Siete olivos

Siete olivos

[Tristán de Coletitas]

Recuerdo a mi abuelo Manuel, con un mandil blanco puesto sobre sus hombros, con una maza de madera en la mano, golpeando con preciso ritmo, el debido, las carnosas aceitunas, que se rajaban con el sabio y contenido golpe, con la humana fuerza de la tradición, siglos y siglos de costumbres y popular sabiduría.

Sí, me acuerdo de mi abuelo Manuel, padre de mi padre, en el patio o corralón de los Carriones. La casa y los patios estaban a su cuidado, no era una especie de guarda, más bien como alguien de confianza que mantenía y daba vueltas a la casa, comprobando que todo seguía igual, el cauce de la inercia, el runrún de los días. Allí lo sitúa mi privilegiada, pero caprichosa memoria, maldición inesperada.

En la alargada parcela, casi al final, había un par de habitaciones separadas por un breve pasillo que comunicaba con otros patios. En el siguiente estaba el gallinero y la enorme morera con un jazmín arrinconado al fondo. Junto a las destartaladas dependencias, aprovechando la pared y una pila de lavar de cemento, colocaba una tabla de madera y a su lado una cántara de barro, alta y contundente, de esas que ya apenas se ven, delirios de coleccionista manchado por su infancia. Su preciso golpe abría una afilada raja en las aceitunas, dejando una oleosa huella en la madera y un peculiar olor en el ambiente, cercano al del aceite que vertíamos cada mañana sobre el caliente y crujiente pan, los sublimes bollos que habíamos comprado en la cercana panadería.

Pan, aceite, humeante café, un trozo de queso; la trascendencia de los rituales cotidianos, apenas valorados. Con la lentitud debida las aceitunas iban pasando, ya partidas, a la cántara, que después llenaba de agua. Horas y horas de constante labor, mientras pensaba en sus problemas, en sus cosas: que los auriculares estaban rotos, que no había mandado a cambiar las novelas del oeste, lo que había leído en el periódico el domingo anterior, al lado de su primo Cucu, que lo visitaba casi todos los fines de semana, con su gancha y boina negra, él también en su decrepitud, jubilado y arrinconado, como tantos y tantos mayores, perdidos en una existencia sin rumbo, sin más sentido que ver agonizar los atardeceres, las luces de cada maldita jornada.

Del saco iban a la tinaja, del vigor del fruto recién recogido al húmedo reposo, a la espera de tres o cuatro días, mientras se les cambiaba con frecuencia el agua para después ser aromatizadas. Especias variadas: laurel, romero, tomillo, pimienta, pimentón, hinojo… sal, pimiento troceado, vinagre, ajos a granel… cada maestrillo tenía su particular receta, su gusto característico. Sí, manos ajadas por el tiempo, el trabajo, el sufrido esfuerzo para sacar adelante cinco hijos durante una postguerra que ofreció irrisorias alternativas para muchas criaturas con independencia de su orientación ideológica. El mismo ritual se ofrecía en muchas casas, era lo más común, lo más habitual, partir y aliñar tus propias aceitunas.

En aquel alargado patio descansaban los tractores y sus remolques, en medio de la hierba, como animales heridos. Pero por el tiempo del verdeo, sobre mediados de octubre, estaban en el campo, en plena faena, recogiendo el fruto para llevarlo con prontitud a la cooperativa, donde entonces colaboraban muchos hombres del pueblo. Era abundante la labor y escasa la maquinaria, entonces casi todo el procedimiento era manual, por lo que contrataban durante varios meses a muchos trabajadores de apoyo. En el posterior tiempo de la molienda, a partir de diciembre, el molino no se detenía nunca, ni siquiera para la Nochebuena y la Navidad, tampoco para Nochevieja y año nuevo. El campo centraba los meses finales y los primeros del año, marginándose otras tareas menos perentorias para la venidera primavera o para el abrasador verano. Por entonces, si paseabas por la calle a media mañana, si mi madre por ejemplo me llevaba a la tienda de Serapio a descambiar unas camisetas de manga larga, te encontrabas con pocos conocidos. Los que no podían ayudar, por mayores, enfermos, lesionados o jubilados… vegetaban al sol de la placeta languideciendo en los bancos de madera, esperando la vuelta de los ocupados en los quehaceres del agro, siempre tan exigente, tan necesitado de atención. Sí, eran otros tiempos, todo giraba en torno al olivar y sus necesidades, por otro lado tan generoso, tan correspondiente con los cariños recibidos, con el agua llegada del cielo que bendecía sus raíces, ramas y frutos.

Algún sábado, como no tenía que ir al colegio, me ofrecieron la posibilidad de acompañar a un cercano familiar a la recogida de sus olivos. Nada más llegar, hacían una poderosa candela con las ramas de algún olivo ya talado, con restos de madera y otras cepas que encontraban por allí cerca. En un viejo bidón de chapa el fuego era protegido de las inclemencias del tiempo. Alrededor de su contorno se dibujaba un círculo de manos que reposaban a una palma de distancia de la húmeda chapa, que crujía por el cambio de temperatura. Elemental fuego de mi almibarada infancia. Allí comenzaba la liturgia de la jornada, con comentarios sobre el pueblo y sus perennes temas, combatiendo la helada del amanecer, el frío rocío, blanco manto que nos rodeaba hasta media mañana, cuando al apretar el sol, se derretía mojándolo todo. Tirado en el suelo, entonces nada dolía ni molestaba, recogiendo las aceitunas que se caían por descuido, echándolas en las espuertas y esportones, para ser llevadas a las verticales zarandas y quitarles los cogollos, las ramas y las hojas sobrantes, que al día siguiente servirían para una nueva candela. Una vez limpias iban al remolque, siempre pintado de verde John Deere, particular signo distintivo desde hace décadas. Y una vez repleto de juguetonas aceitunas, las llevaban a la cooperativa de verdeo. Sí, me acabo de acordar, entonces había dos, una de verdeo y otra de aceite. Sí, otros tiempos.

