Las últimas veces

Las últimas veces

[José Alberto Arias]

 

Los olivos grises,

los caminos blancos.

El sol ha sorbido

la calor del campo;

y hasta tu recuerdo

me lo va secando

esta alma de polvo

de los días malos.

Antonio Machado

 

Nadie hablaba de últimas veces. La primera vez. La puta primera vez siempre. El primer paso, el primer pañal, la primera cicatriz, la primera pelea, la primera mascota, el primer beso, la primera hostia, el primer suspenso, el primer polvo, el primer amor, el primer piso, el primer primero, el primer primer. Primer. Primer. Primer.

Alberto contempló la enorme masa azul que le devolvía toda la luz posible y bañaba su rostro y su traje espacial. Añoraba la Tierra. Desde que llegó a la estación espacial, no pocas veces la ansiedad por la última vez lo había embargado. Nadie hablaba del último polvo, del último abrazo, de la última tostada con aceite. Alberto trataba en esas ocasiones de solitud de discernir cuál habría de ser el último flechazo, el último impulso eléctrico que había conectado su centro sensorial con su corazón. Y no recordaba si ese último amor a última vista correspondía a la conductora del autobús que lo había acercado al centro espacial, con algo de brillo, nada, una sombra en los labios y el cabello asimétrico con finas mechas de color ceniza; si se trataría de la técnico de laboratorio que había hecho todas las pruebas durante el último check up —definitivamente, le había sonreído con cierto rubor—; si había sido siquiera la asadora de pollos en Gran Capitán durante su última estancia en Granada, aunque apenas recordaba su rostro, sólo una emoción parecida al vértigo mientras ella preguntaba qué tipo de salsa quería; o tal vez no, tal vez ninguno de aquellos encuentros fortuitos guardara en su núcleo la clave del último flechazo que ya no quedaría en nada.

Hacía frío. Era algo de lo que no se hablaba, pero en el espacio hacía frío. Bajo los kilos del traje espacial, a pesar del núcleo de calor que surgía de su cuerpo, siempre hacía frío.

Alberto era sinestésico; no podía ver los olores, o degustar los sonidos, ni siquiera oír los colores dentro de su ser. Alberto, por su parte, era capaz de sentir los sabores. El vinagre, por ejemplo, le causaba un escalofrío, como había experimentado para asombro de sus conocidos. Así se presentaba a menudo, con esta particularidad que lo hacía especial: «Me llamo Alberto, y soy sinestésico. Vas a flipar, te lo juro. La sinestesia es una sensación que se provoca por un estímulo que en principio no debería tener respuesta. Yo, por ejemplo, puedo sentir en mi piel los sabores». Y hacía, en el bar donde se encontrara, la prueba definitiva. «Jefe, ¿me pones unos pepinillos o unas banderillas?». Se remangaba para dejar el brazo expuesto a la vista de sus compañeros, le daba un mordisco al encurtido en cuestión, lo degustaba lentamente, lo trituraba con sus molares hasta convertirlo en una papilla ácida y salada, en su rostro se dibujaba una sonrisa y, de la nada, la piel de su brazo se erizaba, el vello enhiesto, pequeños montículos su dermis.

¿Cómo descubre uno que es sinestésico? ¿Hasta dónde exploran los hombres los límites de su cuerpo, qué juegos caben para llegar a según qué conclusiones? Alberto no guardaba demasiados recuerdos de su infancia, apenas el pelo cortísimo de su madre cuando nació Mar y él tenía tres años, y el calor que le embargaba cada vez que probaba las gachas en el pueblo de su abuelo. Regresar a Jándula cada fin de semana, cada puente, cada frío invierno implicaba acercarse siempre a la lumbre con los leños de la poda del año anterior crepitando sin cese. «Así hablan las olivas», decía el abuelo, un abuelo que jamás fue demasiado viejo, un abuelo al que el cáncer se llevó antes de que el tiempo deformara sus manos y arrugara su rostro. Así, Alberto habría de recordarlo siempre con la sonrisa franca y la piel brillante, a sus ojos de niño alto y fuerte, cariñoso, atento con los perros de la casa, cómodo entre fogones. Las gachas del abuelo, tal vez la experiencia sinestésica más fuerte que recordaba.

