Mi primer viaje con Terri

Mi primer viaje con Terri

[Sandy Torres]

A estas alturas de la vida, con las tecnologías que usamos, deberíamos de estar acostumbrados. Entender que desde tiempos remotos nos visitan. Comprender que algunos cohabitan con nosotros. Hay que reconocer que compartimos características físicas y mentales. Además de parecidos, son inteligentes y casi tan graciosos como los andaluces, pero no tanto. Quizá parezca raro decir que tengo un amigo virgen extra-terrestre —Lo de virgen no es broma—. Quizá resulte extraño y haga pensar que mi desbordante imaginación se sale de órbita, de la atmosfera terrestre o de los límites permitidos por la cordura. No hace mucho tiempo conté el secreto de mi amistad con Terri a una compañera de trabajo. Se echó las manos a la cabeza, se tapó las orejas con las manos y se fue negando como si le dieran miedo mis secretos. Me da igual lo que pueda pensar, me importa un pepino. Esto… hablando de pepino. El pepino sí me importa, me encantan mis ricas ensaladas que preparo con pepino, aderezadas con sal y aceite de oliva virgen extra. Con cariño y hambre son mi mayor disfrute. Bueno, no quiero salir del tema que voy a relatar. Nos encontramos en la era de la comunicación, como bien dicen los expertos: “Brillante etapa en la que disfrutamos de todas las libertades. En especial la libertad de expresión”.

Ocurrió en una red social. Vi su avatar, o foto de portada. De color verde aceituna, grandes ojos negros. Sin boca, el muñeco no tiene boca, pero no veas cómo habla. La sonrisa en los labios se me dibujó con mi lápiz de pintar sonrisas. Quedé prendada de él en un instante por sus comentarios. Me hacen reír de felicidad. Mi amigo, el extraterrestre, es extraordinario. Su nombre es muy difícil de pronunciar, cuando me lo dice me entra la risa floja y no puedo parar de reír porque suena raro. Yo lo llamo Terri porque lo primero que me preguntó el día que nos conocimos fue: “¿Eres terriii?” Supuse que se refería a lo de “Terrícola” o algo parecido. Decidí llamarlo Terri. Él se ríe.

Aquel primer día, por la mañana temprano, su ovni aterrizó en la parte de atrás del aeropuerto de Almería. Allí estaba yo, en un camino de tierra, pinos y matojos, esperando su llegada. Sentada dentro de mi auto rojo de cuatro ruedas y volante redondo.

No quiso hacerme esperar, dijo: “Antes de partir, con destino a Almería, me aseguré, a través del radar, que circulabas cerca”.  En el instante que desconecté el contacto de mi auto emprendió su vuelo. Dijo que había tardado un minuto en subir al ovni y dos segundos en llegar. De pronto levanté la vista para mirar su rostro. Me pareció increíble lo corta que es la distancia cuando posees un medio de trasporte rápido. Sentí admiración por su belleza, por su seguridad en sí mismo, y por la forma en que empezó a mirar mi cuerpo humano. Mi reacción fue un súbito sonrojo. La cara se

me puso roja como un tomate. Sentí un clic de vergüenza que desapareció pronto, al subir en su ovni. De pequeña aprendí a llamar “platillo volante” a estos artefactos.  Ya no me atrevo.

Apoyé la cabeza en el respaldo del cómodo y mullido asiento de piel. Miré a través de la gran ventana que había frente a mí y con voz tranquila le dije que quería visitar lugares fascinantes. Descubrir pueblos nunca vistos.

La máquina se elevó lento unos metros sobre el suelo. No sentí el movimiento cuando, de pronto, nos elevamos a quince mil metros de altura, quizá más. Desaparecimos del cielo almeriense y aparecimos, en menos de un segundo, sobre un extenso terreno montañoso poblado de árboles. “¡Nos encontramos sobrevolando Sierra Mágina, Jaén!”, dijo Terri con voz de anuncio. Creí oír la voz de Matías Prat en el recuerdo de algún concurso de la tele. No sé si sentí angustia, un ligero mareo, un sudor frío o todo eso revuelto. Decidí dejar de pensar en mis tripas, son las que detectan el movimiento. Supe que estábamos en Jaén por el anuncio de Terri y porque vi un cartel de carretera que da la bienvenida a la ciudad.

Descendimos a la tierra, subimos montañas, bajamos barrancos, nos asomamos a los acantilados.  Corrimos por entre encinas, pinos, cerezos y olivos. Visitamos Torres, en la falda del Cerro de la Vieja. Pequeño municipio con más historia que la propia historia de los pueblos de Jaén. Nos hicimos fotografías en cada lugar que nos pareció atractivo para el recuerdo, como La cueva del Morrón, época Paleolítica. Nuestros pasos dejaron la huella de nuestras zapatillas deportivas sobre el territorio olivar. Avistamos algunos alces. Oímos el gorgoteo de los ruiseñores.

