La soledad, un hombre y la rama de un olivo

La soledad, un hombre y la rama de un olivo

[Carmela Pericacho]

Lo encontré sentado en la acera, apoyado en la pared del portal de mi casa, cuando regresaba de dar mi paseo habitual, antes de acostarme. Abrí la puerta con intención de entrar rápidamente, pero unos sollozos me detuvieron. Y le miré.

—Oiga, ¿se encuentra bien? ¿le ocurre algo?

 

—No, no me toques, no necesito nada. Me he perdido; no sé muy bien dónde estoy. ¿Sabes dónde está mi casa? No; pues entonces déjame y sigue tu camino.

Las palabras salían tropezando de su boca.

 

Era un hombre fornido, de mediana edad, a pesar de que las canas de su pelo le hacían parecer mayor. Sus ojos, de un azul casi transparente, brillaban como los de un gato en la oscuridad dándole una apariencia espectral. Tenía buena presencia; se había quitado el abrigo y con él cubría algo que mecía y estrechaba contra sí. Su llanto era entrecortado y desgarrado, como si las lágrimas que salían de sus ojos le produjesen un terrible dolor. Por una de sus manos corría un hilo de sangre y en la otra sostenía un cigarrillo ensangrentado que no había llegado a encender.

—Vamos, márchate. ¿Vives aquí? Entra en tu casa y déjame en paz.

 

—¿Cómo se llama? —le pregunté sin hacer caso, agachándome hasta su altura—. ¿Dónde vive?

 

¿Quiere que llame a alguien para que venga a buscarle?

 

Pareció no escucharme absorto en su balanceo. Levantó la cabeza y su mirada quedó unos momentos en la mía. A través de sus ojos azules, nublados de lágrimas, me llegó una oleada de amargura y soledad que me dejó clavada.

—Mira —me dijo, y retirando su abrigo me mostró lo que protegía y guardaba contra su pecho: una maceta con un pequeño tronco seco.

—¿Qué es? —le pregunté.

 

Me miró extrañado por mi ignorancia, como si todo el mundo tuviera que reconocer esa pequeña rama retorcida.

—Es un olivo, ¡mi olivo! Pero se ha muerto. ¡Está muerto!, ¿lo ves? ¿Por qué te has muerto? ¿Por

 

qué?

 

Su discurso incoherente me dejó sorprendida. Evidentemente ese hombre tenía un problema psiquiátrico o demasiado alcohol en el cuerpo. En un primer impulso me adelanté a la puerta con intención de entrar en casa y llamar a la Policía, pero fue su mirada la que detuvo mi gesto. Él seguía hablando, unas veces a mí, otras a la planta.

—¿Por qué te has muerto? Te he cuidado, te he regado, te he alimentado y en agradecimiento vas, te mueres. ¡Y me dejas solo! —gritó.

El grito contuvo el llanto, y sus últimas palabras retumbaron en la noche.

 

—Tranquilícese, sólo es una planta. Podrá conseguir otra.

 

—¡No! —exclamó, y de nuevo sus palabras me abofetearon en la cara—. Tú no lo entiendes —prosiguió increpándome, mientras restos de espuma seca se depositaban en las comisuras de sus labios—. No es sólo una planta. ¡Es mi olivo! —Hizo una pausa y dulcificando el timbre de su voz continuó—. Lo encontré tirado al borde del paseo de las maricas.

Acarició a la planta con ternura.

 

—Te encontré tirada, ¿te acuerdas? Los dos estábamos solos. Yo acababa de perder todas las cosas que dan sentido a la vida de un hombre: primero mis tierras, mi trabajo, más tarde mi familia y después mi dignidad. La mala suerte, la crisis… Tuve que malvender todo: las tierras donde nací yo, mi padre, mi abuelo. Teníamos los mejores olivares de la región, éramos los mejores productores de aceite. Tuve que marchar, dejarlo todo, cambiarme de pueblo, y cuando te arrancan de tu tierra y de tus raíces, te arrancan el corazón. Pero la noche antes de marchar, recorrí los campos que habían sido míos, mis olivares, y allí te encontré, bajo el gran olivo legendario. Desgajada, olvidada, arrancada del tronco quizás por un viento huracanado o por una mano malvada.

