El fruto

El fruto

[Ana Caliyuri]

Las palabras cayeron a plomo, sonaron como una sentencia y el dedo índice señaló hacia mi pecho.

—Marcelo, hijo, vos tenés que ir. Entre todos te pagamos el pasaje, es por una semana o dos, no más. La cosecha no fue buena: las aceitunas son cada vez más pequeñas y ha mermado la producción.

Me puse tenso, retrocedí un paso y entrecruzando los dedos de las manos, las apreté en señal de plegaria. No es fácil ser el centro de atención de la familia, y además soportar las miradas expectantes de mi padre, hermanos y abuela, esperando una respuesta. Esto de ser el primogénito, el mayor de siete nietos, siempre tuvo ventajas y desventajas. En este caso, me pareció una exageración; un viaje a Italia es un gasto innecesario. Se podría consultar a algún especialista olivícola, sin necesidad de ir tan lejos.

Confieso que me estremecí al ver el rostro flaco y demacrado de mi “nonna” Corina. Hacía apenas un par de meses que había enviudado, su corazón estaba resentido a causa de la larga y penosa dolencia de Giacomo. Fue inmerecido, como tantas cosas injustas que nos presenta la vida.

El portarretrato que estaba sobre la mesita labrada en bronce, con su foto, trajo el recuerdo de aquel día en que sentados bajo la sombra de un olivo, me habló de usar pantalones largos. Yo hacía largo rato que ya los usaba, y no había llegado a entender el verdadero significado de esa metáfora, hasta que sacó a relucir mi enamoramiento por la hija de Giuseppe: Antonella Pirilli. Él se había percatado de que yo era tímido y que no estaba haciendo nada por acercarme. Me contó de su venida a la Argentina para casarse con Corina, que había emigrado hacia aquí en el mil novecientos veinte con su familia, quedando separados por el océano y la distancia. Fue en ese momento cuando me dijo que, jugarse por quien se ama, aun cruzando grandes dificultades, es mucho mejor que no hacer nada por miedo a perder. En la vida se pierde y se gana, se aprende y reaprende, hasta el final de los días porque de eso tratan los claroscuros de la existencia. Así fue como tuve coraje para invitar a Antonella a dar un paseo, ella aceptó contenta, y es más, a ese primer día, le sucedieron cientos de días juntos, proyectando y proyectándonos en el tiempo. Pero, de un día para el otro, la familia Pirilli desapareció del barrio, sin ninguna explicación. Después de eso, no confié en más nadie.

El recuerdo de mi abuelo, atento a mis necesidades, me llenó de agradecimiento. Miré a mi abuela y supe que no podría negarme al último deseo de Giacomo.

—Está bien, explíquenme de qué se trata. ¿Qué tengo que hacer?

Corina extendió sus manos y me acarició las mejillas. Sentí la rudeza de su piel ajada por el trabajo. Desde muy joven recolectaba las aceitunas, las recogía del suelo y las echaba en cestas de mimbre o de cuero, para después volcarlas en sacos. Mi abuelo, en cambio, utilizaba una larga vara con la cual golpeaba las ramas de olivos hasta que los frutos caían sobre unas mantas a los pies del árbol, después los ponía en los cestos para limpiarlos en las cribas, y luego los transportaba hasta el lugar donde se fabricaba el aceite.

La imagen de mis abuelos siendo cómplices en la cosecha fructuosa, y también en los tiempos de plagas y enfermedades de los árboles, me generó un sentimiento de profunda admiración.

Una rama de olivo, dicen que es símbolo de la paz, y en gran parte eso era lo que mi abuela estaba buscando. Apelé a los recuerdos de la niñez, y apareció en mi mente la imagen de Giacomo, leyéndome los libros de mitología griega. Con él aprendí que la primera antorcha olímpica, como seis o siete siglos antes de Cristo, fue una rama de olivo en llamas y que los ganadores olímpicos recibían como premio una corona hecha con ramas de ese árbol oleáceo. Por esas cosas que tienen las circunstancias, me sentí portador de una antorcha que iluminaría los próximos años de cosecha, si lograba resolver el problema.

Corina, con su vestido gris y su mirada haciendo juego, tomó mis manos entre las de ella para decirme:

— ¡Marchelo tu devi andare li!

Me dio ternura su modo de nombrarme: Marchelo. Para los demás siempre fui Marcelo.

Con nostalgia me habló de salvaguardar el prestigio de mis bisabuelos. Ellos fueron los iniciadores del cultivo del olivo, allá lejos y hace tiempo, en Calabria. Yo nunca entendí demasiado de plantas y esas cosas, mi mundo es el de la herrería artística, pero me sentí comprometido con la causa.

Según me relató la abuela, la última cosecha de los olivares había sido magra. Y aunque no le echó la culpa directamente a eso, por la muerte de mi abuelo, dijo que lo había entristecido mucho, al punto tal de que en sus últimos días de vida quería ir a Italia para traer nuevos olivos. Y que en caso de morir, el encargado sería yo.

Tuve deseos de decirle a mi “nonna” que podríamos comprar nuevos árboles, por acá cerca, pero como si hubiese leído mi pensamiento acotó que el tamaño de las aceitunas de los olivos de su tierra de origen eran el doble de tamaño que las de aquí. Y que las aceitunas negras eran únicas, y que incluso las verdes cosechadas antes de tiempo y puestas en salmuera, no tenían ni punto de comparación con otras variedades, y que el sabor intenso agridulce era especial para acompañar aperitivos, y su aroma era inolvidable, y ni hablar del aceite que producía: el “olio” como dice ella, es el más sofisticado y exquisito. Y como si todo eso fuese poco, que allá en la Calabria me esperaba Marco, un primo que sería el encargado de explicarme algunos secretos de las aceitunas.

