El saco

El saco

[Nuel Robles]

Tiempo de los Iberos.

(S. IV a.c. Región Oretana[1])

Estaba aturdida. Miraba a su hermano sin entender por qué le hacía señas para que no hiciera ruido, llevándose el dedo índice de la mano derecha a los labios. Hacía tan sólo unos instantes que la había despertado para que bajase rápidamente del carro y se habían escondido tras unos matorrales en un lateral del camino, ligeramente por encima de donde había quedado el carro.

Ella no entendía nada. Su hermano estaba muy nervioso y miraba hacia la parte baja de la cuesta donde habían tenido que dejar el carro. Se irguió un poco y pudo observar que tres hombres subían el camino. Los hombres hablaban y reían. Ella no entendía por qué se escondían hasta que los vio más cerca y pudo comprobar que dos de ellos tenían las manos manchadas de sangre. El tercero, más escrupuloso, venía limpiando con un paño la falcata y sus manos parecía que también habían sido limpiadas con anterioridad, a tenor del color del que se había teñido la tela.

Entender que se trataba de bandidos y sentir un miedo atroz fue todo uno. Se acercó a su hermano y al oído le susurró que iba a bajar al carro para coger su saco. Su hermano no salía de su asombro, pero la conocía y sabía que era terca, así que la sujetó de un brazo fuertemente. Ella se revolvió, pero no consiguió zafarse.

–Jadar, tengo que bajar a coger el saco. Si lo hago ahora no me verán.

–¡¡No!!, ¿estás loca? En ese carro está toda nuestra vida, pero si nos matan no podremos volver a empezar, y te aseguro que si bajas nos matarán a los dos.

Jadar le enseñó la bolsa que contenía las monedas de las que disponían, todo su tesoro según él. Seguro que estaría bien para volver a empezar, pero según ella, su tesoro era su saco; así que insistió, forcejeando con Jadar.

–Mira, chiquilla, es una locura, son tres y bien fuertes, no quiero ni pensar lo que te harán a ti antes de matarte, mientras mi sangre riega el camino. Con suerte cogerán lo que quieran del carro y se marcharán. Tu saco seguro que no les interesa. Esos seguro que buscan plata, sal o monedas.

Lo dicho por Jadar y sobre todo el comprobar que los malhechores estaban llegando al carro, le hizo reconsiderarlo, haciendo una seña con las manos para indicar a su hermano que no se movería del lugar, por lo que éste la soltó.

–Por Betatun, es nuestro día de suerte. Veamos lo que ha querido la diosa para nosotros –dijo uno de los bandidos, mientras llegaban al carro y miraban en su interior.

–Aquí hay de todo, mejor nos llevamos el carro completo –dijo el más bajo de los tres. Casi al instante, recibió un manotazo en el hombro del que parecía el jefe–. De eso nada, con un carro somos presa fácil, en el camino tarde o temprano nos cogerían los soldados; así que coged lo que podamos llevar caminando.

Mientras los tres estaban absortos en el saqueo del carro, Aunia le indicó a su hermano que si bajaban despacio los sorprenderían y podrían matar a dos de golpe. Jadar se negó. Era mucho riesgo. La mula que tiraba del carro no paraba de moverse inquieta ante la presencia de los malhechores y si los veía bajar podría delatarlos.

Entonces ocurrió lo que ninguno de los dos deseaba. Los ladrones se separaron del carro y ella vio con rabia cómo el más bajito se echaba el saco al hombro, ¡su saco!

Había sido el último en separarse del carro y por tanto el último en caminar cerrando la comitiva. Ella se irguió y comenzó a bajar hacia el camino rápidamente, pero sin hacer ruido. A medida que bajaba, extrajo una daga de sus ropas. Una vez llegó a la espalda del ladrón éste se giró al sentir su presencia, pero sólo le dio tiempo a soltar el saco y llevarse las dos manos al cuello para intentar evitar el derramamiento de sangre que el corte que Aunia le había dado en el cuello presagiaba.

