El bramido del toro y la canción del olivo

El bramido del toro y la canción del olivo

[Mantarraya]

Al poeta le acontece como a los pobres infelices que eran quemados a fuego lento en el interior del toro de Falaris, esto es, que sus gritos no llegaban a los oídos del tirano causándole E panto, sino que le sonaban como la más suave música.

Kierkegaard, La altemativa, SV2 I 3.

Soy siciliano, vivo en Akragas. Me gusta el sabor de la aceituna cuando penetra la boca con su vinagre y se mezcla con el queso suave y salado. Me gusta su aceite. Me gusta comerlas sentado sobre las rocas bajo el olivo, mirando el oleaje que renueva constantemente la espuma blanca del mar mientras percibo la frescura de la albahaca que impregna el aire mancebo de mi tierra. El aroma fresco de las flores ingresa en mis pulmones lentamente; lo retengo, lo exhalo despacio, sintiendo que en cada bocanada la vida que fluye en mi cuerpo se deshace y se fragmenta y un trozo de alma se pierde en el aire. Conozco la ciencia que viene de Mileto o de Samos; pienso sus respuestas sobre la vida y el origen; algunas me parecen mecánicas y disonantes, otras divinas y sutiles. Disfruto del vino que se escurre por las comisuras de mi boca, el vino que emborracha, el vino que manifiesta la niebla; todo se esfuma, se atenúa, se torna intocable, y las distancias, inmedibles. Me acuesto en mis viñedos y saboreo las olivas que regalan los árboles que acompañan las parras; las aplasto con mis dientes, las muerdo, las prenso en mi boca. Dejo que todo el aceite virgen endulce mi paladar, mis dientes, mi ser, mientras contemplo el fruto perfecto de la tierra: las mujeres sicilianas. Ellas son altivas, robustas, sensuales. Ellas me seducen. Me raptan sus movimientos bruscos, su piel sedosa y húmeda; su cuello, el pelo pegado a su cuello; el sudor, que no es asco, sino gloria, es el estado latente de animosidad humana, de dominación total, de pasión carnal, de lujuria contenida; es la invitación precisa, el llamado perfecto, al hombre, al macho, al toro, para que la arrastre con sus brazos a su masculinidad exaltada y la posea y la tome para sí. Me seducen incluso imaginándolas. Su belleza singular y única me sobrepasa. Si pudiera guardar registro de sus voces, de su suavidad, me las llevaría al hades para no quedar solo, para no secarme. Esta tierra, mi isla, la trinarquía como la llaman, tiene los cielos más amplios que vi en mis viajes. Aquel profundo azul parece fundirse con el mar en la lejanía y solo el horizonte ficticio los separa; solo esa fútil línea inexistente los distingue. Yo vivo con todas estas cosas; yo soy siciliano y pronto moriré.

Ahora la noche embaraza mis instantes, fecunda de oscuridad mis olivares, mis viñedos; penetra mi vida y a mis mujeres. El cóncavo negro que habito, fruto de una traición, anega todas aquellas imágenes que fueron reales en algún instante ya imposible. Mi mente se obliga a recordarlas en esta realidad tan próxima a la muerte. Ya el azul es un mero reflejo lejano, es el vacío, como el aroma de las flores (¡cuánto quisiera sentir su aroma una vez más!). Mi memoria está preparada. Inútilmente vuelvo a componer el último relato, mi última historia, aunque sea vaga y estéril, aunque nunca vea el papiro, aunque esté destinada al abismo, como yo.

En este momento descubro que mis pasiones son quimeras inútiles. ¿Podrá servirme el calor del cielo, el olivo o el piadoso mar; la amarga azúcar de un trago; el suave roce femenino; la joven música; mi taller; la matemática? No, las recuerdo y la agonía es la misma. La poesía, las odas compuestas sin haberlas escrito, son ahora meras ideas germinales, ideas que no enraizaron y murieron; les he negado el ser. Aunque las he cantado en mi conciencia, aunque hayan rebotado en mi mente, no recibirán el indulto y morirán conmigo en este espacio espeluznante. Nada puede salvarme ni redimirme. Pronto seré un espectro y mi consistencia será tan etérea como aquellos recuerdos.

