Ana María y sus olivos

Ana María y sus olivos

[Ana María Roca Sales]

Había una vez una niña llamada Ana María, que vivía en un pueblecito, rodeado de campos de olivos, situado encima de una colina. Tiene una plaza muy bonita con una fuente, con dos hermosos leones que manan agua, y es muy querida por la gente del pueblo. Cerca de la plaza vivía Ana María. Todos los días su abuelita la llamaba para ir a la escuela:

–¡Ana María, despierta! Ya es hora de ir a la escuela.

 

–Buenos días, abuelita, ahora me levanto y cuando termine bajo a desayunar.

 

–Los papas de Ana María eran labradores; cuando llegaba el otoño, iban al campo a recoger aceitunas, con el tractor y el remolque. Se llevaban la comida y estaban todo el día en el campo.

La mamá, antes de irse, pasaba por la habitación y le decía:

 

–Ana María, levántate que te voy a peinar, te haré las trenzas y luego te volverás a acostar un ratito más.

Así era como la mamá de Ana María le hacía trenzas en su hermosa melena. Cuando estaba vestida, se bebía el vaso de leche que su abuelita le había preparado.

–Aquí tienes el almuerzo –le decía su abuelita–, que no se te olvide: un trozo de pan con tomate y aceite de oliva.

–Gracias, abuelita, me voy al colegio. Hasta la hora de comer. Ana María, muy contenta, se iba cantando:

“Tra la ra, la ra, la la, tra, la ra, la ra, la la.

¡Qué contenta estoy!

Al cole iré y

muchos amigos

encontraré. Tra la ra, la ra, la la.

Tra la ra, la ra, la la”

Al salir a la calle, Ana María se encontraba con otros amiguitos que también iban a la escuela: Inma, Rosario, Floren, Pepa, Ángel, y todos juntos se iban solitos a la escuela. Allí eran felices, aprendían a leer, a resolver problemas, pintaban dibujos. A la hora del patio se lo pasaban requetebien: jugando a la pelota, a saltar a la cuerda, al escondite, ... Al salir de la escuela se iban a casa a comer.

Sus papás nunca estaban porque ellos comían en la finca, tenían aceitunas por recoger. Era la abuelita quien cuidaba de ella.

–Abuelita, abuelita, ¿qué has hecho hoy para comer?

 

–Un plato de arroz con conejo.

 

–¡Qué bueno! Está riquísimo.

 

Después de comer se iban un rato al gallinero, para recoger los huevos y dar de comer a las gallinas.

Y a las tres otra vez al cole.

 

Cuando salía por la tarde del cole, su abuelita le preparaba la merienda. Alguna tarde le preparaba algo especial: un pastel llamado “cóc de molla”

–¡Qué bueno que está abuelita! ¿Cómo lo has hecho?

 

–Con harina, azúcar y aceite de oliva, del que hace tu padre.

 

–Pues está riquísimo.

 

Luego se iba a jugar con sus amigos a la plaza del pueblo.

Cuando empezaba a ponerse el sol, por la plaza pasaban tractores y más tractores con sus remolques llenos de aceitunas. No tardaron mucho en llegar los padres de Ana María.

–¡Hola, papa!, ¿te puedo acompañar al molino a pesar las aceitunas?

–Vale, pero primero quiero merendar.

–Ves, papá, que la abuelita ha hecho tu cóc preferido. Cuando el papá terminaba de merendar, se iban al molino.

Allí acudían todos los labradores con sus remolques llenos de sacos de aceitunas. Cuando le tocaba el turno a su papá, Ana María no perdía detalle, anotaba los kilos de aceitunas que pesaban para decírselo a su mamá, ya que tenía una libreta donde anotaba el día y los kilos de aceitunas que recogían.

Las aceitunas se vaciaban en una cinta transportadora donde eran limpiadas de la tierra, hojas y piedras, y luego las pesaban.

Después, las aceitunas eran trituradas, formando una pasta. Esta pasta era prensada. Y finalmente salía el aceite, que se guardaba en unos depósitos.

Cada día que iba al molino, a Ana María le encantaba ver todo el proceso de transformación de la aceituna en aceite.

Los sábados, como no había escuela, Ana María se iba con sus padres a recoger aceitunas. Su papá le había regalado un capazo pequeñito.