Cuando Jadar llegó al camino esgrimiendo su falcata, los otros dos ladrones caminaban hacia su hermana con los ojos rebosando rencor. Ella por su parte retrocedía hacia el carro buscando la protección del mismo con la daga en una mano y el saco en la otra. Todo era silencio. Nadie decía nada. Jadar y Aunia se hablaban con la mirada. Los dos bandidos se dirigieron hacia la chica, como si la venganza fuera más importante que salir con vida, o tal vez menospreciando el potencial que la pareja pudiera tener, y eso era lo que los hermanos querían. Así, uno de ellos dio la espalda a Jadar, quién rápidamente acercándose en silencio asestó un falcatazo al individuo más grande, el que parecía el jefe, quién cayó desangrándose sobre una de las ruedas del carro.

La situación había cambiado para bien, pensó Aunia, que seguía resguardada en la parte delantera del carro. Por su parte Jadar había llamado la atención del tercer asesino tras despachar a su jefe, por lo que la lucha se había equilibrado entre las dos partes. Cada ataque de uno era contraatacado por el otro con más brío, pero sin ninguna ventaja clara para nadie.

La noche aparecía lentamente y el intercambio de golpes continuaba. Por su parte, Aunia intentaba despistar al malhechor para que su hermano tuviera la oportunidad de terminar con él, pero sin éxito. Poco a poco el ruido de las falcatas fue atenuado por el sonido producido por el galope de varios caballos que subían el camino. Los tres miraron hacia la parte baja y vieron cómo varios soldados se dirigían hacia ellos. El delincuente emprendió la huida montaña abajo, no sin antes golpear a Jadar con la falcata en su brazo derecho, con bastante menos éxito del que le hubiera gustado. No obstante, empezó a sangrar ante el estupor que embargaba a los dos hermanos. Fue Aunia la que reaccionó antes, arrancando un trozo de la parte superior del saco para taponar la herida. En ese momento llegaron a su altura varios soldados. El que parecía el jefe y dos más. Otros cuatro salieron en persecución del asesino que quedaba con vida.

–Mi nombre es Ertebas y soy el jefe de la guardia de Bársulo. ¿Quiénes sois vos?

–Ella es Aunia, mi hermana, y yo soy Jadar. Íbamos hacia el valle cuando nos sorprendieron los bandidos. Han intentado robarnos y matarnos. Hemos conseguido acabar con dos.

–Ya.... –dijo el soldado con un deje de incredulidad, pero sin querer ahondar en los hechos–. ¿Os encontráis bien?

–Sí, mi señor, parece que es superficial.

–No es casualidad que hayamos llegado. Veníamos siguiendo el rastro de estos ladrones. En nuestro iltur[2] asesinaron a un cliente[3] y por el camino hemos ido encontrando un rastro de sangre que nos ha ido marcando la ruta a seguir. ¿Dónde tenéis vuestra casa?

–Ahí, en el carro. Venimos de muy lejos, de una ciudad llamada Gadir[4]. Nuestra familia murió hace poco y la vida allí era muy complicada. Somos agricultores y en la ciudad no había trabajo para nosotros, abundan los marineros y comerciantes. Vamos buscando un lugar donde poder vivir de nuestro trabajo y en paz. ¿Queda muy lejos Bársulo?

–No. A mediodía a caballo. Podéis venir, pero no os garantizo que podáis quedaros mucho tiempo. El príncipe es muy celoso de mantener el orden social en la ciudad. Agricultores hay muchos, como no tengáis algo que ofrecerle...

*****

Aunia se encontraba cansada, muy cansada de viajar. El problema no era la incomodidad del carro en el que viajaba ya que era bastante mejor que tener que caminar. El origen de su cansancio era la imposibilidad de poder establecerse en alguna comunidad de las que encontraban en su camino. Su hermano Jadar, aunque intentaba disimular, lo llevaba peor.

