Ocurrió paseando su olivar

Ocurrió paseando su olivar

[Amparo Donaire Erena]

Tenía el día tonos grises y olor a humedad. Mi abuelo, de apodo “el churrascao”, lucía en la cama sus 89 años recién cumplidos. Su dificultad para respirar y el hecho de expectorar sangre no le impedían estar como muchos jornaleros de la ciudad de Martos. Pendiente del tiempo.

El sol estaba en la calle intimidado por nubes negras que no paraban de acecharlo y darse a la fuga.

–¿Seremos hoy aceituneros? –me preguntó mi abuelo.

–Tendremos que ir al tajo, si llueve nos volvemos, pero aquí parados ¿qué hacemos? ¡Prepara la piqueta! –bromeaba con él.

–¡Ayúdame a vestirme, que tu madre no se entere! –decía mientras intentaba incorporarse en la cama sin parar de toser. De vez en cuando ponía su pañuelo en la boca manchándolo de sangre.

–¡Abuelo!, ¿estás loco! Ha dicho el médico que ni moverte si no quieres empeorar.

–¡Vísteme y llévame contigo! Aunque sea lo último que haga, chiquillo ¡Llévame!

Quedé preocupado al ver que mi abuelo estaba decidido a ir al olivar, su insistencia no era usual.

Sus ojos se habían encharcado mucho más que sus pulmones. Su mirada tenía los rescoldos de tristeza y añoranza que llevaba su apodo “el churrascao”.

No pude negarme. Le puse unos pantalones de pana encima del pijama, el jersey favorito que se ponía para ir al campo y un abrigo viejo. Busqué sus botas de segarra con rastros de barro seco y su gorra para tapar la calva.

Hacía años que no veía esa cara de felicidad. Mi miedo a que empeorara no había podido doblegar mi satisfacción de estar a punto de cumplir el deseo de mi abuelo.

Bajó las escaleras de mi brazo y esquivando la cocina para que no nos viera mamá, le saqué a la calle aprisa y corriendo. Su agilidad para subirse en el Land Rover Defender me impactó.

Arranqué y al torcer la calle vi por el retrovisor a mi madre que nos había visto. Su manoteo era puro reflejo de un enfado y una preocupación paralela a la mía.

–Demasiado tarde –murmuró mi abuelo mirándome con complicidad, como si esta fuese la mayor travesura que hubiésemos hecho juntos.

Perdimos las calles de vista. Los semáforos y las casas del pueblo quedaron atrás. Ahora la carretera se abría paso a nosotros dejando olivos y más olivos atrás. Parecía que el defender estaba más ansioso que nosotros por coger el carril que nos llevaría a los olivos que mi abuelo había dejado a mi padre. Aunque después de su muerte, los labraba yo. Su tos no le daba tregua, sin embargo, yo le veía respirar mucho más libre. Bajé la ventanilla y empezó a chispear “miajillas”, como él decía.

–Abuelo vamos a volvernos, está empezando a llover –le dije con intención de convencerle.

Me miró y supe que era demasiado tarde. Había visto las “roás” de los tractores, las “soleras” de aceituna, el viento bamboleando las “a raperas” de los olivos... El olor a barro y aceite se había metido en sus sentidos.

Habíamos pasado las estacas del sordo. Unas cuantas camadas más abajo estaba el olivar de mi abuelo. En el olivar de la linde, un tajo estaba recogiendo aceituna con sopladoras y vibradoras. Estaban tirando la poca aceituna que había al suelo.

–Aquí, en este olivo tu bisabuela me dio a luz. ¡Qué tiempos aquellos!

Desde que era un zagal siempre estuve detrás de mi padre, nunca quise estudiar y tampoco había muchos medios. Trabajábamos de sol a sol por unas cuartillas pá poder llevarnos un trozo de pan a la boca –sus botas empezaban a mancharse de barro, pero él recorría minuciosamente cada uno de los olivos de la finca mientras seguía relatándome–. Estas tierras han dado de comer a mi familia, y te están dando a ti. El campo es duro, pero muy gratificante. Siempre te va a dar de comer.

–Parece que fue ayer cuando las mujeres con sus refajos vaciaban los lienzos que una cuadrilla de hombres iba vareando. La pasaban por la limpia y al saco. Teníamos mulos pá sacar la aceituna a puerto de claridad hasta pasar la loma. Luego llegaron las máquinas esas –decía señalando al tajo de al lado– y ahora cunde mucho más. Con menos trabajo coges mucha más aceituna, Los años de cosecha claro, porque llevamos unos cuantos que no hay aceituna y la pagan a cuatro “perras gordas”.

