El olivar mágico

El olivar mágico

[Irhene Herz]

Una mañana, al pie del olivo de la colina en la propiedad Sánchez Solé, vino al mundo una hermosa niña cuando su madre ejercitaba la tarea de vareo para la recolección de frutos. Así señala su acta de nacimiento: Hoy 25 del otoño del año 1983 ha nacido, para iluminar las tierras de Lérida, la niña que lleva por nombre María Arbequina. Sus padres estaban realmente contentos con su llegada y mientras daban gracias a Dios por el milagro en la iglesia de la región, fueron testigos de un vaticinio sobre su vida. Una vieja vecina señaló que su destino estaba ligado a la prosperidad.

La niña tenía presente en todo momento las palabas de su padre en cuanto a que de la oliva, al igual que del hombre, siempre se puede extraer lo mejor bajo situación de presión. Esa idea le transportaba al proceso de extracción del aceite de oliva, ya que desde muy temprana edad se escondía tras los equipos componentes de la almazara porque le gustaba sentir el olor que desprende la trituración del fruto. La imagen de la cascada verde del aceite viscoso y opaco que se precipita a la salida de la almazara, era para ella un modelo de fluidez y belleza para el desempeño emocional.

Entre sus múltiples reflexiones sobre el árbol del olivo, resaltaba la de su emulación porque está demostrado que vence a la fuerza de la gravedad, el tiempo y las condiciones climáticas. Su familia había vivido penurias estacionarias, conquistas y errores que le dejaron huella, pero ella se apegaba a la resistencia del olivo milenario de Fuente Buena, según se dice plantado por unos frailes, de cuyo árbol se extraía aceite destinado a santos óleos.

A sus amigas de la escuela les decía con mucha frecuencia que sentía la transformación especial que la luna ejercía en su anatomía y su alma. Nadie la entendía cuando explicaba que crecer, madurar, caer y levantarse era el ciclo y esencia de la vida.  El árbol bajo el cual nació se ubicaba aislado en una colina y era su lugar de juego, reposo y encuentro. Un viejo jornalero de la hacienda, en alguna ocasión recuerda haberle escuchado al olivo pedir a la luna el deseo de convertirse en ser humano… Lo que sí era cierto es que había un vínculo particular entre ese olivo y María Arbequina. Ella confesaba sentirse a gusto bajo su sombra y muchas veces percibía que le hablaba, la enamoraba o le aconsejaba. Se había hecho experta en reconocer los cambios, reacciones y sensaciones de sus hojas, flores y frutos. Percibía cuándo el árbol estaba triste, cuándo estaba agobiado por el viento, la lluvia o el calor del sol, así como cuándo se debían tomar sus frutos, podarlo o dosificar su riego.

María Arbequina adoraba la cultura oleica porque le llenaba el espíritu ver el doble colorido de las hojas acanaladas y el tronco oscuro de sus olivares, como respuesta a su meticuloso cuidado y a la luz del astro rey. Esas tierras habían producido el sustento de cuatro generaciones de la familia, gracias a un aceite de oliva de excelente calidad.  Es por ello que sabía que el contacto con la tierra después de la caída natural de la aceituna tenía un plazo prudencial para no acidificar el futuro aceite, al igual que mantener un problema sin resolver en la vida estropeaba el carácter. De igual manera tamizar las alegrías y las tristezas humanas, como la molienda del fruto bajo el carrusel de piedra separa texturas para transportarlas a lugares distintos. Sin olvidar que arar la tierra para remover apelmazados y sembrar para que crezcan nuevas especies es sinónimo del cambio de ropaje del alma.

El olivo de María Arbequina está representado en el escudo familiar, donde se observan 10 singularidades. Alineados en el eje central del diseño se aprecia en el tronco un gran nudo a nivel de suelo y otro a un metro por encima de éste, como si fuese el ombligo del árbol. Luego, dos intersecciones muy tupidas a nivel del follaje proyectan figuras, una con forma de corazón en la parte central y otra de corona en la cúspide. También a ambos lados de ese eje y dentro del follaje se distinguen 3 entramados, totalizando así los 10 puntos focales que en las noches de luna llena emanan vibración y luminosidad. La naturaleza del olivo de la colina demuestra que es una especie vegetal inteligente que programa en cada temporada la relación pulpa-hueso, el número, sabor y tamaño de los frutos, el equilibro entre suavidad y firmeza de la pulpa, así como la función protectora de la piel al clima y los insectos. Indudablemente, el porcentaje de aceite que de sus frutos se extrae sigue siendo hoy en día de alta calidad, embotellándose para exportación con una bien merecida apelación de origen Siurana, por su olor y su sabor almendrado especiales.