Aunque les dejaban atravesar las murallas, nunca llegaron a ser recibidos por los príncipes de las ciudades que se encontraban en el camino. Siempre recibían la misma contestación, "si no tenéis nada que ofrecer al príncipe, no os recibirá". Ésta vez parecía igual, por lo que no albergaban esperanza alguna.

Mientras ellos se acomodaban en el carro para continuar su viaje, Ertebas y uno de sus soldados examinaron los cuerpos de los bandidos. Observaron cómo Ertebas dibujaba sobre una lámina de plomo[5] y seguidamente mandaba que prendieran fuego a los cadáveres. Casi cuando iban a partir, volvieron los soldados que habían partido en busca del tercer bandido. El primero que llegó a la altura de su jefe le informó que lo habían alcanzado y dado muerte. Ertebas les indicó que lo pusieran sobre sus compañeros y que al igual que habían compartido fechorías disfrutaran juntos del fuego.

*****

Empezaba a amanecer cuando la comitiva llegaba a Bársulo. Ertebas les indicó dónde podían permanecer unos días. Durante el camino, les había dicho que intentaría que el príncipe Korbis les recibiera, aunque no podía prometerles nada. El sitio indicado quedaba cerca de la puerta oeste del iltur, donde al parecer vivían los soldados de Ertebas. En la parte exterior de las murallas, muy próximo a la puerta, se hallaba un río, por lo que a Aunia le pareció un lugar excelente para establecer su hogar.

Al anochecer, Ertebas les comunicó que a la mañana siguiente el príncipe los recibiría, que estuvieran tranquilos ya que era una persona comprensiva y amable, añadiendo después, como advertencia, que no soportaba a los mentirosos.

Toda la noche durmieron plácidamente. No albergaban ninguna esperanza en poder establecerse en Bársulo, por lo que no les quitó el sueño la recepción del día siguiente.

Al llegar a palacio, esperaron un buen rato antes de que Ertebas les indicara que pasasen a la sala del trono. Allí sentado estaba Korbis. Junto a él, de pie, su secretario. Jadar y Aunia llegaron a tres metros del príncipe y flexionaron sus cabezas a modo de saludo, como les había indicado el soldado.

–Me ha dicho Ertebas que venís de muy lejos y que le ayudasteis a acabar con los bandidos. También que queréis vivir en Bársulo. ¿Qué sabéis hacer? –preguntó, dirigiéndose en todo momento a Jadar.

–Mi señor, somos agricultores. Es el trabajo que nos enseñaron nuestros padres. Otra profesión no conocemos.

–Ya, pero agricultores tengo muchos. Me interesaría que te dedicaras al ganado. La caza escasea. Para conseguir carne suficiente hay que alejarse mucho de las murallas y eso es peligroso.

–Mi señor, no sabemos nada de ganado, no obstante, estamos dispuestos a aprender del mejor ganadero de la ciudad.

–El mejor era Sosian, y falleció hace poco. Que se dedique a la cría de animales, queda sólo Bedule, pero ni él estará dispuesto a enseñarte ni yo a esperar. Lo siento. Podéis permanecer bajo protección de nuestras murallas dos lunas, después deberéis marcharos–. Y diciendo esto hizo un gesto con la mano a Ertebas para que abandonaran todos la sala.

Una vez llegaron al carro, Aunia estaba desesperada. Era volver a empezar y ni su cuerpo ni su mente querían volver a sufrirlo. Jadar, por su parte, se tumbó frustrado en su jergón. Sin mirar a su hermana comentó en voz baja

–No sé cuándo va a terminar este viaje infinito. ¿Nos quedaremos aquí todo el tiempo que nos permita, verdad?

–Jadar, creo que debemos luchar todo lo que podamos por establecernos aquí.

–¿Y qué podemos hacer más? –respondió él.

–Déjame intentarlo, hermano. El príncipe parece una persona justa. Si vamos los dos a mí no me escuchara. Me ignorará como antes. Pero si voy sola no le quedará más remedio. Debo convencer a Ertebas para que consiga una nueva audiencia, y creo que puedo hacerlo. ¡Por favor!

