Colorico en el olivar

Colorico en el olivar

[Juaico]

Nitri. Nitri… Nitri nitri, nitri. Cu cuc cuccucú. Buhu urrurruruuuh, Cuchichí cuchichí, cuchichí. Nitri nitri, nitri. (Canto de pájaros)

 

No es más que el despertar de un nuevo día, es el sol, que con su poder deja caer sus largos brazos, rubor que sonroja todo a su paso. Y estamos en los bosques del sur, en Andalucía, Jaén de verdes pinos; de puentes, torres y castillos, cruces de caminos. Donde el olivar se despliega, como alfombra mágica, que acariciada por los caprichos del olvido resuena en el viento, trae ecos del río, campanas del despertar, temporeras, peregrinos y el silbo de su propio caminar, un caminar entre olivos. No es más que la historia de una vida, surgida al amparo de un río, padre impávido y risueño; manantial, ¡charco vivo! Es la historia de un jilguero, una perdiz y los olivos. Y es en el alto Guadalquivir, cerca de una fuente al lado de un camino y es en un acebuche, árbol silvestre del olivo, provisto de un tronco de mil ojos dormidos.  Hogar milenario de fauna, flora autóctona del paraíso.

Dando saltos de rama en rama, aleteando y a la vez planeando, descendió un jilguero que aún no poseía su plumaje colorido.

–Juanita, esta noche tampoco ha llovido. Todavía no podrás usar tus botas rojas –dijo el Jilguero. La perdiz dejó de golpear el acebuche y dio unos golpes en el suelo diciendo:

–Hoy no lloverá, no he escuchado cantar a las Abubillas, ellas nunca se equivocan–.  Rápidamente partió Colorico camino de unas grandes rocas que miraban al Sur. Desde allí podían ver toda la depresión del río Guadalquivir, las grandes formaciones montañosas; a la izquierda Cazorla, Segura y las Villas, una segunda Sierra Mágina y detrás de ellos Sierra Morena. Llegó Juanita a la roca, canturreaba molesta por tanta prisa, pero pronto comprendió que Colorico comenzaba la vida y todo eran cosas nuevas, una de ellas había sido ver las nubes Guadiana que son una formación de capas en las nubes que dejan entre ver, al horizonte, dos alturas diferentes. Colorico solo tenía que mirar y ver que el cielo estaba bastante despejado, el sol lucía y sin el cielo cubierto no existía tal manifestación. La perdiz observó la cara de desilusión en el jilguero. Cogió aire y trompeteó fuerte:

–¡Guadiana abierta, agua en la puerta! No pasa nada Colorico, podemos ir a la fuente o a los caños de agua–. Resopló después. Así de este modo Colorico dibujó una sonrisa, ya que a los jilgueros les divierte mucho el agua. -Además– prosiguió Juanita, -así podremos encontrar algún mayor, seguro que nos puede ayudar–. Alterado, el jilguero comenzó a dar vueltas alrededor de la roca, saltaba y giraba en el aire, voló hasta un chaparro, de ahí a un olivo y al tiempo se posó frente la perdiz.

–¡Juanita, quiero mis colores ya! ¡No quiero cantar! –dijo severamente. Este tema era algo que todos los días salía, la perdiz explicaba que solo cantando lo que los antiguos transmitían tendría los colores. También existían otras opciones, historias que transmitía el olivar. Colorico era muy soñador y le gustaban las historias. Una hablaba de grandes hazañas, un valiente Martín pescador y una luna azul, otra historia hablaba de caballos que bailaban, una antigua que trataba sobre el arcoíris, del poder de sus colores y de lo débiles y efímeros que son. En esta tierra es muy normal encontrar arcoíris, medios, enteros y hasta dobles, pero no conocían a nadie que hubiera conseguido los colores de sus plumas así, desde allí no se veía ningún arcoíris. La opción cotidiana era escuchar el canto de los mayores, el tarareo, nanas y coplas de su madre, pero él no conseguía cantar. Se decía de su tío que en luna llena encendió, como fósforo, el olivar, su cante manaba de los antiguos. Casi todos los jilgueros que conocía cantaban, trinaban y gorgojeaban sin parar.

Iban camino de un arroyo cercano cuando escucharon gritar a un grupo de gallinas, alborotadas corrían con sus polluelos de un lado a otro.

