Las raíces en la memoria

Las raíces en la memoria

[M.J.Martínez L]

Mañana fría de diciembre, el cielo raso, una miríada de titilantes estrellas rodean la luna llena arañándole minutos al gélido sol que derretirá la escarcha. La luz del plenilunio mezclada con la albura de los pequeños cristales de hielo, iluminan el camino que conduce al olivar, hollado día a día y año a año por aquellos hombres y mujeres que, desde tiempos inmemoriales, se han dejado jirones de piel y de vida entre las ramas y troncos de olivos centenarios.

La cuadrilla camina despacio, con pasos lentos, firmes, aprendidos, heredados. El padre a la cabeza tirando de las bridas de dos burros que le siguen como fieles compañeros, cargando en sus lomos los mantones, las varas, los sacos y un pequeño cribón. El perro, un cachorro juguetón, hace cabriolas temerario enredándose en las patas. A un lado la esposa, que lleva la comida en barjas de esparto, dos muchachos fuertes como robles, jóvenes fibrosos que bromean y ríen dejando que sus risas rompan el silencio de la madrugada, una muchacha menuda se arrebuja en la bufanda aferrándose al brazo de la madre, el abuelo camina asido a la cola de uno de los burros, que complacido tira de esos huesos artríticos que se resisten a quedarse en casa.

Cuando el sol asoma y extiende sus brazos por el campo arrancándole destellos esmeraldas, llegan a la pequeña finca. Entonces liberan a los asnos de su carga, desplegando con ello un escenario de agotadora faena. Los animales aliviados dan pequeños trotes hincando los hocicos en la tierra en una búsqueda infructuosa por algo verde que mordisquear.

El abuelo enciende una lumbre cálida, acogedora, para paliar el frío que cala los huesos y deja los miembros entumecidos. Los húmedos troncos se resisten a arder y pequeñas volutas de humo blanco se elevan mezclándose con el azul del cielo.

Las varas enhiestas, blandidas por esas manos expertas, dan golpes certeros que sin dañar las ramas les desprenden el preciado fruto, que como vivificante lluvia cae en el verde mantón.

Madre e hija arrodilladas, las manos heladas escarbando la tierra, hincando los dedos en ella buscando la aceituna enterrada en el barro. No se levantan, apenas hablan, se concentran y caminan de rodillas en penitencia de olivo en olivo.

Pedro se detiene y saca un pañuelo arrugado del bolsillo de su raído pantalón de pana, hace frío y su boca exhala un vaho espeso que se mezcla con el humo de la hoguera. Mientras enjuga su frente mira al horizonte, un mar de olivos que parece no tener fin.

Los hijos siguen vareando, la savia nueva que corre por sus venas los mantiene concentrados en el trabajo, el padre los mira unos segundos, y orgulloso de sus vástagos retoma la tarea.

Gabriel, el abuelo, apostado a un lado del cribón, mueve con pericia sus manos sarmentosas separando las hojas que llegan mezcladas con la aceituna, vigilado de cerca por el perro que sentado sobre las patas traseras lo observa.

A medio día, los rugidos de sus vacios estómagos los reúne alrededor de la hoguera convertida en rescoldos, para comer orgullosos de sí mismos ese pan que ahora en sus manos se han ganado con el sudor de su frente.

Juanito come a dos carrillos y se deleita con un exquisito chorizo asado, mientras que con la boca llena pide a la madre un trozo de queso.

Gabriel, navaja en ristre, va cortando pequeños trozos de panceta y se los echa a la boca acompañados de un trago de vino.

Carmen masajea sus rodillas y come cual pajarito lo que le da su madre.

Antonio, el hijo menor, para no perder bocado come sin hablar.

Pedro se levanta, pasea a un lado y a otro mientras organiza en su mente el resto de la jornada, y Lucero, el perro, le sigue de cerca atraído por los trozos de pan que su amo deja caer de vez en cuando.

Llega el momento de volver al tajo, entre todos recogen las fiambreras vacías y retoman posiciones para continuar las casi dos horas que aún les quedan por delante. De pronto el sol se oculta, el cielo se torna gris, el aire ábrego balancea las ramas de los olivos interponiéndose entre las varas.

Hay que marcharse ya, recoger a prisa, cargar las bestias y emprender el camino de regreso. A lo lejos un nubarrón se aproxima rápido atenazando sus cabezas. Caen las primeras gotas, menudas, livianas, apenas perceptibles, cuando todos en procesión enfilan la empinada senda. Caminan despacio, atascándose en el barro, los pies se vuelven pesados, el agua cae por sus rostros y las ropas empapadas empiezan a molestar. La lluvia no les da tregua y les acompaña en su camino hasta que el pueblo, antes en lontananza, aparece ahora nítido, solemne, soberbio y orgulloso de sus torres que lo elevan al cielo.

