Memorias de cosecha

Memorias de cosecha

[Isabel M. Almagro Morillas]

A principios de noviembre, daba comienzo la campaña de aceituna en tierras jienenses. Hombres, mujeres e infantes se disponían a preparar todo cuanto acarrear en las duras jornadas que les aguardaban durante dos o tres meses, dependiendo del olivar que mantuviesen bajo su mando. Los hombres preparaban a los mulos que, normalmente, permanecían resguardados en cuadras construidas bajo la casa familiar. Las mujeres se afanaban en organizar los alimentos que llenarían las alforjas, también se ocupaban de lavar las viejas y desgastadas ropas, además de la limpieza del hogar.

Comenzaba el día a las seis de la mañana, cuando la madre aireaba las habitaciones, dando paso a una gélida brisa que entrecortaba el aliento y helaba las sábanas. Seguidamente, preparaba el desayuno y se ocupaba de los niños para animarlos a iniciar el día. Tras desayunar, todos salían a la calle para recorrer los largos y polvorientos caminos que les guiarían a su terreno. Una procesión de adultos y jóvenes transitaban los pueblos al amanecer, haciendo alarde y honrando su condición de aceituneros, heredada de sus antepasados.

Isabel y Francisco dedicaban los meses de la cosecha a vivir en el campo. De este modo, no tendrían que recorrer a pie el camino antes y después de recoger la aceituna. Labor más dura aún si cabe para las mujeres, teniendo en cuenta las extremas condiciones en las que se vivía en los meses de invierno en el campo. Isabel no se quejó ni cuando las manos temblaban, ateridas, a causa del agua helada que discurría en el arroyo en el que lavaba la ropa al anochecer. Tras el trabajo, preparaba ollas de agua que se calentaban con sumo cuidado en el fuego para que no quemasen la piel. Después, apilaba toda la ropa procedente de sus hijos, marido y yerno, y descendía por una vereda clavándose las piedras en sus alpargatas hasta llegar al arroyo. Una vez allí, frotaba con jabón casero las ropas, perdiendo la noción del tiempo. Adormecidas sus manos, ascendía con la ropa para tenderla en una vieja higuera que crecía junto a la casa. No había momento para descansar, pues la cena aguardaba y el hambre comenzaba a hacer mella. Sus hijas y ella preparaban lo que el aliento y su despensa les permitían.

Después de una cena no muy suculenta y la ración de vino que satisfacía, todos se dirigían a dormir en sus camastros, que no eran más que pequeños colchones que se debían mullir cada noche para evitar sentir el frío del suelo. Cuerpos agotados y adoloridos por tanto trabajo, y así un día y otro, hasta que llegase marzo o abril; según la abundancia de la campaña. En más de una ocasión, se prolongó hasta Semana Santa, situación curiosa que obligaba a descender hasta la ermita y ser testigos de los pasos que procesionaban.

Al día siguiente, Isabel era la primera en levantarse, pues las ropas tendidas en la higuera se debían calentar junto al fuego, labor tediosa, pero inexcusablemente necesaria. Poco después, un olor a migas y chorizo despertaba a los que aún dormían; una sartén en el centro del salón y unas pocas sillas levantaban el ánimo para una nueva jornada. Una vez que el dorado de las migas sobresalía en su parte superior indicando que estaban crujientes, se sentaban todos alrededor con una cuchara para disfrutar de aquel mañanero manjar. Una copita de aguardiente calentaba el cuerpo y levantaba el espíritu, según decía mi tío. Una canción flamenca, un chiste... todo ayudaba en un intenso día en el que no había televisión, teléfono o radio. Allí estaban aislados durante largas temporadas hasta que se recogía la aceituna de la última oliva, pues era el sustento de la familia durante casi todo el año. Los rezos eran parte de la rutina, ya que el tiempo podía sesgar las esperanzas y la cosecha de un plumazo.

Tras engullir la última cucharada de migas, todos se marchaban e Isabel recogía y fregaba con agua helada todos los vasos, cubiertos y la enorme sartén para volver a ser usada a la hora del almuerzo. Una vez que acababa, se marchaba con premura para tomar su vara y sumarse a dar palos a la oliva. Entre hombres y mujeres movían los pesados lienzos de una oliva a otra, hasta que rebosaban y ellas se dedicaban a llenar grandes sacos de aceituna. Primero, quitaban las pequeñas ramas y tallos, después, cogían pesadas espuertas de esparto y, agachadas, introducían la aceituna a montones. Esto ocasionaba agudos dolores de cintura y cadera, pues se hacía un gran esfuerzo en esta postura. Los hombres seguían adelante vareando otra oliva, y ellas proseguían con sus manos, ya ennegrecidas, apilando sacos para que el mulo, posteriormente, los bajase al pueblo. Las manos conservaban durante bastante tiempo un color oscuro, a pesar de frotar con un estropajo y jabón, llegando a sangrar en ocasiones.