–Socooocococorro, socococooooorro!–. Se acercaron rápidamente al grupo, al igual que otros animales; una liebre con grandes orejas de puntas negras miraba temblorosa desde una zarza sin rastro de moras, dos gatos de las montañas miraban el momento como si fuera un partido de tenis; finalmente explicaron cómo un zorro de larga cola, les había robado uno de los huevos que guardaban de las gallinas madres, estaban cuidando huevos de cuatro distintas, pronto saldría el polluelo y no sabían muy bien de qué madre era. Salió la liebre, quiso indicar por donde se marchó.

–Camino del río, seguidme– dijo, y sin mediar más palabra se lanzaron en una carrera electrizante. Por un lado, la liebre era tan veloz que algunas veces se perdía entre las líneas inequívocas de los olivos, el jilguero jugaba con el aire, atravesándolo en tirabuzones y batiendo las alas, algunas veces cerca de la perdiz que se dejaba planear olivares abajo por entre las camadas llegando hasta la posición de la liebre, la cual cambiaba magistralmente de dirección. Colorico, en su ímpetu por seguir al enérgico animal, se deslumbró por culpa de los rayos de sol, él movía las alas, pero el deslumbramiento lo obligó a parar, descendió rápidamente, pronto llegó Juanita, reía.

–Colorico, tu volar, tu volar, es danzar–. Reía y jadeaba. Habían perdido a la liebre, además no sabían dónde estaban en ese momento, confusos, tomaron vuelo y en el horizonte divisaron un viejo cortijo, pararon allí un rato, hacía mucho tiempo desde que salieron y ya tenían hambre. La perdiz decidió recoger aceitunas y uvas., siguieron andando hasta el río y allí vieron otras frutas, su destino, la pesadumbre de las aguas, alrededor una cerrada, pinos y rocas. Ya en ese momento tenían hambre pero además deseo de empezar con aquellos manjares, la presencia de otros animales no les importó, jabalíes y ciervos bebían, incluso la del ser humano. Colorico siempre tuvo miedo del ser humano, pero en el fondo sentía una necesidad de estar cerca de él; además, estaba la historia de Fuente de Piedra y de aquél que bebió agua del río con hojas de menta de sus manos.

Estando ya el festín a medias, Colorico habló a Juanita.

–No puedo cantar, lo intento y no puedo, he escuchado y aprendido a diferenciar y siento muy dentro el canto de raíz–. La perdiz, al escuchar esto, solicitó que Colorico le explicara qué diferencia había, para ella no era natural ni necesario aprender tantos cantos.

–Es muy fácil, pongamos como ejemplo las aceitunas, existen muchos tipos diferentes, pero el aceite Picual es el rey, proviene de la aceituna que más aceite porta, es pureza, es cante de un padre, fuerte, intenso o incluso tremendo. ¿Comprendes, Juanita?

–Sí, sí –dijo atenta el ave.

–La Hojiblanca, un poco más dulce, es la madre, consoladora y sufridora. A mí las que más me gustan son la Cornicabra–. La perdiz le cortó.

–Para nosotros se llaman aceitunas de Pico Cuervo.

–Exacto –exclamó el jilguero–. Esas son más de sabor afrutado y aromático. Y tienen forma alargada. Puedes comerla en cualquier momento, es como el cante de reunión, suave para compartir. ¿Y a ti Juanita, cuál te gusta más? –. Indecisa contestó:

–Todas, Colorico, todas y me encanta la Gordal–. Asintió también el jilguero diciendo:

–Mmmmmmmm, la Gordal también está rica. Mmmmmmm, y cuando están pasas…–. La perdiz comprendió qué quería decir y pensativa le dijo:

–No consigues cantar, quizás es que no lo has intentado suficientes veces–. Sonrojado, Colorico confesó que cantar no era sólo aprender la canción.

–Juanita, cantar de raíz es tradición, es un quejido, es una melodía, una cadencia. Para vivir, la luz tiene que entrar dentro de la oliva, pues tres son exactitud–. Subió un brazo como si hablara al aire–. Luz para que se renueve el alma en cada rama, ardal, ser vivo. De hojas fuertes, perenne colorido, retoño y raíz a un tiempo…–. Se detuvo con larga pausa–. Pero Juanita, es que no me sale la voz. Tiemblo solo de pensarlo–, terminó diciendo en voz bajita cerca de la perdiz. Estando tan pendientes de la comida y la conversación, no se percataron de la presencia de otra ave, era un llamado Verderón, de esmeralda y motas amarillas, es un animal que es capaz de imitar sonidos humanos y por esta razón se detuvo frente al jilguero para entablar conversación, así también podría coger algo de los frutos, quizás por esta razón se conocía como el gorrión verde. Él mismo recordaba una canción que decía cómo se comían el trigo de las golondrinas. Por estos motivos, claro y seguro preguntó.