En los tiempos en donde la luz bañaba mis días yo era músico, creo que lo sigo siendo ahora en el final. Aquella dócil estructura sonora que Laso organizó y Pitágoras, ávido de cielo, divinizó, apresó todo mi ser indómito de arte. Hacer música con la voz puede resultar tarea sencilla, basta apretar las cuerdas vocales y soltarlas lentamente en el instante propicio, escuchando cómo el sonido se va con la sílaba a flotar en el éter mundano. La tarea resulta más compleja cuando se propone utilizar intermediarios para el sonido: cuerdas fabricadas con trozos de algún animal estiradas en el punto justo de tensión; madera, arcilla, el bronce o elementos más duros (así lo pensaba en mi taller). Medios que utilizarán el aire conduciéndolo a través de materiales surcados por orificios inteligentemente prefijados para generar altitudes, agudezas, sutiles armonías. Cada elemento interpretará la música según le corresponda por naturaleza. Aprendí que para cualquier instrumento se necesitan tres unidades indivisibles: el objeto que produzca el sonido, el elemento que encause y sostenga ese sonido y, por último, el ejecutante, aquél que dé vida al instrumento. A mis objetos los denominé mediadores, porque se erigen entre el sujeto que los ejecuta y el objeto que los produce. El mediador en sí no hace más que conectar dos realidades por momentos inconexas. Comprendí fabricándolos que la música es el arte del olvido. Para apreciarla y producirla debemos olvidar que el tiempo se compone de instantes, porque cuando se lo aprecia longevo y eterno en cada vibración, en cada vaivén de la cuerda que oscila velozmente y procura una altitud; cuando se desplaza inmortal en cada exhalación de aire, la melodía cobra vigor y continuidad. Es necesario imaginar un solo instante continuo. La música nos acerca a la eternidad, que es la forma suprema de inmutabilidad. Cuando oímos sonidos debemos suponerlos estáticos e inmutables, aunque estén organizados en instantes consecuentes. Detrás de esa máscara está el alma de la música que es eterna y acabada. Fue así que en esta Sicilia que tanto amo, donde prima la retórica o la milicia, donde fui traicionado y donde pronto moriré, elegí ser músico.

Estudié métricamente los elementos, analicé cada material duro, cada corteza de árbol, exploré cada vientre animal y su cuero. Destripé todo tipo de bestias inmolando las vísceras a mi dios musical, que no era Orfeo, sino que era la causa, mi causa: la búsqueda del sonido inaudito, del sonido que imite la tierra en toda su perfección, el sonido que fuera todas las cosas y a su vez se distinguiera de todas las cosas. Quería fabricar el mediador perfecto que tradujera y conectara la realidad del hombre y el mundo de manera inmutable y acabada. Quería con la música desvelar la faz secreta de aquello que surca secreto las tinieblas nublosas de lo inasible. Porque aquel que haya entrevisto las siglas sonoras que deambulan tácitas ante nuestros ojos, quien haya escrutado la armonía de la tierra y su predisposición musical, buscará inevitablemente completar sus visiones con el sonido eficaz que las supere; buscará el sonido que sea todo; buscará el sonido divino de Dios. ¿Acaso alguna cosa en la tierra puede contener todos los instantes en un solo instante? Porque si el mundo fue creado en una canción, el universo debe esconder la cifra y la clave de tal armonía. Yo quería exhumarla.