Terri corrió más rápido, alejándose de mí; quedé sola un instante que duró más tiempo de lo normal. Acaricie los troncos, las ramas y las hojas de aquellos cultivos que dan tan preciados frutos. Mientras él correteaba por la zona, yo me senté en el suelo, a la sombra de un olivo, con la espalda apoyada en el tronco. Respiré el aire del campo, disfruté la visita. Nada que ver con la ciudad, pensé, con los ojos cerrados sintiendo el momento. A su regreso, vi que mi amigo llevaba la ropa empolvada de tierra roja. Apenas podía ver su cara. Sacudió la cabeza y el cuerpo en un movimiento rápido hacia la derecha y hacia la izquierda en un gesto de sacudir el polvo. De él se desprendían pequeños terrones que parecían explotar al caer sobre sus hombros y en el aire. Se me atascó una carcajada que no salía ni p`alante ni p`atrás. Me eché las manos al estómago mientras me revolcaba intentando calmar el ataque de risa. “Me he extraviado”, fue lo único que se le ocurrió decir. Entonces solté un arranque del motor de un coche de gasolina ahogado. Me empezó a doler la quijada, el abdomen, la barriga.

Lo bueno que tiene viajar en un ovni, con Terri, es que el tiempo y la distancia se hacen cortas, muy cortas.

Sentí un rugir de tripas, un vacío dentro y el deseo de llenar el estómago. Tenía hambre. Le propuse aterrizar en un restaurante. Omití lo de “el restaurante más cercano” y la típica pregunta de “cuánto tardaremos en llegar”. Terri no opuso resistencia. Con un sólo pestañeo nos encontrábamos aparcando el ovni en la parte trasera del restaurante, en una zona no visible, apta para objetos voladores no identificados.

Caminamos con decisión entre las mesas. Ocupamos una para dos comensales. El camarero nos sirvió vino. “¿Vas a tomar vino?”, pregunté preocupada. Terri alzó la vista que había sumergido en la carta, para preguntarme si había visto mucho tráfico aéreo durante el último vuelo. Y añadió que al partir iba a conducir yo. Me vi obligada a reconocer que como él no hay dos. Metí mi cabeza en la carta ilustrada con fotos de los platos que tienen una pinta impresionante. Especialistas en carnes de caza, liebres, codornices, jabalíes. En el apartado de pescado vi el tratamiento que le dan al delicioso bacalao, estilo Baeza, con pimientos, guisantes, piñones. A pesar de la cantidad de gente, nos sirvieron con prudente rapidez. De primero pedimos un gran plato de gazpacho para cada uno. De segundo me apeteció probar los espárragos trigueros. Terri degustó un plato típico de espinacas esparragadas que sirvieron en cazuela de barro.

El postre de Terri fue naranja, pelada y cortada en rodajas, las roció con aceite de oliva virgen extra y espolvoreó con azúcar. Para mí, unas cerezas rojas, dulces como el almíbar, fueron mi delicia. Se me hizo la boca agua ver tanta belleza. Sin pedir permiso trinché una rodaja de naranja que llevé a mi boca, mientras Terri seguía con la mirada cómo volaba sostenida por mi tenedor. No pude evitar cerrar los ojos y disfrutar el sabor del aceite mezclado con la dulce acidez de la naranja, pulpa que se deshizo en mi paladar. Terri sonreía al ver mi cara de placer. Afirmando lo que mi gesto mostraba dijo: “Rico, ¿eh?”. “Rico no, lo siguiente, riquísimo”, contesté, relamiendo mis labios.

Nos mirábamos todo el tiempo. En la comisura de sus labios brillaba una gota de aceite. Imaginé su sabor. De buena gana lamía su boca, pensé, pero no era plan en mitad del salón repleto de comensales.

Para volver a casa sobrevolamos, una vez más, el territorio de Jaén. Sobre Sierra Mágina, dando vueltas en círculos concéntricos, a menos velocidad me sentí enamorada. Era tarde y me apetecía

tomar algo dulce. Rebusqué en la bolsa del supermercado donde compramos todo tipo de exquisiteces de Jaén, hasta que encontré la tableta de chocolate negro. En la envoltura leí: Artechoc, chocolate artesano elaborado con aceite de oliva virgen extra. Partí dos onzas que compartí con Terri. Aterrizamos en el aeropuerto de Almería en un plis plas. Con mi maletero cargado con aceite extra frío, ecológico sin filtrar, Premium, Oro…, elegidos a conciencia de distintas almazaras. Nuevas cosechas recién recolectadas de esta campaña 2018. Compramos queso en aceite, chocolate negro fabricado con aceite de oliva. Dos jamones, pan de pueblo, lomo de orza en aceite virgen extra Gourmet Cazorla. Con todas estas delicias llené mi despensa con lujosos manjares procedentes de mi amada Andalucía. Al despedirme de Terri me dijo que el viaje había merecido su gracia.

Estoy de acuerdo con él.

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