–Hola, ¿tú eres un jilguero? –asintieron ambos–. Mis ancestros cuentan que vosotros podéis oír al ser humano, necesito aprender una canción para conseguir mis dos últimas motitas amarillas, las quiero poner en mis alas–. Aleteó el animal–. ¿Me puedes ayudar?–. Colorico, extrañado, no comprendía muy bien a qué se refería, insistió durante buen rato sobre el tema y así el verde pájaro pudo comenzar a satisfacer su apetito. Tardaron poco en comprender la situación, había seres humanos cerca del río, otros más lejos recogían el negro fruto. Colorico  explicó que él solo conocía el canto de su familia, pero que pondría gran atención. Excitándose, Colorico dio dos saltos pequeños y en ese momento voló entre los árboles abriendo sus alas para posarse.  Escuchaba mucho ruido y no encontraba nada coherente, sintió la necesidad de liberar sus sentidos y sin quererlo comenzó a cantar. Una y otra vez repetía alegremente Nitri nitri. La perdiz, después de reconocer a Colorico desde su posición, también comenzó a dar golpes con los pies y trompetear como sus mayores. El verderón, al ver tal apogeo de espontaneidad, se vio sumergido en el ritmo y comenzó a decir Óle Óle.

Cesó el instante, los humanos ya se iban, ya se oían todos lejos. Regresó Colorico, no sabía explicar qué había pasado y qué había motivado esa situación, pero dentro del éxtasis algunas frases había comprendido. No eran canciones, y pensó cómo serían las canciones del hombre. “En el olivar cascabeles suenan, un llanto de serranía, peregrinos que con tres golpes pedían y una pena ¡ay qué pena!”. En su cabeza solo retumbaban palabras, alguna nota asomaba, sintió desde su interior un fuego consolador y sin vacilar entonó:

–La Tarara sí, la Tarara no–. El verderón, emocionado, repitió sin parar aquellas notas, pero Colorico solo conseguía recordar aquello, lo demás eran frases sueltas que formaban una.

–Del aceite y sus lomas son las tierras soleadas, bajo el rumor de las hojas–. Colorico ya no sabía qué recuerdo avivar en su interior, eran muchas voces en una–. El río salado corre por entre los olivares–. Había ecos profundos–. Naces Guadalquivir de fuente pura–. El verderón, atento, consiguió, entre aquellas palabras, algunos trinos, la perdiz también cantaba aquello, era parte de ella.

–¡Un borbollón de agua clara! ¡Un borbollón de agua clara! –saltó y voló el verderón trinando sin parar, ya había conseguido lo que necesitaba. Agradecido, al ver que el jilguero no tenía color ninguno, paró su movimiento y recordó entonces una de esas historias que buscaba conocer el jilguero. –Existe un lugar, árboles con ramas de humo y tierra ensangrentada, allá al final de las montañas. –Señaló al Noroeste–. Y muchas máquinas, que son sólo eso máquinas y nada más–. Terminó recitando. A Colorico le gustó mucho la idea y era tal la emoción que su energía motivó a la perdiz. Ésta cantó:

–¡Un borbollón de agua clara! –con los pies golpeaba el suelo Póm pom pom, Al fondo se escuchaban los humanos, el verderón vio como Colorico empezaba a entender lo que cantaban, además el ritmo era con tres golpes, era como el ritmo de Juanita, quizás otro acento–.

Ole –dijo Colorico sintiendo ese fuego interior–. Ole –quiso decir algo más, pero se adelantó el Verderón:

–Estas melodías son recuerdos del río, son cantes de otras tierras cruzadas por él–. Al ritmo la perdiz golpeaba el suelo, el verderón también decía “Ole, ole”. Juanita se emocionó al escuchar esto, pues aquel ritmo y cánticos le llegaban dentro de su ser. Dejó de dar golpes y preguntó al verderón.

–¿Por qué dices ole?–. Colorico había escuchado a su familia y amigos, e incluso él mismo había utilizado esta expresión. La perdiz siguió preguntando insistentemente. Colorico y el nuevo amigo se echaron a reír, uno se dejaba caer hasta el suelo envuelto en el ritmo y los jaleos, el otro aleteaba repitiendo “ole, ole”.

–Perdiz –contestó el verderón–, Ole es la raíz y la pureza–. La perdiz, extrañada, seguía:

–¿Pero ole qué significa, qué es la raíz?–. El verderón abrió y batió sus alas, las dejó abiertas.

