Nuestro mundo. El aceite

Nuestro mundo. El aceite

[Carmen Pérez Ballesteros]

“Le pregunté a Ana, mi mamá, ¿de dónde sale el aceite? Ella me lo explicó porque, como soy aún pequeña, mi mamá me enseña las cosas que aún no sé”.

Así comenzó todo; mi hija Laura me transmitió la curiosidad por las cosas.
Decidí llevarla a la fábrica donde se producía el aceite. Comenzamos a prepararnos como dos niñas pequeñas, contentas e ilusionadas. Laura desayunó muy contenta, deseosa de ver todo lo que le había contado por la noche, la había motivado mucho y la verdad es que yo también lo estaba. En el coche no parábamos de hablar, yo me situaba conduciendo, pero controlando la situación y sentía que las ganas de llegar eran mutuas.

“Mi madre estaba muy contenta, notaba cómo su sonrisa me alentaba para poder entender mis ganas de aprender. Es muy buena madre, siempre hemos estado muy unidas y la verdad que el interés que había sentido por el olivar era bastante grande. Siempre se lo agradeceré ya que mi vida se ha centrado en eso desde entonces. Llegamos al lugar donde veríamos tantas ideas sobre el olivar y la aceituna que realmente me sirvió para decidirme por mi futuro”.

La explicación que le dieron a mi hija fue determinante para su futuro… No podía imaginar que aquella visita fuera tan decisiva para nosotras. Compramos aceitunas e incluso libros de cómo podríamos llevar la conservación de un olivar. Era emocionante, notaba que Laura estaba tomando bastante interés sobre el tema.
Laura me comentó sobre el tema de la aceituna:

–Mamá, el tema de cómo poder emprenderme en el mundo del olivar me interesa mucho, cómo podría hacer para comprender ese mundo?

Yo, como madre, sabía que una buena información era imprescindible y le aconsejé a Laura que cuando terminara sus estudios podría hacer algo de laboratorio para comprender las sustancias y el conocimiento de la administración de un olivar.

La verdad es que desde la muerte de mi marido Frank, las cosas no iban del todo bien y pensaba cambiar de situación para que las cosas fueran mejorando. Las facturas se iban amontonando y le comenté a mi amigo banquero si podía darnos un plazo en poder pagar en recibos más pequeños y a su vez decirle que teníamos un proyecto de futuro en el cual el banco podría interesarle. Hablamos detenidamente, lo del olivar fue una idea maravillosa, me abrieron las puertas de un nuevo comienzo y la felicidad de mi hija.
Una vez explicado a Laura, esta quedó sorprendida, realmente no esperaba que su madre fuera tan inteligente y el ver que pensaba en ella fue lo suficiente para que no lo dudara.
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Teníamos que ver tierras que fueran fértiles y, si era posible, que los árboles estuvieran fuertes. Sabíamos que tendría que pasar un cierto tiempo para que floreciera nuestra ilusión y nuestro futuro. Lo necesitábamos y estábamos convencidas de que lo íbamos a conseguir.
El proyecto estaba cogiendo cuerpo. Ya veía en mi mente los árboles alrededor de casa, creando un paisaje nunca visto por la zona. Dejé que pasara un poco de tiempo para que estuviera completamente convencida de la idea y ante mi sorpresa ya estaba hablando con propietarios de fincas y personas conocedoras del mundo de la aceituna.
Fue muy alentador, mi hija había hecho en mí que mi aspecto de empresaria volviera a resurgir y las ansias de sobrevivir fueron mayores que mis miedos, facilitándome la oportunidad de que mis sueños se hicieran realidad.

