Ideal

Ideal

[Ideal]

En la muerte de mi amigo Ideal, un rudo silencio recorrió las calles de Montejícar. Fue como si los vecinos se hubieran olvidado de todos esos años que convivió con los olivareros y sus familias. Tal vez en algunas casas del pueblo tuvieron sus palabras de homenaje, eso sí, en el silencio fatuo de los hogares al caer la noche, cuando nadie podía hacerse eco de esos testimonios. Así se fue mi amigo, y a nadie más le importó más que a mí. Pues no tenía familia ni otros que mirasen por él. Ni le oficiaron funeral ni fueron selladas con hermosas palabras su despedida en las exequias. Así, sin más, en un funesto silencio. Ni un escueto adiós. Más se dijo en el pueblo del perro que murió atropellado por una galera a las puertas de la iglesia cuando salían los feligreses de la misa de domingo.

En mis adentros quedarán para siempre los recuerdos de mi amigo Ideal, el olivarero más joven pero más experto de cuantos haya conocido. A Ideal se le suponía joven, pero en su cara lucía una mirada de animal salvaje y unas arrugas prematuras. Sus manos parecían deshinchadas, parecían dos manojos de alambres; escuálidas y desvencijadas por los sabañones y las heridas del frío. En su piel, de aspecto acartonado, confluía una maraña de arañazos, dibujados como una suerte de surcos que se perpetuaban ajenos a cualquier gesto de cicatrización. Observando su encanijado cuerpo, estropeado como un mapa de un nuevo mundo, uno llegaba a entrever en esa silueta abrupta a un joven encorvado y flaco como un garrote, que aparecía y desaparecía con los silencios de un renacuajo en la orilla. Con los andares arrastrados del mutilado que retorna de la guerra con la mirada férrea, pero a la vez gacha, signo inequívoco del que ha sobrevivido a todos los silbatos previos a una gran explosión.

Aún con todo, en el rostro de Ideal siempre brillaba una sonrisa. ¿Cuántas veces pude ver sus minúsculos dientes asomados por esa boca entreabierta? Todo le resultaba curioso, ningún día lo vi apesadumbrado. Nada entristecía a ese cuerpo rudo, con gestos de chaval y sonrisa de retoño. Parecía satisfecho en su desdicha, siempre ardía en sus ojos ensortijados la mirada de una cría que empieza a dar sus primeros pasos. Ideal era, sin saberlo, un ser exótico entre todos los olivareros. Y digo exótico porque el resto formábamos manada mientras que él era uno entre todos.

De niño vino a criarse entre olivos. Cuando yo empecé en la recogida, Ideal todavía era el más pequeño de todos y ya tenía trabajando para él a dos mozos que atinaban las varas donde él ponía el ojo.

–Ahí, y suave –les decía, utilizando a modo de improvisado altavoz, su pequeña mano mareada de heridas. Y los hombres, incrédulos pero obedientes a la vez, vareaban con el acierto de hacer sonar un cargado cascabel que tras su sonido derramaba jocosas aceitunas sobre los lienzos negros.

En el extenso olivar de Montejícar solo había una cosa cierta: donde faenaba Ideal era donde más pesada se hacía la tarea de tirar de los lienzos, pues los cargaba de verde oro con la misma magia que un zahorí detecta el agua o un buscador de oro sabe discernir las pepitas del curso del agua. Tal vez por ese don, todos tapaban de silencio e indiferencia la valía de ese niño huérfano, que cuando terminaba su jornal desaparecía entre los montes a pasar la noche hasta un nuevo día. Al raso, cuevas o escondrijos donde ni Dios osaba a posar su omnipresencia.

Dicen las lenguas del lugar que fue a mediados de uno de los noviembres más fríos que se recuerdan en Montejícar, cuando el mayoral, andando al alba por los olivos, se encontró a un niño de corta edad haciendo extrañas piruetas a los pies de un olivo para trepar por este.

–Parecía un mono, el jodido –decía Don Diego cuando contaba esa anécdota en la taberna. La aparición de ese niño medio salvaje que no gozaba ni de señas, ni hogar y ninguna familia de la contornada reconocía como suyo, fue muy sonada en el pueblo. Las gentes alimentaban sus juicios, desenmarañaban sus conjeturas y silenciaban sus habladurías sobre el caso del niño aparecido. En cambio, cuando Ideal bajaba al pueblo para hacerse con agua de la fuente, los vecinos callaban a su paso y cerraban las puertas, cuando es sabido que en el pueblo, de toda la vida, siempre estuvieron entornadas.

Llegó el primer invierno desde la aparición de Ideal, cuando un buen día, mi padre, preocupado por ese huérfano que rondaba solo por los montes de olivo, me mandó a buscarlo.

–Tráelo a casa, dile que quiero hablar con él junto a la lumbre, que algo habrá en casa para saciar su hambre. No están hechas las noches de invierno para andar por los montes y dormir al raso –me encomendó mi padre, mientras sacaba agua de la cisterna para el puchero de la cena.

Salí de casa como un gato huyendo de los exabruptos y zapatazos de la cocinera de una posada. Antes de adentrarme en el olivar tuve que pasar por la casa del mayoral, y pedirle permiso para pisar las tierras de los Señores, ya que nadie entra en sus tierras sin el salvoconducto de Don Diego.

