El guardián de recuerdos

El guardián de recuerdos

[Raquel Moya García]

Me encuentro arrodillado a tus pies, sin saber muy bien qué hacer, cómo solucionar todo esto, quiero encontrar una salida por la que devolver todo lo que robé, todo lo que no me pertenece.

Apontoco mi espalda en tu tronco y me resguardas del sol con tus ramas de olivo, el único que escuchó mis deseos, el único que me concedió todo lo que deseé, el décimo tercer olivo de la cuarta línea del terreno por el que paseaba todas las tardes con mi padre.

Hace treinta y siete años que nací, los mismos que hace que mi madre falleció, el mismo día, en el mismo hospital y a la misma hora una luz se apagaba y otra se encendía, sé que nadie me hace responsable, pero su mirada, sus palabras, sus abrazos… siempre me han hecho sentir que le faltaba lo que yo le arrebaté sin quererlo, sin buscarlo, pero siendo el principal motivo.

Mi padre siempre ha sido un hombre honesto, en el que poder confiar y con quien sabes que podrás contar en las malas y en las buenas. No me puedo quejar de la educación que me ha brindado pues ha sido la mejor que él podía darme.

Desde pequeño he paseado por estas tierras de la mano de ese hombre, he trabajado tu cama procurando otorgarle el mejor bienestar a tus raíces y he visto cómo te fortalecías a la vez que yo crecía.

Una noche de mayo, mientras paseábamos mi padre y yo por delante de tu semblante, nos quedamos mirándote, como cuando se miran dos enamorados en una noche de luna llena con todas las ganas del mundo de besarse y no poder hacerlo, de esa forma en la que te miré aquella noche, de esa forma en la que te quedaste grabado en mi mente.

Recuerdo que yo tenía apenas nueve años, nos sentamos pegaditos a tu tronco, justo como me encuentro ahora mismo, y juntos, los tres, observábamos esa luna que nos alumbraba como nunca lo ha vuelto a hacer, una luna llena que nos guío hasta aquí.

Y justo en ese momento mi padre empezó a relatar una leyenda en la que tú eras el protagonista, ¡ay, esa leyenda!

–Hijo, ¿quieres saber lo que esconde este olivo?

–Sí papá –pobre de mí, pues esas palabras quedarían grabadas en mí a fuego.

–Cuenta la leyenda que hace años un niño tenía el deseo de plantar una oliva justo en este punto. “Es un sitio mágico”, decía una y otra vez. Su padre le concedió el deseo y con sus propias manos plantó esta oliva en la que hoy estamos apontocados; al pasar los años ese niño creció y solo le rondaba por la cabeza cómo hubiese sido ser otra persona, con otros padres, otros amigos y haber pasado su niñez en otro lugar…

–¿No le gustaba la tierra en la que creció?

–No creo que le sucediera eso hijo, yo creo que simplemente tenía curiosidad y eso le rondaba la cabeza con mucha frecuencia.

–¡Ah! Puede ser papá, porque a mí sí me gusta esta tierra y quiero seguir aquí.

–Ambos nos miramos sonriendo y mi padre siguió contándome la leyenda.

–Como te iba diciendo, él siempre quiso saber qué se sentía siendo otra persona. Una noche, muy parecida a esta, el pequeño, que ya era todo un hombre, se acercó a esta oliva que, para él, siempre fue especial, cogió uno de sus frutos, una aceituna que apretó entre sus dedos, con rabia, pensando en eso que siempre deseó y justo en ese momento aparecieron en su mente recuerdos que no le pertenecían, viviendo recuerdos de otras personas a las que no conocía. Y desde ese momento tuvo que convivir con los recuerdos de otras personas. Dicen que ese fue el principal motivo por el que se volvió completamente solitario.

–Pero…, ¿qué utilidad tiene tener el recuerdo de otra persona? Aunque con ellos conociera otras sensaciones, no son míos, no me pertenecen.

–Cierto, ahora mismo igual no puedes llegar a comprender la gran importancia que tienen nuestros recuerdos junto a las personas que amamos, pero cuando crezcas y los años pasen por ti, te darás cuenta de que es lo único que nadie podrá quitarte jamás y no sería justo otorgar a otra persona la posibilidad de arrebatártelos.

–Lo sé papá, ¿tú crees esa leyenda?

–Sí, aunque yo nunca lo he comprobado

En ese momento su sonrisa llenó mi espacio del mejor sonido que mis oídos escucharán jamás y la mía se unió a la suya, creando uno de los recuerdos más bonitos que tengo junto a él.

Esas palabras nunca se me olvidaron y conforme pasaban los años, en mi mente rondaba la posibilidad de que esa leyenda fuese real y pudiera así obtener un recuerdo de mi madre, el recuerdo que nunca pude tener y siempre he deseado con todas mis fuerzas.

