Javier, la esofagitis y el aceite de oliva (más una carta de agradecimiento)

Javier, la esofagitis y el aceite de oliva (más una carta de agradecimiento)

[Javier Barraca Mairal]

Puedes creerme: no soy simplemente un relato con el que se concursa en un certamen inspirado en el hermoso olivo. No, no lo soy. O, al menos, no soy fundamentalmente solo eso.

Las sentidas palabras con las que me han trenzado tratan de algo más: incluyen el testimonio de gratitud de toda una familia hacia ese maravilloso árbol, a su precioso fruto y a la fecunda cultura que ha brotado de ellos.

Pero, para comprenderlo, tienes que leerme. Así que adéntrate en mí durante unos minutos. Te deseo una amena y fecunda lectura, como amena y fecunda es la hermosa cultura del olivo.

 

-I-

 

  1. En este año concreto, vino al mundo nuestro Javier, mi protagonista. Nació con el cordón umbilical enroscado peligrosamente en torno a su cuello, acaso como un siniestro presagio de su futuro. El cuello, esa parte de su anatomía, iba a tener que ver, lamentablemente, de una forma estrecha con su porvenir. Pero no adelantemos acontecimientos. El bebé gozaba, en aquel momento, de buena salud, a pesar de este primer susto.

 

Era un niño rollizo, hambriento, silencioso. El primogénito de dos padres ya mayores. El centro de la dicha de una familia que le veía crecer, esperanzada y alegre.

 

-II-

 

2006, enero. Maite, su madre, adquiere en la farmacia un producto lácteo, de una compañía célebre, con el que quiere introducir el gluten en la nutrición de Javier. Empiezan a administrárselo con ilusión. El niño parece consumirlo de forma adecuada.

2006, febrero. La vida de la familia toma un derrotero inesperado e inquietante. Javier no es el mismo. Deja de engordar. Comienza a presentar un cuadro de mala absorción. Sus defensas descienden. Empieza a experimentar frecuentes infecciones de muy diverso tipo. Va mucho al médico. Sigue siendo un niño callado y sufrido, pero ha comenzado a adelgazar. Tiene otro aspecto.

Maite, su mamá, deja de comprar aquellas dosis de esos productos lácteos infantiles. Ha logrado establecer que pueden no sentarle bien.

 

-III-

  1. Javier está siempre en el médico. Pero nadie sabe bien qué le sucede. Todos le vigilan con preocupación.

Cambio de pediatra. Sí, demasiado delgado, demasiado bajo de defensas, demasiada debilidad. Pero por qué… Le hacen más y más pruebas. ¿Gluten? No, no es celíaco. ¿Otras causas? Pinchazos, análisis… Pero nada.

  1. Su nuevo pediatra tira la toalla. Las causas se le escapan. Al menos, este proceso no es letal, dice, por ahora. Seguimiento, y a esperar…

Otro cambio de pediatra. Nuevas pruebas. Nuevo calvario para él. Derivan el caso al inmunólogo. Por alguna razón, en efecto, sus defensas no funcionan como deberían. Extracciones periódicas de sangre. Búsqueda de todo tipo de alergias. Fracaso tras fracaso.

  1. No sale nada. Acuden a nutricionistas privados. No saben. La vulnerabilidad de Javier lo hace frágil. Maite comienza a sentirse cansada. El padre, Javier, por su parte, no sabe qué puede hacer.

Nuevo cambio de pediatra. Parece renovarse la búsqueda. Maite recobra sus esperanzas. Lo internan un fin de semana entero para más pruebas. Y: ¡eureka! Advierten al fin algo concreto (esto siempre te lo agradecerá esa familia, querida Chus del hospital Nissan Aravaca). Al menos, han detectado algo orgánico y objetivo: padece “esofagitis”. Tras años, han dado con parte del problema de su afección. Pero qué hacer… De momento, estar atentos a la evolución y probar con quitas e introducciones de alimentos, etc.

2009-2013. La existencia de Javier es la de un niño enfermizo. Su dolencia no cede. Cada cierto tiempo, nuevas pruebas. Anestesias. Endoscopias de control. Hospitales. Dolores de huesos. Atragantamientos… Miedo. Sobre todo, mucho miedo. Miedo en el niño al tragar; a veces, dificultades en su respiración. Y mucho miedo en sus padres. Moco permanente, sinusitis crónica. No come con apetito. Siente temor a atragantarse severamente. Angustia familiar. Episodios de dolencias varias, como uno de tics, que si no están vinculados al menos se ven agravados por su estado y por lo débil de sus defensas.

 

-IV-

Desde el comienzo de sus problemas de salud, en varias ocasiones, su padre ha tenido urgentemente que ayudarle. Ha debido darle un golpecito brusco en la espalda, que le ayudara a expulsar lo que le impedía respirar, o articular algún otro método o recurso. No es extraño que sienta temor al comer. Se lo repiten: masticar muy muy despacito, tragar pedacitos pequeños, líquido que te ayude, ponerte de pie… Pero, lógicamente, se siente inseguro. Maite, su papá y toda la familia sufren intensamente por él.

 

-V-

“Javier y el aceite de oliva se hacen amigos”.

A los 9 años, más o menos, el niño hace un descubrimiento personal: el aceite de oliva virgen es su amigo. Estaban los tres en un restaurante y, al lado de cada cual, esperaban aquellas botellitas con aceite de degustación. Como tardaban en atenderles, los padres empezaron a probar el aceite, untando con él el pan. Javier hijo, observaba. Maite vio surgir algo luminoso en la mirada del niño; era curiosidad y deseo hacia un alimento, después de tanto rechazo a todo lo relacionado con la comida: “¿Quieres probarlo tú también…? Sí, mamá. Y el aceite de oliva virgen extra empapó la delicada garganta de Javier, por dentro, operó desde su quebradizo interior, cual un balsámico y sabroso ungüento.