–Buenas tardes, Don Diego. Me manda mi padre en busca del chico que tiene trabajando en la recogida. ¿Sabe usted? El chico que apareció y nadie sabe de dónde sale ni quiénes son sus familiares.

–Sí, Manuel. Sé quién dices. Y dime, ¿qué interés tiene tu padre en ese chico?

–Pues yo le diré, Don Diego. Mis padres andan preocupados del frío y la desatención que pueda tener ese niño, ya que no tiene hogar ni familia.

–Esa bestia parda trabaja para mí, como tu padre, tu hermano y tú mismo cuando llega noviembre y los olivos crepitan verdes agitados por el viento que se levanta. La recogida es lo único que importa y que debería importar a tu padre, y no la vida de un gato, ¿sabes Manuel? La vida de un niño huérfano no es más importante que la de un gato esperando la llegada de los pescadores a puerto, escudriñando si algo pudiera rascar de la pesca.

–Entiendo lo que quiere decir, Don Diego. Pero mis padres no tienen en cuenta el daño o la merma que pueda causarles atender y dar cobijo a un desconocido.

Tras escuchar mis palabras pude ver en el rostro del mayoral un gesto de ya no saber que más decir al respecto. Es sabido en todo el pueblo la cabezonería de mi padre, que es natural de Villacarrillo y está afincado en Montejícar desde que contrajo nupcias con mi madre.

Anda, niño, sube al monte y guarda cuidado. Baja antes de que anochezca, porque de no ser así iré en tu búsqueda y no para salirte al camino –me dijo el mayoral con cara de no soportar más esa situación. Y cerró la puerta maciza de su casa bruscamente.

Corriendo me adentré en el olivar, tropecé hasta cinco veces. Una curiosidad indomable me empujaba a correr sin fijarme en los recovecos. Arreciaba el viento y las copas de los olivos parecían discutirse. En ese momento era incapaz de distinguir cualquier ruido entre esa algarabía de ramas agitándose. Hasta que llegué al olivo de aceituna Cornicabra, que en su día fue alcanzado por un trueno hace ya unos años, cuando todavía yo era un niño de teta. Los olivareros de entonces contaban que estuvo ardiendo durante días hasta que el fuego se cansó y lo dejó a mitad. Ahí quedó el maltrecho olivo, como una columna chica al final de olivar, casi desmenuzado por el fuego, cerca del camino que lleva a la sierra. Y allí mismo fue donde lo encontré, sentado sobre lo negruzco del árbol. Aposentado como un búho con sus manos pequeñas, ojos grandes y cara sucia.

–Hola niño, sígueme. No te pasará nada malo –le dije.

Él me miró sin apenas cambiar su expresión. No le asustó mi presencia. Me miró a los pies y subió su mirada hasta mi cabello. Se acercó y lo tocó como hace mi hermanita con las ovejas del vecino. Le sonreí porque no sabía qué hacer.

–Un día me llamaron Ideal y así me quedé –me dijo sin apenas acertar a pronunciarlo.

–Ven conmigo, Ideal –le dije. Sonreímos sin saber qué más decir y me siguió con andares asustados. Llegados a mi casa le costó entrar, nos miraba como un animal asustado, pero a mí me sonreía, buscándome con su mirada.

–Aquí lo tiene, padre. Se llama Ideal –le dije mirando a mi familia, que nos miraban a los dos arremolinados como curiosos.

–Acércalo a la lumbre –masculló mi madre, mientras ponía agua a calentar al fuego con hojas de romero y el ungüento que utilizaba para desparasitarnos. Mi madre lo bañó, le puso un blusón de padre y comió migas con nosotros. Se atragantó y ponía las manos sobre el pan como quien quiere volver a amasarlo. Tras la cena nadie dijo nada. Recuerdo ahora esa primera cena como aquella noche de verano que estábamos en Granada visitando a los abuelos y vimos dos funciones seguidas de un teatro de títeres en el Paseo de Los Tristes.

Desde ese día hubo un hogar en Montejícar donde la puerta siempre permaneció entornada al paso del “niño salvaje”, como lo llamaban los vecinos. Y esa no era otra que mi casa, humilde como tantas otras, pero la única de la contornada donde ese niño, que un buen día apareció de las montañas, siempre encontró lumbre, abrigo y cazo. Recuerdo cómo al anochecer de todos los días de invierno, cuando el frío arreciaba y las noches se alargaban, mis padres esperaban de pie en el portal de casa con una manta en las manos, esperando ver la silueta encorvada de Ideal alcanzando la loma del principio de la calle Miguel Hernández, nuestra calle. Ideal no acababa de atravesar el umbral del portalón de casa, cuando mi madre ya lo tenía acurrucado con la manta gris ceniza. Así hasta que su cuerpo de viejo detuvo al niño, por las hambres y penurias, como dijo el vocero al pregonar su muerte y mencionar su nombre. Primera y última vez que oí su nombre en boca de alguien que no fuese de mi familia. No fue hasta el día en que partió para siempre mi amigo Ideal, el mejor olivarero de la comarca, que nadie del pueblo se dignó a pronunciar su nombre.

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