El olivo y el fénix

El olivo y el fénix

[Carbonato]

Primavera de 1936. La guerra amenaza la vida en el olivar. Llegada esta, los hombres son alistados y los niños que solo unos meses antes temblaban con la llegada del día de San Juan y la leyenda de la tía Tragantía, tienen que madurar y realizar junto a sus madres y ancianos los trabajos del campo. La vida pasa, unas veces lenta y otras rápida, con penas y con alegrías, pero el olivar permanece.

 

La primavera no traía buenas noticias para nadie y menos para los operarios del cortijo Las Azadillas. Los hombres procuraban no hablar delante de las mujeres ni de los niños, pero en el campo, después del arado, cuando se sentaban a la sombra de los olivos para almorzar, el tema surgía como las malas hierbas contra las que habían luchado las semanas anteriores.

Las elecciones pasadas habían sido todo un éxito democrático en cuanto a participación, el voto obrero, desoyendo las consignas abstencionistas de los anarquistas, se implicó en el futuro y copó las urnas. Sin embargo, nada de aquello sirvió para desactivar las tensiones. El gobierno destituía a militares o los destinaba lejos de Madrid, mientras los sindicatos se armaban y sacaban a los obreros a la calle.

Los aceituneros del Azadillas no eran ajenos a todo aquello. Los viejos intentaban tranquilizarlos contándoles historias milenarias que concluían en el mismo resultado; ninguna guerra había acabado con los olivos cuyo origen era más antiguo que el de los propios hombres. Eso será así, decían los más jóvenes, pero las guerras acaban con las familias. Ese era su temor, sus familias. Personas sencillas que recogían sus cosechas en invierno, podaban y limpiaban los campos a principios de la primavera de hierbas malas, los fertilizaban y regaban después, para que la producción ser repitiera al invierno siguiente.

Otro problema que les quitaba el sueño aquella aciaga primavera era el de la reforma agraria, el cortijo Las Azadillas era suyo desde hacía más de veinte años. Sus dueños originales emigraron a las américas y la última hija de los Salcedo se lo dio en herencia a las doce familias que lo habitaban al morir ella sin descendencia.

Aquel junio, cuando el calor ya empezaba a impedir el sueño, los mayores se reunían en los patios después de cenar y hablaban de lo que se avecinaba. Los niños correteaban por todos sitios ajenos al temor de sus mayores hasta que llegaba la hora de dormir. Era entonces cuando el miedo se apoderaba de ellos.

En Jaén, y especialmente en los alrededores de Sierra Mágina, todos temían a la tía Tragantía, la hija del Rey Baltasar, el último rey moro de la comarca, que al marchar a la guerra dejó a su hija confinada en una torre del castillo. Su secreto fue tan férreo que nadie supo nunca que la princesa estaba allí refugiada. El rey moro perdió la guerra y la vida y nadie más volvió por aquellos pagos. Con su muerte también feneció el secreto del enclaustramiento de la princesa mora a la que no le quedó más remedio que resignarse a morir.

Sin embargo, la necesidad la enseñó a sobrevivir alimentándose de roedores y de la cal y la sal del sudor de los muros de su celda, que aliñaba con sus propias lágrimas. Fue así como, poco a poco, su cuerpo sufrió una tétrica metamorfosis: sus ojos, negros aceituna, se convirtieron en verde esmeralda, en su piel inmaculada fueron creciendo escamas y su lengua se estiró y bifurcó hasta convertirse en una serpiente.

Contaba la leyenda que mientras era un reptil pasaba desapercibida entre las fieras del campo, haciendo lo que hacen las culebras, dormir en invierno, despertar en primavera, cazar y tomar el sol, pero al llegar junio, aniversario de su condena, cuando los otros ofidios cambiaban la piel para crecer, su espíritu abandonaba el cuerpo de la serpiente y volvía a ser una bella mujer. Era entonces cuando se volvía peligrosa ya que saciaba su hambre con vidas humanas, especialmente con las de los niños a los que devoraba de un solo bocado.

Llegando la noche de San Juan el miedo se acrecentaba en la comarca, especialmente en las primeras noches de verano, cuando el viento cálido mecía las ramas de los olivos silbando entre ellos. Decía la leyenda que no era el viento, sino ella, la mujer serpiente, caminando sigilosa entre los retorcidos troncos, entonando su eterna canción:

“Soy la tía Tragantía, hija del rey Baltasar, y quien me oiga cantar, no verá la luz del día ni la noche de San Juan”

Cerca del cortijo se erguían los muros de las ruinas del viejo castillo moro abandonado, que la chiquillería asociaba con la leyenda, así que por allí nadie iba nunca y menos los niños. Durante las noches de verano, en que los hombres y mujeres del cortijo compartían las primeras horas de la noche hasta que refrescaba y apetecía dormir, algunos contaban haber visto a la serpiente; había quién decía que era tan gruesa que podía comerse un pollino y hasta una mula.