Tenían, como ir al cine, como ir a misa, como una comida de postín, su ritual. El abuelo ponía la sartén negra y enorme, punteada de blanco, sobre las estrébedes, llena de agua y sal y aceite de Jándula, con toda probabilidad el mismo que había manado de sus pedazos. Así llamaba a sus tierras el abuelo Pepe, los «peazos». Siempre decía: «Albertillo, lo más importante es el aceite para que la masa salga bien». Cuando el agua rompía el punto de ebullición el abuelo añadía la harina poco a poco mientras removía con la cuchara de palo. Al niño Alberto le fascinaba observar la cualidad de nube que iba adquiriendo la mezcla hasta que se solidificaba y se transformaba en una masa espesa de un color crema único en el mundo. Mientras trabajaba la masa, junto al fuego los pimientos se iban asando e impregnaban toda la cocina y la casa y la calle del delicioso olor de la lumbre. Las gachas tenían faena, y aunque era la abuela quien dominaba en la cocina, las gachas eran patrimonio del abuelo, que de otro modo no tomaba la iniciativa ni de freír un huevo. El ritual del abuelo pasaba por el sofrito, el majado y las verduras en caldo picante. Y siempre, siempre, cuando estaba la comida casi lista, el abuelo Pepe repetía la misma escena con su nieto. Llenaba una cucharada de aceite de oliva crudo y se la daba a probar al nieto, que se relamía con los labios brillantes y una sonrisa amarillenta y espesa.

Ahí empezó Alberto a sentir que era distinto.

El sabor del aceite, y el de las gachas, ambos asociados como una sola entidad, le hacían sentir un calor extraño hasta el punto de que le ruborizaba la cara. Aún faltaban años para oír hablar de sinestesia y sensaciones encontradas, memoria por estímulos, Proust. Volverá, ya púber, adolescente, adulto, al pueblo del que renace a experimentar esa sensación que sólo el sabor de las gachas en la lumbre le hace evocar. Y volverá a sentir cada vez la misma calentura en su piel, suerte de fiebre, incendio de su cuerpo ante el sabor de la infancia.

Alberto, que una vez se había planteado acabar con su vida, sentía en la soledad de la estación por vez primera un miedo a todo lo que podría haber acabado para él.

Entonces, una voz: «¿Hay alguien?»

Sintió un escalofrío y se quedó mirando el transmisor con el corazón en vilo. Deseó poder saborear u oler los sonidos. ¿A qué sabría esa voz extraña? ¿A fresa, a pan tostado, a césped recién cortado, a corteza de abedul? ¿A alcantarilla, a entrañas, a alpechín, a motor quemado? La voz hablaba en inglés, y Alberto no dudó en aferrarse a ella como si en la voz de la mujer estuviera el sentido del mundo. A pesar de su expertía en el inglés, pronto se vio limitado para decirle cuanto quería decir.

—Yo —dijo—, Alberto Galiano, desde la base OL1V1A. ¿Con quién hablo?

—Ying, Fu Ying, almirante primera de la Shenzhou 25.

—¿Esto es una comunicación de alerta?

—No, no estoy siguiendo el protocolo.

«A almendras, su voz sabe a almendras tostadas», pensó Alberto.

Tenía terminantemente prohibido contactar con nadie sin el permiso o supervisión de los controladores en la Tierra. Debía seguir el protocolo, pero se sentía solo. Podría tratarse, al fin y al cabo, de la última persona con quien interactuara.

—¿Y entonces qué? Voy a tener que cerrar la comunicación o dar parte a mis superiores.

—¿Cuánto tiempo llevas solo? —preguntó Ying—. ¿Sientes el frío?

La pregunta lo desarmó.

La última locura, Alberto. La última carrera a contracorriente. Ahí le comenzaron a fallar las palabras.

Ser el último hombre en la estación le hizo recibir a Ying con algo parecido a la desesperación. De repente, con la extraña a su lado sintió una especie de orgullo que había olvidado y que le hinchó el pecho cuando, juntos, se adentraron en el invernadero donde veinte hileras de olivos (olivas) se extendían bajo el manto blanco y la luz pálida que llegaba a través de un filtro azulado.

—¿Ésta es tu misión? —preguntó ella, anonadada ante la visión.

—Ésta es mi misión —dijo él, compungido.