–Madre tierra, nos diste el agua para saciarnos y el olivo para alimentarnos, hijos del olivar. Raíz de esencia y verdad.

–Ole ole ole –acompañaba Colorico–. Quizás seas un sentir temprano, verde y morado, lampante en la tierra, virgen del árbol.

–Ole ole –se oía. Prosiguió hablando el pequeño pájaro verde–. Este es el primer cante que todos aprendemos en el olivar–. Colorico, al oír esto nuevamente, no pudo aguantar la emoción y cantó su forma natural.

–Nitri nitri–. El verderón, asombrado, fue alejándose por entre las ramas del árbol, no estaba asustado, más bien aturdido, resonaba en sus oídos.

–Nitri, nitri–. En su despedir dejó unas palabras al aire–. La llave, la llave.

La perdiz trompeteó fuertemente, el Verderón ya no estaba y Colorico seguía trinando.

–No perdamos tiempo, vamos a buscar el río Colorao. Vamos, vamos.

Así hicieron, volaron nuevamente en busca del camino indicado. Había mucho movimiento en el campo del Guadalquivir, los hombres con varas largas y espuertas recogían el fruto, grandes mantones naranjas y negros avanzaban arrastrados por los suelos a través del campo peinado y sosegado, desde las alturas se divisaban damajuanas, barjas y capachos hechos de esparto trenzado, en las lindes unos animales agazapados y otros en espera. Zarzales y Palomas Torcales golpeaban sus alas contra el aire, alertando de los lugares más concurridos. El sol potente ya estaba en lo más alto, el trigo ya despuntaba, las nieblas del río se habían esfumado. El día se había despejado tanto que entre pasillos de sierras se veían montañas blancas de nieve. En los alrededores ciudades de piedra, blancos pueblos. Volaron todo lo alto que pudieron, pronto divisaron el río rojo, toda la tierra a su alrededor era del mismo color, solo se diferenciaba por el brillo de sus aguas, ya veían el río debajo de ellos. Pararon al lado del río, en un puente. Al llegar escucharon golpes entre los árboles y a la vez iban contando los golpes los golpes, repitiendo en el tiempo un ritmo.

–Un dos, un dos tres, cuatro cinco seis, siete ocho, nueve diez–. Colorico voló cerca del sonido, la perdiz lo siguió, al llegar vio a un pájaro carpintero Pito Real, grande, de plumaje verde y con la máscara de color rojo–. Un dos, un…–. El carpintero golpeaba modelando el árbol, Colorico no dejaba de mirar sus plumas rojas, entonces voló entrando dentro del propio hogar del ave, salió, se posó en otra rama del árbol.

–Llevas de color rojo tu cara y yo quiero conseguir mis colores. ¿Podrías ayudarme?–.  El carpintero asintió, precisamente era algo que conocía bien, ofreciendo su morada para descansar del viaje. Ésta era todo de madera, el autor se congratulaba de tener de todo lugar donde el sol alumbraba. Unos muebles oscuros, otros claros, los pomos, los marcos. De entre los objetos resaltaban unos con tal veteado que no tenían igual, eran lánguidas e inertes figuras, estaban realizadas en madera de olivo.

–Es el color –dijo el carpintero, después recitó–. Madera cotizada, entroncado grueso, ramal y retama, agua y fuego–. Al pronto talló una pequeña peonza la hizo rodar con sus dedos. Se la dio a Colorico, para Juanita fueron unas castañuelas.

–No sabes usarlas, pero ya aprenderás –dijo. Cogió una flauta de una madera roja oscura. Cantó una melodía donde aceleraba el ritmo; inevitablemente, Colorico fue subyugado por la situación, “¡Esa manera de acelerar!”, pensó.  Entonó con la flauta canciones aprendidas de los humanos–. Aceituneros altivos. Entre Naranjos y Olivos.

–Esta es autóctona y pertenece a las raíces –dijo el ave con su flauta travesera.

–Ole –respondió el jilguero, alterándose por dentro, esa canción no tenía un compás marcado, era libre y sonora, cambió a otra canción con un ritmo más marcado. Colorico alzó el vuelo dando giros en el aire, la canción era el cante de su familia. Entonces el propio Colorico cantó, le salieron dos chiflidos desentonados, el carpintero soltó una larga carcajada.

–Pero espera que te doy la entrada. Se nota que lo sientes, pero todavía no conoces el ritmo. La conversación, la libertad. Intenta contar y después sentirás. Siempre es lo mismo, pero distinto, es algo natural. No está hecho para los que saben, es privilegio del que siente.

