Una hilera de olivos

Una hilera de olivos

[Aníbal Barca]

Aquella mañana las cristaleras estaban especialmente sucias y en pleno verano el señor Néstor acostumbra a sentarse frente a ellas para contemplar su colorido jardín. Parece estar supervisando que el pozo y la piscina no se muevan de sitio, que los columpios estén perfectamente barnizados y todo luzca impecable, cual gran millonario. El señor Néstor y su esposa Carmen son dueños del concesionario de coches más conocido de Granada. Sus bienes y negocios son tales que viven en una mansión a las afueras de Bélmez, Jaén. Su riqueza les permite llevar una vida lujosa acompañada de un carácter prepotente y desagradecido. Él, él sobretodo.

Antonio es el mayordomo, es un hombre responsable, experimentado y muy maniático. Su misión consiste en que el hogar se presente impoluto y a gusto de los señores en todo momento. El señor Néstor ha ordenado a Antonio que pase las primeras semanas con Ana, la nueva sirvienta, que necesitará amoldarse a los caprichos de dos millonarios.

La joven comenzó a limpiar las grandes cristaleras del salón, pero, aún bajo la incómoda presencia de Antonio, le resultaba imposible no perder la mirada en el espectacular jardín del señor Néstor. Cerca de la piscina hay una antigua rueda de molino acompañada de abelias y pensamientos, todo ello sobre un tapiz de césped meticulosamente segado. La fuente está delante de los tulipanes y en el lado derecho hay una hilera de olivos frondosos que terminan en un seto repleto de acebos.

­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­–¡Ana! ¿Cuánto tiempo más vas a seguir limpiando esa ventana? ¿No has visto lo grandes que son estas vidrieras?

–Perdón, Antonio –se disculpó la muchacha mirando al suelo.

El señor Néstor llega de las oficinas a medio día y lo primero que hace es asegurarse de que el servicio cumple con sus obligaciones, pero aquel lunes se dirigió al salón principal, donde encontró a Antonio con la nueva sirvienta. De nuevo ella hipnotizada, con la mirada perdida en cada uno de los nueve olivos del jardín.

–¿Le gustan? –preguntó el señor Néstor a Ana.

–Lo siento mucho señor, me he distraído, no volverá a ocurrir.

–Conteste, por favor.

Ana se quedó pálida, miró a Antonio, quien con la mirada le decía que respondiese.

–Sí señor, me pregunto cuándo perderán la flor, estamos en los últimos meses de verano, así que poco tardará en caerse.

El señor Néstor se acercó sonriendo, con una mano en el bolsillo y otra sujetando el cigarrillo, volvió la cabeza hacia la vidriera y dijo:

–Mis olivos tienen flor todo el año, así ha sido siempre. Sierra Mágina brilla por ellos, lúcidos y magníficos árboles que regalan la mejor aceituna de Andalucía. Crecí mamando de ellos y hoy soy quien soy por los olivos de Mágina –dijo el repelente millonario mientras se acariciaba el flequillo.

–Por las calles de Bélmez se comenta que el aceite de Mágina son lágrimas de la misma Virgen y que ninguno puede igualarlo –dijo la joven con tono imperativo, sin poder retener el impulso propio de una adolescente inexperimentada, bajo la preocupante mirada del mayordomo, que apenas supo cómo enmendar tal situación.

Antonio dio medio paso al frente y se paró cabizbajo, conteniéndose, mordiéndose la lengua y respirando hondo. El veterano mayordomo conocía a la perfección los aceitunos, en especial los de aquella comarca de Jaén. Él sabía de sobra que era cuestión de pocas semanas que todos aquellos olivos perdieran la flor y se quedasen sin sus mejores galas a la entrada de agosto. Aunque impropio de él, Antonio intervino en la conversación.

–Discúlpela señor Néstor, es su primer día y la muchacha está nerviosa, pero lo cierto es que los olivos pierden la flor todos los años al llegar estas fechas, pocas quedarán al entrar en agosto.

El imponente millonario trajeado se volvió mientras soltaba el humo por la boca. Miró sorprendido a Antonio. Volvió a dar una calada y con tono sarcástico y despectivo dijo:

–¿Apostamos, mayordomo?

Antonio sabía que no era buena idea apostar con el hombre que le daba de comer, pero la situación era idónea. Se había enfrentado formalmente al hombre que durante cinco años le había exigido numerosos caprichos, innecesarios y absurdos, al hombre más prepotente y desagradecido que jamás había conocido. Antonio estaba completamente seguro de sí mismo, no solo por las incontables veces que trabajó con su padre cosechando, sino porque había visto durante cinco años cómo aquellos nueve olivos perdían la flor antes del octavo mes del año.

–De acuerdo señor, usted dirá –dijo Antonio.