Una noche, al cumplir mis veinte años, volví a visitarte, ¿lo recuerdas? Yo sí, como si fuese ayer. Al llegar, una de mis lágrimas acarició la tierra que tienes sobre ti a la vez que mis rodillas se doblaban y caía ante ti. Ese día lo pasé con mis amigos, celebré mi cumpleaños como nunca antes lo había hecho, pero al volver a casa encontré a papá llorando frente a la fotografía que siempre nos daba la bienvenida al entrar en casa, la foto en la que mamá se veía tan guapa, la foto ante la que todos los años papá se derrumbaba. Cerré la puerta con fuerza y vine corriendo hasta aquí.

Después de maldecir el día en el que nací y sin secarme las lágrimas, me levanté y cogí entre mis dedos uno de tus frutos, una aceituna que apreté con todas mis fuerzas deseando tener un recuerdo de mi madre, queriendo saber cómo era esa mujer por la que mi padre jamás había conseguido superar su perdida. Al abrirla, se desvaneció la aceituna convirtiéndose en humo y escapándose de mi mano. Acto seguido apareció la silueta de mi madre acercándose hasta mí y dándome dos besos; sus palabras se grabaron en mí, su voz era dulce, delicada y agradable, una sonrisa apareció en mi rostro y cuando alargué mi mano para tocarla desapareció entre la oscuridad de la noche.

Cogí otra aceituna y, repitiendo la operación, volvió a aparecer ante mí; en esta ocasión me encontraba en una iglesia en la que se encontraban todos mis familiares y los amigos de mis padres. En ese momento comprendí que estaba reviviendo el recuerdo que mi padre tenía de la llegada de mi madre al altar para entregarse a él en matrimonio. ¡Estaba tan guapa! No me dio tiempo a decir palabra cuando todo se desvaneció y desapareció ante mí.

Volví a coger una aceituna y otra, aparecía ante mí y desaparecía como una ilusión, pero permaneciendo en mí como si esos recuerdos fuesen míos, como si todo eso lo hubiese vivido yo. No recuerdo exactamente cuántas aceitunas me concedieron recuerdos, calculo que unas seis, los seis mejores recuerdos que tengo de mamá. Esa noche me acurruqué entre tu tronco y tu tierra, permaneciendo toda la noche aquí.

Al llegar la mañana el sol tocó mi rostro con la calidez del beso de una madre, del beso que el primer recuerdo me otorgó de mi madre, y desperté sobresaltado, sin saber muy bien dónde me encontraba.

Una vez recuperado de toda esa noche de sensaciones volví a casa y allí estaba mi padre, abrazado al retrato de mamá como si se tratase de ese peluche que de niño crees que te cuidará de todo mal que pueda acecharte durante la noche. Le retiré el retrato y lo acompañé a su habitación para que pudiera descansar con tranquilidad.

Pasadas unas horas se despertó y se acercó a mí.

–¿Dónde estuviste anoche? Te estuve esperando y no volviste.

–Estuve dando un paseo por el olivar.

–¿Tú solo?

–Sí, papá

–¿Y no te perdiste? Porque mira que eres bastante despistado, ¿eh?

–No, papá

–Está bien hijo.

–Papá, ¿recuerdas cuando conociste a mamá, en la plaza del pueblo?

–Pues ahora mismo no lo recuerdo bien, han pasado muchos años y yo ya estoy viejo –añadió sonriendo-

–Sí, seguro es eso –sonreí.

En ese momento comprendí que todos los recuerdos que ahora tenía yo, todos esos que anoche pude revivir, pertenecían a papá y ya no los tenía él, ¡se los arrebaté! Y lo peor de todo eso es que no me sentí mal, al contrario, estaba feliz, sentía que por fin había conocido a esa persona a la que llamaba mamá y nunca había podido ver.

Han pasado muchos años desde aquel día y ahora me tienes aquí de nuevo, confesándote mis miedos y recordándote ese secreto que solo nosotros conocemos.

Mi padre ha perdido todos los recuerdos que tenía, hasta los que creamos juntos, y ya no se acuerda de mí, la única persona que tenía en este mundo, la única que me hablaba de mi madre describiéndomela como si se tratara de un libro en el que cada línea es mejor que la anterior, con esa emoción y sorpresa que siempre me hacía pensar que tenía la suerte de tener a mi lado a la persona que mejor describía las sensaciones y situaciones vividas del mundo. Todo eso me lo arrebató, antes que la muerte, el alzhéimer.

Y lloro ante ti porque me siento parte de esa enfermedad, yo que sin saber lo importante de un recuerdo, le arrebaté a mi padre los que le hacían sonreír. No quiero tenerlos en mí, quiero devolvérselos y que vuelva a sentir lo que sentía al pensar en ella, quiero que estos recuerdos vuelvan a ser suyos, y ¡no sé cómo puedo hacerlo!

–¡No te preocupes chaval!

Esas palabras llegaron a mí, justo por mi espalda. Era una voz de anciano, grave y segura, con algo de alegría.

–Hay una forma de volver todo a su lugar, puedes devolverle a tu padre todos esos recuerdos que has guardo en ti durante años.

Me levanté de un salto y al otro lado de donde yo me encontraba estaba un anciano con pelo cano y arrugas adornando su rostro. Calculé que tendría unos setenta y cinco años más o menos. Me quedé observándolo incrédulo y sin saber desde cuándo me había estado escuchando relatarle al aire toda mi historia.