¿Cómo encontrar el sonido inaudito de la divinidad? ¿Qué material puede reproducirlo? ¿Cómo aunar lo visible y lo invisible en un solo momento? ¿Cómo fundir en un hálito al hombre y al mundo y dar así con Dios? ¿Cómo entonar en un canto el sonido de Dios que sea el sentido de la tierra y sus organismos? Preguntas que intenté contestar en mis días de luz. La sombra que se yergue ante mis ojos y el calor abrasador que empieza a extinguirme son epílogos consecuentes de mi búsqueda. Algo en el mundo tendría que darme la respuesta, algo debería hablarme de la música de Dios. En mi taller hurgué todo tipo de materias: desde la piedra, la madera, el bronce, el hierro e incluso el oro, para lo cual tuve que empeñar todas mis especies y gran parte de mis bienes. Desfallecí los días buscando la rúbrica precisa que me hiciera descifrar el sonido de Dios. Sin embargo, no daba con aquello que podía contenerlo. Con los mediadores fabricados solo surgían melodías audibles, sencillas, casi idénticas unas a otras. No había Dios en esas siglas. No lograba hallar qué material contenía el elemento preciso y cuál o quién era el mediador de tal sonido. Ignoraba qué forma contenía la respuesta y qué animal, o cosa, sería la víctima de mi sacrificio. Intenté con las entrañas de un carnero que tensionadas en su punto equilibrado logran sostener una vibración mística. Fueron descartadas, la inocencia del sonido se condice con la inocencia del carnero, pero el sonido de Dios está lejos de ser inocente.

Las noches realmente largas en mi taller no disolvían las dudas sobre la composición del mediador entre lo material y carnoso del mundo y el infalible sonido invisible que sea todo. De a poco fueron alejándose las mujeres y el olivo; el aroma fresco de las flores ya no impregnaba las horas, el vino era el único estimulante no menos que la única compañía. Intuía que el sonido que buscaba, después de las pruebas con cuerdas, debía estar en el aire, que es espíritu. Aunque desconocía cómo mediarlo.

La respuesta me aconteció. Desconozco qué azar hiló la trama; tampoco lo interrogo. El toro apareció junto a mi taller pastando meticulosamente y emitió un sonido distinto a los que había escuchado, caótico en su constitución, pero manso en la altura. Grave e imperioso, manifestaba un crecimiento gradual y fundiéndose en el grito sagrado estallaba en las alturas. Aquella furia emulaba el sonido de la tierra. Me repliqué no haberlo pensado antes. Su sonido era la manifestación de la tormenta, el huracán; él era el principio, el todo, la primera letra de todas, la noche y la luna; la fecundidad, el sexo, el semen que fecunda la tierra, él era el Dios que raptó a Europa, el padre del laberinto y su centro. El enigma se descifraba en aquel sonido que provenía del interior del animal y en la forma del animal que producía el sonido. El grito del toro entero tenía la respuesta. El sonido del Dios era ese bramido y su instrumento, el toro.

¿Cómo la materia sólida podría interpretar el misterio divino? A diferencia de los otros animales, de los cuales solo usé una parte para fabricar los instrumentos (el cuero o las vísceras) y formaba algo diferente al animal, sabía que con el toro debería proceder diferente. La respuesta estaba en la forma del animal. Yo tenía que imitarla. Debería hacer un semejante del toro, recrear su forma exterior para que el sonido saliese desde dentro hacia afuera. Y eso logré. Sacrifiqué un toro sin dañar su cuero o algún hueso (sus órganos fueron incinerados en oblación) y modelé su estructura exterior. Hice una copia exacta en medidas y detalles del toro que había visto. Intentaba que la imitación fuese perfecta (como de hecho lo fue) no solo porque había gastado todo lo que tenía, sino porque la perfección estaba en la participación.

El instrumento funcionaría de la siguiente manera: alguien desde el interior soplaría a través de un conducto, ubicado en la boca del animal. Para ingresar coloqué una pequeña puerta en el lomo de hierro. La forma del conducto me vino en sueños. No sé si producto del delirio, el cansancio o el mismo alcohol, me soñé uno de los nueve jóvenes atenienses que cada nueve años debe alimentar al implacable toro con forma humana. En mi sueño, no conseguía escapar e inevitablemente era devorado. Mi grito al ser mutilado llegaba incluso hasta los oídos de mi madre, quien lacrimosamente se tumbaba en el suelo junto a la puerta del laberinto. Luego, sin contener explicaciones causales, el palacio entero se convertía en fuego y mi cuerpo ardía abrasado por las llamas. Sin discurso de la inteligencia, como una intuición lúcida e instantánea, supe al despertar que el laberinto del rey Minos era la forma. Fabriqué guiándome por el sueño un tubo de bronce con nueve círculos en espiral. Colocaría el tubo dentro de la estructura uniendo la punta exterior con la boca del animal. Espiraría desde la punta opuesta, la del centro, el aire pasaría por el tubo y recrearía el sonido de Dios.

