De vuelta a casa

De vuelta a casa

[Annabel Navarro]

Jane no podía creer que por fin estuviera en España; aunque todavía tuviera que subirse a un nuevo avión, tomar un autobús y viajar en coche para, finalmente, llegar a su destino. Lo cierto era que merecía la pena cada transbordo por vivir en primera persona todas las historias que su abuela, una emigrante jienense, le había relatado desde que ella tenía uso de razón.

Comprobó la hora en su reloj de pulsera y respiró aliviada; si no había retrasos, pronto estaría de nuevo en el aire. Deambuló por la terminal para estirar las piernas y hacerse con un café bien cargado para que la espera se le hiciera más llevadera; y, a continuación, tomó asiento en una de las sillas que le permitía ver con claridad el panel de llegadas y salidas para asegurarse de que su aventura no se truncara. Tras dar algunos sorbos a su bebida caliente, decidió hacer caso a las mariposas de su estómago y sacó de su mochila el diario de su abuela; un viejo cuaderno de pastas duras que la anciana mujer había llenado con historias de su vida en Jaén como regalo a su nieta inglesa.

Jane había perdido la cuenta del número de veces que había releído cada palabra; de hecho, aseguraría ser capaz de recitar pasajes de memoria a cualquiera que quisiera escucharla. Abrió su pequeño tesoro de celulosa y comenzó a leer…

“El día más triste de mi vida fue el día que tuve que marcharme de Jaén. Con tan sólo 10 años, no era consciente de los motivos que llevaban a mi padre, un apasionado agricultor dedicado a los cultivos de aceituna, a abandonar nuestra tierra para marcharnos al otro lado del mundo donde ni siquiera sabíamos el idioma. Por suerte, el tiempo es sabio y acaba poniendo cada pieza de nuestro puzle en su sitio para que todo cobre sentido; acabé por descubrir que había sido una guerra absurda, si es que alguna tiene sentido, la que me había apartado de mi hogar. Me sentí culpable por haberme llevado tres semanas enfadada negándome a dirigirle la palabra a mi padre; un buen hombre que supo respetar mi silencio y mi pataleta, y que se desvivió para que sus tres hijos fueran felices en aquel nuevo mundo. Recuerdo que entré en casa llorando, me agarré a su cuello y le dije mil veces que lo sentía. Él no dijo nada, me abrazó con fuerza y secó mis lágrimas con un te quiero”.

La vida aquí nos fue bien, pero sé que en el fondo él también echaba de menos nuestra tierra. Ojalá hubiera tenido la oportunidad de regresar una vez más antes de morir; hubiera sido un gran regalo de despedida… pero no pudo ser. Una gran pena. No me malinterpretes, he sido muy feliz aquí en Glasgow. No pude tener más suerte con tu abuelo; he tenido unos hijos a los que adoro y unos nietos que son mi alegría; perosiendo completamente sincera, una parte de mi alma se quedó en Andalucía el día que emigramos.

Jane apartó una lágrima furtiva que corría ansiosa por llegar a su cuello. Había leído muchas veces ese cuaderno y de sobra sabía lo que contenía; pero ser consciente de que estaba a unas horas de cumplir el sueño de su familia, le hacía mirar esos fragmentos del pasado con una sensibilidad especial. La voz de la megafonía dio el aviso; era hora de ponerse en marcha.

Se puso el cinturón en el asiento correspondiente, cerró los ojos y se agarró con fuerza a los reposabrazos mientras el aparato vibraba con la fuerza de un huracán y el ensordecedor motor punzaba en su sien y le robaba un gemido contenido. Podía oír los latidos de su corazón, al tiempo que su estómago se contraía, en el ascenso de aquella monstruosidad de metal. Sólo cuando el avión alcanzó altura y se equilibró en el aire, sus nervios se templaron.

Con los ojos aún cerrados, pudo sentir cómo, a su lado, su compañero de viaje, del que no había sido consciente de su presencia hasta ese preciso momento, la miraba fijamente. Él carraspeó animándola a dejar que sus párpados se replegaran; ella, con recelo, fue poco a poco permitiéndole ver cómo un bello tono musgo rodeaba sus pupilas. El desconocido le dio la bienvenida con una sonrisa para, a continuación, indicar insistentemente el reposabrazos. Jane siguió su instrucción confundida hasta que la sorpresa de su descubrimiento tiñó sus mejillas. Allí, entre sus dedos, el brazo bronceado de su acompañante era atacado por las incisivas uñas de la inglesa.

Tras disculparse en todos los idiomas que conocía, Rafael, como se llamaba el joven, se presentó y desvió el tema para quitarle importancia al inocente incidente.

—¿Jaén? —preguntó divertido. Jane pensó decirle que quería visitar la zona para hacer oleoturismo por recomendación de unos amigos; pero cuando abrió la boca la verdad brotó de ella sin censura.

—Voy a conocer la tierra de mis antepasados. Mi abuela escribió un diario sobre su vida allí y me animó a venir. ¿Quieres que te lea un fragmento? —sugirió abriendo el cuaderno sin darle oportunidad de negarse.