Hizo una pausa larga, cogió aire y prosiguió, esta vez dirigiéndose a mí:

 

—A ella también la habían dejado tirada, mutilada, abandonada. Como yo, triste y sola. Y la recogí, ¿sabes? La llevé a casa y desde ese día nos hicimos compañía. Te cuidé bien, retoñaste, echaste hojas nuevas; tú crecías de nuevo, yo no, yo no podía crecer —volvía a hablar con la planta—. Pero estaba bien así. Cuando te hicieras más grande te plantaría en un cacho de tierra, darías aceitunas, retoñarías, y con el tiempo quizás, tendría un pequeño olivar, y yo estaría bien, menos solo. Pero no —su voz se elevó— te tenías que morir, tenías que joderme tú también.

Su excitación crecía como una marea sacudiendo su cuerpo.

 

—Sé lo que estás pensando —me dijo al tiempo que me señalaba con el dedo—: «Este tío es un borracho». ¡Pues no!, no soy un borracho.

—Cálmese, por favor. Yo no pienso nada, sólo le escucho.

 

—Empecé a beber por las noches, las malditas y largas noches, cuando las culpas de cada uno cobran vida y vienen a revolverte las tripas. Yo no podía dormir ni podía hacer que se fueran, por eso empecé a beber. Bebíamos juntos y llorábamos juntos, ¿sabes? Y desahogaba con ella mi dolor. A ti no parecía importarte. —Había levantado la maceta hasta su cara y hablaba con el pequeño tronco como si yo hubiera desaparecido—. No parecía importarte, hasta que dejaste de escucharme. Sí, ya sé que te dejaba sola todas las noches, pero fue por eso, por eso me fui al bar, porque no me escuchabas. Luego, cuando volvía a casa, te encontraba cada vez más arrugada, más callada, más consumida. ¿Por qué no me advertiste? ¿Por qué no me hablaste entonces? No, no pronunciaste palabra alguna. Optaste por callar hasta que ya no hubo remedio y todos mis esfuerzos para recuperarte fueron inútiles.

El llanto volvió a estremecerle. Yo me sentía incapaz de decir nada; me mantenía en silencio a su lado tratando que mis emociones no delataran el efecto que me estaban produciendo sus palabras. Apoyó la espalda contra la pared para tener un punto fijo e inmóvil de referencia e intentó levantarse; a la tercera tentativa logró controlar el equilibrio y mantenerse en pie.

—¡Y hoy me han echado del bar! —De nuevo hablaba conmigo—. Me han echado del bar como si fuera un apestado; dicen que he pegado a alguien, que molesto a los clientes. Yo no he hecho daño a nadie, yo soy buena persona, y si hice daño…, pues pido perdón y ya está. Todos tenemos que perdonar, todos somos humanos, todos cometemos errores, pero a unos se les perdona y a otros no. Antes, cuando era importante, me besaban los pies. Cuando dejé de serlo, ésos, ésos —y señalaba en el aire con tanta vehemencia que estuve a punto de girar la cabeza sintiendo que «ésos» estaban detrás de mí—... Ésos ya no me respetan, y me tratan como si fuera una mierda —arrastraba las letras de cada una de sus palabras raspándome por dentro como si fueran de lija—, cuando antes comían de mi mano. Cuando perdí todo, me dejaron tirado en la calle. Antes todos me admiraban. Ahora se ríen en mi cara. Tú me crees, ¿verdad?

—Sí, le creo. Déjeme limpiarle la sangre de la mano.

—No te molestes, yo no tengo importancia. Tendrás que hacer algo mejor que escucharme. ¡Márchate!—. Cada vez que me miraba, sus ojos transmitían tanto sufrimiento que llegaba a sentir su dolor.

