La estaca

La estaca

[Manuel Jiménez Martínez]

Ahora, ya jubilado, no había mañana que no saliera al campo. Ni los pies cansados, ni las manos agrietadas de amasar yeso durante décadas, ni las inclemencias de un tiempo, cómplice de sus escapadas, impedían que el hombre se levantara moderadamente feliz: con la energía extra de ver cómo amanecía en su ventana y la posterior ceremonia de levantarse, el aseo mañanero, un desayuno parco y dirigirse después a la cochera para compartir confidencias con un desahuciado LandRover, ex compañero de fatigas, que también descansaba de su mecanizada vida. El siguiente paso le llevaba a sus olivas, esas que había comprado a golpe de unos jornales rácanos, por un trabajo como albañil de segunda. El fruto de una espalda rota y del cemento que había respirado desde los 17 años. Trabajo y sueldo de paleta que se unía a los varios oficios de su mujer, que fue señora de la limpieza, costurera y ama acomodada del hogar, siempre y cuando acatara las doctrinas de su marido. “¡Nena, pocos lujos nos podemos permitir con lo que ganamos entre los dos, pero si sacamos cuatro duros de aquí y cinco de allí, seguro que juntamos para llevar la casa y poder comprar más olivas!”. Este había sido su lema, su doctrina desde que se casaron, ya bien entrados en la treintena.

El hombre era bueno, pero gris. Le cogió muy joven el último coletazo de la Guerra y todo lo que vino después: el Régimen y su hambre, el miedo, la obediencia y la vara de su propio padre: hombre cruel y adoctrinado, poco dado a acariciar a sus vástagos a los que ponía a trabajar, como pastores de ovejas, cuando éstos aún no habían cumplido los diez años. Aquello marcó su carácter, pero el paso del tiempo fue acomodando un perfil tan árido. Ya con 66 años cumplidos, ocioso pero inquieto, cuidaba de su mayor tesoro: ese pequeño olivar de cien matas.

A la finca se podía ir andando. Le dolían las rodillas, muchos días hasta el alma, pero el hecho de ir paseando, cargado con la herramienta de turno, un pequeño tentempié y una botella de agua fría, le resultaba regenerador.

Escapar, ese era su mayor objetivo. La huida de un hogar que, a veces, le resultaba tedioso más ahora que la mujer, tras su jubilación, parecía haberse liberado de sus propias cadenas y le recriminaba, sin compasión, cuando él no cumplía con las tareas domésticas: ir a por el pan, ayudarle a quitar la mesa, encender la estufa de leña... El hombre se sentía terrible e inútil. Estaba acostumbrado a trabajar para traer el sustento a la familia; salir de la casa por la mañana temprano y no volver hasta bien entrada la tarde después de pelear durante ocho horas, conviviendo con su otra familia; sus compañeros de la obra. La comodidad mental de sus días de peón se había convertido en una discusión continua con su señora, así que la labor del campo se le hacía luz. La excusa era trabajarlo: desde la recogida de la aceituna a la poda, hacer los suelos, curar las olivas, arar y todo lo que fuese necesario, incluso cuando no hacía falta, por lo que no dudaba en buscar cualquier achaque que le permitiera salir airoso de una inminente batalla campal doméstica. Mentiras piadosas que le permitían saborear aire fresco cada mañana y el humo de ese cigarro clandestino, prohibido por el médico.

El hijo llegó muy tarde al matrimonio. Buscado y negado a partes iguales. La sorpresa de un embarazo tardío fue como una especie de catarsis para ambos que, cercanos a los cuarenta años de edad, ya no esperaban descendencia. Un niño que nació sano. Pequeño feliz y adolescente raro según sus progenitores. Con quince años vivía en una nube de su propiedad: inmensa e inescrutable, enorme como su imaginación, tan viva para él como secreta para el resto del mundo. Un chaval en cuarentena de una sociedad que, pensaba, no le entendía. Su cuartel general era su propia cabeza: sus discos y sus libros, lo demás le importaba poco. Quería al padre, también a su manera, sin exceso de cariño. Jamás se besaron. No hubo un “te quiero” sentido ni una caricia mínima. Su relación se basaba en la distancia, física y mental. La diferencia generacional y sus consecuencias. Dos puntos de vista sobre la vida que se repelían como autos de choque. El chico, antes de entrar en la adolescencia, ya se sabía distinto y en cierto modo rebelde a la doctrina hogareña. Su falta de carácter y sus ganas de intimidad le convirtieron en un joven opaco, muy encerrado en sí mismo. No concebía tanto esfuerzo, tantas horas de trabajo para tan poca recompensa económica. No entendía el campo ni a su padre.

