Olivares

Olivares

[Nevada]

Era un sueño pasear por aquel inmenso panorama, hileras e hileras de retorcidos troncos, capricho de la naturaleza –obras de escultura natural, había pensado siempre–, encumbrados por ese verde único y especial, de tantas y tantas diminutas hojas, también especiales, que tintineaban cuando les visitaba la brisa del viento.

Estaba allí por casualidad, sin habérselo propuesto en realidad.

Meses atrás, creía recordar, vio un anuncio en una de las redes sociales que frecuentaba, sobre un concurso literario. Y esto había llevado a una cosa, y esto a otra, hasta encontrarse en este atardecer idílico, bajo un sol que poco a poco se ocultaba, en este magnífico olivar.

Casi dio un respingo, porque por un momento pensando en todas estas sensaciones, se creyó sola, y las manos que se posaron en sus hombros hicieron que volviese al momento consciente.

Este hombre al que hacía unos días no conocía, ¿por qué de golpe significaba tanto para ella? Pensaba que solo pasaba en las películas y novelas. Ella, que no creía en ese sentimiento tan manido, que siempre había presumido de ser libre, autosuficiente, y amar su soledad escogida.

Allí estaba, con esa casi infinita visión al frente, de hileras verdes, que le hacían llenar el pecho de la misma respiración que parecía imitar de aquellas hojas.

Se reclinó hacia atrás en aquel pecho cerrando los ojos para que el sol no le molestara y dejándose llevar por las sensaciones que sabía iban a venir.

Ese resbalar de aquellas manos desde sus hombros por los brazos hasta llegar a los antebrazos y hacer que se cruzaran en su vientre, para ser uno, como se sentían.

Volvió a abrir los ojos y respirar, para recordar dónde estaba, y de nuevo los cerró cuando su mente rememoraba el momento en que recibió un mensaje de alguien a quien no conocía; cuando fue a abrir para ver si sabía de qué se trataba es cuando le recordaban que se había interesado por un concurso que había olvidado, y le animaban a presentar su relato.

Ya no era un señor desconocido, ahora era un señor atento, y por un momento pensó escribir aquella narración, pero sus muchas ocupaciones y su mente dispersa enseguida lo olvidó. Solo que allí estaba aquel mensaje que se lo recordaba, a lo que contestó con un cortés “muy amable, gracias, pero no, no lo he escrito”.

Y al rato el mensaje que respondía “ánimo, aún estás a tiempo”.

Y su mente volvía a fraguar esa imaginación que la llevaba de una palabra a otra, ¿a tiempo para qué? Volvió a la página de donde salía el enlace al certamen, las palabras clave: olivar, aceite de oliva, oleoturismo, y su mente que volvía a relatar.

Y ese intermitente cartelito también en un lado de su mente: ¿a tiempo para qué?

Y abrió su word para escribir no en una página en blanco, porque parece que sus dedos esperaban tenerla enfrente para volcar lo que su mente producía.

Al final del día, ya con el word guardado, se enfrentó a aquel mensaje y le adjuntó lo mismo que hacía un momento había lanzado en la inscripción de la web junto al formulario que se requería, con el comentario “¿llegué a tiempo?”.

Y se perdió en el mundo de los sueños, ya era tarde.

Cuando despertó, después de su matutino ritual, al encender los aparatos electrónicos, saltó otro mensaje, ahora ya no era un desconocido aquel nombre, ahora en su memoria estaba reciente. Y por aquella pantalla parecía que resonaba una risa escrita, jajajaja, ¡sí, a tiempo!

Ya de ahí no pararon, y empezaron a conocerse a través de sus conversaciones, donde se hablaba de literatura, pero también de una región que rezumaba aceite, su apasionada redacción sobre aquellos árboles que parecían sus amantes, olivares, le llamaban la atención, le hacían perderse nuevamente en la imaginación de sus pensamientos, cuando de niña, su padre, una noche, la había llevado alborozado, junto a su madre y sus hermanos, hasta un olivar, donde solo se veía esa primera línea que pisabas en aquellos terrones de tierra roja y seca. Allí en la noche cerrada les había hecho parar y esperar a que él llegase mechero en mano a encender la luz que indicaría el otro límite del terreno que había hecho suyo. Fue uno de los pocos recuerdos normales y felices de su niñez.