Si algo bueno tenía que padre trabajara en el olivar era que en casa no faltaba el aceite ni las aceitunas. Su aroma intenso, su especial sabor, su textura, el aroma de los aliños… Nunca probé nada igual; y es que madre sabía sacarle el máximo partido.

Uno de los recuerdos que con más cariño atesoro son las tardes de invierno en las que madre horneaba pan y nos sentaba a los tres hermanos a su alrededor. Ella cortaba rebanadas y las tostaba en la lumbre; luego, les rociaba con un poco de aceite y nosotros elegíamos el acompañamiento. Manuel le añadía ajo; se convertía así en el dragón de los cuentos de mamá. Rosita era la más exquisita; le gustaba con jamón o tomate. Y yo, que siempre he sido muy golosa, no podía evitar el azúcar.

Entre bocado y bocado, mamá inventaba historias y nosotros disfrutábamos de aquel pequeño placer que la vida nos otorgaba siempre que llovía. Bueno, vale, tal vez no siempre era día de tormenta; pero la mente es caprichosa y ahora, cuando cierro los ojos y pienso en ello, el olor a pan con aceite me embriaga mientras la lluvia pone banda sonora a una historia de dragones y princesas”.

Jane terminó la lectura. Alzó la vista de las páginas y descubrió a Rafael mirándola fijamente con una amable sonrisa. Cuando se disponía a preguntarle qué le había parecido, su nuevo amigo le tendió la mano desconcertándola aún más.

–Ponte el cinturón y dame la mano. El avión está apuntó de aterrizar–. Ella accedió aferrándose con fuerza entrelazando sus dedos–. Espero que me sigas contando más cosas del olivar–. Jane asintió incapaz de pronunciar palabra; debía centrarse en cerrar los ojos y no abrirlos hasta que todo hubiera terminado.

Bajar del avión supuso un gran alivio para la joven inglesa; ajena al dramático momento al que estaba a punto de enfrentarse. No estaba segura en qué momento había perdido de vista a Rafael y una parte de ella se sentía decepcionada; pero tenía otros asuntos de los que ocuparse: su maleta había desaparecido. Jane no podía creer que aquello le estuviera pasando a ella en ese preciso día. Necesitaba recuperarla cuanto antes y continuar con su viaje hasta el apartamento que había alquilado para alojarse durante su estancia allí.

Jane trató armarse de paciencia y explicarle a la empleada del aeropuerto en todos los idiomas que conocía por qué era tan importante encontrar su maleta. La señora comprendía su inquietud y la remitía a poner una reclamación con sus datos de contacto, prometiéndole que la llamarían tan pronto la localizaran. Jane negaba con la cabeza; para ella aquello no era una solución. Por más que le suplicaba, no lograba escuchar las palabras que deseaba oír. Estaba perdiendo la paciencia; se sentía cansada y abrumada por las circunstancias, toda la presión de aquella aventura comenzaba a pasarle factura y las lágrimas se abrieron paso dando lugar a un llanto desconsolado que no servía de nada. Por suerte, una mano amiga se posó en su hombro para consolarla. Rafael había aparecido de nuevo dispuesto a interceder por ella y hacerle compañía.

–¿Estás segura que no quieres irte del aeropuerto sin la maleta? –indagó acariciándole la espalda. Jane zarandeó la cabeza. Él aceptó su premisa; hizo algunas llamadas y llegó a un trato con la empleada. No sirvió de mucho, pero consiguió que Jane recobrara la compostura. Ambos tomaron asiento y mientras la espera se hacía eterna, le cedió a Rafael el diario de a su abuela para que entendiera su berrinche.

"De todas las cosas que encontrarás escritas en este cuaderno, sin duda ésta es la más difícil de redactar. Supongo que llegar al final es lo que tiene... una se pregunta si aprovechó el tiempo lo suficiente, si debió tomar otras decisiones y si le gustaría añadir algo nuevo a la historia de su vida.

Hago un esfuerzo por no dejar que las lágrimas me dominen y salpiquen estas páginas; pero ambas sabemos que nunca he sido buena ocultando mis emociones.

No es fácil elegir las palabras adecuadas para expresar todo lo que siento llegado hasta aquí. Rememorar mi infancia, viajar a través de mis recuerdos, ha sido triste; pero también liberador. Me ha permitido aferrarme a cada buen momento vivido y a sentirme agradecida por cada sonrisa, cada beso y abrazo que mis hijos y nietos me habéis dado.

Termino esta etapa de mi vida llena de emoción, gratitud y paz... conmigo misma y con el mundo. Sólo puedo pedirle al universo que destile su magia para que disfrutes de cada palabra, de cada sentimiento... y que tengas la entereza suficiente para soportar los malos momentos, la inteligencia justa para sortearlos y la consciencia precisa para sacarle a la vida el máximo jugo.

Sólo somos polvo que nace de la tierra para volver a ella. Mi alma siempre te acompañará, mi querida Jane; mi querido Jaén. Te quiere, tu abuela".

–Las cenizas de mi abuela van en esa maleta –añadió cuando Rafael alzó la vista. Dos horas más tarde, subían a su coche con todo el equipaje y la agridulce sensación de aproximarse al momento de cumplir la última voluntad de su abuela.

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