De sobresalto en sobresalto llegó julio y a mediados de este la peor de las premoniciones bíblicas se hizo realidad. El general Franco había armado un ejército en África y a su frente había cruzado el estrecho. El viento ya no traía el eco de la canción de la princesa mora, sino el de los cañones.

El otoño llegó como un suspiro y con él el letargo de los reptiles, incluida la hija del rey Baltasar. Quién corría ahora por los surcos entre los olivos era el caballo bermejo del apocalipsis, aquel que iba montado por un jinete con espadón y permiso para quitar la paz y el entendimiento entre los hombres y permitía que se degollaran unos a otros.

Entre los cuidados perentorios del olivar aquel otoño de 1936 estaba el de preparar los campos para recoger la aceituna, una faena dura cuya responsabilidad recaía sobre los hombres, pero la guerra se los había llevado y su lugar hubo de ser ocupado por los ancianos y los niños.

Lo primero que había que hacer era fumigar los campos para que la mosca del olivo no acabara con la producción, trabajo que había que tener hecho a primeros de noviembre pero que no se culminó hasta mediados de este. Lo siguiente era quitar las malas hierbas.

Si bien el cuidado del olivar era perentorio, una obligación que las familias venían acometiendo desde la noche de los tiempos, tampoco se podían olvidar otras actividades que proporcionaban alimentos tan básicos para la alacena como la harina, los garbanzos, las lentejas, las patatas o las hortalizas. También se criaban cerdos, gallinas y corderos que después daban leche, huevos y carne.

Contra todo pronóstico la naturaleza estaba por ayudar y la cosecha de aceituna de aquel invierno se presentaba abundante, pero llegaba diciembre y los campos estaban comidos de Cebadillas, Bromo, Alpistillo, Bledo, Moco de pavo, Cenizo, Amapolas, Acedera y Romaza, hierbas que además de impedir que los mantones de recolección corrieran por los suelos, de un olivo a otro, robaban el agua y los nutrientes tan escasos y que tanto trabajo les había costado esparcir.

La producción oleícola se ralentizó inevitablemente más de lo habitual. Aunque la mayoría de los olivos eran pequeños y con varios pies, como tradicionalmente eran en Jaén, en la parte más alta de la finca los había grandes, muchos de ellos centenarios y con un solo pie o tronco muy grueso y alto que hacía que la faena de la recogida de las aceitunas fuera más difícil ya que había que utilizar escaleras y subirse a las ramas resistentes, lo cual hacía el trabajo más penoso y más lento.

El trabajo se realizó despacio, pero ni un solo minuto las mulas pararon de acarrear carros y carros de grandes y alargadas aceitunas picual, de afilada cornicabra, de pequeñas y redonditas arbequinas, de gordas manzanilla, de Farga, blanqueta o sevillanas. No todas iban a las almazaras, en el cortijo se quedaban con las primeras picual para aliñarlas. Las mujeres echaban en un cubo lleno de agua unos 5 kilos de aceituna y les añadían unos 200 gramos de sosa cáustica, las mantenían así toda la noche para curarlas y quitarles el amargor, después las lavaban para que perdieran el sabor a sosa y las dejaban en agua un día entero. El paso siguiente era verterlas en una orza de barro con salmuera, cortezas de limón y naranja, tomillo y al menos tres cabezas de ajos enteros, hinojo y laurel. Pasados unos días se probaba la sal y si era necesario se rectificaban o quedaban listas para servir.

También se preparaban unas aceitunas negras que primero partían de un golpe seco con una piedra y después se dejaban secar al sol con un poco de sal que se espolvoreaba por encima. Unos días después, con solo añadirles un poco de ajo partido aceite y una pizca de sal, ya se podían comer.

Había quien las ponía a remojo en agua que cambiaban todos los días durante una semana, después las dejaban macerarse durante dos semanas en un tarro bien cerrado con salmuera y especias hasta que se convertían en un manjar.

Al llegar la primavera las almazaras estuvieron repletas de aceite, y las balsas de pechina. Algunos molineros dejaban que esta se filtrara a los suelos, en algunos cortijos se utilizaba para el fuego de los candiles y faroles y después con las cenizas se nutrían los campos.

Al final de aquella primavera, los que ahora almorzaban bajo las ramas de los olivos centenarios no eran los hombres sino los niños que ya no temían a los monstruos de leyenda, sino a ser reclutados para la guerra. Si llegaba el caso ¿qué iba a ser del olivar?

Las tareas del campo se sucedieron dos temporadas más, en el olivar jienense se sabía que la capital había sido bombardeada y que muchas personas habían perdido la vida, ellos no tenían tiempo para llorar. El olivar había que cuidarlo, no en vano estaba allí mucho antes que ellos.

Al principio de la primavera de 1939 acabó la guerra. Todos los hombres no volvieron, pero el olivar, su cultura y su economía se habían salvado. Aquel verano los niños volvieron a hablar de la Tragantía y los padres a contar historias de la guerra al amor de las hogueras de San Juan.

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