–¿Recuerdas el hombre de la leyenda que te contó tu padre? Pues lo conocí. Aunque he de confesarte que no es exactamente así su historia, pero no quiero aburrirte corrigiendo las palabras que tu padre te relató en su día.

Yo seguía sin reaccionar, no entendía nada de lo que ese hombre me decía. ¿Se estaba riendo de mí? ¿Sería verdad lo que me decía? ¿Qué debía hacer?

–Siéntate aquí a mi lado. Sé que estás indeciso y que desconfías de mis palabras. Son cosas difíciles de creer, lo sé. Pero créeme cuando te digo que hay un modo de devolver todo a su lugar.

–Pero…, ¿quién es usted? –mi cara de asombro no desaparecía

–Eso no importa –contestó sonriendo–, lo que yo quiero hacerte saber es cómo puedes devolverle a tu padre esos recuerdos, ¿es lo que quieres hacer, no?

–Sí, claro. Pero… ¿por qué sabe usted cómo se hace?

–Es largo de explicar y no tengo tiempo para hacerlo, de ti depende creer en mis palabras o echarlas en saco roto.

Se levantó con la agilidad que caracteriza a un niño de diez años y con eso solo consiguió que mi estado pasara de confundido a sorprendido, y no entender cómo ese hombre podría tener esa agilidad con el aspecto físico que tenía y a la vez preguntarme por qué él sabría cómo devolver los recuerdos.

–Escúchame bien y no te despistes. Tendrás que recoger todos los frutos de esta oliva, es decir, varearla, que creo que no es la primera vez que lo haces pues has trabajado estas tierras durante años.

Yo asentí con la cabeza sin mediar palabra alguna, pero ¿cómo lo sabía?

–Bien, pues hazlo solo con esta oliva, no mezcles las aceitunas con las de otra oliva o no tendrá efecto alguno. Una vez que las tengas en tu poder deberás molerlas y extraer de ellas el aceite, recuerda que todo este proceso deberás hacerlo tú solo, no puedes involucrar a nadie más o…

–No tendrá efecto –le corté con algo de impaciencia.

Soltó una carcajada y prosiguió.

–Una vez que tengas el aceite tráelo hasta aquí y viértelo sobre el tronco, de esa forma conseguirás crear un círculo en el que todo lo que sale vuelve a entrar y, por lo tanto, todo lo que salió de la mente de tu padre volverá a él.

–¿Así de simple? –pregunté desconcertado

–No, hay algo más. Tienes que verter el aceite en el tronco el último domingo de febrero.

–¡Pero eso es pasado mañana!

–Lo sé, has tenido suerte –volvió a sonreír–. Recuerda que debes hacerlo durante la noche –decía mientras se desvanecía ante mí.

Y, antes de darme cuenta, ya había desaparecido ante mis ojos y yo seguía sin saber muy bien qué había pasado.

Sin pararme más tiempo a pensar en lo que me acababa de suceder, me levanté de un salto y me apresuré hasta el almacén en el que se encontraban todas las cosas necesarias para poder recoger el fruto de la oliva. Cogí la vara que tenía desde que comencé a trabajar estas olivas, los lienzos que tantas veces extendí sobre estas tierras y el automóvil y remolque que siempre utilizábamos.

Ya tenía todo preparado, solo me quedaba esperar unas horas a que se hiciera de noche para verter sobre el tronco del olivo el aceite que él mismo me había proporcionado.

Me encontraba frente a él, la oscuridad nos envolvía y al acercarme a él noté una pequeña ráfaga de aire acariciándome el rostro; sin que me diera tiempo a nada más empecé a verter todo el aceite sobre su tronco.

Cuando pensaba que todo había sido un sueño y que yo estaba más loco de lo que creía, algo en mí me hizo caer de rodillas sobre la tierra y perder por un segundo el sentido de la orientación.

Al volver en mí comprobé que ya no tenía ningún recuerdo de mi madre, me invadió a la vez una sensación de alegría y de tristeza. Decidí sentarme, esta vez frente al troco en el que siempre había apoyado mi espalda, lo miraba intentando ver más allá de lo que la oscuridad me permitía, y permanecí así durante un largo tiempo antes de decidir volver a casa.

Estaba amaneciendo cuando entré por la puerta de la casa en la que me había criado.

–Buenos días, ¿cómo ha pasado la noche? –pregunté a la cuidadora que se ocupaba del bienestar de mi padre.

–Buenos días, estaba intentando ponerme en contacto con usted. Al pasar la media noche se despertó sobresaltado, se levantó y cogió el retrato de su madre pegándoselo al pecho y desde entonces no lo ha soltado.

–Está bien, puede marcharse ya, gracias – le dije con una sonrisa.

Me acerqué al salón y allí se encontraba mi padre. Estaba sonriendo y mirando el retrato de mi madre. Fui consciente de que en ese momento a ella era a la única que reconocía gracias a los recuerdos que le devolví.

Desde el marco de la puerta me quedé observándolo mientras se me inundaban los ojos de lágrimas y a la vez sonreía al darme cuenta de que había sido el guardián de sus recuerdos.

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