El regreso

El regreso

[Epifisis]

Tras varios años estudiando en la capital volví a mi pueblo a pasar el verano pues no tenía dinero para un plan mejor. Antes, paré en el cementerio, pegado a la carretera y, caminando, me acerqué a la reja. El calor insoportable me pegó la camisa al cuerpo, los olivares en línea hasta el horizonte me recibieron con un murmullo de desaprobación, mucho tiempo desde la última vez que caminé entre las sepulturas.

El camposanto vacío, flores marchitas en jarrones de plástico, algunas tumbas semienterradas, lápidas con mensajes borrados, un nido de avispas en un nicho y un silencio en mi corazón.

Delante del panteón de mi familia recordé a mis abuelos, viejos de sesenta años por culpa de la dura vida rural. Luego, me planté ante la sepultura de mi amigo de la infancia, Dorito, ahogado en la charca aquel verano aciago, cuando después de aquella comida pantagruélica se empeñó en darse un baño como Dios le trajo al mundo y quedó prendido en el fango, mientras nosotros, ebrios de vino peleón, no nos dábamos cuenta de su agonía.

Al rato de no salir tras la zambullida, varios de nosotros nos metimos en el agua pero cuando lo encontramos estaba muerto. Le tapamos con su ropa mientras uno fue a avisar en bici al pueblo. Por orden del alcalde fue desecada la balsa de agua y ahí se acabaron los baños de nuestra juventud.

La muchachada, por orden de Don Vicente, el cura, se dividía los días de chapoteo entre mozos y mozas para no coincidir, aunque cuando a ellas les tocaba, nosotros nos tocábamos en la casita de aperos con vistas a aquellos cuerpos púberes, sin hacer ascos al calor sofocante y a la proximidad de los otros muchachos.

Después de solazarnos, comer fruta robada de los huertos cercanos era lo más y eso que aún noto en mi paladar el sabor del membrillo verde igual que chupar un secante o las cagaleras producidas por las moras o la sandía caliente.

Me dirigí hacia la salida, la puerta estaba encajada en el suelo, la agarré con fuerza y se me borró el recuerdo de golpe por el chillido de la puerta al cerrarla y sin volverme, me monté en el coche.

Antes de aparcar ya había saludado a medio pueblo con la mano, pues en cuanto se oye un motor, la gente se asoma y mis padres ya me esperaban a la entrada de la casa. Añoraba los besos ruidosos de mi madre y el abrazo fuerte de mi padre.

Atravesar los muros de adobe y los cortinajes y una sensación de frescor me invadió y la oscuridad reinante en el pasillo me hizo entrever a mi prima segunda en el quicio de la cocina.

Un año mayor que yo, habíamos compartido todas las siestas y juegos de nuestra infancia. No se podía salir a la plaza del calor que hacía, los gurripatos caían de los árboles muertos y solo algún perro sarnoso dormitaba en las sombras. Para nuestros padres en verano, la siesta después de la comida era sagrada y nos obligaban a hijos y a primos a meternos en la cama enorme de los abuelos, de forja, con bolas doradas que giraban y un somier que se quejaba a cada movimiento.

Todos los días la misma historia, primero un silencio sepulcral y poco a poco que si una cosquilla, un pellizco, una risa nerviosa o un codazo y mi padre entraba cada vez más enfadado, sudoroso y en camiseta.

De aquellas tardes, no me acuerdo a qué edad, empezaron nuestros escarceos en explorar nuestros cuerpos, con curiosidad, inexperiencia e ingenuidad.

Durante dos años fuimos novios de los de pasear por la carretera hasta el puentecillo de la salida y acariciarnos a la mejor ocasión. En el baile imposible ningún acercamiento, las viejas y a veces el cura vigilaban la moral de los jóvenes.

Cuando se confesaba, la atosigaba a preguntas sobre lo que hacíamos y de cómo y dónde; cambiaba el tono de su voz y se movía mucho el confesionario, así hasta que dejó de ir a la iglesia.

Luego la mili y los estudios en la capital hicieron que nos distanciáramos, pero nos seguíamos queriendo mucho. Problemas económicos en su familia la han obligado a que esté ayudando a mi madre con las tareas de la casa, ha sido una sorpresa para mí, pues lo desconocía.

