Mar de olivas

Mar de olivas

[Cristina Padín]

…Como cada tarde se encontrarían a las ocho. Muy fuerte el calor todavía, pero era la mejor hora. No era ni mediodía y ya le echaba de menos. El vaso de agua que se bebió de golpe le supo a gloria. Tan fresca estaba, tan sabrosa… el agua sí tenía sabor. Claro o dulce o suave… tenía sabor. Como todo. Todas las cosas tienen sabor. Estaban en el mes de mayo, su favorito. Ya desde niña, desde muy niña, se había sentido fascinada por el romance del prisionero, tan bonito. El que habla de la calor y de la calandria y del ruiseñor. Mayo: el mes largo, el de las flores, el de la Virgen María.

Ella nunca había estado en aquellas tierras. Llegó cuando tuvo que hacerlo, tampoco se planteó otra opción. Tal vez algo asustada, tal vez algo inquieta. Aquel mar de color verde-plata la asombró. A ella. A ella que era mujer de playas, de arena y pies descalzos, mujer de toalla y crema con olor a coco. Allí se extendía otro mar, uno de olas muy distintas. Aquella realidad diferente no la dejó indiferente… Era bonito! No se cansaba de contemplar tan inmensa inmensidad, aquello estaba muy vivo, muy apasionado. Marea en danza, escribiendo su propia ley y sus propios tiempos.

A él creyó verle el mismo día que llegó, desde la ventana de arriba, la que cierra mal. Conocer le conoció su primer domingo allí, a la salida de misa. Le pareció algo arrogante… su voz le agradó.

…llevaban dos semanas viéndose a diario…

Se sentó en la más fría de las estancias, ¡qué bochorno! La sensación de inquietud que la despertara al romperse el alba no la abandonaba. Qué sería… como un presentir… Bah! No quería ni pensarlo. Ya se había tomado tres cafés… aguardaría un rato y antes de la una se serviría una copa de vino blanco. No se fiaba de ningún ser mayor de veinte años que no apreciara el vino. Un psicólogo le había comentado una vez que hacía muy bien. El vino: qué arte... Empezaba un cuaderno nuevo. Podía afirmar que tenía más cuadernos que pesadillas, aunque pesadillas últimamente tenía demasiadas.

Quería escribir sobre todas aquellas sensaciones… sensaciones únicas, vivas y sentidas. Lo desconocido llegaba a su mente con hambre, con fuego, con furia. Le gustaba. Jaén era penetrante, pensaba… Nada más había estado en una ocasión en Linares, y apenas habían sido cinco horas. Cinco horas en Linares, podría ser el título de un poemario. Ella, tan viajera, ella que había recorrido el Atlas bajo su cielo tan azul, ella que conocía cada esquina y cada sombra de París, ella que viajaba a México cada año... ella, la misma, la que estaba descubriendo Jaén… Con calma. Con buena letra. Como se ha de conocer todo.

Aquel mar de aroma y paz le agradaba… Tuvo poco tiempo para hacerse a la idea de que debía instalarse en aquella zona una buena temporada. En verdad lo que recordaba era aquella llamada de teléfono que había roto la noche. En la siguiente secuencia ella ya estaba en el tren, ropa cómoda en la maleta, camisetas de tirantes y shorts, vestidos frescos, unos tacones por si había algo especial, varios libros, su perfume favorito, nervios, miedo, un poco de pena, un CD de Paco de Lucía, la tablet. Un tren largo recorriendo los campos de España, una mosca aturdida en el vagón, el aire acondicionado a tope, la garganta seca…

Se encontraba en una tierra frondosa y fértil. Se levantaba con el amanecer, nada más grato que contemplar la salida del sol. Teñía de rojo y de naranja y de amarillo y de oro el campo, los campos. Ella abría las ventanas, todas, y permitía que la luz bañara de alma cada rincón de aquella casa que había estado cerrada demasiado tiempo. Todo lo que podía abarcar con la mirada era de color verde, de color plata, de color aceitunado. Una alfombra de oliva… un manto de futuro aceite, un manto de pasado y presente. Y el aroma… el aroma alimentaba el espíritu… todo olía a olivar, olía fuerte y denso, olía sagrado y puro…

