Ella y la tierra poco mojada

Ella y la tierra poco mojada

[Maite Ruiz-Sarmiento]

Nunca pensó que podría ser tan emocionante preparar una maleta. Mario correspondió a aquel pensamiento con una gran sonrisa. No recordaba haber sentido aquel cosquilleo en el estómago en ninguno de los viajes que había realizado, y no habían sido pocos. Se podría decir que a su corta edad, recién cumplidos los treinta, había superado con creces la media de viajes que una persona solía realizar a lo largo de su vida; al menos, eso decían algunas estadísticas que había consultado. Mario conocía bien Europa y América. A los dos continentes había viajado representando la firma que lo había contratado diez años atrás. Gracias a él, esa firma se había expandido con éxito atravesando un océano, y se estaba preparando para atravesar otros más.

«¡Qué tiempos aquellos!», dijo en voz alta forzando una sonrisa. Mario abandonó por un momento la labor de doblar una de sus camisas y se sentó en el borde de la cama. Suspiró al recordar todas las ocasiones en las que su jefe le había asegurado que él había nacido para ello. Aquel era un mundo que, pese a haberlo abandonado tan solo dos semanas atrás, ya le parecía lejano y olvidado. Se sorprendió recuperando la sonrisa y el cosquilleo en el estómago. Era una buena señal. Le indicaba que estaba a punto de emprender un buen camino: el camino. Cada minuto que transcurría, se iban desvaneciendo las pocas dudas y temores que le quedaban.

Decidió continuar con la preparación de la maleta. Seleccionó, con mucho esmero, las camisas que formarían parte de su nueva vida. Reparó en la única, de todas las que amontonó, que le había regalado su madre. Aquel hallazgo le produjo malestar. Era, sin duda, la imagen que menos deseaba evocar en ese momento. Hacía tan solo unos minutos que había mantenido una conversación telefónica con ella. Había escuchado el dolor reflejado en sus palabras. Ese dolor había sido el culpable de que dedicara más tiempo del previsto a sopesar su decisión. Pero ¿qué otra cosa podía hacer? Su madre era incapaz de entender los motivos que le llevaban a emprender ese viaje. Así lo había demostrado al pronunciar la palabra «locura», no en menos de diez ocasiones, en una conversación que apenas había superado los tres minutos. Locura…

Justo lo que pretendía regalarle a su vida: una buena dosis de ella, de la mejor, de la más intensa. En palabras de su madre y de todos cuantos le rodeaban, su locura consistía en abandonarlo todo para seguirla a ella. Ella... El motivo por el que lo habían llamado loco, irresponsable e inmaduro. ¡Seguirían haciéndolo!

No dejaron de repetirle, desde que les había anunciado su decisión, que una persona con la cabeza bien amueblada no abandona la posibilidad de conocer medio mundo, ni abandona un buen piso en el centro de Barcelona, y mucho menos unos buenos amigos y una gran familia para seguirla a ella.

Mario negó con la cabeza. Era cierto que ya existía otra «ella»; hasta hacía pocos días había sido la protagonista de su vida, pero ya no formaba parte de su presente y mucho menos de su futuro. Era cierto que la acababa de abandonar para seguir a otra. Esa parte era la que menos entendían. Eso solo podía hacerlo alguien que hubiera perdido la cabeza.

Mario suspiró con fuerza sintiendo que algo le oprimía el pecho. Aquello le dolía. Era inútil que se esforzara en convencer a los suyos de los motivos que le llevaban a abandonar toda esa vida para reunirse con ella. No lo entendían ni lo entenderían jamás, y no los culpaba por ello. «Quizá necesiten algo más de tiempo», se dijo esperanzado. Era muy posible que se mostraran más comprensivos cuando comprobaran, con sus propios ojos, lo feliz que era. Si ya habían sido testigos, en una ocasión, de algo similar, con algo de tiempo podrían ver que en esta ocasión lo había superado. «Así será», se convenció.

Si de algo estaba seguro Mario, era de la felicidad que iba a encontrar junto a ella. Ni siquiera existían los temores que pueden aparecer en los primeros momentos de una unión. Sabía lo que quería, y sabía que era ella.

«Debes ahondar en ti mismo, buscar quién eres, buscar cuál es tu destino». Eran las palabras de sus amigos pronunciadas con mucha frecuencia en el último año: el tiempo en el que se había ido manifestando su falta de entusiasmo por la vida. Jamás les prestó demasiada atención a sus recomendaciones. La mayor parte de ellas consistían en participar en viajes espirituales con altas dosis de meditación y otras terapias. No. ¡Aquello no era una solución para él! Aun así había acompañado a su amiga Cristina, en una ocasión, a una extraña terapia cuyo único objetivo era conectar con el alma y con lo que —los asistentes e instructores— llamaban «esencia». Había terminado muerto de aburrimiento, incapaz de centrar su atención en otra cosa que no fuera el reloj que colgaba de la pared, pero al mismo tiempo feliz de poder acabar, al menos durante un tiempo, con la insistencia de su mejor amiga.

¡Qué manía tenían todos con querer cambiar su vida! Si tanto lo deseaban, ¿por qué no aceptaban su decisión? Claro que uno de los principales motivos era ella. Nunca entenderían que dejara a una para empezar con otra. Aunque le dolía aquel pensamiento, debía reconocer que ella ya no era capaz de mantener la chispa que había formado parte de su unión durante todos aquellos años. ¡Qué complejo era entender todo aquello! «La vida —se dijo—. ¿Qué, si no?».

