Destino obligado

Destino obligado

[Antonio Fernández Álvarez]

Javier Montes contemplaba el olivar que fuera de su padre, era una vasta extensión de olivos de la variedad Picual y Hojiblanca que se encontraba a unos setenta kilómetros de la capital. Al igual que lo había sido su padre, él era el presidente de la cooperativa olivarera de su localidad.

Su progenitor la fundó en el año 1980. Al principio fue una locura que pasó por su cabeza y que puso en marcha junto con su tío Javier, hermano de su madre, y algunos agricultores que habían conseguido que creyeran en el proyecto de elaborar un aceite que reuniese las características de un producto que el consumidor estimara por su calidad y por su sabor. Buscaban también lograr un aceite que reuniera las cualidades para que se pudiera acoger a la denominación de origen de la zona.

A los dos años el proyecto de la cooperativa estuvo a punto de hacerles perder todo el patrimonio que poseían, ya que la cuantiosa inversión no conseguía pagarse y los exiguos beneficios obtenidos hicieron que los socios quisieran deshacer el proyecto. Les costó mucho esfuerzo de convencimiento, pero lograron seguir adelante aunque dos de ellos, que poseían importantes rentas, abandonaron, haciendo retrasar lo que más tarde fue el éxito que desde el minuto uno creyeron posible.

En el quinto aniversario de la constitución consiguieron que el aceite que producían fuese de la calidad exigida para entrar en la denominación de origen. Dos tipos de aceite que producían eran los que habían logrado tan alto grado para ser el mejor aceite.

El que había obtenido medalla de oro en diferentes certámenes era el producto por el que siempre habían apostado, era muy apreciado, y la cuidada imagen en su embotellado le hacía ser su producto estrella. Era un aceite de oliva virgen extra, noble por naturaleza, de aroma elegante y profundo. Afrutado, intenso en la boca, recordaba a la fruta en su plenitud. Conseguía unas sensaciones equilibradas de amargo y picante, algo innato de los campos andaluces.

Estaba concebido para paladares exigentes, recomendándose su uso en crudo rociado sobre pan, siendo el complemento perfecto para ensaladas y verduras salteadas. Era ideal también como acompañamiento para carnes y pescados preparados a la plancha o al horno.

La medalla de plata obtenida en diferentes certámenes era para un aceite de oliva de frutado medio alto, con similitud en cuanto a intensidad en matices verdes y maduros, aunque destacaba por su suavidad, con una entrada dulce muy agradable a la que siguen un ligero amargo y picante. Las sensaciones frutales recuerdan a frutas como las manzanas.

Sin duda éste era ideal para cocinas exigentes. Al ser de un alto rendimiento, no dejaba sabores ni olores en las frituras, aportando un toque especial a los alimentos cocinados, como guisos de legumbres, arroces y carnes.

Él había sido un estudiante no muy constante, pero su padre se había empeñado en que se licenciase en Derecho; quizás era un sueño que éste no había podido realizar y que ponía como meta a su hijo que, si bien aceptó, no estaba muy de acuerdo en el futuro que su padre le había marcado, porque él sería quien se hiciese cargo de todo el negocio. Pero había claudicado, y hoy estaba allí no solamente al pie del cañón como se dice sino que él supervisaba no solo las labores en el campo, todo lo tenía milimétricamente medido para obtener las mejores olivas para mantener la calidad que exigía a su aceite.

Asímismo procuraba que la calidad y la excelencia de sus productos destacasen por su aroma, su sabor y por la tradición en su elaboración; cada año era un placer ser galardonado con el reconocimiento de obtener los mejores aceites del mercado.

Cuando era solo un adolescente no le agradaba para nada la idea, a esa edad no pasaban por su cabeza esos planes. Soñaba con ser ciclista y era muy bueno, había conseguido bastantes premios desde que comenzara siendo un crío a participar en carreras. Pronto tendría encima de la mesa un contrato que lo llevaría a ser ciclista amateur, y cuando pasó a profesional lo hizo fichando por un equipo de primera línea con el cual participaría en las tres de grandes vueltas del ciclismo europeo, el Tour, el Giro y la Vuelta Ciclista a España.

De aquellos años guardaba buenos recuerdos, el reconocimiento de haber sido uno de los grandes. Ganador de varias etapas de las tres grandes vueltas, su gran pena fue tener que abandonar su carrera profesional porque una caída, cuando llevaba el jersey amarillo del Tour de Francia durante más de dos semanas, no solo rompió su sueño de haberlo ganado, ya que todos le señalaban como el vencedor de ese año, sino que se rompió para siempre su carrera deportiva pues las lesiones fueron de tal gravedad que le impedirían montar más en bicicleta.

Tuvo suerte, creyeron que se había matado al caer por un barranco cuando bajaba el puerto del Galibier a más de noventa kilómetros por hora. Había dado un hachazo al Tour, sacaba más de diez minutos al segundo y catorce al tercero, tan solo faltaba una semana para acabar. Aquí acabó su sueño.

