Inyección letal

Inyección letal

[Ana María Cuesta Orozco]

Una vez más, la tentativa había fracasado. Llegados a este punto, parecía claro que los microdrones de menos de un centímetro de tamaño nunca jamás serían capaces de atravesar la barrera de miles de sensores que protegía el recinto de los olivares. Pero el Dr. Vinífero no era de la clase de personas que se venían abajo ante los obstáculos, y menos cuando tenía ante sí un objetivo en el que creía con una fe absoluta: había invertido demasiado tiempo y recursos en desarrollarlo.

La noche que tenía por delante en el interior de la cueva de aislamiento prometía ser larga. Anotó los resultados de la última prueba con sumo cuidado en el programa generador de algoritmos y pasó a reflexionar sobre la siguiente fase de su plan.

Ya habían pasado 3 años desde el inicio de la gran infección y, a estas alturas, todo parecía estar bajo control, siempre y cuando la producción de aceitunas se mantuviera estable. El virus TX-23 era tan mortífero que había arrasado con un escalofriante 11% de la población mundial durante el primer año que transcurrió tras su estallido. Afortunadamente, el gran equipo médico-científico que se entregó a la causa consiguió encontrar un remedio efectivo algunos meses después (la amenaza era tan grave que, por una vez, los especialistas pudieron disponer de recursos financieros en abundancia). Se trataba de una vacuna de última generación que, además de contener un nuevo prototipo de bacilo diseñado a partir de células madre, incluía un complejo de antioxidantes muy potente para reforzar el sistema inmunitario de los afectados. Dentro de la amalgama de sustancias protectoras, había una que destacaba por su eficacia para frenar el desarrollo de esta enfermedad en particular: el escualeno, un compuesto orgánico que se obtiene de la síntesis de las olivas y su aceite.

 

A partir de ese momento, casi todas las unidades del preciado árbol pasaron a disposición de las autoridades, que procedieron a instalarlos en recintos especiales en los que recibían la máxima protección con el objetivo de que no sufrieran daños y, al mismo tiempo, evitar el acceso de personas con intenciones dudosas.

Ciertamente, como el Dr. Vinífero había podido comprobar, las medidas de protección eran muy eficientes, pero la ciencia es una materia en continua evolución y, para desgracia de la humanidad, él era muy bueno en su campo.

Así pues, un día después de la última prueba con los microdrones, ya había esbozado el esquema de la máquina que podría proporcionarle la victoria definitiva, si sus cálculos no fallaban una vez más. No habían pasado ni dos semanas desde este momento cuando el equipo de ingenieros, con el apoyo de un soporte informático de IA capaz de generar más de 35.000 casos prácticos por segundo, logró concluir el diseño final de la nueva máquina; un robot tan innovador y particular, que a buen seguro nadie habría podido imaginar algo semejante.

A continuación, empezaron las labores de fabricación; un proceso quizás más complejo de lo que cabría suponer. El robot subterráneo tenía que cumplir con dos requisitos muy difíciles de aunar, pues se trataba de unas necesidades un tanto contradictorias: por una parte, su estructura debía ser pequeña y sus movimientos ligeros, para que produjese la cantidad mínima de ondas al excavar el terreno. Sabían que la presencia de sensores bajo tierra era baja y menos efectiva, pero aun así había que minimizar los riesgos. Luego, por otra parte, debía contar con la potencia suficiente como para abrirse paso en el terreno.

También tenían que tener en cuenta otros aspectos adicionales que podían poner en peligro el plan. La ruta que el robot iba a atravesar tenía que ser lo más limpia y blanda posible o, de lo contrario, podría colisionar y acabar siendo destruido, así que tenían que trazarla con mucho cuidado. Los técnicos carecían de la posibilidad de explorar la tierra o analizarla in situ, algo que complicaba enormemente la tarea. Por ese motivo, tuvieron que crear un sistema para estudiar el camino bastante sofisticado, pero caro, e inevitablemente lento. Dicho sistema involucraba la introducción de finos cilindros bajo la superficie con una tecnología lo suficientemente avanzada como tomar muestras y reportar datos sobre todo lo que se iban encontrando. En resumen, un gran trabajo que seguramente consumiría mucho tiempo y recursos, pero imprescindible, por lo que su cuestionamiento estaba fuera de lugar.

Sin embargo, ningún obstáculo era tan grande como para apartar al Dr. Vinífero de sus planes; era tan paciente como metódico, y creía firmemente en la justicia de su meta, que consideraba imprescindible para erradicar los problemas del mundo: aniquilar a la raza humana tal y como la conocíamos para sustituirla por una nueva especie genéticamente diseñada, que fuera capaz de vivir en base a grandes valores universales como la paz, el amor y la solidaridad. Ya no habría  más guerras, explotación, ni destrucción del medio ambiente. Por supuesto, él sería el líder universal de las nuevas criaturas que crearía.

La llegada del temible virus TX-23 había sido como una iluminación en su vida. Desde que se descubrió, había quedado maravillado por su inmenso potencial para acabar con la vida. Él mismo, como científico, había tenido la oportunidad de analizarlo bien. Ahora solo necesitaba eliminar los olivos para frenar en seco la producción de medicinas a nivel mundial. Después, ya iría improvisando. La mejor manera de hacerlo consistía en contaminar las unidades con una peligrosa bacteria, la “Xylella fastidiosa”, que provocaba la enfermedad conocida como “el ébola del olivar”. Esta enfermedad se encontraba bajo control en ese momento gracias a las fuertes medidas de protección y a los entornos asépticos en los que se enclaustraba a los árboles. De ahí que penetrar en los centros se hubiera convertido en su objetivo prioritario. Una vez que hubiera conseguido traspasar la barrera, inocularía en los árboles una variante de la bacteria especialmente agresiva que pronto devastaría la plantación, algo especialmente relevante si se tiene en cuenta que quedaban pocos lugares en el mundo en los que existiera un hábitat adecuado para la preciada especie.