Colorico, que comprendía la grandeza y la verdad, se hundió en el cuello, pareciera tener ya sus plumas rojas como máscara. Preguntó la perdiz entonces por la historia para conseguir colores. Recitó el gran ave, nombraba un animal sobrenatural que vivía en las profundidades.

–Dragón de plomo y plata –sonó la flauta con un ritmo de nuevo en aumento, explicaba cómo eran los sonidos que hacía esa bestia al andar–. Lento, sedoso… PUF puf PUF puf–.  Tocaba con la flauta sonidos redoblando el tiempo. La perdiz sintió la necesidad de golpear el suelo. Póm pom… Luego las castañuelas. Paró el carpintero e hizo parar a la perdiz. Dijo.

–Solo puedes ir tú, Juanita es muy grande. Esperarás al monstruo de las profundidades–. Sintió entonces miedo–. Solo te puede tocar una vez su aliento de fuego.

Ya volaba alto, recordaba las palabras del carpintero, Juanita le seguía. “Cuando sientas desde dentro lo sabrás. Cuenta el ritmo del monstruo, pronto lo sentirás“.  Se atormentaba pensando en la bestia, recordó entonces las palabras del Verderón: “son máquinas nada más”. Comprendió que aquel monstruo era una máquina, se tranquilizó y tomando aire apretó el ritmo simulando al carpintero. Ya estaban cerca de los grandes troncos de humo, pudo observar que eran chimeneas, parecían de ladrillo. Se escondió en un tren apartado y oxidado. Juanita ya hacía rato que estaba escondida, salían los humanos, todos teñidos de negro, derrotados se les veía. Poco a poco un eco profundo manaba de una gran boca nacida de la montaña. Ya parecía distinguir el sonido uno fuerte y otro suave: -Uno, uno. Dos, dos-. El jilguero, nervioso, se acercó a la cueva, ya escuchaba otros sonidos, un lamento largo, se veían luces al fondo: –Uno, uno, Dos, dos, Tres, tres, Cuatro, cuatro–, sonidos redoblando el ritmo cuatro veces, en ocasiones eran un par de tiempo, contestando al compás, aquello ya le era familiar–. Cuatro, cuatro–. Comenzó a aumentar el ritmo, sus pies seguían el compás con mucho cuidadito, como si se pudiera estropear; de nuevo ritmo del tren, ecos del humano, sonaban con fuerza, dolor de las entrañas.  El jilguero exclamaba para sus adentros “ole, ole”. Asomaba por la montaña un robusto tren de ruedas rojas. Silbidos rematando el tercio  el jilguero comenzó a dar golpes con los pies, alzó vuelo y subiéndose encima de la máquina, al ritmo, golpeó el metal, siguió el lamento otros tantos tiempos, era estremecedor, con el movimiento se zarandeaba. Lamento, con el movimiento se zarandeaba Colorico en el tren. Remate de silbidos, humos empezaron a salir por todas partes. Colorico no veía nada, perdió el ritmo y olvidó también contar, ya no sabía cuándo volverían a repetirse aquellos sonidos y aquellos humos de colores. Sintió el eco de la profundidad, aquello avivó en sus adentros algo, sus pies ya tenían costumbre de ir al ritmo, acompañó al lamento decía para sus adentros. “Solo una vez puede tocarte”, recordaba, “tú no vuelas, tú danzas. Siéntelo”. Sonó el lamento, desde lo más profundo largo y meticuloso. Colorico notó una fuerza, una luz, saltó rodó por el tren, entonces el tren descargó con furia todo su ser, pero Colorico ya estaba escondido, aumentó el ritmo hasta perderse en su serpentear.

Solo sus ojos parecían tener vida dentro de un cuerpo negro mate. A lo lejos se escuchaba su nombre, era Juanita que corrió hacia él, asustados, cogieron vuelo ya veían detrás de ellos todo lo vivido, las grandes chimeneas, el río rojo, puentes, ciudades de piedra, no pararon hasta llegar a la fuente, al lado del camino. Se posaron en el caño alto, bebieron de sus aguas, luego jugueteando se mojaron entrando y saliendo del agua, estaban contentos de estar en casa. De pronto, la perdiz se puso a gritar.

–¡Amarillo amarillo!–. El jilguero se asomó para ver su cuerpo reflejado en el agua, ya no era tan pequeño, lucía algunas plumas de un amarillo brillante.

Descansaba ya en el acebuche, resonaba el eco de la mina en las voces de los suyos, en su imaginar giraba y soniqueteaba. El olivar se dejaba mecer por el viento, el trino cesó.

A mi tío.

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