Juan recuerda esta escena de forma tan real como si el pasado hubiera vuelto para trasportarlo a su juventud, cuando esa humilde familia de la que él formaba parte salía al campo de madrugada, para trabajar codo con codo por el sustento de sus miembros.

Paseando entre sus olivares acompañado de su hijo, hoy cuarenta años después, se siente orgulloso de lo que es y señala con dedo firme extendiendo la mano, el casi centenar de olivos que antaño pertenecieron a su padre, y antes a su abuelo, olivos que fueron pasando de generación en generación y que impertérritos permanecen sin acusar el paso de los años, ejemplo de valentía y esfuerzo abnegado de sus antepasados que supieron transmitirle el amor a la tierra, a esa tierra reseca y agrietada que dio de comer a tantos de los suyos, y que algún día pertenecerá a su hijo, que a su lado le escucha atento, ensimismado, observando a su padre que con lágrimas en los ojos le dice: “¡ahí están, mira hijo¡, los más viejos, los más queridos, los que ocupan un lugar privilegiado en mi corazón. Algún día, cuando sean tuyos, espero que sepas apreciar el valor incalculable de estos olivos, que recibieron agradecidos y sedientos las gotas de sudor de los que antes trabajaron por ellos, devolviendo con creces y en forma de valiosa recompensa, las horas de trabajo y denodado esfuerzo. Y que siempre que los mires te acuerdes de tu padre, pues entonces cuando yo ya no esté en el mundo mi alma vagará eternamente por estos campos”.

Juan acaba de cumplir los 80. Los años han pasado deprisa y su devastador efecto ha dejado huella.

Aquella mañana se despertó temprano, aturdido y desorientado quiso saber la hora y extendiendo su brazo hacia la mesita escuchó los huesos de su hombro quejándose doloridos. El viejo y obsoleto reloj de cuerda parecía abandonado, como si nadie hubiera reparado en él, en un intento por detener el tiempo.

Ese tiempo que se le escapaba entre los dedos ya en las postrimerías de una vida consumada, se había detenido en aquel reloj que le acompañó siempre, para despertarlo puntualmente cada día a la hora de iniciar la agotadora faena, que de sol a sol fue imprimiendo en su piel un tono atezado cargado de surcos.

Tapó su cabeza con las sábanas para evadirse de la realidad y volver a soñar, pero unos toques en la puerta se lo impidieron.

–¡ Padre, padre¡, vamos, es la hora, te ayudaré en el baño, ya está todo listo.

Se sentó en el borde de la cama y metió los pies en las zapatillas. Fue despacio, encorvado, renqueante, su espalda se negaba rotundamente a enderezarse, como si las vértebras hubieran perdido su apostura y se viera obligado continuamente a mirar al suelo.

Cuando salió hecho un brazo de mar, perfectamente perfumado y afeitado, la mesa estaba preparada, comió sin hambre los picatostes esponjados en leche que fueron su sempiterno desayuno, terminó y fue hacia la ventana. Una explosión de color y vida deslumbró sus tristes ojos. El cielo azul incólume, inmaculado se desplegaba sobre la tierra, le había ganado la partida a las nubes, dejando atrás el invierno. Ahora la primavera lucía triunfante en una eclosión en la que todo parecía renacer.

El hijo se acerca y posa una mano sobre el hombro de aquel anciano en que se ha convertido su padre.

–Padre, venga que nos tenemos que ir.

Juan clavó unos ojos inquisitivos en él, como queriendo escudriñar sus pensamientos con la mirada.

–¿Dónde? –preguntó.

Y esta pregunta quedó flotando en el aire porque no encontró respuesta.

Pertrechado con un chaquetón azul marino, unas viejas botas y su inseparable gorra, Juan subió al todoterreno ayudado por su hijo. El rugido del motor marcó el inicio de la salida hacia un lugar ignoto, hasta que abandonando la ciudad el coche se adentró en el campo por aquel camino que Juan conocía perfectamente. Los ojos se le anegaron de lágrimas y el corazón henchido de emoción latía acelerado.

Los olivos estaban en flor, llenos de vida, ufanos presagiaban una buena cosecha. Juan acarició sus ramas, y cortando un ramillete de hojas lo colocó en su solapa.

–Gracias, dijo tembloroso, este es el mejor regalo que me podías hacer.

Padre e hijo se fundieron en un sincero abrazo, y mirando a lo lejos, donde la vista se pierde entre los olivares de la campiña, contemplaron su belleza, estampa inigualable de un peculiar paisaje en el que las hiladas de olivos, como poderosos y disciplinados ejércitos, hunden vigorosas las raíces en la tierra y en la memoria de sus gentes.

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