Fuimos a una zona no muy lejana de donde vivíamos y nos enseñaron unas parcelas para poder continuar con el aceite. Llegamos como niñas pequeñas que comienzan su primer día de clase e incluso abrazándonos sonreíamos al buen tiempo. Vimos que los árboles eran de una altura excepcional, la tierra tenía un color rojizo amarronado y el sol estaba a una temperatura maravillosa. Nos hablaron de los seguros que debíamos contratar y de cuáles serían los pros y contras, y no dudamos demasiado, nos encantaba el lugar.
No tardamos mucho en hacer limpieza por los contornos. El tiempo pasaba tan rápido que comenzamos a ver los cambios de los árboles en un momento dado.
Un sufrimiento de nostalgia pasaba por mi corazón. Sabía que la muerte de mi marido había sido un reto para nosotras. Las decisiones son siempre malas. Aunque en este caso éramos conscientes de lo adultas que nos habíamos comportado y la paciencia que habíamos tenido.

La verdad es que el aceite era muy gustoso. Su preparación era artesanal y la gente del pueblo comenzó a poner sus opiniones por los medios de comunicación.
El color era de un dorado brillante, y su olor era extremadamente apetecible.
Pasó un cierto tiempo y las cosas se estaban estabilizando. Ese aceite tan especial había cambiado nuestras vidas, Laura era una mujer sabia y había creado un imperio de la aceituna.
Sus campos eran extensos y al amanecer se podía observar cómo los rayos del sol, iluminaba las primeras ramas de  los árboles. Laura pensó una idea muy importante. Las nuevas generaciones debían continuar con el misterio de la aceituna, no quería que todo su trabajo se quedara así. Hizo un seguimiento en todos los colegios de la zona para hacer visitas reguladas, creando unas visitas muy interesantes para seguir creando el conocimiento de la aceituna.

De vez en cuando nos acercábamos a la fábrica donde se hacía la preparación del aceite.
Al entrar el aroma de la sala era maravilloso, te llegaba a todos los sentidos.
Nos introdujimos por los grandes pasillos y sonreíamos al comprobar que habíamos tenido suerte. Los empleados que pudimos contratar estaban contentos y el aceite pasaba por las máquinas ya preparadas para su trabajo.

Una vez tuvimos un sueño y en ese instante entendimos que con trabajo, serenidad y paciencia todo era posible. Ya estaba todo hecho, le pusimos una etiqueta en las botellas y nuestros nombres recorrieron toda nuestra zona, vendiéndose con notable facilidad.
Estábamos muy contentas. Eso de crear algo así mantuvo a la familia unida y el miedo al futuro se nos borró de la mirada. Genial y fantástica idea esto de la aceituna, me repetía Laura cada vez que sacábamos el caso.

¡Qué podíamos hacer más! El negocio funcionaba, nos sentíamos agradecidas por todo lo ocurrido. Y nuestro amor como madre e hija estaba totalmente consolidado.
Nuestra patrona era la Virgen de la Oliva, que cada año sacábamos de la iglesia para que todos los del pueblo la vieran. Le hicimos una ofrenda con una caja de nuestro aceite y merendamos con todos, llenando de pétalos de flores a nuestra Patrona; fue el momento más lindo del evento. Estamos muy contentas y nuestro aceite se hizo famoso por todo el mundo.
Por aquel entonces, la fábrica funcionaba a un nivel provechoso, la gente se sentía bien en sus puestos y ciertamente el aceite se distribuía en normales condiciones.
Laura había aprendido mucho, hizo injertos con los árboles y cada vez veíamos cómo la empresa salía a delante. Nos llamó por teléfono una empresa de distribución de aceites, deseaban que participáramos en un montaje sobre el aceite y las empresas que mandan las cajas a las demás provincias.

La idea era dar publicidad a nuestro aceite fuera como fuera. Laura estaba de acuerdo y a mí me pareció una buena oportunidad. Creíamos que todo lo que estábamos haciendo era para mejorar las condiciones de la fábrica. Cada vez que veíamos la publicidad en la televisión, sonreíamos como teniendo un cosquilleo interno. Pero habíamos logrado nuestro propósito y después de tanto tiempo nos sentíamos satisfechas por una labor tan difícil, conseguida y duradera.

El sábado por la mañana Laura me comentó que ya tenía ganas de hacer conferencias o algo parecido, tanto tiempo allí se estaba cansando y necesitaba tomar aires nuevos.
Hizo un esquema por las ciudades que más le gustaban y una vez todo preparado salió para una semana de viaje. Verdaderamente había tenido mucha suerte y como madre lo que hiciera sería positivo para nuestro negocio. Pensé que mi tarea había sido bastante importante y me sentía muy satisfecha.

