Perdida entre olivares

Perdida entre olivares

[Arianna Aznar Gázquez]

Ella se perdía cada día entre los olivares de Andalucía, deseando que los pasos que daba fueran ciertos y no simple fantasía.

Desde un frío apartamento de Londres, Julia imaginaba un cielo claro y soleado en vez del cielo oscuro con nubarrones, prados en vez de carreteras y, por cada edificio, un olivar. Todas las mañanas bajaba a la cafetería (que en su mente era su vieja casita blanca) y comía simplemente pan con aceite de oliva, intentando sentirse en su tierra, aunque ese aceite no tenía nada que ver con el de Jaén.

Pasaba el día en una triste oficina gris mal iluminada, mientras que en su mente ella era una huertana que se protegía del sol con un sombrero de paja.

Tanto se creía Julia sus fantasías que llegaba a casa agotada, pero ya en las noches recordaba que todo era producto de su imaginación y lloraba.

“¿Quién me mandaría a mí marcharme de Andalucía? ¿Por qué decidí pasar mis días en este entorno tan gris? ¡Quiero sol, quiero calor, quiero la huerta y los campos de olivares por los que solía pasear!”.

Julia se repetía estas palabras cada noche, pero nunca se atrevía a hacer algo al respecto por miedo a dejar su trabajo. ¿Cómo podía permitirse perder un puesto tan bueno en una empresa de tan buena reputación? ¡Tenía por fin lo que tanto había esperado durante años, por fin obtenía la recompensa de tantos estudios! Vivía en Londres, con suficiente dinero como para permitirse un modesto apartamento y un capricho cuando le apeteciera. Se supone que debería ser feliz, sentirse realizada y tratar de adaptarse a su nueva vida en la capital inglesa, pero no podía.

No podía olvidar Andalucía.

Su familia, sus amigos, la suave brisa, la luz del sol que se filtraba a través de las ramas de los olivares y el buen aceite de oliva: el puro de Jaén, ese oro líquido que se filtraba por la miga del pan tostado y que solía alegrar sus mañanas.

Recordaba también Julia los naranjos, los limoneros y los almendros, añorando toda la huerta del sur en general, pero con un cariño especial al olivar, porque si algo había consumido a diario durante toda su vida era el buen aceite de oliva.

Aquella noche Julia estaba especialmente triste, especialmente harta de su situación en Londres, y el insomnio que sufría era tal que seguía despierta a las cuatro de la madrugada.

“Basta”, se dijo a sí misma en su mente pero casi escuchándolo, como un grito de una presa que quiere escapar.

“Basta”, volvió a pensar, destapándose y encendiendo la luz del dormitorio.

“Se acabó”, se dijo mientras se levantaba de la cama y entonces sí gritó, fuerte, despertando a más de uno de sus vecinos ingleses: “¡Me vuelvo a mi tierra!”

Su cuerpo pertenecía a Andalucía y su mente lo sabía, necesitaba su hogar, su familia, su paisaje y su gastronomía. Londres podría estar bien para muchos, pero no era para ella, jamás le gustaron las grandes ciudades y sólo se mudó allí por un trabajo que, con el paso de los días, había acabado odiando.

Ni siquiera esperó Julia a que amaneciera: aún sin dormir se sentía más activa que nunca y comenzó muy motivada a hacer sus maletas: esas que apenas hacía dos meses que había vaciado, volviéndolas a llenar con su ropa y objetos personales. Los papeles del trabajo los dejó, ya no los necesitaría más.

Encendió su portátil y reservó sin pensarlo un vuelo que salía a primera hora de la mañana, y nada más hacerlo cambió su pijama por un vestido, ordenó un poco el apartamento, cogió su equipaje, salió por la puerta y la cerró con llave por última vez. Pegada en ella, dejó una nota a sus vecinos: “Adiós a todos, me llama Andalucía y su olivar”.

Llegó al aeropuerto despeinada, con el tiempo justo para coger un avión que no le inspiraba demasiada confianza, y sólo pudo suspirar antes de quedarse profundamente dormida en el asiento que ocupaba, soñando con las oficinas y edificios de Londres que por fin dejaría de ver a diario.

Cuando despertó se alegró (por lo menos el avión del que tan poco se fió había conseguido aterrizar, y eso ya era algo positivo), cogió su equipaje de mano y corrió por los pasillos del aeropuerto para recoger su maleta grande, pero después de esperar demasiado tiempo la compañía le comunicó que “lamentaban muchísimo” la pérdida de su maleta.

Julia ni siquiera se molestó, no quiso ni poner una reclamación. “Sólo es ropa,” pensó, “todo lo importante lo llevo a mano y lo importante es que estoy en casa.” Al pensar esto, tuvo que reprimir un grito de alegría: ya era real, ¡estaba en casa!

Se despidió de los preocupados directores de la compañía asegurándoles que no podía importarle menos el estado de su maleta, sólo quería llegar a casa lo antes posible.

Fue un largo trayecto en tren el de camino a casa, en el que Julia se dio cuenta de que ni siquiera había avisado a sus padres, no sabía si habría alguien en su casa cuando llegara, y no sabía cómo sería la reacción de sus familiares al ver que había dejado su trabajo, su apartamento y gran parte de sus cosas en una maleta perdida.

Suspiró. Estaba tan emocionada que ni quería pararse a pensar en eso, y decidió entretenerse mirando por las ventanas del tren. Volver a ver los naranjos, los almendros en flor, los campos, las pequeñas casas y, ya cerca de su hogar, una inmensa cantidad de olivares. Casi lloraba Julia al reconocer los edificios de su infancia y las casas de sus amigos.

Con los sentimientos desenfrenados por tan precipitado y poco meditado viaje, bajó del tren sorprendiendo a más de un conocido que no esperaba su presencia por allí. Todo el que la veía pasar le preguntaba y ella sólo podía contestar que extrañaba el olivar.

Era ya de noche cuando llegó a su vieja casita blanca, con tejas rojas, ventanas amplias y, lo mejor de todo, rodeada de olivares.

En la puerta de su casa había una jarra con aceite de oliva, seguramente de la última cosecha, y Julia aspiró su aroma hasta convencerse de que era su favorito.

Al abrir la puerta con sus llaves, puedo comprobar que no había nadie en la casa, sus padres debían de haber salido, pero lo prefirió así, porque estaba tan cansada que sólo le apetecía tumbarse en su cama y dormir.

Y eso hizo. Fue la mejor noche en mucho, mucho tiempo.

A la mañana siguiente llamó a sus padres para preguntarles dónde estaban y tuvo que aguantarse la risa cuando les escuchó decir que habían ido a Londres para hacerle una visita sorpresa.

“Mamá, papá, cuando veáis una nota en la puerta de mi apartamento lo entenderéis todo… pero yo de vosotros no vaciaría las maletas en el hotel”.

Y así, dejando a sus padres perplejos, Julia colgó y, riéndose aún por la situación, salió a tomar el sol de la mañana, disfrutando la manera en que la suave brisa mecía su cabello y su vestido. Estaba convencida de que su vida pertenecía a Andalucía.

---

Ella se pierde cada día entre los olivares de Andalucía.

Sus pasos ahora son más reales que nunca y sus labios tienen rastro del aceite de oliva.

Julia vuelve a sentirse niña en Jaén, acompañada de su familia, y poco le importan ya las grandes oficinas.

---

Comparte con tus amigosTweet about this on Twitter
Twitter
Share on Facebook
Facebook