El intérprete de la música divina estaba finalizado. Lo probé; no pude escuchar el sonido, pero lo supuse asombroso. Intuí la tierra conmoverse, los montes recreándose y los mares sacudiéndose y fundiéndose; intuí el primer mar y la primera lluvia; el primer cielo condensando el agua. Lágrimas corrían por mis ojos mientras traducía el mundo. Palabras de melodías surcaban los aires. Durante la continua expiración sentí crear el universo y el tiempo nacer de nuevo, a los hombres emerger del barro, a las aguas distinguiéndose del cielo. Todo el poder de la tormenta se condensaba en el batir de alas de una mariposa. Vi a cada animal con su nombre, incluso si no los conocía, y sentí su perfume. De alguna manera, podría ser todos los hombres al mismo tiempo. La luna y el sol se intercambiaban los puestos frenéticamente, mudando sus roles. Percibí el aroma de todas las flores, incluso la hierba mojada por la lluvia y la arena seca con sabor a mar. Los días eran mañanas o tardes, o si quería eran noche. Pude interpretar el vacío nocturno. Reflexioné todas las ideas, la geometría y los cálculos. Contemplé los átomos de mi carne y las cuerdas que los constituyen. En liviandad de un espíritu experimenté la gravedad y experimenté la diversidad. Me detuve en la sombra de cada árbol. El bronce virgen y el hierro fundido volvieron y se desintegraron, se convirtieron en estrellas, en nada y en luz. Fue difícil traducir la espuma emplumando el agua de las costas y sus rocas; las cubrí de sombras y fui hasta la primera silueta. La oscuridad fue una ciénaga y fue muerte. Volví hacia el hombre y la mujer desnudos, sedientos de amor y de piel. Asistí a un parto en Corinto. Me vi a mí mismo, con el vino y la uva, junto al golpe de las olas, ignorando todos los silencios en un solo silencio. Fue atroz y fue triste porque el silencio es la medida de mi tiempo. Supe que los colores reales son inaccesibles. Leí cada página de cada manuscrito. Soplé cada una de las velas de los barcos. Pronuncié en boca de Tales, cada elemento de los cuatro, cada letra de cada idioma y cada voz de cada hombre. Intuí el círculo y su infinitud. Todo se fundaba en la clave de mi tono y todo descubría su grafía ulterior y primigenia. En mi música, todas las cosas estaban dispersas pero integradas; se organizaban disímiles en el mismo instante del suspiro del compás. Ellas experimentaban la caricia de su mentor cuando el sonido brotaba del mediador. Todas las cosas coexistían sin paredes de tiempo ni de inteligencia, siguiendo la melodía propuesta. Todo lo que sentí fue impreciso, pero hermoso.

Salí del toro extasiado, viéndome transpirado pero habitado por sutilezas más profundas que el cansancio que acaso no comprendía. Le confié a mi amigo el secreto del toro. Le pareció tosco y poco armónico, él era funcionario, no artista. Los funcionarios solo ven la economía detrás del arte, no el arte que subsiste fuera del oro. Me dijo que se lo llevara al Tirano, que él lo entendería, ya que él, siendo enviado de los dioses, reconocería un sonido digno de sus oídos. Es cierto que el Tirano tenía apreciaciones por la belleza, así lo demuestran los palacios y los acueductos, sin embargo no lo creí capaz de distinguir la belleza de la majestuosidad. Dudé, pero mi entusiasmo fue mucho más que la razón. Los actos que surgen de las emociones puras dan por sentada la esperanza; duermen y sueñan el paraíso desconociendo las pesadillas que nos provocan terror y nos despiertan. Yo desperté tarde, desperté en la pesadilla.