–Aquí tienes, Ana María, si llenas el capazo de aceitunas te daré un duro. Ana María, muy ilusionada, se puso cerquita del tronco del olivo y llenó el capazo. Y así lo hizo uno y otro sábado.

Al terminar, le dijo a su padre:

–Papá, ahora quiero jugar un ratito, ya estoy cansadita.

El tronco del olivo se convertía en su casita preferida. Tenía una muñeca que se la llevaba consigo, le preparaba la comida, un plato de aceitunas y cuatro piedrecitas. Y así pasaba la mañana.

A la hora de comer, el papá hacía fuego con las ramas viejas del olivo, asaban morcillas, salchichas, panceta y tomates. Se sentaban encima de una manta, se comían dos barras de pan con la carne y los tomates asados aliñados con aceite de oliva.

–!Qué bueno que está!, decía Ana María.

 

Después de comer, sus padres volvían a su tarea y Ana María prefería hacer deberes. Siempre llevaba consigo una libreta, le gustaba dibujar los olivos.

Sus troncos eran gruesos, irregulares, retorcidos, de color gris claro, llenos de agujeros. Esto es lo que más le llamaba la atención a Ana María, porque no había un olivo igual a otro, sus troncos eran diferentes, formaban figuras que parecían caras o seres extraños. Mientras Ana María dibujaba sus olivos, su papá se acercaba a ella y le decía:

–Ana María, estos olivos son de tus abuelos, y de los abuelos de tus abuelos, es decir, de tus antepasados. Ellos muy bien los han cuidado. Han visto pasar a muchas generaciones. Son monumentos vivos, patrimonio de nuestro pueblo, …

–Ya lo sé papá, yo también cuidaré de ellos.

 

–¿Has visto, Ana María? El olivo tiene muchas hojas de color verde, pero al revés es de un color verde grisáceo, tiene forma alargada, y se une con un rabito a la rama.

La oliva o aceituna nace de una flor blanca, se convierte de color verde y a medida que va madurando va cambiando de color, pasa a ser morada y finalmente negra.

Ana María siempre disfrutaba oyendo a su padre, le contagiaba del amor y cariño que sentía por sus olivos.

Un lunes, Ana María se llevó la libreta con los dibujos que había hecho de los olivos al colegio.

–Señorita, quiero enseñarle mis deberes.

 

La señorita, al ver los dibujos de Ana María, se quedó sin palabra.

 

–¿Quién ha hecho estos olivos?

 

–Yo, señorita –respondió Ana María.

 

–No puede ser.

 

–Sí, mientras mis padres recogían aceitunas yo dibujaba los olivos de la finca. Y, ¿ sabe qué? Ninguno es igual a otro.

La señorita, al ver la maravilla de olivos que Ana María había dibujado, propuso ir una tarde de excursión a la finca de Ana María.

¡Qué contentos se pusieron todos sus compañeros!

 

Al día siguiente por la tarde, todos los niños del colegio fueron a la finca de Ana María. Ella, muy orgullosa, les enseñó todos sus olivos, y empezó a explicarles lo que tantas veces su padre le decía:

–Estos olivos tienen muchos años, han visto pasar a muchas generaciones, han sobrevivido a días de sol, de tormenta y de calma, y todos nuestros labradores muy bien los han sabido cuidar. Ahora son patrimonio de nuestro pueblo, y muy orgullosos nos sentimos de que vengan a visitarlos.

Su papá se sintió muy orgulloso de Ana María.

–Tengo una sorpresa para vosotros –dijo su papá–. Hoy plantaremos un olivo.

–¡BRAVO!, ¡¡¡qué bien!!!

 

Todos los niños colaboraron siguiendo las órdenes del padre de Ana María.

 

–Primero toca hacer un agujero, luego pondremos el árbol, con un poco de tierra, añadimos agua y por último piedras a su alrededor para protegerlo.

Su maestra les dijo:

 

–¿Tendréis que pensar en un nombre? No dudaron ni un minuto.

–Se llamará San Miguel –dijeron todos los niños–, como nuestro cole.

–¡Que tarde más bonita! –decían todos los niños.

 

–Cuántas cosas que hemos aprendido.

 

Al llegar a casa, su abuelita les preparó una gran merienda a todos sus amigos: pan con tomate y aceite de oliva, y de postre el cóc de molla.

Y COLORIN COLORADO ESTE CUENTO SE HA ACABADO.!!!!

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