Cuarenta años después. Sí, cuarenta años han pasado como un inesperado soplo, como un terrón de prieta tierra roja que se ha deshecho entre mis afilados y ya más arrugados dedos. Ahora soy yo, con ayuda de Rocío, quien recoge, sin prisa, disfrutando del sol, el aire y el paso de mi tiempo, las prietas aceitunas de los siete olivos que mi padre conserva en su parcela de La Amarguilla, una zona que otros denominan como La Espiguilla. Siete olivos que dan para poco, pero suficientes para recoger trescientos o cuatrocientos kilos y reservar seis o siete esportones para consumo propio.

Una vez recogidas comienza el repetido ritual, antes era mi abuelo Manuel, ahora un servidor, como un reflejo en el espejo del maldito tiempo, ese vencedor seguro de sí mismo, de su contundente victoria sobre todos los homínidos. No tengo mandil, pero Rocío, siempre tan ingeniosa y práctica, me confecciona uno a medida con una bolsa de basura negra, grande, de tamaño comunidad. Con un hilo o cuerda me ata la negra envoltura debajo de las axilas; también hace otro tanto a la altura de la cintura. Ya estoy preparado para la jugosa lucha. Tampoco tengo maza de madera, pero encontré una de goma y me apaño muy bien con ella. Traslada justamente mi fuerza sobre los verdes frutos, así voy partiéndolos, sosegadamente, también yo pensando en mis afanes: la falta de trabajo, mis devaneos literarios, mis lecturas, mis deseos, el paso del tiempo siempre tan presente; mis padres que envejecen sin remedio, cada día más torpes, viendo con alegría a sus nietos crecer. El porfiado paso de las generaciones, otros vendrán que tu tumba cavarán; la noria no se detiene. En fin, amigos, alegres reflexiones mientras la mecánica ocupación prosigue, a mi ritmo, pausadamente, viendo caer las olivas en los cubos limpios, donde el agua de lluvia les espera. Y así hasta que se vacían los esportones. Fin del primer acto. Nada más tender mi improvisado delantal en la verja metálica que limita la paternal parcela el travieso viento empieza a jugar con él, surcado de ríos de aceite, vela negra ondeando en mi territorio, oliendo a tan elemental y preciado zumo, al fruto que determina tantas vidas en nuestra localidad, provincia y autonomía. Millones de olivos delimitan el paisaje, verde oliva en nuestras retinas, en nuestros pulmones y en la atrofiada memoria; hasta en el ADN. Poetas no han faltado ni faltan que canten al plateado olivo que nos rodea, elemental árbol, raíces profundas… esencia de muchas vidas que giran en torno a sus cuidados. Ahora toca esperar unos días, cambiando el agua de los cubos cada ocho horas más o menos, un agua que poco a poco es más clara, menos verde, porque el fruto va perdiendo su amargor, su herida ha dejado de sangrar mansamente. Las huellas de la labor permanecen días y días aferrados a mis uñas y dedos, que no dejan escapar semejante olor a pesar de las intensas refriegas de agua y jabón. Negras manos de un partidor de aceitunas.

Después llega el turno de Rocío. Mientras yo partía los frutos ella recogía las aromáticas hierbas para tan peculiar caldo: hinojo silvestre, tomillo, romero de variadas matas, laurel de los distintos árboles (algunos huelen más a canela, dejan tan enigmático olor en las yemas de los dedos, me encanta recoger las hojas mientras el sol calienta mi cara, lentamente), ajos sembrados por mi padre, que se han aireado en la habitación del pozo, pimientos que aún quedan en las matas que sembramos en mayo… Salvo el pimentón rojo y el vinagre, el resto de los ingredientes proceden de la generosa huerta, de la tierra y sus recompensas.

Perezosamente los cubos se llenan de un rojo intenso, de una mezcla de olores que anuncian lo que vendrá, sabrosos platillos de aceitunas para acompañar el aperitivo, esos minutos previos al almuerzo, cuando la comida está casi preparada, apenas faltan unos minutos, o mientras reposa a la espera de ser servida en los platos. Para acompañar una cerveza o un generoso vaso de vino tinto, otro sencillo placer para los sentidos.

Durante años, sobre la una y cuarto de cada día, mi abuelo Manuel sacaba su platito de aceitunas para acompañar al vino. Cuando ya no pudo tomar alcohol por prescripción médica cambió el vino por zumo de mosto Greig, que venía en botellas de cristal transparente, las mismas que me encargaban traer de la tienda de Juan Molina. Sí, otros tiempos.

Son curiosos los paralelismos que el tiempo provoca, como si llevara la cuenta y sacara una regla para dejar claro su transcurso, su parsimonioso pero despiadado avance, como las cosechas, como las fiestas, como la recogida o la vendimia, como los dulces de temporada, como las tareas vinculadas al campo, cada época tiene las suyas.

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