–No sé si va a querer recibirte a ti sola. Me parece un atrevimiento que una mujer, y encima forastera, tome la palabra en nombre de la familia, ante el príncipe. Es más, no creo que quiera volver a vernos.

Jadar la miraba pensativo. Creía que no tenían nada que hacer, pero su hermana era una luchadora y en más de una ocasión le había demostrado esa fuerza interior de la que ella disponía y él carecía. Confiaba en ella plenamente.

–De acuerdo, Aunia, haz lo que debas, pero no me expliques nada. Simplemente hazlo.

Sin demorarse, Aunia cogió su saco y salió en busca de Ertebas. Lo encontró junto a la puerta oeste, en las dependencias de la guardia. Se alegró de verla, pero la seriedad y determinación de ella le hizo estremecerse. Ella le preguntó si podían hablar a solas, a lo que él accedió. Directamente le habló de sus planes de instalarse en Bársulo, así como de la manera que podía convencer al príncipe para que les concediera la oportunidad de incorporarse a la vida social del iltur. Ertebas pensaba que sería perder el tiempo, pero algo en su interior le indicaba que debía facilitarle la oportunidad de intentarlo; por otro lado, se moría de ganas de verla en acción. Intuía que ella era más resolutiva que su hermano, pero tenía que verlo y confirmarlo. No le prometió nada, tan solo la posibilidad de hablar con Korbis e intentar conseguirle una audiencia.

Pasaron cinco noches y por fin un soldado le anunció que Ertebas había dispuesto que la acompañara al palacio. Le informó igualmente que había conseguido que Korbis la recibiera y que él estaría allí toda la mañana.

Una vez en palacio, fue recibida de inmediato. Entró en la sala de audiencias con su saco. Lo depósito en el suelo y se acercó al príncipe para mostrarle sus respetos. El detalle no pasó desapercibido ni para Korbis ni para Ertebas, que se encontraba de pie junto al príncipe.

–Mi señor, antes de nada quiero agradecer vuestra hospitalidad y que me hayáis recibido. Si me permitís mostraros lo que hay en el saco podré explicarme mejor.

Y acercándose al lugar donde estaba el saco extrajo de él una planta de unos 50 centímetros de altura con un tronco retorcido de color pardo de unos 8 centímetros de diámetro. Disponía de unas hojas de forma oval de color verde brillante por encima y blanquecino por debajo. Las raíces estaban cubiertas por una tela de arpillera.

–Mi señor, hace varias cosechas un hombre que venía de tierras lejanas, de un lugar llamado Egipto, llegó a Gadir. Este hombre se llamaba Sebak. Mi padre lo acogió en su casa, ya que los negocios que intentaba realizar no le salieron bien, y rápido quedó desamparado en la calle. Cada día me contaba historias de su tierra. Muchas de esas historias estaban basadas en esta planta que le muestro, en su fruto y en el jugo que se podía extraer del mismo. Él la llamaba "Tat"[6]. Trajo varias, y en las tierras de mi padre las plantó. Un día, decidió volver, pero antes me regalo este Tat que os ofrezco. Durante el tiempo que convivimos también me hizo otro regalo tan importante como el otro, me enseñó cómo reproducirlo.

Korbis la interrumpió con un gesto de aburrimiento.

–Mujer, no tengo tiempo que perder. No soporto las mentiras y creo que pretendéis contarme una fábula para conseguir mi gracia–. Hizo un gesto a Ertebas para que se retirasen. Ertebas, apesadumbrado, cogió del brazo a Aunia para marcharse, pero esta se zafó, se dirigió al saco y extrajo de él siete esquejes de tat, que, acercándose a Korbis, dejó en el suelo.

–Mi señor. Yo nunca miento –dijo mirándole fijamente a los ojos. Mientras tanto, el soldado la aferró fuertemente de un brazo para retirarse de la sala. Korbis le hizo una señal y se levantó de su trono acercándose a la chica.