Al mediodía, Isabel retornaba a la casa para iniciar los preparativos de la comida. Se surtía de un buen aceite de Oliva Virgen Extra, cosechado en el año anterior. Todo acompañado del pan del día que les enviaba del pueblo un pariente. Una vez a la semana, este pariente subía en su viejo coche y les dejaba la compra a una distancia considerable de la casa, puesto que no podía cruzar las estrechas veredas que se alzaban frente a él. De este modo, no tenían que bajar con frecuencia y podían disponer de todo lo necesario para subsistir. Los hombres más jóvenes se alejaban del grupo y comenzaban el descenso hasta aproximarse donde aguardaba este conocido con los víveres; a veces, compraba leche, harina, fruta y vino, además del pan. Francisco bajaba varias veces a la semana al pueblo para descargar aceituna en la fábrica, por lo que era entonces cuando realizaba una compra más abundante en la que se proveía de diferentes carnes, alubias, huevos, algunas hortalizas de la temporada y más vino. Era necesario mantener el cuerpo caliente y la mente alegre para soportar aquellas interminables labores en las que la lasitud conseguía nublar hasta los días más soleados, así el vino resultaba imprescindible.

A las dos de la tarde se suspendía momentáneamente la faena y se dirigían a la casa con fervor. Isabel había preparado un menú que recordaba a una festividad en domingo, satisfaciendo como siempre el gusto de todos los presentes.

Al terminar de llenar numerosos sacos de aceituna, los colocaban sobre los mulos y Francisco iniciaba un largo camino que duraba dos horas hasta llegar al pueblo. Debía ir a la fábrica para pesar la aceituna y así se sumaban los kilos que se recogían semanalmente. Tras pesar, el camino de vuelta se hacía más soporífero, pues a hombre y animal le quedaban otras dos horas de viaje a pie.

Justo al anochecer, Francisco ascendía exhausto por la vereda acompañado de sus fieles amigos. Unas gotas empaparon su pronunciada calva y se apresuró para resguardar a los animales bajo techo. La noche se presentaba lluviosa, dando un respiro a los jornaleros. Siendo conscientes de que al día siguiente no podrían trabajar, encendieron un gran fuego, llenaron sus vasos de vino y jugaron a los naipes. Isabel preparó una fuente de palomitas con el maíz que su pariente les había suministrado. De esta manera, transcurrieron las primeras horas de la noche, charlando animadamente y agradeciendo la lluvia que regaba los campos. Ya más entrada la noche, las mujeres preparaban una barbacoa sobre las ascuas remanentes de la hoguera. Los hombres ayudaban a avivarlas y acercaban la mesa para disfrutar de su calidez.

Al día siguiente no trabajaron, pero al siguiente, sí, aunque en malas condiciones. Las incesantes lluvias habían generado un espeso barrizal y ni con los lienzos se hacía llevadero. Las mujeres se colocaron pañuelos alrededor del cuello, gorros de lana, chubasqueros, guantes, y sobre los pantalones unas enaguas para no manchar la ropa de barro. El día lucía encapotado y se levantó un fuerte viento que hacía bailar a las olivas, pero la buena fe de los aceituneros y su afán por acortar la cosecha, imprimía valor en cada paso que quedaba marcado en el amasijo de tierra.

Cada vez que golpeaban la oliva, las ramas vertían sobre ellos el agua que se había acumulado durante la madrugada. Miraban al cielo y suspiraban, anhelando llegar a sus casas y regocijarse en el calor del brasero de ascuas, tomando un chocolate caliente y yacer envueltos en sus recias mantas. Una oliva más y pronto llegará la hora de almorzar; otra más y quedará menos para sentarse junto a la chimenea; y entre deseos que culminarían una vez terminada la faena, secaban su frente mojada con la manga de su chaqueta empapada.

Para volver a la casa se cogieron de las manos, pues el suelo resbalaba y las fuerzas menguaban. Uno tras otro, avanzaban sellando sus pisadas a lo largo del camino que desembocaba en el porche de la casa. Las mujeres apenas podían caminar por las enaguas que arrastraban, el barro se secaba sobre ellas y eran similares a unas toscas armaduras.

