La oliva

La oliva

[Cleopatra Smith]

Me quedé mudo y las lágrimas recorrieron mi rostro con cada letra impregnada sobre este viejo papel. Nunca pensé ver tanto sufrimiento ahogado en una botella cerrada al respirar aire limpio.

Mis manos temblorosas acababan de descubrir que la vida no solo es nuestra vida. Todo respira y se mueve. Cada una es parte de mi vida y yo acabo de descorchar su esencia. No sabía que las necesitaba tanto. No imaginé que entregaban su vida por la mía.

—¿Qué estaba haciendo con su vida, mi vida?

Trunqué su vida por un amargo trago, que me está matando. Trago que me está llenando de amargura. Dios Santo…

Aquella carta, aquella tarde, aquella Oliva, cambió mi vida…

—Querida madre:

Siento frío, intuyo que el final se acerca. Hacen mucho ruido esta mañana, acompañada del vibrar de los gritos. Ellos velan mis noches y ya me acostumbré, desde que salí en flor, allá por la tardía primavera. Tiempos alegres que jugábamos y te alborotábamos mis hermanos y yo, alrededor de tu tronco arrugado por los siglos.

Este año de nuestro universo, nos ha tocado a nosotros, nacidos diminutos, blancos inmaculados, defendidos por nuestra indefensa apariencia.

De nuestra rama aparecimos cincuenta, algunos cuyos nombres no me acuerdo, por su lejanía. Con José es con quién más juego, pues nacimos juntos, trechos y rozando nuestras pieles. María, pegada a José, es la que nos despierta cada mañana, cubierta de finas gotas de rocío. Siempre se ríe y se ha convertido en una esbelta y bella oliva. Es verde brillante, pequeñita y deseada. Los insectos no paran de cortejarla y la cosquillean. Nunca la pican y la llenan de suaves caricias. José, sin embargo, mantiene siempre una cotidiana contienda. Cada uno que se acerca es una lucha de jugos, ácidos y amargos, rebosantes de alpechina, para que no le piquen.

No sé si es un juego o la vida va en ello, porque al final de la rama, algunos hermanos han envejecido demasiado de tanta pelea. Llenos de heridas y cráteres, pardos negruzcos y cansados. No creo que lleguen a jugo…

Ahora comprendo nuestro destino.

A mí me tienen entre algodones. Ya ves, entre José y María, no hay criatura que se me acerque. Así luzco, escondido entre verdes y grises hojuelas y mis hermanos. Nunca tuve que defenderme de acosos alguno. Supongo, madre, que elegiste el brote más abrigado para mí.

El verano pasado fue muy crudo, mamá. Nos tuvimos que abrigar bien para no sucumbir y caer al abismo de las tórridas tierras jienenses. Esas tierras que nos engullen si caemos entre sus áridos. Vi caer a algunos y nada pudimos hacer para devolverles a tu tronco. Tampoco tú pudiste. Ni tus fuertes raíces se atrevieron a traspasar el umbral del suelo cálido. Hubieses puesto en riesgo al resto de tus retoños.

Durante esta temporada, ni los altos pasos de los humanos se acercan a nuestra inclinada ladera. El agua escasea y nuestro corazón bombea con ansia buscando gotas de elixir líquido que nos mantenga en vida. Tanto estrés, hay que recogerse y arrugarse para sobrevivir.

Aún recuerdo los últimos días del verano y no me olvido. Llegamos exhaustos y doloridos y tú, recogiendo las escasas gotas de la tierra profunda y repartiendo calma entre mis hermanos. Casi no pasamos… Tus hojas se endurecieron y cerraban el paso hasta nosotras. Tu vieja piel se cuarteaba más cada día y en cada surco, el calor incrustaba golpes de cal que impedían casi respirar. Sé que sufriste mucho por nosotros. Las noches nos dan tregua y el polvo blanquecino de los días nos abrigan, traen brisa fresca y oxígeno, una cierta sensación de humedad.

He crecido y veo mejor la marmolada tierra, el brazo que nos sujeta balancea durante las noches nuestro racimo terso y verde vivo.

Las primeras aguas enfrían el sofocado terreno. Un sutil vapor nos concede los primeros baños del otoño. El amarillo se torna verde y la vida florece con ansia. Brotes de todas formas y aromas nos rodean y hasta de la húmeda tierra aparecen rastreros bichos que otrora se refugiaban bajo su fresco manto. Las esporas viajan con la brisa y buscan el verde para anidar y brotar en caprichosas formas; setas multicolores emergen de la nada y se agrupan escondidas entre las yerbas y musgos esponjosos.

Perdices y codornices caminan en busca de fresco pasto donde retozar. Todo les vale hincando su esbelto cuello en la parda tierra, ahora oscurecida con las aguas que caen de los cielos, coloreados de gris y blanco, de caprichosas formas y texturas.