Pasaron dos semanas del viaje de mi hija Laura y era extraño puesto que habíamos quedado para una semana. Supuse que se había entretenido por trabajo, pero cuál sería mi sorpresa cuando a las tres semanas me llamó diciéndome que vendría a casa acompañada.
Estuve pensando mucho tiempo, y no sabía por qué motivo vendría acompañada. A las nueve de la mañana sonó el timbre de la puerta. Mi asombro fue mayúsculo. Laura me presentó a un hombre alto, moreno y con facciones dulces.
Había encontrado el amor en su viaje de trabajo. Como no me lo esperaba, sentí un revuelo en mi estómago, aunque la idea no me molestó. Tenía ganas de tener nietos y ya era el momento adecuado.

Pasó en nuestra casa todo el tiempo que le apeteció y cuando decidieron casarse fueron a preparar los papeles y regresar ya como marido y mujer. Decidimos preparar una fiesta a la vuelta para que todos  los familiares pudieran participar en la boda.
Así se hizo y la alegría resonó por todas las paredes de la fábrica.

Juan, que así se llamaba mi yerno, conoció el manejo del aceite, trabajó con los empleados en la recogida de la aceituna y perfeccionó las máquinas que separaban las ramas de las aceitunas y donde se depositaba el aceite, lo hizo más grande para que su capacidad estuviera amplia y más higiénica. Vivíamos felices, el amor en el ambiente concreta la vida de las personas, nosotros construimos un mundo empresarial y afectivo, solamente buenas intenciones eran realizadas por excelentes personas, no lo dudaba.

Laura había tenido mucha más suerte que yo. Aquel hombre la amaba y el trabajo de la fábrica era su pasión también, por lo que hizo que todo el pueblo nos ayudara en lo que fuera necesario. El tiempo pasaba muy rápido, pero no me importaba, los veía muy felices y eso para mí era suficiente.

Las estaciones transcurrían con una dulzura impresionante y estábamos muy unidos, por lo que me dejé llevar por mis sentimientos y viví con la felicidad en mi alrededor.
Ya el miedo a la descendencia no existía puesto que tuve dos hermosos nietos y la fábrica seguiría después de nuestra existencia. El aceite cada día era perfeccionado, y aprendimos muchísimo de su fabricación, conseguimos la textura adecuada, el aroma perfecto, y la solidez necesaria.

Hacía tiempo que no veía las fotos de nuestra vida, y le dije a Laura que me diera el álbum para poderlas ver. Se veía el principio de la preparación de la fábrica y el avance había sido tremendo. Laura estaba preciosa con el terreno a sus espaldas y los árboles se notaban muy pequeños en comparación a como estaban en la actualidad.

Mis años habían transcurrido muy rápidos, y ante aquel álbum de fotos me daba cuenta del tiempo que había pasado. Éramos felices, y eso era de lo que se trataba. Nuestro negocio había unido a mucha gente, tanto la del pueblo como a nosotros mismos.
Mi alma estaba llena, era realmente reconfortante sentir una estabilidad emocional. Y pensaba constantemente en mi final, cuando mi cuerpo ya no resistiera el paso del tiempo y me iría por esas constelaciones del Universo, creando ideas y esperanza a todo ser viviente en el cosmos.

“No me esperaba que mi madre falleciera tan pronto. Me quedé con un sabor desagradable en la boca. Menos mal que Juan siempre estaba allí conmigo, ayudándome con todos los pormenores.
Ciertamente el aceite me había llenado de satisfacciones. Este dorado manjar pertenecía a mi vida como si lo hubiera mamado. La finca funcionaba muy bien, los árboles se mantenían en pie como castillos majestuosos creando flores en sus ramas en el periodo de floración y sus troncos fuertes mantenían el sudor del tiempo; en la época de la oliva, sus perlas emanaban de las copas hasta sus ramas como si fueran adornos navideños.
La naturaleza es especial, crea lo que el ser humano necesita, pienso que aún no se han dado cuenta de ello.