Se miró las manos, sus manos blandas y frágiles, sin nudos, cicatrices o mugre bajo las uñas. Manos que en nada se correspondían a quien trabaja y vive del sudor de la tierra. Los árboles eran pequeños, púberes arrojados a la carrera de la vida.

—Son quinientos olivos hidropónicos —explicó Alberto—. Querían setecientos, pero me negué. Los árboles luchan por su espacio. Lentos, pero firmes. Son fieras sin dientes.

—Los arrozales de mi región murieron todos ahogados. El mar se los tragó.

—Lo siento —dijo Alberto, y su voz sonó afectada—. ¿Cuál es tu misión aquí?

Aunque él forzó cambiar de tema, Ying lo ignoró.

—Cuéntame sobre los olivos.

—Es… imagina esto. Los olivos no estuvieron siempre ahí, ni mucho menos. Pero llegaron para quedarse. Sólo en mi sierra hay 61.000 hectáreas de olivar, para que nos entendamos, la extensión del Mar Muerto.

Ying abrió la boca, sorprendida:

—Pero a ti también se te ha acabado, ¿verdad?

—A mí… yo… yo nunca viví del campo, yo ya me crié en la ciudad. Mis padres sí… bueno, al menos de niños.

—Hasta el Tratado Verde, ¿no?

Alberto guardó silencio. No quería hablar de cómo estaba cambiando el mundo, no quería que su última conversación con otro ser vivo consistiera en eso. Quería hacerse entender, pero cómo conseguirlo. Quinientos olivos luchando contra los elementos no bastarían para que Ying supiera. Entendiera.

—Quiero enseñarte algo.

Ella asintió y se reajustó el cuello del traje. Sus movimientos, a pesar de la precaria gravedad, eran mucho más firmes, más seguros que los del Alberto. Juntos se dirigieron a la estancia del ingeniero, aséptica. Aséptico, aquí todo es aséptico.

—Disculpa que sea todo tan aséptico —dijo él—. A veces echo de menos algo más de mierda, como en la Tierra.

Ying rio con la ocurrencia, pero le dio la razón. Maldijeron a los escritores de ciencia-ficción que se habían empeñado en predecir un futuro inmaculado.

—No me permitieron traer más que un enser personal.

—A mí ninguno —dijo ella, y una capa de nostalgia veló sus ojos negros.

—Aquí —dijo Alberto, y le pidió que se acercara con la mano. Asomados a una de las ventanas que daban al planeta azul, Alberto señaló una pequeña placa en el exterior de la estación, entre las enormes —asépticas— piezas blancas que la conformaban. Tenía un grabado.

—Pedí un último favor antes de venir. Pedí que grabaran esa foto para ponerla aquí, ya que no podía traerla, para verla cada vez que miro a casa.

Ying le empujó para observar con detenimiento el grabado: un hombre mayor, de aspecto rural, entre dos mulas, miraba a cámara con una sonrisa.

—Así araban antes el campo. Es mi tatarabuelo, y a él le debo lo que sé. A veces lo imagino aquí, como un fantasma, faenando en el invernadero junto a mí. Imagino qué pensaría si viera en qué han quedado sus árboles de mil años, la tierra seca, la sierra escarpada, supongo que escupiría en el suelo y se sacudiría las manos. Negaría con la cabeza, igual rompería a llorar.

—Lo dudo.

—¿Perdona? —preguntó Alberto, atónito—. Disculpa, llevo demasiado tiempo solo…

—Antes los humanos eran más duros. Con trabajos más duros, comidas más duras, lecciones más duras. Créeme que en China, todavía más. Pero mira el grabado. ¿Tú no crees que tu tatarabuelo, ese hombre duro de campo, harto de la vida que tenía, no soñaba con otras cosas? ¿No miraba al cielo y se preguntaba por las estrellas? ¿Tú te crees que para él los olivos lo eran todo?

—No sé, no lo conocí… Digo que sería práctico, y le debía la vida a la tierra: un trabajo, un plato en la mesa.

—Mi abuela decía —explicó Ying —poco antes de morir, con ciento un años… Ella… ella sí que era dura, mi abuela. Tenía las manos deformadas de los años y años trabajando en los arrozales. Sólo en el día que murió dejó cuatro cestas trenzadas a mano con tallos secos. Decía entonces que cuando miraba al cielo, siempre rezaba algo, porque le daba miedo, pero creía que había algo ahí arriba, y ella quería ser parte de ello.