Estas eran las ideas que hacían brillar sus ojos mientras dejaba pasar una agotadora jornada de trabajo detrás de otra entre pruebas, análisis y estudio. No había ni un detalle que no supervisara, a pesar de que contaba con uno de los mejores equipos técnicos del planeta, todos firmemente defensores de sus ideas. Se hacían llamar el “escuadrón final”.

Sin prisa pero sin pausa, el tiempo pasó y finalmente llegó el día en el que el proyecto estaba listo para iniciar su andadura. El robot, al que había llamado “robot final”, lucía con orgullo su flamante caparazón de titanio, que brillaba con orgullo sin revelar la oscura finalidad de su cometido. Por fuera, parecía liso e inofensivo, pero cuando se conectaba al sistema de alimentación, mostraba sus verdaderas armas: unas cuchillas inquebrantables para socavar la tierra, microantenas para transmitir datos y, entre otras muchas cosas, la aguja con la inyección letal. Ahora solo quedaba por determinar cuál sería el día D.

No podían esperar demasiado tiempo, porque podría tener lugar un suceso que alterara la ruta de acceso. Por otra parte, no era recomendable poner en marcha el sistema en un día de lluvia, debido a las posibles infiltraciones. Así pues, seleccionaron tres posibles fechas, la primera de las cuales no se alejaba más allá de dos días. En cualquier caso, dispusieron la operativa para que su ejecución estuviese completamente preparada llegado el momento.

Y los dos días pasaron, y no llovió, por lo que el doctor dio luz verde al inicio del proyecto. En la sala de operaciones se respiraba una tensión silenciosa. Cinco hombres, incluyendo al doctor, observaban los monitores que a continuación procederían a suministrarles miles de datos a tiempo real. El robot, que esperaba en el túnel de salida, había sido convenientemente ajustado y conectado a la fuente de energía inalámbrica.

–Señores, estamos a punto de poner en marcha el plan que, no solo cambiará la historia, sino que acabará con el fracasado mundo antiguo y dará origen a una civilización nueva, pura y gloriosa en la que nunca se repetirán los errores del pasado. Quiero daros a todos las gracias por vuestra gran colaboración: vosotros también seréis los padres del mundo nuevo, ¡podéis sentiros orgullosos! Y ahora, iniciemos el tránsito hacia la perfección: comienza la cuenta atrás. Cinco, cuatro, tres, dos, uno…

El robot empezó su recorrido sin emitir ni un solo sonido, de tan preciso como era el engranaje con el que lo habían dotado. Una cámara en su área frontal iba retransmitiendo todo aquello con lo que se encontraba, no obstante, era difícil distinguir la materia a causa de la oscuridad de las entrañas de la tierra. Su avance era pausado, pero constante. Los técnicos guiaban sus pasos con exactitud por la ruta que tan cuidadosamente habían marcado. Era un plan sin fisuras, por lo que nada podía evitar que siguiera hacia delante.

Las cuchillas de metal con revestimiento de carbono cortaban la tierra con una exactitud matemática y no parecían dejar huella, hasta que llegó al punto crítico, justo en la frontera que daba paso al recinto de seguridad. El pulso se aceleró en la sala y el sudor frío brotaba bajo las batas mientras se aproximaba el fatídico momento. Finalmente llegó, y lo hizo con éxito: nada parecía revelar que había sido detectado, ya que sus receptores de ultrasonidos no habían captado ninguna señal de alarma o agitación provenientes del centro.

En este punto, los compañeros del equipo intercambiaron sonrisas en silencio; ya casi podían saborear las mieles del éxito. Lo único que restaba era culminar la hazaña. Entonces, cuando menos lo esperaban, un repentino estruendo asaltó la estancia. Todos miraron hacia la puerta blindada de la sala de compresión, el lugar de donde procedía el alboroto.

–¡Abran la puerta, vamos a entrar de todos modos! –Todos se volvieron hacia el doctor, pero no dijo nada, ni actuó. De hecho, poco podían hacer, estando como estaban atrapados en la cueva. Los del otro lado no se quedaron quietos, y empezaron a forzar el cierre con sus cuchillas de corte láser. Súbitamente, el doctor regresó a la vida.

–¡No paréis, tenemos que llegar al final! ¡Seguid trabajando! –Pero sus compañeros tenían tanto miedo que no fueron capaces de seguir la orden.

- ¡Seguid, no paréis! –seguía repitiendo agónicamente, sin embargo, era demasiado tarde, ya que en tan solo un minuto, los agentes habían hecho su trabajo.

–FBI. Doctor Vinífero, queda usted arrestado.

–Están cometiendo un grave error, solo estoy haciendo lo que es necesario.

–¿Ahora mismo? ¿Pero qué está tramando?

–Pero… ¿por qué me detienen?

–Por su participación en la conspiración para matar al presidente de los Estados Unidos hace cuatro años.

–¡No es cierto!

–Por supuesto que sí, vamos. ¡Ah! y para otra vez, procure que sus máquinas de IA no revelen datos sobre su ubicación.

Comparte con tus amigosTweet about this on Twitter
Twitter
Share on Facebook
Facebook