Y ahora un hombre, en medio de su vorágine de ciudad, le recordaba que había otro mundo, rural, de trabajo arduo y entregado, y al que se podía amar.

Ese hombre que, sin mediar mucho más, la invitaba a su casa, a conocer esos olivares, y sin saber cómo, ni por qué ella aceptaba con alegría sin esperar nada más, que disfrutar de unos días no retribuidos que había pedido en el trabajo sin pudor.

Recordaba cómo llegaba el tren a la estación donde le había dicho que la iría a buscar, y allí estaba, le reconocía a través de la ventana del vagón (se habían intercambiado fotografías), esa misma ventana que hacía mucho rato y continuamente le había ofrecido la postal de aquellos terrenos repletos de olivos con cuidadas copas, señal del trabajo de poda en la parte de abajo, árboles que le hablaban del hombre que la llamaba y ella iba sin pensarlo, ¿qué le había pasado?

Luego bajó del tren, una sonrisa, una mano extendida, un no esperarla y lanzarse al abrazo y un beso en la mejilla. Y hablar, hablar, silencios, y dejarse llevar. Y pasaron la noche, y llegaron nuevos días, que siguieron a atardeceres de belleza sublime, como el que ahora les mecía cuando rememoraba.

Cómo después de una cena frugal, con queso, frutos secos y el inevitable pan con aceite de oliva, donde se había resbalado una gota por la barbilla de ella, él aproximó su mano, y su dedo índice recogió esa oleosa gota para subirla hasta la comisura de sus labios y pintar con la yema de sus dedos en ellos, no se sabe qué fue, pero se agolparon oleadas de fuego en aquel gesto, o ¿era su mirada? El caso es que como en una ceremonia acabaron desnudos sobre una amplia toalla, encima de la sábana blanca de la cama. Y cuando llegó la luz azul de aquel astro que brillaba tanto como el aceite de sus cuerpos, les encontró todavía jugando a darse placer con las caricias de sus manos engrasadas, en aquel líquido verde, suntuoso, aquella sustancia oleaginosa de las aceitunas.

No se sabe el tiempo que pasó, ni cuándo se quedaron dormidos, juntos, hasta que por aquella ventana que vieron huir a la luna, como escapando de una escena que no les estaba permitida ver, sintieron llegar la luz del sol, a través de sus párpados aún cerrados, y de sus cuerpos unidos por sus manos y el aceite.

Todo era normal, y nada encontraban vergonzoso, él se levantó diciendo vengo enseguida, voy al baño. Y sin miedo ella volvió a cerrar los párpados tras su sonrisa de placidez. Cuando le oyó junto a ella, era para cogerla entre sus brazos y al verse en el aire, luchar para que la depositara en el suelo; le gustaba, pero temía hacerse daño, y ya en el suelo volvía a sonreír con la añoranza de por un momento haberse sentido en sus brazos, mecida en el aire. La cogió de la mano para llevársela junto a la bañera preparada con mucho gel (aún se puede oír la risa de ella cuando vio de qué estaba hecho ese jabón), se internó en el agua y tiró de su mano, que aún no había soltado, para que entrase ella también en aquella espuma. Entró y con cuidado se tumbó sobre su pecho, el olor fresco inundó todo de sensaciones de bienestar y su piel volvió a resbalar, como sus pensamientos.

 

Abrió los ojos, aún reclinada sobre su pecho, sintiendo sus manos abrazar las suyas sobre su vientre, frente a aquel atardecer de maravilla y aquellas interminables hileras del olivar desde donde agradecían juntos lo que tenían.

 

No. No ganó aquel certamen, pero su querido amante siempre le responde a ello con una pregunta: “¿y yo, estoy a tiempo?”. Un guiño pícaro a su historia, donde como todas tendrá un final, pero en el que no piensan.

Viven su día a día, unas veces en la vorágine de su ciudad, otras, en la mansa brisa que mueve las hojas de los olivares, en su calma rural.

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