Poco después de almorzar, decidieron no volver al trabajo esa tarde, ya que el terreno era intratable y solo conseguirían enfermarse. Pasaron la noche envueltos en mantas, cegados por el fulgor de las llamas que alumbraban la habitación. Solamente unas frases aisladas rompían el ensordecedor silencio, pues ni alientos tenían para compartir su aflicción.

A la semana siguiente, Isabel se levantó al alba para recoger las ropas tendidas en la higuera, pero no pudo salir. Una fuerte nevada había caído la noche anterior, cubriendo unos metros el suelo e impidiendo el acceso hasta ellas. Inmediatamente, llamó a los demás para que la ayudaran a palear la nieve que bordeaba el porche. Todos se miraron pensativos y agradecieron en silencio que su oportuno pariente les hubiese subido la compra el día anterior, pues estarían aislados tres o cuatro días. Comentaban preocupados el retraso de la campaña debido al mal tiempo, tenían que cubrir un plazo antes de que cerrasen la fábrica de aceite. Ya rondaba el mes de enero y aún quedaban muchas jornadas de trabajo.

Había llegado el día de Nochebuena y todos se levantaron de buen humor, tomaron sus varas con energía y trabajaron sin cesar, cantando villancicos y dándole pequeños tragos al aguardiente. Una de las hijas de Isabel ofreció una bandeja repleta de mantecados, roscos de anís, turrón de almendra y chocolate. Se sentaron un momento bajo el tronco de una oliva y degustaron aquellos dulces entre alabanzas. Reunieron las fuerzas necesarias para otras dos horas de trabajo continuado sin perder la sonrisa.

El sol se puso entre las montañas que se vislumbraban desde el porche; una de ellas tenía forma de anciana y se hacía llamar el pico de la abuela. La gente solía organizar largas caminatas hacia ese lugar, que actualmente es un reto para los ciclistas.

La noche fue igual que el resto, salvo por la ingente cantidad de vino que bebieron algunos hombres. Hubo un momento para evocar a sus seres queridos al final de la cena. Recordaban las penurias que acaecían mientras labraban el campo o recogían aceituna.

Tras la guerra, algunos hombres llenaban su zurrón con piedras pesadas para aparentar que transportaban comida. Su vergüenza era mayor que el hecho de ser señalado como pobre por sus vecinos, según decían. Un silencio emergía como un eco latente que les hacía ser conscientes de su mejoría en las condiciones de vida.

A la semana siguiente se disponían a celebrar la Nochevieja. Isabel repartía las uvas que tan amablemente les había proporcionado su pariente del pueblo. Francisco abrió la botella de sidra y llenó los vasos mientras preguntaba la hora. Su hijo, también llamado Francisco, miró su reloj y pudo apreciar que era casi medianoche. Entre todos contaron en voz alta las campanadas y enseguida comieron las uvas. Acto seguido, se abrazaron y besaron como si llevaran sin verse una gran temporada. Bebieron la sidra y cantaron villancicos; los hombres golpeaban la mesa y las mujeres bailaban alrededor de ella, al final, todos aplaudían.

Transcurrió enero, febrero y llegó marzo, acompañado de un calor que advertía la llegada inminente de la primavera. Todos lucían un bronceado en la piel, aunque solo en la cara y los brazos.

El día antes de abandonar la casa, las mujeres permanecieron limpiando y recogiendo las ropas; los hombres apilaban los últimos sacos sobre los mulos, que iniciarían su último viaje al pueblo. Las alforjas estaban llenas por la comida sobrante. Cerraron la puerta de la casa y con gran alegría bajaron por la vereda que guiaba al camino principal. Mujeres, hombres y niños salían a su paso desde otros caminos colindantes, se saludaban y felicitaban por haber concluido con éxito otra campaña. Las mujeres sostenían sus enaguas para no rasgarlas con las piedras del camino, los niños se contaban las aventuras que habían vivido en estos cuatro meses y los hombres hacían el cálculo de los kilos de aceituna cosechados.

Al llegar al pueblo, los hombres se dirigieron con los mulos a la fábrica y las mujeres y niños regresaron a su hogar. Las vecinas se asomaban a las ventanas para saludarlas, los hombres se quitaban el sombrero ante tal procesión de mujeres trabajadoras. Sus pies se deslizaban con firmeza en el pavimento de cemento, casi olvidado por las piedras y el barro; sus cabellos lucían recogidos con pañuelos y las manos rasgadas y secas. Levantaban la mirada y quedaban cegadas por la puesta de sol, pero su voluntad se sostenía firme y serena, deseando que las lluvias propiciaran una abundante cosecha de aceituna para el próximo año.

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