Mas llegaron unas semanas de un rudo verano, con lo cual mucha cosecha de la región no completó su proceso. El olivo mágico mostraba savia fuera de su corteza, como una forma de protección de las capas internas del tronco que a la vez le daba un aire misterioso. Además, casi no presentaba frutos, por lo que podría decirse que algo grave le estaba sucediendo... El suelo a su alrededor se cubrió de muchas hojas secas, por lo que María Arbequina estaba preocupada temiendo por su integridad. Su conexión con el árbol se estaba debilitando, así que pasaba más horas junto a él tratando de reanimarlo con su diálogo y su presencia. Las pulsaciones de los corazones de ambos seguían un ritmo paralelo, aunque a menor frecuencia quizás como mecanismo de supervivencia en esta dura estación del año. Sorpresivamente una noche, el olivo le confesó a la luna llena que se había enamorado de María Arbequina. Aprovechó para recordarle que le gustaría vivir como humano, ya que estaba seguro que este sentimiento era mutuo. La luna no tenía poder para transformarlo en un ser humano para que materializaran su amor, y después de analizar la situación le propuso que intervendría ayudándolos a tener un hijo mitad humano y mitad vegetal. El encantamiento se iniciaría cuando María Arbequina dejara caer lágrimas de amor sobre las hojas en el suelo, pero ello debía suceder esa misma noche. El árbol aceptó el reto.

Mientras esto sucedía, María Arbequina estaba en cama muy débil y triste preguntándose cómo podría salvar a su árbol de esa extrema temporada de sequía. De repente, en sus sueños, aparecieron unas voces que le alentaban a levantarse a pesar de la fiebre y llegar hasta el árbol para acompañarse mutuamente en esos difíciles momentos. Con un golpe de voluntad, se levantó y con dificultad subió la colina. Muy confundida porque no veía signos de vitalidad en el árbol, empezó a cuestionar en su cabeza las historias familiares extrañas de amores y desamores. Finalmente, desahogándose, le dijo al árbol que deseaba que fuera un ser humano como ella porque había descubierto que estaba enamorada.  Luego, diciéndose a sí misma que esas ideas no eran más que producto de un estado depresivo entre sollozos y pensamientos, apareció una lágrima en sus ojos. Un poco después, a pesar de su acostumbrado temple, fue derrumbándose y un torrente de lágrimas rodó por sus mejillas cayendo sobre la hojarasca en el suelo.

Unos minutos después se oyó una voz en el cielo que decía:

–¡Olivo de la colina, despierta a la vida. Tu deseo será cumplido!

María Arbequina, sobresaltada, se apartó del árbol y empezó a ver un espectáculo maravilloso. Estrellas fugaces surcaron la noche, mientras el corazón del árbol volvió a latir con fuerza y a emanar luz. Dejó seguir los acontecimientos y se fue dando cuenta que en el interior del tronco empezó a generarse un ruido. Instantes más tarde, el ombligo del árbol se abrió lentamente y de su interior salió un pequeño y frágil duende de extremidades alargadas como ramificaciones. No cabía duda, se había dado el milagro del hijo de ambos. María Arbequina lo tomó en sus brazos, lo besó y lo colocó en su regazo, mientras el olivo retomaba por completo su majestuosidad de siempre en la colina. El cuerpecito de aquel ser estaba bien definido, a pesar de no tener la corporeidad humana. Más bien, se trataba de una presencia con una transparencia y luminosidad verde que con una risa fresca y contagiosa llenaba de felicidad a sus padres.

Ese duende ronda las tierras de la propiedad Sánchez Solé desde ese día, cuidando la producción y cosecha de manera muy especial. Sabe que tiene mucha responsabilidad en juego para hacer honor a sus padres. Algunos trabajadores afirman que pueden detectar que alguien siempre inspecciona el proceso de trituración de las olivas en la almazara y que juega con deleite con la cortina del fluido y denso aceite que se obtiene. Dicen los productores de la región, que muchos clientes prefieren el aceite de oliva del árbol de la colina, porque encuentran que en su sabor y en su textura se siente un ángel que le da un toque especial.

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