Desde que el chico tuvo edad de ayudar sufría lo indecible cuando había que ir a trabajar en las labores de turno. Trabajo impuesto porque no hay ni dinero ni olivar como para contratar mano de obra. “A ver con el zagal”, discutía el matrimonio, “que parece que ni coma en esta casa, ni se vista, ni se caliente. Los dineros no los traen las monjas, así que o se espabila o vamos a tener que tomar otras medidas ¡Y estudiando no se llega a ningún sitio!”.  La mujer solo podía asentir mientras intentaba proteger a ese hombrecito sumido en una ensoñación perenne…

La pequeña finca, con mucha atención y cuidados, daba aceite suficiente para todo el año y si la cosecha era grande, y el rendimiento propicio, se podía ahorrar algo de dinero. Sin embargo ese terreno, bien marcado y con el número de olivos justo, tenía una pequeña mancha negra. Muy cercano a la linde de una tierra de barbecho contaba con un claro de tierra en la que el hombre se empeñaba en plantar una estaca con el objetivo de hacerla crecer junto a sus hermanas mayores. Una pequeña estaquilla que se empeñaba en no crecer, en no dar fruto. Por este motivo, se convirtió en obsesión para un hombre que multiplicaba esfuerzos y que incluso llegó a arrancar esa mata, poco saludable, para volver a enterrar un nuevo plantón que tampoco llegó a crecer lo suficiente. Algo había en ese trozo de tierra, no mayor de un metro cuadrado, que solo producía vida enfermiza. “¡Esto es cosa de brujería!”, pensaba en voz alta. “Si es la misma tierra…”. Al muchacho, que a pesar de las reticencias trabajaba en el campo casi todos los fines de semana, aquello le importaba poco. “¡Como si no quería crecer ninguna!”, decía para sí.

Los años, como las cosechas, pasaban para el padre con la misma pasión por su olivar que desidia por parte de un joven que empezaba a perder miedo. Ya era capaz de pensar en voz alta y enfrentarse a su progenitor cuando éste aún le levantaba temprano para ir a trabajar el olivar. Peleas continuas, que fueron creciendo en intensidad, sobre todo los fines de semana. El hijo había comenzado a trabajar en una pequeña gestoría del pueblo, algo que al padre le parecía bien aunque perfectamente compatible con trabajar la tierra. El joven no lo veía así. La vida también se iba labrando su camino y aquella personalidad oscura de la pubertad se fue convirtiendo en la antítesis de lo que el padre quería que fuera: un niño para siempre a sus órdenes.

Los ciento un olivos, incluso la estaca enferma, seguían manteniendo la ilusión del viejo hombre que había dejado por imposible al chico, ya hombre, desistiendo de ordenarle nada al comprobar que él tampoco quería ser el espejo de su propio padre, que la dictadura que vivió de pequeño no debía servir como ejemplo en unos tiempos tan distintos… tan modernos. Fue dejando la vida pasar sin más, con todas sus consecuencias, y ahora que él tenía el reloj a su favor, le sobraba tiempo para acarrear con todo. Con la jubilación la relación entre ambos también había entrado en un punto de calma, propia de personas maduras y casi derrotadas. Los años ya pesaban tanto como la motosierra que no podía levantar así que, un par de campañas antes, el hombre había dado su brazo a torcer y la mayoría de las labores del campo se las encargaba a agricultores del pueblo, lo que le dejaba poco rendimiento económico pero sí la satisfacción personal de ver sus olivas bien cuidadas; podadas, verdes y sin hierba, incluso la que se empeñaba en no crecer.

Fue un otoño cuando el hombre empezó a sentir las manos demasiado frías, el cuerpo cortado, sin ganas y sin aliento para salir a ver a la niña de sus ojos: su pequeña parcela. El hogar era extrañamente acogedor y la cama se había convertido en un búnker desde donde seguía viendo venir el amanecer sin darle ya la importancia de antaño. Dejó de tener prisa por huir de su casa para hacerla suya por primera vez. La mentalidad también estaba cambiando porque intuía que algo estaba por venir, un secreto que se removía en un cuerpo tan anudado como un tronco centenario, aunque a él le quedaba lejos la centena. Hasta su mujer, preocupada por esa desidia, comenzó a desesperarse con su marido. El hijo a inquietarse.