Ahora atendía a las visitas que acudían al complejo hotelero que había montado próximo a las instalaciones de la fábrica de aceite. Había organizado una serie de actividades relacionadas con el aceite de oliva, era una alternativa al turismo tradicional en la que las actividades consistían en visitas, alojamientos, restauración, compras, rutas, senderismo, relax y, en definitiva, difusión de información y cultura en torno al aceite de oliva.

Cuando expuso el proyecto a su padre, este no quería ni oír hablar de ello, el palabro que utilizó para definirlo no le gustaba: “Oleoturismo”.

–Hijo, no impediré que lleves a efecto tu proyecto, sé que ya me estoy quedando anticuado. Sin duda por el brillo que veo en tus ojos es como cuando yo me empeñé en montar la cooperativa. Contarás con mi apoyo e invertiré sin poner en peligro el patrimonio que poseemos, ya estuve a punto de perderlo cuando comencé mi aventura empresarial y no estoy en edad de volver a empezar.

–Papá, solo te pido el cortijo, que adaptaremos como hotel rural. No serán más de doscientos cincuenta mil euros la inversión en las reformas exigidas para su habilitación como hotel, y a esto puedo hacer frente yo solo.

–Siendo así, adelante, pero necesito que comprendas que no me puedes pedir más ayuda para ese proyecto. ¿Cómo has dicho que se llama?

–Oleoturismo.

–Más te vale que funcione, pero no quiero distracciones ni para la finca ni para la fábrica, ya hemos hablado de esto en varias ocasiones. Cierto es que no me has defraudado, espero no tener que arrepentirme. Recuerdo cuando te enrolaste en el equipo de ciclismo, abandonaste la carrera, me prometiste que la acabarías y la verdad nunca creía que así fuera, pero me demostraste ser un hombre de palabra. Cuando, tras tu accidente, te viste obligado a iniciar una nueva etapa en tu vida y me dijiste que estabas dispuesto a asumir tu responsabilidad en el negocio familiar, fue una grata sorpresa ver que en el fondo estabas hecho para llevar este negocio. Y ahora aquí estás con una nueva idea que, según tú, engrandecerá no solo la cuenta corriente sino la visión de un mundo que se abrirá al conocimiento de todos los que amen la tierra, su fruto y los productos que elaboramos. Aunque yo ya por mi chochez no lo vea claro, te animo a que luches por tu sueño. ¡Suerte, hijo!

Recordaba esta conversación con su padre, lamentablemente no había podido ver terminado el proyecto. Una mañana se desplomó sobre la mesa cuando desayunaba, un infarto acabó con su vida. Sabía que se sentiría orgulloso de él, y así día tras día trabajaba con ahínco y se sentía satisfecho de sus logros.

 

Celebraba el aniversario de la puesta en marcha del proyecto de Oleoturismo. Había acudido a recibir a un grupo de visitantes que llegaban para pasar el fin de semana. Una de las chicas que visitaban las instalaciones, le llamó la atención:

–¿No es usted el ciclista que dieron por muerto tras una caída en el Tour?

–Sí, quién es usted, ¿periodista quizás?

–No, soy hermana del ganador del Tour de ese año, siempre dijo que fue una casualidad que él ganara. De no haber sido por su caída, él no habría tenido ese privilegio. Sabe, mi hermano quería haber venido, pero hace una semana un accidente lo ha llevado al hospital, nada grave. Ya sabe, ustedes los ciclistas son como los toreros, están hechos de otra pasta, el mes próximo estará ya compitiendo.

–No crea, al final no somos irrompibles. Fíjese, si no fuese por las siete pastillas diarias que me veo obligado a tomar y este bastón no podría mantenerme en pie sin que me derrumbase como una madeja, retorciéndome por el dolor.

El resto del grupo acompañaba a un joven que les informaba de todas las actividades a realizar durante la estancia. La chica parecía más a gusto con él y no estaba por la labor de irse junto al grupo; por otro lado, a él parecía agradarle la compañía.

–Si quiere yo personalmente le mostraré las instalaciones. Después la invito a comer, veo que ha venido sola.

–Sí, como ya le he dicho iba a acompañarme mi hermano, así que no iba a venir, pero él me animó a que lo hiciera, al encontrarse fuera de peligro. Además, tengo algo para usted que me ha dado.

–¿Está segura de que no será más divertido estar con el grupo? El joven guía tiene un montón de anécdotas que ha recopilado y que resultan divertidas a todos los visitantes. Hay una en especial que no me gusta que la cuente, pero parece regocijarse, y cuanto más le regaño para que no lo haga más la cuenta.

–¿Y por qué no me la cuenta usted?

–Lo haré si a partir de ahora me tutea.

–Está bien, te tutearé.