–Decís que no mentís..., veámoslo, ¿qué ocurrió con los bandidos en el camino? –a la vez que se acercaba tanto a ella que percibió un agradable olor.

–Que intentaron robarnos y matarnos.

–Y ¿quién acabó con ellos?

–Mi hermano mató a uno y yo al otro.

Korbis hizo un gesto de afirmación con la cabeza mientras mantenía su mirada fija y penetrante en los ojos de Aunia, como si quisiera leer su mente.

–Sería más apropiado decir que vos matasteis al primero y vuestro hermano al segundo. Decidme, ¿quisieron abusar de vos?

–No, mi señor, quisieron llevarse el saco con mis plantas.

El príncipe miró a Ertebas interrogándole con la mirada.

–Mi señor, creo que dice la verdad. Uno de los bandidos tenía un corte limpio en el cuello efectuado con una daga, mientras que el otro había recibido un falcatazo en la espalda que lo destrozó. Ella tenía la daga y su hermano la falcata. Cuando llegamos, ella no se separó del saco en ningún momento. Sí, creo que dice la verdad.

El príncipe se sentó de nuevo y le hizo una seña a Ertebas para que la soltase–. ¿Qué queréis exactamente? –le preguntó a Aunia.

–Mi señor, queremos vivir en Bársulo, que nos cedáis algunas tierras y herramientas para trabajarlas. Allí plantaremos Tats. A cambio os daremos la parte que vos decidáis y os deberemos obediencia.

–¿Por qué creéis tanto en esa planta hasta el punto de jugaros la vida?

–Porque es la planta más útil que ha dado la naturaleza. Sebak me contó lo que ya se hacía en su tierra y a veces sueño con cosas que se podrán hacer en un futuro. Es una planta que llega a vivir muchas cosechas. De los troncos viejos se usa su madera aparte de para calentar para hacer herramientas y utensilios de todo tipo. Las ramas y hojas también sirven para calentar los hogares y hornos. Si las hojas se hierven, y bebes el agua, quita la calentura. Su fruto es comestible, pero a pesar de todo, lo que más se usa es su jugo. En Egipto la gente muere más vieja y según Sebak allí todo el mundo come su fruto o toma su jugo. Éste es untuoso y es utilizado como combustible para alumbrar la noche y mezclado con otras esencias para perfumar. También se hacen ungüentos con el jugo que, aplicados sobre las heridas, las mejoran considerablemente. Según el egipcio, tanto en su país como en los cercanos éste árbol es signo de paz y prosperidad.

–Sin duda el entusiasmo con el que habláis es contagioso. Pero ese hombre, ¿no podía haberos engañado?

–No, mi señor, todas las cosas de las que os he hablado las aprendí de Sebak cuando las mostraba a mi familia.

El príncipe no quiso precipitar su decisión y le comunicó que por medio de Ertebas le informaría de su fallo. Pasaron varias noches sin noticias hasta que una mañana, cuando Jadar y ella volvían del río, observaron cómo entre la torre de la puerta oeste y su carro había un grupo de hombres y mujeres que escuchaban lo que Ertebas les hablaba. Se dirigieron a su carro y el soldado al verlos cesó su charla y caminó hacia ellos. Al llegar a su altura les dijo:

–Éstos son vuestros esclavos. El príncipe Korbis os los cede para que trabajéis el campo. Ahora, venid conmigo. Os llevaré primero a vuestra nueva casa y posteriormente iremos a vuestras tierras.

[1] Correspondiente a las actuales provincias de Ciudad Real, Jaén,  noreste de Córdoba y oeste de Albacete.

[2] Ciudad fortificada en época íbera.

[3] Grupo social situado entre los príncipes o aristocracia y los siervos o esclavos.

[4]  Actual Cádiz.

[5] Soporte íbero para escritura.

[6] Nombre que los Egipcios daban al Olivo.

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