Sus botas se iban clavando en la tierra, que no paraba de mojarse; cada vez le costaba más trabajo tirar de su cuerpo, aunque su mente ya había recorrido cada uno de los rincones de su “peazo”, como él lo llamaba. Había vuelto por unos momentos 40 años atrás para recordarme una vez más aquello que tantas veces me había contado.

Un hombre del campo no nace, se hace mamándolo desde la cuna, y él además de mamarlo había nacido en aquel olivo que para mí ya no era tabú. Habíamos llegado a la linde del Peñaranda, el tajo estaba recogiendo el “ato” porque no escampaba. Él, como llevaba su gorra, parecía ajeno a que estaba lloviendo.

–No hacen casi “cobollos” –decía mientras sonreía–, en eso han ganado los olivos. Aunque van dejando un “salteo” que tiene bastante “rebusca”. Antiguamente no se dejaba atrás ni una “tronconera”. Tras de que la pagan mal, la dejan tirá.

–A 60 euros el jornal, no está la cosa para mirar salteos –le aclaraba.

Miró donde habíamos dejado nosotros el corte y cambió de color cuando vio la aceituna que el olivo tenía colgá.

–¡Está abalconá¡ –sentenció–, no hay ni la mitad de la cosecha que podía haber tenido. Si es que así no merece la pena pagar jornales. Al vecino le está costando los “cuartos” cogerla.

Él seguía disfrutando mientras paseaba el olivar cuando mi móvil sonó. Era mamá.

–¡Dile al abuelo que se ponga! –fue lo primero que escuché al descolgar. Lo despegué de mi oreja y lo puse en la suya.

–¿Quién hay al aparato? –dijo con una risilla especial.

–¿Dónde está? ¿Acaso no ve el día que hace, Ramón? ¡Se va a poner peor!

–Mujer, no te preocupes, estoy bien. ¡Estoy respirando aire puro!

–Cuando vuelva este (refiriéndose a su hijo), me va a oír –amenazó.

Cerró el teléfono para colgar la llamada y me lo devolvió. No le noté preocupado en absoluto. Él seguía ajeno a todo lo que no tuviese nada que ver con olivos y aceituna.

Volvimos por las pisadas que habíamos hecho a la ida. Bajábamos en busca del coche en un “clarillo”. Había dejado de llover.

Llegó al olivo donde había nacido. Se metió en sus a raperas y cogió dos hojas que metió en su boca y empezó a chupar.

–¡Ayúdame! –pidió para sentarse.

–Abuelo, la tierra está mojada, te vas a poner peor. ¿Cómo te levanto luego?

–Esta juventud de hoy día siempre quejándose por todo. ¡Ayúdame, hombre!

Se sentó con mi ayuda y reclinó su espalda en la “tronconera”.

Una duda se me vino a la mente y le pregunté.

–¿Por qué te dicen el “churrascao”, abuelo?

–Porque en el tajo casi todos los jornaleros llevaban en la talega bollo de higo y aceite de oliva (nuestro oro líquido), bacalao y tomate para el típico hoyo de la merienda. ¡Demasiada hambre pasé de niño como para seguir “escacío”! Siempre que podía me llevaba mi panceta y mis chorizos y los asaba en un chisco que hacía con varetas. Por eso me dicen el “churrascao”, porque siempre estaba al lado de la lumbre.

Hablando de lumbre y churrascos. Cuando me muera quiero que me incineréis y aquí, en esta “tronconera” milenaria, quiero que descansen mis restos. Es el ciclo de la vida, de polvo nacemos y en polvo nos convertimos. Yo quiero ser abono para el olivo que me dio la vida y para el que me la quitará…

–Abuelo, para eso queda todavía mucho.

–Yo sé que he venido a despedirme –aseguró en un golpe de tos. ¡Hijo de mi sangre! La vida es un viaje, la muerte tan solo es retornar a la tierra.

Comenzó a tararear su canción favorita: “Aceituneros del pío, pío, ¿cuántas fanegas habéis cogido? Fanega y media por que...

Una bocanada de aire hizo que la gorra de mi abuelo se volara. Fui a cogérsela y cuando volví a mirarle sus ojos estaban entreabiertos. Intentó apretar mi mano, pero fue en vano. Apenas segundos después comenzó a llover con fuerza, la misma con la que él se aferró a la vida para volver a pasear su olivar.

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