Desde aquel mágico instante, el aceite y Javier se hicieron amigos, muy amigos, para siempre. Javierito desmigaba el pan hacendoso y untaba sin cesar. Sentía que no debía tener miedo de atragantarse, dada la suavidad natural de ambos elementos, que además se incrementaba al ser combinados. Al llegar el camarero, le dijeron todos, riéndose: “Traiga sólo más aceite, por favor. No hace falta nada más”.

 

VI

Aquel momento maravilloso fue “el inicio de una gran amistad” entre el niño y el aceite de oliva. Pero lo mejor no estuvo en que, desde aquel día, Javier descubriera un nuevo alimento que añadir a su exigua y reducidísima lista, sino en cómo disfrutó a partir de allí al ingerirlo. Había recobrado ese delicioso gozo de comer que sólo quien lo ha perdido alguna vez comprende en todo su imprescindible valor.

Luego, alguien habló a la familia más científicamente de los posibles efectos positivos para los problemas de Javier del aceite de oliva. Este podría ayudarle en muchos sentidos. Sin embargo, el portento ya se había obrado. Pues una persona como él, que se negaba sistemáticamente a probar nuevos alimentos, había descubierto por sí mismo y con placer la maravilla de este extraordinario producto. Que no quisiera probar alimentos diferentes, dadas sus circunstancias, resultaba natural. Le asustaban, como es lógico. Pero, aquella vez, el encuentro se había desarrollado sin llantos, sin protestas y sin enfados, por parte de unos u otros. Sucedió, sencillamente, del modo más natural y mejor.

 

-VII-

Maite siente cierto alivio. Desde su amistad con el aceite de oliva, el niño ha vuelto a sonreír al comer. Disfruta, aparte de que este coopere a su salud. El aceite de oliva, lisa y llanamente, le encanta. Paso a paso, lo incorpora cada vez más a su dieta. Esto no sólo por el propio aceite en sí mismo, sino que lo combina a menudo con los restantes alimentos. Suaviza el tacto de todos los demás nutrientes, y esto le anima a consumirlos sin temor, pues los ablanda. El aceite de oliva acompaña su ingesta de pastas, carnes, pescados, vegetales, legumbres, etc., etc. Y lo más importante, lo verdaderamente importante: Javier no sólo mejora gracias a todo esto, sino que es una persona mucho más feliz.

 

 

 

-CARTA DE UNA FAMILIA AL ACEITE DE OLIVA Y SUS COMPAÑEROS-

Madrid, 7-2-2018

Querido aceite de oliva:

Esta familia quiere darte las gracias. Por eso, te hemos escrito esta carta. Pero, en primer lugar, deseamos aclarar que no es una carta exclusivamente para ti, sino que queremos dirigirla también, querido aceite, a la oliva, a su árbol, al olivar entero e incluso, aún más: a todas las personas que tienen que ver con ellos, a tantos seres humanos que colaboran con la que hoy llaman la cultura del olivo.

Pero vamos al grano. Para nuestra carta, hemos confeccionado una lista que aquí consignamos. Es esta:

Gracias por saber tan rico.

Gracias por oler tan bien.

Gracias por tu textura, tan suave y delicada (especialmente, para el tragar de Javier hijo).

Gracias por ser tan saludable.

Gracias por tu color y sus tonalidades, que nos recuerdan a las verdes olivas, a los bellos olivos y a los olivares.

Gracias por nutrirnos y alimentarnos.

Gracias por acercarnos a la naturaleza.

Gracias por bendecirnos con el empleo y la labor.

Gracias por contribuir a la prosperidad y economía de nuestra tierra.

Gracias por llevar el nombre de nuestra España allende de sus fronteras.

Gracias, gracias, gracias.

Firmado: Javier hijo, Maite y Javier padre.

 

 

-PALABRAS FINALES-

Javier lleva, en fin, si no enfermo, seguro que muy delicado, casi desde su nacimiento. A causa de una esofagitis crónica, su faringe se cierra progresivamente, impidiendo un adecuado tránsito o paso a su través. Tiene, junto a ello, un problema de asimilación nutricional, anejo a los problemas de sus sistemas de defensa e intestinal. Gracias a nuestra amiga Belén está en un programa con César, un gran experto en sistema digestivo y nutrición infantil que supervisa con esmero su evolución. Algunos investigadores han descubierto que su flora bacteriana intestinal presenta diferentes problemas que repercuten en su sistema de defensas y asimilación, y que existe una amenaza de reflujo y acidez. De momento, claro, no ha sanado de su complejo problema. Ahora bien, el aceite de oliva de calidad le ayuda, sin lugar a dudas, y le alegra. Ha facilitado, en suma, su vida.

No, aquí no vamos a hablar de milagros ni de curas maravillosas. No lo pretendemos. No es que el aceite de oliva virgen extra le haya salvado la vida ni le haya curado. No. Pero al aceite que le gusta tanto debemos, hoy, la dicha inmensa de verle alimentarse con fruición, con verdadero deseo. Sus tostadas –impregnadas siempre de ese aceite de oliva virgen extra y hasta, si puede ser, como lo llama él, “del de marca” (¡el de Jaén!)…– nos han devuelto la alegría de volver a verle disfrutar alimentándose. Y esto, mientras experimenta el saludable efecto en su organismo de ese bálsamo al que deberemos siempre eterna gratitud.

Pues bien, este es, y no otro, nuestro accidentado aunque agradecido relato.

 

(Firmado: la familia de Javier).

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