Garabateaba frases en su cuaderno… la esencia, el embrujo verde…

Leía muchísimo… leía cuentos ella sola con tres años. Aquella mañana perezosa se entregaba a la lectura con la desidia que entrega el calor. El vino le había sentado muy bien, pero apenas tenía apetito. Era algo… algo latía en su corazón con un latido inquietante, amenazante… como una mala sombra. Qué sería… Iba a comer tomate, no tenía hambre. Tomate cortado en rodajas grandes, jugosas, aderezado con unas lágrimas de sal y con un generoso chorro de aceite. De ese aceite de la tierra, oro suntuoso, grueso, ese aceite que caía en cascada hacia el plato y lo inundaba de mil sabores de historia…

Poseía impronta ese terreno en la literatura…

Miguel Hernández compuso para los aceituneros, para los andaluces de Jaén, ella había leído esos versos muchas veces, esas palabras en las que el poeta de Orihuela agradecía a la tierra su saber. Y Antonio Machado, qué maravilla, poesía tan hermosa la suya, sus sedientos olivos, el sol de la canícula, la loma, la sierra, el polvo… qué deliciosa forma de versar, leer aquello era placer del bueno, como una copa de vino a la vera de un fuego crepitante, como un cantar flamenco de esos que nace de lo más profundo del corazón, como un beso. Como el amor que nace, como hacer el amor bien hecho, ¡justo así!

Ella deseaba también escribirle a Jaén, a sus olivares, a sus tierras fértiles de aceite y sonido. Sonaban aquellas tierras, ella lo sabía, lo sentía. Quería escribirle a Jaén, pedirle perdón por haber tardado tanto en conocer su embrujo. Él era de Jaén. Y de Málaga. Sevillano, cordobés, gaditano. De Almería, de Granada y onubense. Andaluz. Rondeño, antequerano y de Sanlúcar. Era un hombre culto, a ella le gustaban así, no podía soportar a esos tíos que se jactan de pasar diez horas en un gimnasio y luego son incapaces demostrar un sorbo de sensibilidad. Era de piel morena, morena como la aceituna. Era de tez picual…

Con él hablaba mucho. Eran los dos un torrente de palabras cálidas, intensas. No hablaban por hablar, ellos decían cosas, se decían cosas. Ella le contaba del mar, de los barcos, de las puestas de sol. Él le explicaba costumbres jienenses… poco a poco aquella tierra se le hacía conocida en la piel, ya parecía comprenderla. Él ayudaba a su padre, a su padre y a su madre, era hijo único, muy unido a su gente. El olivar era el sueño de su padre, la oliva le regalaba años de vida, la esperanza de sentir otra cosecha, sentir el color, sentir el olor… su padre era natural de Úbeda, le corría por dentro aquel oleaje plateado y verde.

Ella le contaba muchas cosas, hablar con aquel joven era sencillo. En el mundo que había dejado atrás la gente a menudo era complicada. O simplemente absurda. Sin tiempo para los sentimientos, sin tiempo para lo importante. Juan había muerto. Le costó más de mil noches sin sueño aprender a decirlo. Creía que si lo decía era real, y deseaba que no fuera real. Juan había fallecido un mes de marzo, el pasado mes de marzo se habían cumplido cinco años. El psiquiatra habló del duelo, habló de tres años de pena, habló tanto, habló demasiado…, ¿qué iba a saber él? ¿Acaso había perdido al amor de su vida? Hablar por hablar…

Juan era andaluz, también, también hijo de un hombre de Jaén, quizá por eso le resultaba tan fácil hablar con este hombre que había conocido en una iglesia. Como diría su abuela, saliendo de una iglesia difícilmente podría ser malo. Ella en las últimas tardes se soltaba más, confiaba en él, era cómodo conversar con él… No sentía reparo en contarle el primer beso con Juan, fue a la vera de una fuente una mañana de primavera…, un beso húmedo y rico, un beso de verdad. También se sintió segura para seguir… hacían el amor en una playa pequeña y perdida, arena y deseo. Hacían el amor amándose, sin tiempo, sin prisa, con sed.