–Le propondré lo siguiente. Hoy es domingo 25 de julio, si el sábado 15 de agosto los nueve olivos continúan repletos de flores, usted perderá su trabajo. De lo contrario, duplicaré su sueldo durante los próximos dos años –dijo el señor Néstor.

Ana se retorcía los dedos al presenciar tan incómoda situación, le pesaba la conciencia por haber desatado este enfrentamiento con tan estúpido comentario. Antonio sabía que en menos de una semana sería agosto y como mucho tardarían dos semanas en perder todas las flores, ni los olivos de Bélmez vestían flores todo el año. ¿Qué mejor oportunidad para cerrarle la boca a ese antipático millonario?, se decía a sí mismo.

–De acuerdo, señor Néstor, acepto la apuesta. En tres semanas saldremos de dudas.

El trato se cerró con un atípico apretón de manos entre un millonario y su mayordomo. Durante los próximos días todo el servicio rumorearía, miraría expectante y con cierto morbo a cada uno de los nueve olivos del señor Néstor, esperando que alguno de ellos perdiera alguna flor. Cierto es que durante la primera semana todos ellos tenían mejor aspecto que nunca. De hecho, el señor Néstor había dado órdenes rigurosas a su jardinero de confianza para que se dedicase a tiempo completo a la hilera de olivos. Durante la segunda semana Antonio miraría con más frecuencia por la gran cristalera. La inseguridad le asaltaba al observar tan verdes hojas, tan blancas flores.

Al comenzar la tercera semana desde la apuesta, el señor Néstor reunió a todo el servicio para dar una estricta orden.

–Buenos días, esta semana es el cumpleaños de mi esposa Carmen. Es probable que llame a la puerta algún mensajero para entregar su regalo. No quiero que se abra la puerta a ninguna persona que no sea miembro de la familia, ya sea un mensajero o el mismo cartero. Ya me encargaré yo de recoger su regalo. Ahora todo el mundo a trabajar.

Aquellas palabras le resultaron extrañas a Antonio, no solo porque el señor Néstor no cruzase ni una mirada con él, sino porque creía recordar que el cumpleaños de la señora Carmen había sido en abril, aunque Antonio siempre fue un desastre para las fechas. Pensándolo bien, era una actitud extraña y atípica del señor Néstor, propia de alguien inseguro. Quizá buena señal para Antonio, quien miraba cada hora por la vidriera, que se veía más limpia que nunca.

Durante esa semana llamaron con insistencia varias personas al timbre, en especial a media mañana y durante toda la tarde. Pulsaban el timbre repetidas veces, pero acababan desistiendo. La quincena de agosto estaba al cumplirse y con ella, el inminente despido del veterano mayordomo.

La víspera del día 15, Antonio comenzaba a asumir la derrota. Lleno de impotencia veía cómo perdía su trabajo por un absurdo juego. Cuando el servicio le preguntaba, él contestaba de forma grosera e impertinente. No lograba entender lo que estaba pasando, su madre le había contado mil historias sobre los cultivos y en ninguna figuraban olivos con flores inmortales, ¡ni las caras de Bélmez se creerían este estúpido juego! Le sudaban las manos. Le apretaba el nudo de la corbata, a él, que parecía haber nacido con ella. En cierto momento un ataque de nervios se apoderó del veterano mayordomo hasta tal punto que salió por la puerta principal y bajó los escalones; necesitaba pisar la calle, respirar aire fresco y calmarse. Al fin y al cabo solo era un trabajo. Uno más. Encontraría otro. Era un hombre competente y experimentado.

Salió a la calle y respiró hondo. Alzó la cabeza y vio un sobre verde que sobresalía del buzón. Antonio fue a empujarlo cuando sin querer se cayó en la acera. En el borde superior pudo leer el remitente: Hermanos Gómez-Jardinería de confianza.

En sus cinco años en la mansión de Bélmez, Antonio había mostrado impecable comportamiento y disciplina ejemplar. Quizá la impotencia y desesperación le llevaron a abrir aquella carta, total, sería propaganda… total, en pocas horas estaría despedido…

 

Al Señor Néstor.

Debido a su exigente petición en las últimas tres semanas, hemos de comunicarle que se han agotado los olivos con flor en el invernadero. Permítanos que le sigamos ofreciendo nuestros productos, en esta ocasión serían camelias, ya que, como usted bien sabe, con la llegada de agosto, los olivos pierden la flor.

Atentamente.

Hermanos Gómez.

Después de dos años con un elevado salario, Antonio dejó de trabajar en aquella mansión. Creó su propia empresa de jardinería y comenzó a tratar con las figuras más importantes de Andalucía, con todas menos con el señor Néstor. Se decía que era un tramposo.

Bélmez estuvo en boca de todos durante varias semanas, se hablaba bien de Sierra Mágina y sus olivas, como siempre se ha hablado, como se merece.

Como siempre merece.

Comparte con tus amigosTweet about this on Twitter
Twitter
Share on Facebook
Facebook