El comenzar

El comenzar

[Remedios Mora Martínez]

Ella nunca pensó, jamás llegó a imaginar que tras años de buscarse la vida, un día como otros muchos en los que su vida giraría hacia otros destinos, todo volvería a ser un nuevo comenzar.

Ya habían pasado casi más de 22 años en los que su destino se cruzó con otros momentos, con sensaciones vividas, compartidas al coincidir con personas que formarían parte de su caminar.

Cada una influiría en su hacer, en su futura memoria, en ese rincón de la nostalgia.
Su vida no era difícil, pero necesitaba un cambio, salir de sus orígenes, de su pueblo. Necesitaba otro aire de libertad, ese descubrir, ese vivir.

El mar siempre fue como un pequeño sueño. Su primera vez fue como un soplo de libertad. Era casi una niña, con esa edad adolescente donde todo era un descubrir, un sonreír abiertamente por cualquier cosa. Ese cotillear por lo bajini, mientras sor Josefina o sor Amparo trataban de controlar sus días de vacaciones.
La experiencia fue tan inolvidable, tan especial, que aún hoy, tras pasar tantos años, cada vez que las fotos de esos primeros días de playa se deslizan entre sus manos, es como si una fresca brisa acariciara sus recuerdos, sus sentidos.
Acostumbrada al olor a tierra, a campo, a la era de los molinos con sus interminables tardes de juegos, ese ir de excursión a las copas con las moras, siempre acompañadas de la necesidad de aventura que da la niñez.

Ese aroma tan especial que envolvía toda la calle cada vez que llegaba la época de la recogida de aceituna y el molino de la esquina abría sus puertas. El ir y venir de sus gentes, sus madrugones, sus noches de tanto trabajo, los monos verdezinos que cubrían sus cuerpos. Ese no parar de escuchar las máquinas, el olor tan peculiar que incluso aún hoy, después de haber desaparecido, le trae el rincón especial de la memoria necesaria.
Todo pareciera volver a esa época de antaño, a escuchar, a saborear al intentar oler otra vez ese aroma tan especial que nos regala la aceituna recién molida...

Lo cierto es que tras muchos años alejada de tantos recuerdos, de tantas vivencias, tras años viviendo rodeada de mar, un día, una noche, su destino volvió a cambiar.

Durante años los días de regreso eran ligeros, nunca dejó de visitar sus orígenes, pero siempre con la certeza de que su vida ya era otra y el volver no la ataría a nada, aunque su familia siempre era su más querido motivo.
La vida siempre da sorpresas, nos pone dilemas que nunca nos hubiéramos imaginado, pero eso es el destino y está claro que lo único que nos lo descubre es el vivir.

La grandeza del ser humano es ese sentido de superación que hasta que no lo consigues, hasta que no pasan los años, no eres capaz de admitir.
Al principio fue caótico, difícil, nada le hacía sentirse como en casa. La necesidad de regresar al hogar que hacía años había formado era continua, cada momento era como un regalo.

Los días de lluvia tan necesarios eran la excusa perfecta para volver.
No fue fácil; el campo y sus complicaciones, sus necesidades, su siempre algo que hacer. El campo es vida y como tal necesita mimos, cuidados.

El tiempo transcurre con la frescura que da el sentirse muchas veces tranquila, serena ante los avatares del día a día, esas nuevas necesidades o tal vez olvidadas, ese volver a descubrir sus calles, sus recuerdos, esa necesidad de caminar sin más.

Poco a poco, y sin apenas darse cuenta, casi sin planteárselo, durante la época de recogida cada mañana la despertaban el run run de los primeros tractores, que con las primeras luces del día se ponían camino al tajo. Y la verdad, no le molestaba. A lo lejos escuchaba las primeras conversaciones de los aceituneros que a las 8 de la mañana quedaban cerca de su ventana para, tras montarse en diferentes coches, se encaminaban para comenzar la jornada.
A través de su ventana y con el primer café de la mañana le gustaba observar el devenir de unos y otros, el regresar de los más tempraneros con las primeras aceitunas procedentes seguramente de la jornada pasada.

Los olivares se llenan de vida, de fríos mañaneros, de hogueras, a veces de escarchas, de sonrisas tempraneras, de trabajo, de esfuerzo, de ganas, de maquinarias ruidosas... de palabras.

En su a veces caminar observa cómo su pueblo por momentos se vacía de gente, son muchos los que tienen su vida ligada al campo, al olivar, y solo en días de esperada lluvia el pueblo cambia de color...

Desde hace años, y por esa necesidad de mano de obra, antes de los días de campaña poco a poco sus calles se llenan de otras culturas, de vivencias diferentes, de necesidades arrastradas a través de pasos incansables, de sueños, de esperanzas necesarias. Son muchos los que afincan sus nuevas raíces a esta tierra, a sus gentes.

A través de su ventana cada atardecer es diferente. El colorido de sus cielos siempre la invita a querer captar la belleza del momento.
El regresar de los hombres y mujeres del tajo a primeras horas de la tarde, el run run de los tractores “cargaítos” de aceituna y muchas veces de barro, todo forma parte de su ya nueva vida.

Hacía tiempo que su propia apatía, esa inseguridad que desde hacía años la envolvía, esa necesidad de no querer y ser, la recluía en el balcón de su otra casa.
Y no se daba cuenta que con un poco de empeño, de querer, todo sería más fácil.
El campo siempre atrapa más de lo que uno piensa y desea. Si te dejas convencer, si le das una oportunidad, la belleza, la tranquilad que regala
es la mejor sensación a la que uno puede aspirar.

La primavera seguro que con su locura, con ese multicolor que la caracteriza, la provocará a retomar lo que por su apatía a veces olvida.
Volvería a esa sensación de estar en casa, cada vez que su “cari” la provocaba para que le acompañara al olivar, aunque fuera simplemente para caminar entre los olivos.

Volvería a cerrar los ojos escuchando el trinar de los diferentes pájaros que, contentos, regresan a sus nidos... o esa sensación de libertad que la calma, que nos regala el silencio del viento mientras descubrimos que la tierra huele a vida.

El aroma a la mar, esa necesidad imperiosa de regresar siempre está ahí. La combinación de mar y aceituna da otro colorido a su a veces insatisfecha
vida, pero supongo eso es el vivir...

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