A la semana siguiente comencé a preparar un pequeño bolso. Debía llevar fotos de la familia y de los olivares. Hurgué en los cajones, cajas y recuerdos que Giacomo, en vida, celosamente guardaba. Hallé un cuaderno con anotaciones en italiano, también poesías de Alberti, de Machado y otros que hablaban de los olivos. Me quedé leyendo unos versos que Giacomo había copiado:

“Al pie de los pasos de la noche

va un agua clara, color de la oliva…”

A mí también me gusta la poesía, nunca supe que teníamos esa afinidad, y pensé cuántas cosas de la existencia son misterio, y mueren así misteriosas con el último aliento.

Antes de marchar de viaje, mi abuela Corina me dio una ramita de olivo para que llevase a Marco, y me dijo con voz ronca:

—Marchelo, portami il frutto migliore           .

Yo no quise desilusionarla, pero confiaba que Marco supiese de qué se trataba todo esto. Soy un tipo de pocas palabras, la abracé diciéndole que se quedase tranquila y ella agregó:

—La “calabrese”, esa es la mejor…

Mi padre, ahí presente, deseoso de explicarme, me dijo que la “calabrese” era una variedad de olivo muy regular y que se la conoce también como “carolea”. A estas alturas mi corazón ya no daba más, era demasiado peso. ¿Y si no conseguía esa variedad? ¿Y si todo ese esfuerzo familiar era en vano?

Supongo que Dios me escuchó porque Corina me dijo por lo bajo:

—Marchelito non preocupare…Giacomo sa…

Y sí, Giacomo era el que me había impuesto tamaño desafío, supongo que sabría que yo iba a remover cielo y tierra hasta hallar el olivo que buscaba la familia. Pero tenía solo dos semanas, y no era demasiado.

Marco estaba en el aeropuerto esperándome. Nos dimos un fuerte abrazo. Se parece a mi abuelo, es hijo de su hermano Francesco. Él no hablaba ni una palabra de español, y yo apenas me defendía con la lengua de Dante. Descubrí que siempre hay una vía para comunicarse con alguien de la familia, aunque el idioma intente separarnos, así fue que un poco por señas y otro poco por intuición, nos fuimos entendiendo.

Buscábamos un árbol, el bendito olivo de fruto inmenso, el de las aceitunas sabrosas, el elixir “calabrese” y no sé cuántas otras virtudes más. El caso es que mi primo me propuso recorrer los olivares de la casa para hallar esa variedad. Después de hacer un extenuante recorrido, no pudimos encontrar el tal mentado olivo vigoroso, de porte erecto y medio espesor de copa, cuyas aceitunas pesarían alrededor de veinticinco gramos, siendo el peso medio de doce.

Ya me quedaban pocos días de estadía en la tierra de mis ancestros y mi ánimo iba en franca caída, cuando a Marco se le ocurrió ir a la plantación más grande del pueblo. Nos levantamos temprano ese jueves cuyo recuerdo aún me llena de emoción. Desayunamos un jugo y un trozo de “formaggio”, el queso casero, y salimos a las apuradas hacia el olivar que distaba unos tres kilómetros. Al llegar tuvimos que pasar por la oficina de recepción, allí mismo funcionaba un negocio de venta de aceite de oliva y aceitunas de todo tipo: negras, rellenas, verdes, descarozadas, con carozo. Y fue en el instante en que tomé el frasco de las más aceradas y brillosas para llevarle a mi nonna Corina, cuando oí una voz que atragantó mis sentidos y mi ser.

—Marchello…sei tu?

Confieso que mi corazón no supo qué decir, mi mente retrocedió hasta llevarme a un tiempo feliz. Nos miramos con esa mujer de grandes ojos y boca risueña, y sin pensarlo la abracé hasta dejarla sin respiración, por un instante, ante la mirada curiosa de Marco que parecía estar petrificado por la singular situación.

Entre tantas otras cosas, Antonella Pirilli me contó de la partida de la familia, así, súbita, sin lugar a despedidas. Durante la dictadura argentina habían sido amenazados de muerte por las actividades sindicales de su padre y no les quedó más remedio que irse. Comprendí que la vida suele dar segundas oportunidades y ahí estaba la nuestra.

Con gusto y felicidad perdí el vuelo de retorno, afortunadamente Antonella no tenía compromiso, y yo tampoco.

Demás está decir que aún no volví a la Argentina, que las aceitunas del negocio de Antonella Pirilli son las más grandes que mis ojos hayan visto, y que quizá el fruto buscado por mi abuelo Giacomo se parece al amor: raro, coincidente, inmenso e inexplicable.

Ya han pasado varios meses y estamos planeando con Antonella viajar a la Argentina para llevarle a mi abuela un lote de olivares calabreses de la plantación de los Pirilli.

Cada vez que hablo por teléfono con mi “nonna” Corina, me dice:

—Non preocupare Marchelito, ti aspetto tranquila…e dili a Pirilli che mi mandi el olio…

Su voz se nota calma, ese trozo de paz que vaya a saber cómo se transmite, pero que es la misma que yo siento.

A veces, mientras miro el cielo de noche, repito los versos de Ungaretti que alguna vez copió Giacomo en su cuaderno, y lo imagino tan cerca de mi corazón como si fuese posible abrazarnos en silencio.

Pienso en el color verde de los ojos de Antonella, y se me ocurre que los versos del poeta fueron escritos para alguien como ella, y se los repito al oído, mientras comemos las aceitunas rellenas con historias de nuestras vidas y nuestros ancestros.

“Al pie de los pasos de la noche

va un agua clara, color de la oliva,

y alcanza el breve fuego desmemoriado.”

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