Entre cielo y tierra

Entre cielo y tierra

[Manuel Peris Junco]

Acababa de sacarme el carnet de conducir. Con mi flamante coche nuevo con la L detrás, como anunciando “Lerda al volante”, “Lenta por la vía”, que no ayuda nada ante tanto resabido de la conducción que circula por ahí.

Dentro de la población, el tráfico resulta agobiante. Es difícil mantener la vista al frente y en tres espejos retrovisores al tiempo. Sin contar con las señales, semáforos y pasos de peatones. Si los automóviles suponen un peligro, mayor aún es el de motoristas, ciclistas, peatones, escolares, ancianos... No son conscientes de la dificultad que entraña todo esto para el principiante.

En cuanto pude, salí hacia los campos, donde no me sentiría tan agobiada. Vana esperanza. En la carretera, pronto se pegó a mi coche un camión, atosigándome para que transitase más rápido. A la primera ocasión que se me presentó, salí a un camino de tierra. Siempre he seguido el proverbio chino, creo que de Confucio: “Quien cede el paso se ensancha el camino”. Se despidió con un bocinazo prolongado, victorioso. Anda y que te den.

Temblaba de furia e indignación, por lo que decidí continuar por el camino, que discurría entre olivares y por el que no circulaba nadie. Poco a poco me fui calmando. La polvareda que levantaba a mi paso se dispersaba rápido por la acción del fuerte viento imperante. Cuanto más se agitaba el coche, más me aquietaba yo; cuanto más se empolvaba, más impoluta me sentía.

La armonía era absoluta. Aquellos campos transportaban al pasado, pero también al presente y al futuro. Olivos centenarios que llevan aquí más que nosotros y subsistirán tras nuestro paso. Escenarios eternos ante nuestros ojos. Inmensidad espacial y temporal.

En ese momento lo percibí a mi izquierda, en el cielo, descendiendo a gran velocidad. Detuve el auto a tiempo de ver como caía sobre un gran olivo, quedando enredado entre sus ramas.

Corrí hacia el lugar, consciente de ser la única persona en el paraje que podía auxiliarle. Allí estaba el paracaidista, agarrado al olivo, a media altura.

—Tranquilo. Enseguida te ayudo a salir de ahí.

—Tan solo estoy un poco aturdido, pero relajado. El abrazarse a un olivo transmite paz y tranquilidad de sentimientos. ¿Lo sabías?

—¿Cómo puedes decir eso en esta situación? Pero sí, lo sabía. Hace un momento he pasado por una experiencia similar. Espera un momento. Voy al coche a buscar algo que corte.

—Muchas gracias, pero no vayas. Ya me desprendo del artilugio. Tengo que intentar recuperarlo. No sabes la pasta que cuestan.

—¿Estás seguro? —pero él ya se había soltado las cinchas y saltaba al suelo, con un gemido.

—Siéntate en el suelo. Estás herido en la pierna. Déjame echar un vistazo.

—¿Eres médica?

Remangué la pernera derecha de su pantalón, dejando al descubierto una herida en la parte externa de su pantorrilla.

—Pues no; no trabajo en el sector sanitario, pero soy de familia olivarera. Espera un instante. Por fortuna, estas olivas no son de verdeo. Aún no se ha recolectado este olivar.

Cogí varias aceitunas, las aplasté entre mis dedos y le apliqué el líquido en la herida.

—¿Qué estás haciendo?

—Remedio de la abuela. Es un cicatrizante natural. ¿Cómo te sientes? —al levantar la cabeza me pareció que tenía la vista puesta en el escote entreabierto de mi camisa de franela.

—Pues que me está mitigando el dolor y el escozor. Eres un ángel.

—María Capilla. Y no hagas bromitas, por favor.

—No pensaba. Pues yo sí que me llamo Ángel.

En ese momento fui presa de un ataque de risa que no pude contener, aunque lo intenté sin éxito.

—¿Qué te hace tanta gracia?

Cuando conseguí parar, me expliqué.

—Es que solo te faltaba ese nombrecito. Estamos casi en Halloween y la escena es de lo más adecuada. El olivo cubierto por el paracaídas, como un fantasma, y tú debajo, un ánima blanca como la cera y la ropa ensangrentada—. Continué riendo—. Y me estaba imaginando un bocadillo de historieta sobre tu cabeza espectral, en la que pone “Truco o trato” —le dije, enjugándome las lágrimas.

—Qué simpática.

—Por cierto, ¿de dónde has salido? —pasado el susto del momento y la consiguiente reacción nerviosa, ahora tenía tiempo de observarlo con detenimiento. Era de edad similar a la mía. Moreno, como yo. De cuerpo atlético, constitución fuerte. Con el pelo largo y sin tatuajes a la vista. Mono, muy mono.

—Paracaidismo deportivo. A pesar del tiempo, nos hemos lanzado varios en el aeródromo cercano, pero el viento me ha mandado a tomar viento, valga la redundancia.

—¿Puedes caminar? Apóyate en mi hombro.

—Si me puedes acercar al aeródromo, te lo agradezco. Mañana vendré con los colegas y una escalera a por el paracaídas.

Cuando llegamos al coche, comenzaron a oírse los primeros truenos. Al momento, la lluvia descargó con fuerza. Solté un estridente alarido cuando un rayo cayó no muy lejos. Asustada, paré el coche. Ángel dijo que no podía conducir. Estábamos junto a una edificación rural con una torre sin puerta. Acerqué el coche para cobijarnos en ella.

Desde allí, llamó al aeródromo para tranquilizar a sus amigos. Tan solo alcancé a oír: «Ni se os ocurra venir por aquí. Ya os contaré». Y colgó.

Aparte de enseres de labor, tan solo había una cubitera de cuero con cinco dados de póquer sobre una repisa. Nos sentamos en el suelo y decidimos echar una partida, para pasar el rato.

—Si yo gano, me tienes que dar tu número de teléfono —me dijo.

—¿Y si gano yo?

—Te lo tengo que dar yo a ti.

A pesar de intentar dejarle ganar, estuve a punto de hacerlo yo. No parecía muy afortunado en el juego. Finalmente anotó mi número en su móvil. La tormenta continuaba. Anochecía. Saqué una linterna que había echado en el maletero. Encontré una caja con melones al fondo de la estancia. Comimos mientras escampaba.

—No te he contado —me dijo—. Mi familia se dedica a la viticultura. Sobre todo al vinagre. Así que haríamos una buena ensalada tú y yo.

Ya anochecido, nos marchamos en el coche. Pero no llegaríamos muy lejos. Debíamos pasar por un puente sobre un cauce normalmente seco. Sin embargo, ahora llevaba mucha agua, que había alcanzado el vial.

—Pues yo por ahí no paso —dije.

—Pasa despacio, pero sin detenerte.

Su voz causaba un efecto tranquilizador sobre mí. Le hice caso y conseguimos atravesar el puente, con el agua a media rueda.

Sin más contratiempos, le dejé en el aeródromo y regresé a casa, radiante.

Al día siguiente recibí una llamada desde un número desconocido.

—¿Dispones de unos días? Tengo una tienda de campaña. Me gustaría acampar contigo bajo el olivo en el que te conocí. Cual si se tratase de una “capilla” en la que consagrar mi devoción por ti.

—Muy gracioso.

—Perdona. No me digas que no.

No le dije que no. Nunca olvidaré al camionero triunfante, glorioso. Ahora recuerdo que era un camión cisterna. Seguramente aceitero. ¡Ay, el aceite! El bendito aceite. Bueno, y el vinagre.

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