Presenté mi instrumento al tirano Falaris, que hacía alarde de su conocimiento en arte y ciencia. Lo miró atentamente, lo recuerdo incluso ahora en la agonía. Le conté todo sobre el sonido divino, sobre el toro, sobre el mundo recreándose. Frotó el frío hierro, deslizó su mano por las texturas diversas, apoyó su oído en el lomo, apreció mi arte. Meditó largamente contemplándolo. Me preguntó cómo funcionaba y le expliqué detalladamente. Me aduló, me acogió en su mano. Me dijo que solo yo era capaz de crear y ejecutar semejante instrumento, que no necesitaba una prueba del sonido y organizó un banquete para la vigilia de la primavera. En él yo deslumbraría al mundo con mi música divina.

El último sol del invierno caía lentamente a su crepúsculo y yo ingenuamente me presenté esta misma tarde a la fiesta. En la mañana escogí la única túnica que me quedaba, deseoso de que el mundo escuchara lo que Dios tenía para decir en la vigilia. Preparé mis cuerdas vocales. Miré al toro antes de emprender camino cuando lo subían a la carreta. Lloré amargamente emocionado por mi creación. Me trajeron hasta el palacio e ingresé al banquete. Durante la vigilia de la primavera reviví todos mis talismanes mientras el sol se apagaba y lo reemplazaba el astro lunar. El vino volvió a escurrirse por mi boca, sentía todos los olivares juntos en el aceite del sudor simbiótico de las mujeres que rozaba mi piel. Bebí, giré al compás de los tambores, degusté manjares, hembras y ellas volvieron a raptarme. Disfrute sus senos, sus piernas, su cuerpo, embriagándome, devorándome en éxtasis. No escatimé placer alguno. El aroma a sudor y a olivo me seducía. No hubo nada que me detuviera. El vino, el queso, las mujeres, todo había resurgido del letargo. Mientras todos bebíamos e invocábamos el sol el toro presenciaba el festín desde su pedestal de mármol. Lo habían colocado en el estrado central, frente al fuego sagrado, junto al trono del Tirano. La tarde se iba abrazada a mi pudor.

La noche declinaba, podía oler el amanecer y el sol comenzaba a correr el velo del invierno; empezaba la primavera. Falaris llamó a sus profetas y adivinos, a sus sacerdotes y funcionarios, a reunirse alrededor de la pira de fuego junto a mi toro. Pronunció mi nombre, Perillos de Akragas. Mil ojos sacros y esfumados se posaron en mí mientras caminaba hacia el toro sin titubear. Abrí la compuerta sobre el lomo convencido para ejecutar el sonido. Y sucedió el acto vil de traición, o diversión: de repente las manos frías de la muchacha que me condujo se posaron sobre mi espalda y me empujaron hacia el interior del símil de animal sin muestras de solidaridad. Una vez dentro oí cómo sellaban la puerta sin delicadeza; fue el último sonido. Ahora estoy aquí encerrado por obra del tirano Falaris dentro de mi propia creación. El fuego cuya funcionalidad ignoré, fue depositado debajo del estómago no bien hube ingresado. Lo deduje por el calor que se expandió rápido calentando progresivamente el hierro. Todo se fue en un instante de vértigo y rapidez. Aun siento en la espalda las manos que me echaron dentro, incluso cuando yo mismo iba a entrar sin vacilaciones. Solo me quedan fantasmas de la memoria, que pronto perderé y que son vestigios de la luz. Ahora la tiniebla que emula la noche es mi único hogar, la única compañera que tendré en los momentos de suplicio. El sol primaveral debe estar en el cenit y yo estoy aquí, dentro del toro, aguardando la muerte.

