban a las fincas para que opinase sobre el momento ideal de recolección del fruto de sus olivos para conseguir un mejor aceite. Se le consideró un niño prodigio entre los conocidos. Años después, como experto en la materia, decidió exportar ese “don” al extranjero. Él decía que no podía permitir que alguna persona sobre la faz de la tierra no hubiera probado nuestro oro líquido. Así, convencido de su cultura, emigró para prolongar sus raíces a otros continentes.

La abuela seguía inmersa en el recuerdo de Lucas y yo, por el contrario, pensaba en papá y mamá. No consigo comprender cómo mi madre, habiendo pasado por lo mismo que yo, ha podido reunir el valor de echarme de casa con la sutil invitación de que me viniera aquí.

—Carmen, como ves Lucas ha tenido la mejor de las educaciones. A veces lo justo no es lo mejor. Tú tan solo tienes 17 años y una buena reputación. No lo estropees, yo podría quedármela… —sugirió bajando el tono.

—¡Por supuesto que no! No vas a quedártela abuela. No puedo creer ni que se te pase por la cabeza. Yo lucharé por ella, aquí, allí o donde demonios nos lleve la vida… ¡joder! —grité y rompí a llorar.

Pasaron varias horas sin dirigirnos una palabra la una a la otra. La miraba con recelo y empezaba a sospechar que la abuela no era tan buena como yo recordaba. Se sentía sola y necesitaba a Bárbara para cubrir ese vacío. Tengo sentimientos contradictorios, por una parte no quiero abandonar a la abuela en su soledad, por otra no quería abandonar a mi hija. En aquel momento encontré la decisión en equilibrio con mis sentimientos.

La verdad es que tiene que ser duro llegar a su edad y sentir que estás sola, que por circunstancias de la vida tu familia poco a poco te ha abandonado. Los nietos llegan robando el protagonismo a una madre que siempre estuvo ahí, luchando por sus hijos. Definitivamente no debe ser fácil.

—Abuela, quiero proponerte algo —me giré y la encontré expectante hacia mi propuesta.

—¿Quién establece las normas? Hemos comenzado el siglo XX. ¿Acaso crees que la conocida Margaret Fuller siguió las costumbres de la época? De ser así nunca habría sido la gran periodista que ella soñaba. Ella luchó por los derechos de las mujeres. ¡Luchemos nosotras también! Las tres juntas podemos hacer resurgir la almazara, sin tabúes ni ataduras. La igualdad no es solo para los libros. Demostremos al mundo que las mujeres podemos dirigir los negocios a la misma altura que los hombres. Viajaremos donde haga falta, nos empaparemos de otras culturas y seremos felices juntas las tres. Yo ya no tengo nada que me invite a irme, así que si quieres, solo si de verdad te importa todo esto, acepta mi propuesta —supliqué.

La abuela Concha rompe a llorar y con un gesto afirmativo de cabeza se abraza a mí. Bárbara grita llamando nuestra atención y esboza lo que parece ser su primera sonrisa. Las tres fusionamos risas y llantos que parecían ser el preludio de lo que vendría después. No fue fácil, aún así fue espectacular.

Quince años después…

—¡Mamina, Mamina! ¡Volvemos a salir en la portada del periódico! —gritaba Bárbara mientras bajaba rápidamente la cuesta del carril que enlazaba la finca con la carretera principal.

—¡Oh Dios mío! Eso es estupendo. ¡Carmen, rápido, sal un momento! —insistía la abuela desde la puerta de la fábrica principal.

—¿Qué pasa? ¿Qué revuelo es este? He dejado a las trabajadoras en la cooperativa solas y tengo que volver enseguida —refunfuñé.

Athor nos castigaba con sus repetitivos ladridos, hasta que una voz masculina llamó su atención en la lejanía. ¡Lucas había venido a celebrar la gran noticia con nosotras!

Al parecer la calidad de nuestra cosecha de aceite había vuelto a ser reconocida en un periódico. Esta vez, el periódico de mayor tirada nacional nos había puesto en el punto de mira.

Lloré cuando descubrí la noticia. Realmente estaba emocionada por los avances y modernidad que habíamos conseguido proyectar de la almazara. Pero lo que realmente me desarmó, fue aquel maravilloso titular:

“Tres grandes guerreras luchan por la igualdad, en un campo de batalla rodeado por el olivar”.

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