—¿De ahí tu vocación?

—En parte. De eso, de crecer a la sombra de mi hermano, de criarme en una aldea donde los niños aún duermen entre las ovejas, de empeñarme en ser algo, no otra cadete, sólo almirante de mi nave, de conseguir todo lo que mi abuela no logró.

Alberto asintió. De pronto, no comprendía qué hacía con esa desconocida en su base sin la autorización de su equipo, incumpliendo todos y cada uno de los protocolos que había machacado hasta la extenuación.

—Los olivos no tiran —dijo al fin, más para sí que para ella—. El proyecto no es viable, pero estoy tratando de alargar el momento de comunicarlo.

—Podrían procesarte, ¿no crees? La Ley de la Transparencia indica que…

—Da igual. Me dan igual las leyes, me da igual este proyecto. No creo que la esperanza del mundo esté puesta en mí.

La última bravuconada.

—Me voy —anunció ella.

Alberto le sonrió. Se sentía agradecido por la visita. Sentía que, con ese último encuentro, algo había cambiado para siempre. Mientras la observaba alejarse hacia su transbordador, se maldijo por no haberle preguntado qué enser personal habría escogido ella en su viaje. La mayoría escogía una fotografía, un libro, una revista pornográfica. ¿Pero y él?

Hacía frío.

La Tierra reflejaba su resplandor azul sobre la base, sobre el rostro casi cadavérico de Alberto. La última visita. En el grabado, su tatarabuelo le sonreía, como si hubiese conseguido algo parecido a un sueño: ser parte del infinito.

Un último baile.

Con dos saltos gráciles se puso al otro lado del invernadero. Las hileras de olivos se le antojaron oscuras y antiguas, como las de su sierra. Tiernas, pero duras, capaces de dar fruto. Alberto se adentró entre los árboles, como el niño asustado que huye a la sierra y pierde la noción del espacio.

Sólo entonces, por primera vez desde que había llegado a OL1V1A, sintió una fragancia leve, antigua, el mismo olor primigenio del árbol tal y como lo aspirara Jesucristo en el Monte de los Olivos, un esclavo romano en la recogida de la aceituna, una niña griega que persigue un pajarillo en el huerto del abuelo, Fátima acarreando leña para calentar la casa al caer la noche. Alberto cerró los ojos y no estaba solo, pues perros corrían por la sierra en busca de perdices, y hombres y mujeres, ancianas, niños, cazadores, lavanderas, aceituneros furtivos hacen y deshacen en torno a él, y en la fragancia de los tiernos olivos que lo rodean transcurren siglos, vidas, oficios, sudor y polvo, alpechín y aceitunas reventadas, el tacto untuoso, el brillo casi mágico del tan cacareado oro líquido, las manos de su madre y de su abuela, las rodillas enfangadas, la escarcha en las pozas de las olivas, las coplillas de su bisabuelo y el olor a las bestias del mismo tatarabuelo que, junto a él, ya forma parte del todo, la fragancia de las hojas afiladas como cuchillas envuelve a Alberto y casi puede reventar entre sus manos los frutos negros como escarabajos, frotar la carne morada y dejar que entre sus dedos y por sus muñecas baje el zumo verde del olivo, amargo e intenso, el frío del campo.

Por primera vez, Alberto se estremece con su proyecto y quiere, puede ver el mar de olivos ante él, hectáreas y hectáreas de un verde grisáceo que le trae de vuelta a algo anterior a él. Una lágrima le mana del rabillo del ojo sin que pueda contenerla y se queda bailando en el aire entre los árboles, suerte de rocío ingrávido.

Alberto Cubillo, natural de Jándula, soltero, cuarenta y dos años de edad, sinestésico, doscientos treinta y un días aislado en la base espacial OL1V1A, rebusca en un forro su enser personal, un frasquito dorado de apenas un decilitro, y lo abre con la curiosidad limpia del niño. El aceite se desborda en forma de burbuja dorada moldeada por su entorno, irregular, casi viva. Alberto abre la boca, aspira, atrapa con sus labios la muestra de aceite y recuerda. Las gachas de su abuelo. Las tostadas de aceite y azúcar. Un remolino de tradición que se le anuda en el pecho y la piel, y por primera vez en meses, no tiene frío.

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