Las chicas de la ciudad son más liberales y los guateques están de moda, se hacen en la casa de alguno de los amigos, sin padres y con discos de música lenta en un pick-up, baile agarrado y ponche para beber. Las discotecas, nada que ver con la pista al aire libre con farolillos del pueblo, sin viejas, muy oscuras y con cubatas, mucha música lenta de restregar cebolleta y un poco de rápida para mover el esqueleto como en las películas americanas.

Nos hemos besado, con torpeza, incómodos, mis padres mirando pero he olido su cuerpo y algo se ha removido en mi interior, que me ha llevado a rememorar tantos momentos buenos del pasado.

Ella duerme en una habitación cerca del patio y yo en la de los abuelos, con una cama  nueva silenciosa como hemos comprobado el otro día en que se introdujo en mi lecho para recordar nuestros juegos infantiles. En silencio recorrimos con las manos nuestra piel sin dejar nada sin acariciar, tuvimos un orgasmo quedo y sudoroso, se despertó poco antes del canto del gallo y me dejó en la cama solo, destrozado de cansancio y de placer.

Hemos reiniciado nuestra relación con más fuerza, quizás por la madurez de nuestros cuerpos, las experiencias vividas y la facilidad de amarnos al convivir bajo el mismo techo.

Creo que a mis progenitores no les importa nuestra relación, nos dejan a solas con frecuencia y seguro que la prefieren como hija a alguna señoritinga resabiada de la capital.

Como el calor es tan agobiante, cuando estamos solos bajamos a la bodega, fresca gracias al muro de adobe que nos separa del exterior, ahí tenemos nuestro rincón de amor, mis padres ya no bajan y hemos colocado un jergón de paja, un aguamanil con su jofaina y si tenemos hambre no nos faltan embutidos para saciarla.

El tiempo corre muy deprisa y más de una vez al subir encontramos a mis padres con una sonrisa de oreja a oreja al vernos entrar en la cocina, arrebolados todavía. Mi madre se acercó a mí, me acarició el pelo, a la vez que me quitaba una brizna de paja.

Se acaba el verano, tengo que volver a los estudios y me preocupa el olivar. Mi padre ya no está para muchos trotes, menos mal que me queda un año para terminar la carrera de ingeniero agrónomo y podré tomar el relevo en la explotación.

Se terminaron las fiestas del pueblo, San Roque, con una procesión donde se paseó al santo por las calles principales, misa solemne y por la tarde con carros se formó una plaza de toros donde se capeó alguna vaquilla que luego se hizo asada en el horno de leña en la tahona, en grandes bandejas con pimientos.

Una orquesta frente al ayuntamiento y baile hasta el amanecer para terminar con churros y chocolate.

Dos días antes de mi partida bajamos por última vez a la bodega, merendola con una hogaza de pan de pueblo y jamón del bueno bien regado con vino.

Al terminar y algo achispados nos empezamos a besar y a acariciarnos, nos fuimos calentando quizás más de la cuenta y nos desnudamos.

Tumbado en la sábana que habíamos bajado, la dejé hacer. Recorría con su boca mi cuerpo y al llegar a mi miembro lo tomó entre sus labios, era la primera vez y yo no me lo esperaba. Ahogué un grito y me arqueé golpeando con mi cabeza la espita de la tinaja grande del aceite de oliva, que saltó despendolada.

Un chorro imponente fluyó durante varios minutos mientras intentábamos taponar con la sábana y hasta que encontramos el grifo detrás de unas cántaras de vino, terminamos empapados.

Nos abrazamos riendo sin parar y nuestros cuerpos oleosos se deslizaban el uno contra el otro como nunca y nuestras terminaciones nerviosas a punto de explotar hicieron que el orgasmo fuera de los mejores de nuestra vida.

Cuando termine y haga la tesis doctoral sobre el aceite de oliva, añadiré una propiedad y un uso más en sus múltiples cualidades.

Cuando el auto-rés salía del pueblo mi amada me despedía desde el puentecillo y yo apretaba entre mis piernas una garrafa de aceite.

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