–Quizás deberíamos presentarnos primero. Supongo que al conocerme sabes que me llamo Javier. Y tú, ¿cómo te llamas?

–Elvira.

–Bonito nombre, tan bonito como tú. Perdona, pero no podía pasar un segundo más sin decírtelo.

–¿Pretendes ligar conmigo?

–Ya quisiera yo, espero que no seas un hueso duro de roer. Yo, si te parece, te doy todas las facilidades del mundo.

Ella sonrió al mismo tiempo que le preguntaba sobre esa anécdota me la tenía intrigada.

–Es de cuando yo era adolescente, ya corría en bicicleta y como ganaba relativamente fácil algunas carreras me fue entrando el gusanillo de ser ciclista. Necesitaba entrenar mucho, pero mi padre en la recogida de aceitunas me llevaba al campo cuando no tenía clase, los fines de semana, justo cuando yo podría entrenar, por lo que no me quedaba tiempo. Así que cuando mi padre se marchaba del olivar para la fábrica de aceites yo aprovechaba mi oportunidad y me iba a casa por la bici y salía a correr. Hasta aquí, te lo relato tal como ocurrían los hechos, pero ese joven que va con el grupo es mi primo, hijo del hermano de mi padre y su socio desde los comienzos. Él dice que se lo ha contado su padre y que éste me lo oía decir a mí, pero la verdad es que no sabría decirte si es verdad o mentira. ¡Hace tanto tiempo! Lo cierto es que cuenta que me ponía de rodillas frente al olivo del que estábamos cogiendo aceitunas y le decía a éste: “Ni tú ‘pa’ mí ni yo ‘pa’ ti”. Y cogía la bicicleta y me iba a la capital, que está a unos setenta kilómetros, tomaba café y volvía antes de que mi padre siquiera notase mi ausencia.

La sonrisa que provocó en la joven le hizo sentirse seguro de sí mismo. Se aproximó a ella, durante unos segundos se miraron fijamente a los ojos e instintivamente se besaron.

–Lo siento –dijo él.

–Yo no lo siento –dijo ella–. La verdad es que me gustas y la visita ha sido una excusa para conocerte. ¿Sigue en pie la comida?

–Claro que sí –la cogió por la cintura y fueron hacia el restaurante.

Degustaron unos aperitivos mientras servían el menú que habían pedido, que regaron con un excelente vino de la tierra, que encantó a Elvira, pero lo que sin duda más le sorprendió es cuando probó un helado de aceite de oliva que no estaba en el menú y que él quiso que degustara.

Cuando acabaron de almorzar se unieron al grupo, que iba hacia un salón de hotel donde disfrutarían con la actuación en directo de un humorista de gran prestigio nacional, así como la actuación de un conjunto de música.

Pasaron una tarde agradable. Cuando acabaron las actuaciones y solo ponían música para bailar, salieron del salón para pasear por los alrededores del hotel.

–¿Qué es lo que te ha dado tu hermano para mí? –le preguntó.

–Es el maillot amarillo que le impusieron cuando ganó el Tour, y una invitación para la inauguración de su escuela de ciclismo, que inaugurará el mes próximo. Él siempre ha hablado maravillas de ti.

–¡Vaya, es muy halagador! Cuando acabó el Tour vino a verme al hospital, yo estaba tan enfadado por mi caída que le menosprecié, al igual que a mis compañeros, y pagué mi frustración negándome a saber nada del mundo del ciclismo, incluso rechacé los homenajes que quisieron hacerme. Va siendo hora de que me reconcilie con esta etapa de mi pasado y cierre las heridas que sufrí al frustrar mi carrera por aquella infausta caída. Me encerré en este mundo, y ni tan siquiera me he permitido un solo día de vacaciones desde que me aferré a él como escape porque todos mis sueños se vieron abajo. Podría haber trabajado en un despacho de abogados, pero en el fondo no quería contravenir a mi padre, él siempre deseó que yo me hiciese cargo de todo esto. No es que esté arrepentido, la verdad es que la vida del campo, el hotel rural y los éxitos conseguidos en la elaboración de nuestros aceites me han colmado de una felicidad que ha suplido la frustración que supuso abandonar mi carrera deportiva. Pero ahora debo de vivir un poco. Aceptaré encantado el regalo de tu hermano, dame su teléfono que le llame, le debo una disculpa. Dejaré todo preparado para asistir a la inauguración de su escuela de ciclismo. Eso sí, con una condición, que tú seas mi acompañante si no tienes nada mejor que hacer.

–Lo haré encantada.

La cogió por la cintura y ella se dejó llevar, y sus labios no dejaron escapar sus besos. Ninguno de los hizo nada por separarse. Ella había ido allí enamorada del hombre que ahora tenía la oportunidad de conocer en persona, y él se sintió atraído por aquella chica que a partir de ahora daría un nuevo impulso a su vida y colmaría la melancolía de una soledad que hasta entonces solo llenaba con trabajo.

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