Fue un otoño más frío de lo normal el que se llevó al hombre sin que éste supiera el motivo. Un cáncer, diagnosticado en primavera, corrió tanto por su cuerpo que no le dejó llegar a la próxima cosecha. No hubo tiempo de asimilarlo cuando, una mañana, dejó de respirar rodeado de la familia, de su mujer y un hijo que pocos meses antes, como si estuviera intuyendo una despedida cercana, se había empezado a acercar a él ya que pasaban muchas horas en casa: el padre por la enfermedad y su vástago por una especie de remordimiento. Mantenían largas conversaciones, al principio forzadas, sobre los “tiempos del hambre”, de la Guerra y de una vida marcada por la pobreza. Empezaba a comprender, a ver a su progenitor de forma distinta, a entender las vicisitudes de un tiempo pasado tan gris como él, cuando era un adolescente. Alguna que otra vez, si el ánimo lo permitía, ambos se dirigían a ver las olivas en aquel Land Rover obsoleto al que el hijo le dio una segunda oportunidad a base de no poco dinero en su puesta a punto.

Una mañana de sábado, la madre le llamó para pedirle que le acompañara al olivar ya que quería deshacerse de la ropa vieja de su padre, la que no había podido aprovechar. Un montón de monos de trabajo, camisas rotas que utilizaba para quemar romaniza, gorras, pantalones con manchas eternas y mil trapos más que la mujer guardaba en un armario aparte: “el chinero del campo”, decía.

Llegaron a la finca en silencio, con la tierra atravesada en la garganta, como si aquel acto fuese el paso definitivo para afrontar una ausencia que, ya sí, era muy real. Demasiado. Con gestos mecánicos, como a cámara lenta, el hijo encendió una pequeña hoguera con ramas secas y trozos de papel de periódico. Una vez prendida la lumbre la madre comenzó a echar al fuego todo lo que habían llevado en un saco, con lentitud y un cierto orden que llamó la atención de su hijo: primero las camisas, después un montón de calcetines y calzoncillos, viejos y nuevos, gorras, chalecos... Por último, los monos de trabajo que ardieron con mucha más virulencia que el resto de prendas. La mujer lo achacó a las innumerables manchas de aceite y jamila que se habían agarrado a la tela, unas encima de otras como si se hubieran dispuesto así, en orden, para servir de calendario, como los anillos de un árbol.

Una vida en ropa que se hizo cenizas, muchas de las cuales volaron liberadas del peso de su propia existencia. Otras se quedaron esparcidas por la tierra, acabadas. El hijo se dedicó a amontonar los restos de la quema y cuando intentaba echarlos en el mismo saco, para deshacerse de ellos, la vista se le desvió hacia la pequeña estaca que seguía allí, plantada y sin fruto; viva pero indiferente. Se dispuso a vaciar el fardo en los ruedos de la planta y visualizó el acto como un regalo para aquella pequeña obsesión de su padre a la par de evitar tener que acarrear con el bulto, meterlo en el coche y tirarlo en alguna escombrera o contendor cercano. Sufría mientras se imaginaba el esfuerzo que aquel hombre hizo en vida para que aquella rebelde olivilla diera sus frutos. Cada paletada de deshechos a la estaca se le revolvía por dentro. Pensaba en lo mucho que habría ganado si su progenitor y él se hubiesen acercado antes. Entendían la vida de manera muy distinta, sí, pero ambos podrían haber crecido exponencialmente si se hubiesen abierto el uno al otro. Antes. Las lágrimas también se hicieron ceniza. Fue entonces cuando el hijo, allí mismo, prometió a su madre que se haría cargo de aquella parcela  con la misma pasión que la de su anterior dueño. No dejaría que las olivas fueran vendidas por no poder atenderlas, él se encargaría de velar por ellas hasta que fuese tan viejo como para que sus achaques no le permitieran seguir con esa labor. Y así fue... así es.

Hoy en día la finca luce como siempre: fuerte, verde, limpia y sana, dando el fruto necesario para seguir manteniendo de aceite a una familia que ha crecido con unos nietos que ahora gritan y corren alrededor de las olivas, incluso de la enferma. Justo un año después de ser abonada con aquellas cenizas de ropa vieja, echó sus primeras aceitunas.

Comparte con tus amigosTweet about this on Twitter
Twitter
Share on Facebook
Facebook