Ella vestía vestidos blancos, vaporosos, frágiles… Y Juan la besaba, la amaba…

Acabó de comer el tomate, qué calor. Por la tarde se encontrarían, otra vez, una vez más. Paseaban por el campo, olía todo a oliva, hasta la piel olía a oliva, las pestañas, los sueños. A ella le gustaba. Él tal vez tuviera novia, o esposa, o puede que fuera sacerdote… no conocía esa información ni la necesitaba. Eran dos amigos, dos personas, ella y él. Él no perdía los ojos tras sus largas y bronceadas piernas, él la miraba de frente, miraba con pureza, miraba honesto. Y ella, en la caminata tan solitaria, escuchaba el sonido de las tierras, y se sentía segura con él, y le contaba. Le contaba de Juan, de su boca…

Y él atendía. Entendía. Era de los que saben estar. Y le relataba cosas que comprendía que resultaban de su interés, la entretenía. Le explicaba que aquellos fascinantes tapices de oliva cubrían sobre todo las superficies de Úbeda, Villacarrillo, Martos, Baeza y Vilches. Le explicaba la importancia del olivar en la historia. El olivar presente en la cultura fenicia, en la asiria, la judía, la egipcia, la griega. El olivar presente en la cultura. Le mostró, y después regaló, un libro que recogía imágenes de unas tablillas micénicas en barro que representaban olivas…

Los aromas. Junto a él aprendió a distinguir el afrutado de la oliva picual, el olor a hierba recién cortada, el del plátano, el de la higuera…

Repicaba la campana mientras ella recorría la distancia que la separaba del lugar en el que siempre quedaba con él. Nunca había nadie en el camino, eso le encantaba, y sin embargo era distinto ese día. Unas mujeres de apariencia lorquiana cruzaban también la senda, cara arrugada y ojos vivos, mujeres de campiña. Irían a misa, quizá, o a pasear a la fresca. Ella escuchaba en su aparato de música canciones de Vicente Amigo, las saludó al adelantarlas, eran tres. La tarde era dorada, caliente, aceitunada, andaluza y española. Las mujeres le dijeron adiós, movieron las cabezas, le repitieron adiós…

Ella no las oía, no oía lo que hablaban, escuchaba flamenco bueno.

Si las escuchara lo más probable es que no comprendiera lo que iban diciendo, lo más seguro es que las palabras sueltas que atisbara a entender no le bastaran para formar su propio puzle. Para dibujar con trazo firme la silueta de su vida, esa vida de la que huía. Continuaba ella andando, rodillas bonitas al aire, mientras las mujeres exclamaban “qué tristeza tan grande, Dios la ayude a la pobre que es muy joven, el novio era una bellísima persona, el puto cáncer se lo llevó muy joven, siempre se van los mejores, dicen que él tenía viña, pobre muchacha, el padre sabe que aquí en la casa familiar al menos está tranquila…”.

“Y dicen que ya no conoce a mucha gente, está perdida en su mundo…”

“Ay, la pobre, Juan no hace mucho que se fue, ¿no?”

“Seis meses, dice el padre, Dios le ayude, que ella no sabe de tiempo, de meses, ni de días… una vez se escapó y la encontraron debajo de unos naranjos leyendo versos… vive en otro mundo”.

“La pobre! Con lo que le gustaba leer…”.

“Y lo culta que es…”.

“Dicen que empieza pronto un tratamiento nuevo…”.

“La pobre…”.

Un reloj lejano se rompió en ocho sones. ¡Las ocho! Qué tarde tan clara y hermosa… el olivar se mecía al compás de la brisa. Él era puntual, llegaba siempre a la hora acordada. Olía a aceite el atardecer, olía fuerte. Querían que tomara pastillas, que se fuera a descansar a un balneario. Qué tontería… estaba a gusto allí, tenía que estar allí. Esa tarde él le contaba sobre las ramas de olivo, tan importantes en la Semana Santa. Ella escuchaba, no tenía ganas de hablar, se sentía cansada… Feliz compartiendo el aroma del aceite con él. Sintiendo el sol quemarle los hombros desnudos…

La Luna ya estaba allí… blanca, pura y redonda…

Contemplando la soledad de aquella muchacha que hablaba sola, hablaba mucho, tenía una voz bonita y musical… sola en mitad de los campos.

Atardecía en verde y fuego sobre un mar de olivas…

–Tío, ¿entonces está loca?

–No. No sé. Está enamorada…

–Pero él ha muerto…

–¿Y qué? Eso no quiere decir que ella no esté enamorada.

–No sé, tío… parece loca…

–¿Y quién no lo parece en algún momento?

–No sé, tío… el tema es el olivar... De eso hablas…

–Es parte de mi vida, mis abuelos son de Martos.

–Ya… hablas mucho de poesía y tal… no sé cómo se te ocurren tantas cosas...

–Bueno, ya sabes que leo mucho. No me paso el día con la Play como otros…

–Como yo, dices… Venga, está muy bien tu cuento, ¿echamos una partida?

–Vale…

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