Madre está feliz y atesora reservas, las perdidas durante el escaso verano. De repente, sin saber ni cómo ni cuándo, ahí estamos. Un día no se nos sentía y hoy estamos invadiendo las formas del tronco y ocupando infinito espacio. Montones y kilos de nosotros nos convertimos en protagonistas y centro de atención de los humanos, que a partir de ahora nos mimarán y cuidarán y colmarán de alimentos. Cada día vendrán a mirarnos, nos tocarán a algunos y a veces se llevarán algún pariente lejano, que así sea.

Decía, Madre, que siento frío. Que todo alrededor se torna blanco, que no distingo la tierra y claras estrellas me rodean y casi no distingo la cercanía ni la lejanía. Mi piel está tensa y mi interior cargado de humedad. Me huele a rancio silencio. Estoy algo cansado de soportarme aquí. Cada día me cuesta más no explotar y regar los suelos de malva azulada. Al fondo puedo distinguir formas geométricas y una campana en lo alto de una especie de chimenea. También veo humear en los alrededores, pero no distingo bien.

El alba se acerca y las campanas suenan. Una brusca melodía que me aturde, que me enerva, que me hace palpitar con fuerza. Oigo gritos y cierta alegría, pero no veo nada y a nadie. ¡Cantan!, eso creo. Están cantando un grupo de gentes allí abajo y suenan baquetas largas, que distingo entre el blanco del paisaje. Un grupo se dirige en fila hacia el monte. Me parece que se dirigen hacia esta ladera dejando huella. Les acompañan algunas mulas y una decena de carretas vacías. No sé qué pasa. Desde la primavera no veía tantas gentes juntas, cantando hacia estos lares.

Arrancados y arrastrados por los suelos, golpeados con fuerza hacia la tierra húmeda y fría. No hay tiempo para el dolor. Nuestros colores verdes y nazarenos inundan el verde y negro de una malla que nos envuelve. Lanzados y volteados hacia un gran cajón, donde prietos nos llevan loma abajo, sin saber dirección. Vibramos con estruendo de motor y un sol que aciaga. El camino es largo y el sudor de nuestra piel inunda de un rancio aroma. Agua amarga, un potente hedor nos acompaña hasta el llano.

Volcados y estrujados desparecemos…

El silencio apelmaza un pequeño espacio, ruedas de esparto nos aplastan y caemos en líquidas gotas dentro de una tina. La fruta fresca y picante me cosquillea en cada transparente mota de mi ser. Ya no tengo piel y resbalo dentro de mí. Soy yo en otra forma. Somos todos en uno, líquido y viscoso, traslucido y fresco.

Fuimos muchos y ahora solo uno, brillantes, verdes, fruta fresca. Un mar de aromas que van y vienen. Todo es silencio y algunos fluyen hacia el profundo oscuro, donde no sabe lo que les espera. Despedida larga, lenta, casi flotando hacia un abismo sin final.

Un remolino nos conduce hacia un pequeño orificio y vamos fluyendo hacia un tubo cristalino, oscuro y alargado. Encerrados y trasladados a un lugar sin luz. Silencio, de nuevo. Es hora de descansar.

Despierto y veo colores de colorado a verde y blanco y fuertes olores que me llaman la atención.

Un rojo con carne y pequeñas bolitas anaranjadas y brillantes. Un verde familiar. Mis semejantes con una raja y olor a yerbas y ajos, a cítricos e hinojos. ¿Qué hacen allí?

Un blanco que me irrita. Su aroma es picante y me hace llorar.

Otro olor punzante, avinagrado. Es insoportable.

Trozos de blanco y amarillo, este cremoso. Tibio.

Caen pequeños granos blancos que desaparecen en contacto con tanto color.

Se mueven con rabia, no paran de rodar y mezclarse los unos con los otros. Ese olor persiste cada vez más intenso y no me gusta.

Voy fluyendo hacia ese mar de colores y me estampo contra ellos y me revuelvo entre ellos. Siento mareo y cómo los fluidos se integran en mi grasa piel, invadiendo mis membranas, aspirando mi ser. Me torno amarillento, el amarillo cremoso cambia mi forma de ser.

Cachelos color marfil, tibios y sedientos se incorporan absorbiendo líquidos.

Todo ha parado y me siento mejor, los olores son más suaves, mi textura más liviana y me encuentro mejor.

Mi vida en un plato, lleno de distintas familias. Cada uno dando equilibrio al otro y entre todos formamos un nuevo ser. He escuchado y nos llaman “ensalada”. Soy eso, una ensalada con todos sus personajes.

Ahora tiene un sentido mi forma de ser. He venido hasta aquí a proporcionar equilibrio de formas, sedar las texturas y mitigar los aromas agresivos de mis acompañantes.

Soy el traje elegante para cada ocasión, la nota perfecta, la armonía del cuerpo y la belleza del alma. El instrumento que otorga gloria a los platos. Sin mí, no hay partitura, sería otra canción. Ahora sé lo que soy.

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