—Pues mire, ahora no tengo nada mejor que hacer que charlar con usted, y me alegro de hacerlo.

—No mientas, simplemente sientes lástima, nada más. No soy tonto—. De nuevo me traspasó su mirada; ladeó la cabeza y sonrío levemente.

—Puede que seas sincera. No como tú —otra vez se encaró con la pequeña planta—. He llegado a casa para contarte lo que me había ocurrido y, en lugar de esperarme, vas y te mueres, justo hoy. No podías haber aguantado un poquito. Ayer me llamó mi hijo. Me dijo que a lo mejor la próxima semana viene hablar conmigo. Me habló de un trabajo. Quizás podría convencerle…, quizás podría volver a casa; pero no, tú no podías esperar unos pocos días. Tenías que irte esta noche, y yo como un imbécil te he llevado al campo, a los olivares, por si te consumías de añoranza por estar con los tuyos, por si eso te podía hacer revivir. Pero ahora no sé dónde estoy, ni qué hago aquí hablando contigo, ni dónde está mi casa. Y además he pegado a alguien y he roto cosas y yo no me acuerdo de nada.

Empecé a sentir un nudo en el estómago y otro en la garganta.

 

—No se torture más, no tiene tanta importancia. En alguna ocasión todos perdemos los estribos y hacemos lo que no debemos.

Me miró desde sus ojos azules y, de pronto, su grito me hizo dar un paso atrás.

 

—¡Sí tiene importancia!, ¿entiendes?, sí tiene importancia porque yo me siento culpable, me siento culpable.

De nuevo se puso a llorar. Al limpiarse los ojos con la mano tiñó de rojo las lágrimas que corrían por su cara. A mí, a esas alturas, me daba igual que fuera culpable o no. Tenía ante mí un hombre destrozado, un ser humano sufriendo intensamente.

—Cálmese, por favor. Tranquilícese. Si me deja la cartera podría mirar en su carné la dirección de su casa y…

No me dejó terminar la frase; inclinó bruscamente su cuerpo sobre mí, perdiendo al mismo tiempo su punto de apoyo y el equilibrio.

—Tú no me vas acompañar a mi casa. Tengo que llevar a ésta a su sitio, yo no tengo sitio.

 

Y de pronto se echó a reír. Le sujeté por los hombros para evitar que se me viniera encima y le apoyé en la pared. De nuevo miró detrás de mí como si «ésos» todavía siguieran allí. La expresión de su rostro se contraía en una serie de muecas, primero de sorpresa, después de ira, al poco de dolor, para terminar con la mirada vacía fija en la nada. La imagen era patética: un hombre apoyado en la pared, con una maceta en una mano y en la otra un cigarro ensangrentado.

Él no parecía tener intención, ni fuerzas para moverse, ni estaba en condiciones de hacerlo solo, y yo no podía tampoco estar ahí toda la noche, por lo que busqué en mi bolso el móvil con intención de comunicarme con a la Policía cuando aparecieron detrás de mí. Le llamaron por su nombre y me preguntaron si me había molestado. Les dije que no, que simplemente estábamos hablando. Él, entonces, abrió los ojos y sonrió como sonríe un niño asustado. Me miró, adelantó la mano dejando caer el cigarrillo que sostenía en sus dedos y me acarició la cara. Uno de los policías malinterpretó el gesto: iba a actuar; le dije que no pasaba nada. Alargué mi mano y le devolví la caricia.

Me quedé mirando cómo iba dando traspiés entre los dos policías, que le sujetaban por los brazos, hasta que su figura desapareció al doblar la esquina. Al volverme para entrar en casa, la vi: la maceta estaba en el suelo. No sé por qué extraña razón la recogí y hoy es el día en que el olivo retoña en un rincón de mi jardín. Puede que en algún momento me dé aceitunas.

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