Ella dejó de ser el centro de su universo. Fue importante en su vida, pero había llegado el momento de reconocer que siempre había sentido que le faltaba algo por explorar. Podría afirmar que ella no había sido capaz de llenar su mundo, a pesar de haberle hecho feliz. Siempre había sabido que algún día llegaría la llamada, la que le haría dejarlo todo y seguir unos pasos. La llamada del corazón, sin duda. La nueva ilusión de su vida, la definitiva.

Claro que debía ser franco y admitir que algo de locura tenía su aventura. De ahí la opinión que tenían todos los que formaban parte de su vida. Dejarlo todo por ella conllevaba ciertos riesgos. Ese pensamiento ensombreció el rostro de Mario. Se sentó de nuevo en el borde de la cama y extrajo una fotografía del cajón de la mesilla de noche. Allí estaba ella, su nuevo horizonte.

«Ella era diferente», se dijo; todo lo que necesitaba en su vida, la razón que le faltaba a su existencia para llevar una vida plena de verdad. Ella y su mundo: tan complejo, tan completo, tan excitante. La suma de amor y arte. ¿Qué más se puede desear?

Recordó con cierta tristeza la conversación que había mantenido con su hermano.

—No te entiendo, Mario. Vas a abandonar tu cómoda vida para lanzarte a los brazos de una extraña. Tus argumentos son una auténtica falta de cordura —le había reprochado su hermano paseándose por su salón como aquel que espera la llegada de un bebé en los pasillos de un hospital.

—Ella me susurró las palabras que necesitaba para entender qué quería hacer con mi vida —se justificó Mario—. Lo creas o no, fueron esas palabras las que me hicieron dar un salto y ver con claridad cuál era mi camino. Ella… parecía conocerme mejor que nadie. Eligió las palabras adecuadas para hacerme entender que era ella todo cuanto necesitaba.

—Pero ¿qué palabras? No dices más que tonterías. Con cuatro palabras decides abandonar tu vida y dedicarte en cuerpo y alma a ella. Ya lo hiciste una vez —le recordó con reproche.

—Esta vez es diferente. Sé lo que quiero. No son cuatro palabras —aclaró Mario—, en mi último viaje al sur pasé mucho tiempo con ella. Aquel olivar, aquellas tardes al sol, aquellas conversaciones, aquellas miradas, su olor…

—Definitivamente estás peor de lo que creía —fueron las últimas palabras que le dedicó su hermano antes de salir por la puerta, inundando la instancia con un ensordecedor sonido que poco invitaba a salir tras él.

 

Mario abandonó el recuerdo de todas aquellas conversaciones para centrarse en el volante de su coche. Si continuaba dándole vueltas a todo aquello, iba a tener un terrible accidente y todavía debía conducir durante una hora más, antes de llegar a destino.

No necesitó hacer más esfuerzos por alejar todo aquello de su mente, bastó con observar todo cuanto le rodeaba en aquel momento. Recorrió los primeros kilómetros del parque natural, el que le anunciaba el cartel informativo. Aparcó el coche en cuanto divisó una pequeña explanada. Bajó del vehículo y atravesó la carretera para disfrutar del espectáculo que se encontraba al otro lado.

Allí estaba una de las razones de su «locura». El olor a rocas le hizo estremecer. Aquel aroma..., ¡su aroma! El olor a jara, a brezo y a madroño, a romero y a piedra. El olor a secretos en cada rincón, a rocas convertidas en santuarios, a tomillo, a encina y a tierra. Y el mejor de todos ellos: a orígenes y a antepasados.

Mario dirigió la mirada a la cima de una de las rocas que lo envolvía, disfrutando del silencio e imaginando que eran los brazos que le daban la bienvenida a aquella bendita tierra andaluza: Jaén.

Mario, embriagado de aromas y de emociones, continuó su viaje. Eran pocos los kilómetros que lo separaban de ella. Sintió el corazón palpitando en su garganta al desviarse de la carretera principal. Cada metro que recorría le confirmaba, con más fuerza, el acierto de su decisión.

Necesitaba escuchar su voz, escuchar de nuevo todas aquellas palabras que ella había pronunciado lentamente, sin prisa, y sin intención, todos los días que él la había visitado.

Había sido una visita propiciada por sus deseos de reencontrarse con todos aquellos siglos y siglos que antecedieron su llegada al mundo. Ese fue el motivo que hizo posible conocerla un perfecto día de mayo.

Siguió las indicaciones de un pequeño cartel y se desvió por segunda vez. Abandonó el coche en un lateral del camino y se adentró en el olivar. Aquel era el lugar de su encuentro, el testigo de su unión. Se sentó, apoyando su espalda en el tronco de un olivo, y esperó.

Se frotó las manos, entrelazó sus dedos y relajó todos los músculos de su cuerpo. Rescató de sus recuerdos las últimas palabras que ella le regaló, las mismas que esperaba, con paciencia, volver a escuchar.

—Aquí no existe el tiempo, sabemos poco de él. Algunos de los rostros que me acompañan han vivido más de dos mil años. Podemos hablar de eternidad y podemos hablar de reencarnación.

La tierra que pisas, pocas veces mojada, está empapada de historia, mucha de ella disuelta, perdida y olvidada entre minerales y raíces; mucha de ella venerada y recordada.

Soy el fruto de la paciencia y de la calma. Vivo y muero cuando el otoño no es más que un recuerdo. Soy el fruto de blancos, de verdes, de negros y de morados.

 

Mario cerró los ojos. Recordar aquellas palabras había vuelto a causar el mismo efecto en él. Conocía esa sensación, aunque no con esa intensidad. Ya lejos quedaban el vino, la uva y su mundo. Un nuevo fruto, bajo una nueva pasión, le estaba esperando.

Cristina estaría orgullosa de saber que era ella, la aceituna, la que había conseguido que se encontrara a sí mismo.

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