El silencio comienza a romperse cuando el calor cocina mi piel. Siento el crujir de la carne al quemarse. El dolor es espantoso. No vale la pena gritar, quién puede oírme. Soy la diversión de algunos que esperan mi muerte. El aire es cada vez más espeso. Mis ojos se deshacen en líquido y caducan, he quedado ciego. Por obra de algún vago movimiento involuntario, toco con mi cuerpo inservible el espiral de los nueve círculos y comprendo todo en un cierto y prolongado instante de erudición. He sido devorado por el toro para fundirme, yo mismo, en su bramido. Comprendo ahora, cuando mi piel se despega por el calor incesante, cuando mis ojos ya no ven, que para cantar la melodía de Dios hay que ser devorado. Esa es la perfecta fusión de hombre y mundo.  Mis estudios fueron en vano, fueron erróneos, porque el toro es el instrumento, pero yo soy la materia prima que debe sacrificarse, como el carnero. Yo soy el que canta, el que emite lo ruidos, el contenido del sonido, su materia; yo soy el sacrificio simbiótico con el bramido del toro. El instrumento es inerte, yo lo he hecho vivir. Ya no veré el sol, pero yo seré la luz. Sin percatarme he accionado algo atroz: la responsabilidad de construir y sostener la existencia, recrearla continuamente. Sin la música el mundo estaría estéril y vacío, desordenado. Soy como el fruto del olivo pisado para bañar de aceite el paladar de los hombres. He dado con la clave que buscaba, pero he puesto en el vértigo de la incertidumbre al universo, porque hice coexistir en un instante la seguridad de Dios con la indeterminación de la tierra. Ahora él se ha vuelto insaciable y querrá que su música sea ejecutada

He sido un irresponsable. He puesto una piedra sobre la montaña que debe ser transportada a la cima nuevamente. ¿Quiénes serán los Sísifos? Falaris lo entendió todo antes que yo; con solo acariciar el hierro entrevió la verdad que existe al final: la vigilia de primavera era mi vigilia. Mi cuerpo está sometido al discurrir del mundo, pero mi espíritu tiene una misión más noble. Juntos hemos catapultado cosas más grandes que mi cuerpo. Supo que la forma real del toro tiene que estar alimentada por el sujeto real que se vuelva luz. Supo que la melodía deberá ser cantada siempre. Y que cada melodía es única, que no podrá repetirse. Él morirá, ellos no entenderán el toro, dirán que el viejo Tirano guiado por su crueldad y su báquica ambición vio un instrumento de tortura. Pero cuando el toro muera vendrán otros ejecutantes y otros instrumentos. Qué importa el destino, el mañana, si hoy hemos descifrado lo inasible. Gracias a él y a su consciente saboreo de la belleza entrevimos a Dios comulgando con la tierra. Falaris continuará alimentando al toro para seguir sosteniendo el mundo; luego vendrán otros, que traerán otros instrumentos y cada tiempo tendrá su ejecutante que anime la carne imprecisa del mundo. Lo que fui se perderá, no seré más que ceniza, un cuerpo carbonizado, impreciso. La historia olvidará mi existir. Qué importa la vida de un Tirano o un artista si la palabra que nombra las cosas secretamente es pronunciada.

Ya no hay espacio más que en el humo. Ya no siento el calor. Que mi cuerpo arda, entonces; que fluya mi aceite; que mi corazón se detenga y se convierta en cenizas, pero que mi espíritu de vida al toro. Mi música nombrará mis olivares, volará tácitamente sobre el mar y cantará con la tierra su melodía divina; cantará todas las cosas y yo estaré en esa música. La música es la esencia de este olivo prensado. Falaris me ha dado lo que deseaba: ser parte de mí mundo y de mis cosas. Ahora habitaré en cada rincón, en cada escena, en cada piedra y fruto. Seré todas las cosas. Gracias Falaris. Mi corazón se acelera de emoción y pánico. Ya sé lo que debo hacer. Ejecutaré el sonido. Mis músculos pronto ya no responderán en absoluto; el sol en lo alto reclama un hermano. El dolor es un dulce placer que embriaga. La boca de espiral arde, ya no importa. Canto mi última oda, espiro la melodía del Dios. Siento que mi espíritu atraviesa los círculos, siento cómo empieza a separarse de la carne melindrosa. Canto para ser todas las cosas. Aunque mis palabras sean gritos horrorosos serán para el universo la melodía precisa, el bramido ecuánime entre Dios y el hombre, serán el aceite de la canción del olivo de Dios.

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