El organismo humano necesita verduras, legumbres y carnes, y por suerte o por premeditación, nuestro mundo está lleno para atender nuestras necesidades; es curioso, nos quejamos, pero no nos damos cuenta que, en lo principal, estamos saciados, cruel destino el nuestro si dejamos que el mundo sea utilizado por el ser humano. Deberíamos dejarnos fluir por el mundo y comprobar que tan solo nuestro ego no nos permite ver la verdad.
Tenemos nuestras materias primas, de nosotros depende el saber utilizarlas.
La actividad de nuestro aceite es muy importante, es un antioxidante maravilloso y las personas que se dedican a cuidar de este precioso manjar son herederos de una historia universal. Debemos de luchar, todos, para que nuestros tesoros no sean ocultados por ningún motivo.

Pasaron algunos años, el aceite era distribuido en el extranjero y nos animábamos ya que habíamos vivido de él durante toda nuestra vida. Recordaba las palabras de mi madre:

–Laura, cuida de este tesoro, aprende de él, piensa que es un don de la Tierra y que habíamos sido elegidas para cuidar de ese aceite.

Nos dirigíamos a la fábrica, cogimos el coche y por la carretera que circulaba hacia ella comprendimos la belleza de ese lugar. Los árboles habían crecido mucho y los colores cambiantes de dorados a rojos y verdes oscuros, era un lugar magnífico.
Llegamos a la fábrica y entramos a comprobar cómo seguían todos los cambios nuevos que habíamos hecho. Los tanques del aceite eran nuevos, para su sabor y belleza, y algunas novedades más que habíamos incorporado para una mayor desinfección.
Todo funcionaba muy bien. Mi matrimonio estaba fenomenal. Habíamos tenido dos niñas y la vida continuaba maravillosamente bien. Los conocimientos del aceite se los enseñamos a las niñas, la continuidad debía ser posible y de bien pequeñas habían aprendido el sistema de recogida de la aceituna, la llegada a la fábrica de la materia prima y su milagroso cambio o transformación del aceite. Les gustaba, se les veía una ilusión que hacía que a nosotros la tranquilidad nos rebosara.

Teníamos sueños sobre la finca y dejamos dicho que todos los niños del colegio deberían conocer el significado de la producción del aceite. Debían de conocer su proceso puesto que era de suma importancia para su aprendizaje. Al igual que el aceite servía para la comida, lo utilizábamos para la cosmética. Por un proceso de laboratorio se creaba este aceite que incluso nosotros lo utilizábamos para comprobar su fiabilidad. Era cierto, funcionaba, la piel del rostro la dejaba muy suave y al ser antioxidante conservó su duración en nuestros rostros.

Habíamos creado un imperio inmenso, pero lo más importante no era eso, la tenacidad ante nuestro trabajo había creado una sustancia maravillosa donde en todas las casas el poder del aceite generaba bienestar y estabilidad. No pensamos que llegaríamos tan lejos. Comenzaron los premios y galardones. Creíamos que no era necesario tanto agradecimiento.
Pero como dice el refrán, quien siembra recoge, y nosotros habíamos sembrado mucho.
Creamos un lugar en el pueblo de trabajo y riqueza y sobre todo de vida, eso para nosotros era lo más importante. Estábamos satisfechos, así que en aquella época no nos obligamos mucho más, nos centramos en que la aceituna estuviera bien cuidada y que ninguna plaga pudiera afectar a los árboles y sí, nuestro trabajo estaba ya más que controlado.
Pienso a estas alturas que cuando se quiere una cosa el poder de uno mismo es suficiente para que todo pueda hacerse realidad. Nosotros lo conseguimos y creamos una pradera de grandeza y luz, por tanto ahora creemos que estábamos preparados para ese cometido.
Pensamos que el turismo también podría llevar esos conocimientos fuera de aquel rincón del mundo. Hicimos algo de propaganda y no tardaron en contestarnos.
Habíamos creado algo grande, un bien para la humanidad.

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